ROMÁNICO

El viejo párroco no parecía dispuesto a ahorrarnos ningún detalle de aquel retablo del s. XVII aunque, para mí, sólo era un cuerpo extraño que perturbaba el equilibrio transmitido por la rotundidad de formas de aquella iglesia románica. Chema se mantenía un poco apartado y adoptaba una actitud un punto irónica, las manos en los bolsillos y la cintura algo arqueada hacia afuera, como para dejar claro que lo único que le interesaba era el atracón de productos de la tierra que pensaba darse en cuanto cumpliéramos todos los trámites culturales de rigor. Sólo Ester y Mamen, fieles a su incombustible amor por el arte, seguían atentamente la explicación del cura.

Envuelto por la penumbra de la iglesia, por su frescor y por su olor a piedra, poco a poco las palabras del anciano se fueron reduciendo a la simple propagación de ondas de presión sin significado alguno, y allí, de pie, comencé a dejarme llevar.

En medio de mi abandono, como una bola de nieve que llega al final de una cuesta, hubo un instante en que algo terminó por imponerse a mi conciencia: de una forma insensible hasta entonces, pero igualmente inapelable, estaba siendo arrastrado por algo indefinido. A pasos agigantados la columna de mi derecha se estaba convirtiendo en algo más que lo que era. La fortaleza, la densidad de la piedra, se iba haciendo opresiva. En unos instantes, su voluntad de ser ya era casi despectiva, insultante. Me vino a la cabeza la reflexión de un personaje de Thomas Mann: la vida no es más que una enfermedad de la materia. Yo, en ocasiones, había sentido que la materia podía ser tan sólo una enfermedad de la nada, pero la aplastante intencionalidad que estaba cobrando la columna parecía desmentirlo de una vez por todas: aquello no podía ser una enfermedad, aquello era la voluntad y la fuerza en estado puro.

En ese momento, de la penumbra de la nave comenzó a destacar una pequeña figura de líneas muy sencillas, cincelada en uno de los bloques de piedra de la columna. Parecía el contorno de una copa vista de perfil, pero sin la base, sólo el recipiente y el tallo. Seguramente era la marca del cantero, que casi mil años atrás había dejado así su firma en la piedra y, de esa forma, había logrado subirse al carro de la inmortalidad de ésta. Recorrí la figura con las yemas de los dedos, apenas rozando sus bordes, me alejé unos centímetros y desde allí volví a considerar aquella marca, que ahora también estaba cobrando vida propia. La conciencia que yo tenía de ese dibujo en la columna era un contenido mental, exactamente el mismo que había tenido el cantero mil años antes, y que él había traído a la existencia a través de la piedra. El macizo bloque me revelaba su secreto: se trataba en realidad un ingenio capaz de transformar la conciencia en materia y la materia en conciencia, y de atravesar el espejismo del tiempo para permitirme compartir el mismo contenido mental con un hombre de hacía mil años.

No bastó el eco de los pasos del grupo recorriendo la nave, ni tampoco la presión de la mano de Mamen sobre mi hombro, hizo falta que ésta me zarandeara y me gritara para que yo volviera en mí:

–       ¡Venga ya, pasmao, que llevamos media hora esperándote ahí fuera y este señor tiene que cerrar la iglesia antes de irse!

 Eso sí, no fui capaz de explicarme el estupor de los presentes, ni sus miradas de reojo, ni sus diálogos entrecortados, hasta que entre todos consiguieron hacerme entender que me había disculpado y le había dado las gracias al cura en un antiquísimo dialecto local, que sólo éste había sido capaz de entender a medias gracias a su viejo latín.

FIN

 

Foto de Byelvis (Flickr)

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2 Responses to “ROMÁNICO”


  1. 1 Diego 15 julio 2010 en 8:43

    ¿Eso es lo que nos pasa cuando dejamos volar la imaginación influidos por un entorno mágico? ja,ja,…
    Un relato magnífico, por cierto, también me interesan tus otras entradas de F1, etc, … ya te iré contando.


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