Archivo para 30 julio 2010

CONFIDENCIAS MUY ÍNTIMAS

 

“La comunicación humana es algo muy serio para dejarlo en manos de especialistas.” Ese podría ser un resumen de la obra de teatro “Confidencias muy íntimas”. En ella Ana, una mujer atormentada, acude a visitar a Miguel tomándolo por psicoanalista. Una vez desecho el equívoco, Ana insiste en seguir hablando de su vida con él. Como resultado de esta peculiar “terapia”, Ana llegará a tomar conciencia de que está haciendo en la relación con Miguel lo mismo que su marido está haciéndole a ella. Al mismo tiempo, la situación le servirá a Miguel para darse cuenta del patrón de conducta que le ha acompañado toda su vida. Por otro lado un psicoanalista, tratado con humor e ironía, estará presente como observador privilegiado de la evolución de los personajes, pero sin intervenir directamente, intervención que, sin duda, no habría mejorado en nada los resultados de la “terapia”.

Probablemente la relación que establecen Ana y Miguel en ese momento podría considerarse en términos de psicoanálisis como una “transferencia”. La transferencia es una situación que se da normalmente entre psicoanalista y paciente y que consiste en que este último “tiñe” la relación con el psicoterapeuta de las características de sus propias relaciones personales conflictivas, lo que permite al profesional entender y “sentir” cómo las vive el paciente. Pero, tal y como muestra la obra, también se dan transferencias en nuestras relaciones cotidianas y, y eso es lo importante, el poder de curar no está en el terapeuta, sino en la capacidad del “doliente” de utilizar su relación con los otros para tomar conciencia de los patrones que sigue a la hora de sentir y de actuar y que éstos dejen de ser para él fantasmas terroríficos. Por eso, cualquier ocasión de comunicarse con los demás es buena para facilitar ese despertar de la conciencia. Además, en el curso del diálogo entre los dos personajes principales la obra sugiere algunas pistas acerca de su pasado que ayudan a dar coherencia psicológica a ambos. En el caso de Ana, tratada con más detalle, ciertas anécdotas podrían apuntar a que ésta ha escogido una relación de pareja en la que se repiten determinados papeles aprendidos en su infancia.

En definitiva yo veo la obra, primero, como un recordatorio del poder del individuo que, hasta cierto punto, escoge cómo necesita ser tratado por los demás y, por eso mismo, tiene la capacidad de llegar a darse cuenta de lo que ha elegido que le hagan los otros y, sobre todo, de lo que ha estado haciendo con su propia vida hasta el momento.  En segundo lugar, como una reflexión sobre lo esencial de la comunicación para el desarrollo personal, ya que nos permite vernos en el espejo de los demás y a los otros en el nuestro. Y, finalmente, como una llamada de atención a una sociedad que está desplazando cada vez más el núcleo de la comunicación del objeto y el fin de la misma a los medios que la hacen posible y, en concreto, a su técnica, especialmente a la técnica del software informático y a la técnica del “software” humano.

ÚLTIMAS TARDES CON TERESA

Acabo de terminar “Últimas tardes con Teresa”, de Juan Marsé, y esta novela me ha traído a la cabeza varias obras. La primera es “Rojo y Negro”, porque para mí el Pijoaparte de Marsé tiene algo del Julian Sorel de Stendhal. De hecho, en el monólogo interior con que el  murciano pretende darse ánimos al colarse en una fiesta elegante, al principio del libro, hay una paráfrasis de uno de los pasajes más conocidos de “Rojo y Negro”, pero en basto, algo así como: “Si dentro de un minuto no estoy hablando con esa chica, me la corto y se la echo a los perros.” Las demás son obras posteriores a la del catalán. Una de ellas es también una novela: “Castillos de Cartón”, de Almudena Grandes. Ésta transcurre en unas coordenadas completamente distintas, el Madrid de “La Movida”, pero, tal y como yo lo veo, viene a plantear lo mismo que “Últimas tardes”: una relación amorosa que o es un trío o no es, porque hace falta juntar a tres seres incompletos para reunir todos los elementos necesarios para constituir una auténtica pareja. La otra es una película: “Hable con ella”, de Almodóvar. Aunque la cinta del manchego ya me había demostrado que eso era posible, en la novela de Marsé ha vuelto a sorprenderme la habilidad de un narrador para lograr que una mujer en coma se convierta en un elemento tan activo de la trama. No es sólo que el cuerpo inerte de Maruja se convierte en el espacio en que se encuentran Teresa y el Pijoaparte y crea la ocasión propicia para la trama; en ese espacio hay algo más: un vacío que succiona a ambos como un bólido lanzado hacia ninguna parte. La fuerza y a la vez la debilidad de la relación de los amantes está en el coma de Maruja. Quizás esto pueda elevarse a principio de validez universal: tal vez sólo podemos amar en tanto que mortales.

¿Habrá tenido Stendhal influencia en Marsé y éste, a su vez, en Almudena Grandes y en Almodóvar? No he consultado ninguna opinión “académica” antes de escribir estas líneas. Si algún amable lector quiere aportar algo a mi visión de la novela de Marsé, le estaré muy agradecido.

Foto de Metropol 21 en Flickr


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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