Archivo para 25 junio 2010

ROMÁNICO

El viejo párroco no parecía dispuesto a ahorrarnos ningún detalle de aquel retablo del s. XVII aunque, para mí, sólo era un cuerpo extraño que perturbaba el equilibrio transmitido por la rotundidad de formas de aquella iglesia románica. Chema se mantenía un poco apartado y adoptaba una actitud un punto irónica, las manos en los bolsillos y la cintura algo arqueada hacia afuera, como para dejar claro que lo único que le interesaba era el atracón de productos de la tierra que pensaba darse en cuanto cumpliéramos todos los trámites culturales de rigor. Sólo Ester y Mamen, fieles a su incombustible amor por el arte, seguían atentamente la explicación del cura.

Envuelto por la penumbra de la iglesia, por su frescor y por su olor a piedra, poco a poco las palabras del anciano se fueron reduciendo a la simple propagación de ondas de presión sin significado alguno, y allí, de pie, comencé a dejarme llevar.

En medio de mi abandono, como una bola de nieve que llega al final de una cuesta, hubo un instante en que algo terminó por imponerse a mi conciencia: de una forma insensible hasta entonces, pero igualmente inapelable, estaba siendo arrastrado por algo indefinido. A pasos agigantados la columna de mi derecha se estaba convirtiendo en algo más que lo que era. La fortaleza, la densidad de la piedra, se iba haciendo opresiva. En unos instantes, su voluntad de ser ya era casi despectiva, insultante. Me vino a la cabeza la reflexión de un personaje de Thomas Mann: la vida no es más que una enfermedad de la materia. Yo, en ocasiones, había sentido que la materia podía ser tan sólo una enfermedad de la nada, pero la aplastante intencionalidad que estaba cobrando la columna parecía desmentirlo de una vez por todas: aquello no podía ser una enfermedad, aquello era la voluntad y la fuerza en estado puro.

En ese momento, de la penumbra de la nave comenzó a destacar una pequeña figura de líneas muy sencillas, cincelada en uno de los bloques de piedra de la columna. Parecía el contorno de una copa vista de perfil, pero sin la base, sólo el recipiente y el tallo. Seguramente era la marca del cantero, que casi mil años atrás había dejado así su firma en la piedra y, de esa forma, había logrado subirse al carro de la inmortalidad de ésta. Recorrí la figura con las yemas de los dedos, apenas rozando sus bordes, me alejé unos centímetros y desde allí volví a considerar aquella marca, que ahora también estaba cobrando vida propia. La conciencia que yo tenía de ese dibujo en la columna era un contenido mental, exactamente el mismo que había tenido el cantero mil años antes, y que él había traído a la existencia a través de la piedra. El macizo bloque me revelaba su secreto: se trataba en realidad un ingenio capaz de transformar la conciencia en materia y la materia en conciencia, y de atravesar el espejismo del tiempo para permitirme compartir el mismo contenido mental con un hombre de hacía mil años.

No bastó el eco de los pasos del grupo recorriendo la nave, ni tampoco la presión de la mano de Mamen sobre mi hombro, hizo falta que ésta me zarandeara y me gritara para que yo volviera en mí:

–       ¡Venga ya, pasmao, que llevamos media hora esperándote ahí fuera y este señor tiene que cerrar la iglesia antes de irse!

 Eso sí, no fui capaz de explicarme el estupor de los presentes, ni sus miradas de reojo, ni sus diálogos entrecortados, hasta que entre todos consiguieron hacerme entender que me había disculpado y le había dado las gracias al cura en un antiquísimo dialecto local, que sólo éste había sido capaz de entender a medias gracias a su viejo latín.

FIN

 

Foto de Byelvis (Flickr)

TORTITAS

Era una mañana preciosa. Aquel día ofrecía lo que todo el mundo había ido a buscar a ese lugar: un sol generoso, un mar acogedor, una playa suave y, tal vez lo más importante para muchos: vivir un corto paréntesis al esfuerzo diario en una burbuja embriagadora,  en un mundo hecho pensando únicamente en que el huésped esté a gusto. Aquel día habría sido perfecto de no ser por un detalle: era el último de las vacaciones en el hotel.

Iván, Nuria y Samuel, el bebé, estaban desayunando con sus papás en el comedor, elegante y funcional, decorado con tonos suaves. La luz del sol entraba a raudales a través de los paneles de cristal que separaban el comedor de la zona de piscinas y alimentaba a las plantas de interior, de un verde casi agresivo. Los camareros, como hormiguitas, iban y venían nerviosamente entre las mesas reponiendo comida, cubiertos, vajilla, y atendiendo las necesidades o las rarezas de los clientes del hotel.

En su última noche, Iván y Nuria se habían quedado a la animación hasta más tarde de lo acostumbrado y, con caras un poco largas y movimientos enlentecidos por el cansancio, iban comiéndose mecánicamente el desayuno. La madre luchaba porque Samuel se terminara el biberón, pero el bebé también estaba un poco “raro” y el nivel del recipiente no bajaba de la mitad superior. El padre miraba a ninguna parte mientras sus mandíbulas subían y bajaban como piezas de una máquina. De repente, Iván pareció silenciar el barullo de fondo de conversaciones en varios idiomas y cubiertos caídos con una extraña pregunta: – ¿Cuándo nos vamos?

 – ¡Sabes de sobra que hoy! – respondió la madre con cierta sequedad – Ayer estuvisteis con ese tema todo el día.

 – ¿Y por qué tiene que ser hoy? – volvió a la carga Iván, mientras Nuria lo miraba con cierto fastidio, como si temiera ser salpicada por la reprimenda, y el padre seguía atacando, ensimismado, su tostada.

 – ¡Porque sí, porque papá trabaja mañana y porque sí! – trató de zanjar la madre.

 Iván volvió a las tortitas con sirope de chocolate y, al cabo de un momento, como si se hubiera dejado dentro una duda que ahora le quemaba, preguntó – ¿Y no puede irse papá él solo a Madrid y quedarnos nosotros aquí un poco más?

 – ¿Por qué nunca tenéis bastante de nada…? – dijo la madre, entre exasperada y cansada, mirando también a Nuria, que no sólo no había abierto la boca, sino que ya estaba casi tan cargada como ella, y, dirigiéndose al padre añadió: – ¡Anda, dile tú algo!

 – ¡Pues porque no! – saltó el padre – Porque eso no puede ser y porque lo hemos organizado así ¡y ya está! – y miró un instante a la madre para comprobar si ella ya se daba por satisfecha con su intervención.

 Tras un rato de ingestión silenciosa de tortitas, Iván se levantó con el plato vacío y se encaminó al buffet. – ¿Dónde vas? – le cortó el padre.

 – A por más tortitas, me he quedado con hambre.

 – Ya está bien. Llevas cuatro y te van a sentar mal.

 – Déjale que coma – terció la madre – son muy pequeñas y, además, llevan unos días haciendo mucho ejercicio y todavía nos queda toda la mañana de playa – y acto seguido se levantó. – Me voy fuera, a ver si allí consigo que éste se termine el biberón – dijo dirigiendo una mirada cortante a Samuel y, seguida por Nuria, se encaminó a la puerta de salida, flanqueada por dos enormes plantas que parecían dos imponentes guardianes de uniforme verde.

Iván, que en un alarde de prudencia se había servido sólo tres tortitas más, se sentó ya a solas frente a su padre y, antes de empezar a comer, lo miró inseguro. – Come todo lo que te apetezca – respondió el padre a la pregunta muda que le lanzaban los ojos del niño y, acto seguido, se hizo con un periódico del día y, con la barbilla apoyada en el puño cerrado, se puso a ojearlo. Los trozos de tortita que Iván cortaba iban desapareciendo rápidamente en su boca mientras en el fondo del plato el blanco de éste, como la invasión de un desierto helado, iba ganando terreno al dorado de las tortitas y al marrón oscuro del chocolate. Cuando ya sólo quedaba el último trozo de tortita, una extraña idea cobró vida en la cabeza de Iván: mientras él continuara comiendo tortitas los cinco seguirían anclados el hotel, el odiado viaje a casa no podría empezar y las vacaciones no se acabarían. Tras una rápida mirada de reojo a su padre, que seguía paseando la mirada por el diario, Iván se levantó para traerse a la mesa otro par de tortitas. Nuevamente sentado ante el plato, su vista se clavó en los dos discos que tenía ante sí, uno de los cuales se iba desfigurando más y más conforme el cuchillo y el tenedor se abrían paso a través de su masa. Cuando terminó la primera tortita, Iván miró la segunda y, viéndola tan dorada, le recordó a la medalla que ganó en carrera en las olimpiadas del cole. Empezó a imaginarse qué cara habrían puesto todos si, cuando le dieron la medalla, se la hubiera comido y, con una sonrisa interior, atacó la tortita, mientras su padre parecía haber encontrado por fin un artículo interesante y estaba inmerso en su lectura. La idea de sorprender a todos comiéndose la medalla no se le quitaba de la cabeza y, mientras se acercaba otra vez al buffet a cargar más tortitas, se acordó de una serie de dibujos que le gustaba mucho a su amigo Carlos, donde aparecía un robot de combate que devoraba a sus adversarios sin hacerle ascos a sus corazas de metal, a prueba de todo tipo de proyectiles y rayos. El cocinero, con cierto aire de complicidad y una sonrisa tan blanca que casi parecía un adhesivo pegado a su rostro oscuro, le sirvió tres tortitas más, recién sacadas de la sartén. Iván las cubrió, respectivamente, con sirope de fresa, caramelo y chocolate. De vuelta a la mesa, su padre levantó la frente un instante e inmediatamente cambió de postura ante el periódico, sin prestar atención al niño. Iván miró por un momento al plato y los tres círculos de colores le recordaron los globos de la última fiesta de cumpleaños de Carlos. Según decía mamá, una de las primeras cosas que tenía que hacer al volver a Madrid era comprarle un regalo a Carlos, porque su cumpleaños estaba al caer otra vez. ¿Qué estaría haciendo su amigo ahora mismo? Cuando le dijera que había estado en un sitio donde te podías comer doscientas mil tortitas si querías, no se lo iba a creer…, y empezó a dar cuenta del nuevo cargamento de tortitas.

Incluso para las tragaderas de un Iván el desayuno se estaba pasando de la raya; comenzaba a pesarle la tripa y parecía como si tuviera algo atravesado en la garganta que ya no le dejaba tragar bien. Comía cada vez más despacio y, entre bocado y bocado, su imaginación volaba más y más lejos. Consiguió acabarse la primera tortita de esta última tanda e imaginó, divertido, que había sido capaz de comerse uno de los globos de la fiesta de Carlos sin que reventara, y casi podía verlo hinchado en su tripa, deformándole la camiseta como si estuviera embarazado. ¿Y si era de los globos que flotan  y, de repente, despegaba del suelo? En ese momento se vio a sí mismo atravesando el comedor por el aire, como colgado de una tirolina. ¿Cuánto hacía que habían ido al sitio ese de las tirolinas? La verdad es que había sido tan emocionante que le entraron unas ganas enormes de volver; a lo mejor podían venirse también Carlos y sus papás…. Iván devolvió su atención al plato y se sorprendió jugueteando con las dos tortitas que quedaban, acercándolas, alejándolas, montándolas una encima de la otra y volviendo a separarlas con el cuchillo y el tenedor. Finalmente las colocó juntas, pero apenas tocándose, y se quedó mirándolas: parecían un “ocho” tumbado. Empezó a recorrer el borde de la figura con la vista y las subidas y bajadas le recordaron a la montaña rusa de mayores del parque de atracciones. ¡Ahí sí que tenía ganas de subirse! A lo mejor este año ya había crecido lo suficiente como para dar la talla y que lo dejaran montar. En cuanto volvieran a casa pediría a los papás que lo llevaran primero a las tirolinas y luego al parque de atracciones, o mejor al revés. ¿O no? Bueno, daba igual, tenía que ir a los dos sitios como fuera. Miró un instante a su padre, que seguía aislado del mundo en plena lectura y, sin mucha convicción, cortó un trocito muy pequeño de tortita y empezó a darle vueltas en la boca hasta que se deshizo, mientras su mirada se dirigía de nuevo al plato como si fuera a atravesarlo y a posarse más allá, en la punta de sus zapatillas de piscina. De vuelta al plato, ahora la forma de las dos tortitas juntas le sugería su cometa desplegada, imitando una mariposa. Cuando mejor volaba su cometa era por las tardes, a poco de empezar el cole, porque el viento del comienzo del otoño la hacía subir muy alto. Entonces se le iluminó el rostro, empujó un poco el plato para hacerlo a un lado y, esta vez regalando a su padre una sonrisa inmensa le preguntó: – ¿Cuándo nos vamos?

FIN

 

Dedicado a mi Noel y a mi Berta


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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