ÚLTIMAS TARDES CON TERESA

Acabo de terminar “Últimas tardes con Teresa”, de Juan Marsé, y esta novela me ha traído a la cabeza varias obras. La primera es “Rojo y Negro”, porque para mí el Pijoaparte de Marsé tiene algo del Julian Sorel de Stendhal. De hecho, en el monólogo interior con que el  murciano pretende darse ánimos al colarse en una fiesta elegante, al principio del libro, hay una paráfrasis de uno de los pasajes más conocidos de “Rojo y Negro”, pero en basto, algo así como: “Si dentro de un minuto no estoy hablando con esa chica, me la corto y se la echo a los perros.” Las demás son obras posteriores a la del catalán. Una de ellas es también una novela: “Castillos de Cartón”, de Almudena Grandes. Ésta transcurre en unas coordenadas completamente distintas, el Madrid de “La Movida”, pero, tal y como yo lo veo, viene a plantear lo mismo que “Últimas tardes”: una relación amorosa que o es un trío o no es, porque hace falta juntar a tres seres incompletos para reunir todos los elementos necesarios para constituir una auténtica pareja. La otra es una película: “Hable con ella”, de Almodóvar. Aunque la cinta del manchego ya me había demostrado que eso era posible, en la novela de Marsé ha vuelto a sorprenderme la habilidad de un narrador para lograr que una mujer en coma se convierta en un elemento tan activo de la trama. No es sólo que el cuerpo inerte de Maruja se convierte en el espacio en que se encuentran Teresa y el Pijoaparte y crea la ocasión propicia para la trama; en ese espacio hay algo más: un vacío que succiona a ambos como un bólido lanzado hacia ninguna parte. La fuerza y a la vez la debilidad de la relación de los amantes está en el coma de Maruja. Quizás esto pueda elevarse a principio de validez universal: tal vez sólo podemos amar en tanto que mortales.

¿Habrá tenido Stendhal influencia en Marsé y éste, a su vez, en Almudena Grandes y en Almodóvar? No he consultado ninguna opinión “académica” antes de escribir estas líneas. Si algún amable lector quiere aportar algo a mi visión de la novela de Marsé, le estaré muy agradecido.

Foto de Metropol 21 en Flickr

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6 Responses to “ÚLTIMAS TARDES CON TERESA”


  1. 1 mamenf1 19 julio 2010 en 22:53

    La verdad que asusta un poco dar opinion ante tanta sabiduria la tuya donde se ve como lo vives, te gusta y lo que entiendes. Pero desde luego muy de acuerdo contigo,muy buena tesis si señor.

    Un saludo amigo.

    • 2 José Ignacio 20 julio 2010 en 8:54

      Mamen, ¡por Dios! ¡No me digas eso! Me gustan mucho los libros y la cultura en general, pero creo que no son para la erudición, sino para disfrutarlos; quizás por eso, como tú dices, “los vivo”. Yo no tengo ni idea de literatura. Leo lo que el tiempo me permite y escribo lo que el libro me sugiere. Inicié este blog, entre otras cosas, para escribir sin tener ni idea y sin complejos, en la esperanza de ir aprendiendo de los que quieran compartir su parecer. Intento no escribir desde la cabeza, sino desde las entrañas, desde las tripas, vamos.

      Un abrazo, “formulera”.

      JI

  2. 3 ¡La hostia! 20 julio 2010 en 17:56

    He quedado impresionado, de verdad. Que compare a Stendhal con Marsé, hasta tendría un pase, aun cuando la concomitancia entre Julien Sorel y el Pijoaparte sea más bien poca o nula. No existe el nihilismo emocional del Pijoaparte en Julien, que, por si no se ha dado cuenta, es un émulo de Napoleón en “Rojo y Negro”. Aun así, comparar a Stendhal con Marsé (siendo el primero una gloria y el segundo sólo un magnífico escritor) lo trago. ¡Pero comparar a cualquiera de los dos con Almudena Grandes, que es ignorante como un cubo de agua, y escribe con los muñones de su cerebro, es no tener la menor capacidad de criterio y nivelación! Stendhal debe estar revolviéndose en su tumba y Marsé vomitando en su casa. Que le aproveche.

    • 4 José Ignacio 21 julio 2010 en 7:46

      Creo que no he comparado nada, simplemente he comentado asociaciones de ideas que puede vd. compartir o no, pero que, por definición, no pueden ser correctas ni erróneas.

      Yo espero que Stendhal esté disfrutando de un merecido descanso y que Marsé goce de una buena salud; lamentaría mucho por él que algo que, en el peor de los casos, puede ser un error de apreciación por mi parte, le afectara hasta el punto de hacerle vomitar. Creo que el único que vomita agresividad es vd. Tal vez sepa vd. mucho de literatura, pero creo que la verdadera cultura es inseparable de la educación y, al menos en esta ocasión, me parece que vd. se ha olvidado de ella.

      Me alegro de que haya opinado, pero lamento que el tono en que lo hace exija un esfuerzo para extraer lo que su mensaje tiene de aprovechable. Lamentablemente, este es un problema muy común hoy en día, dado el tipo de comunicación que predomina.

      JI

  3. 5 ediprei 21 julio 2018 en 21:11

    No comentaremos esta obra desde la literatura, sino desde la política, o desde la sociología o psicología.

    Porque es muy importante señalar que lo que nos impulsa a la acción son nuestros intereses personales. En esta novela, queda claro que lo que mueve a Pijoaparte es su afán de participar de las ventajas de los de clase más alta y, sobre todo, la ambición de acostarse con Teresa.

    Sus ideales políticos son una ficción para ganar su amor, o su simpatía.
    Una buena novela para hacernos conscientes de que los idealismos aparentemente más puros pueden ser falsos, o volátiles.

    ¿Cómo hacer para que no nos engañen?
    O para no engañarnos nosotros mismos?

    Tal vez la solución es la investigación científica de lo que creemos, de lo que cree nuestra sociedad. Hacerlo, será tomar la “Píldora Roja” de MATRIX.
    La directora de cine Cassie Jaye tomó la “Píldora Roja” un poco por casualidad, cuando recogía datos para hacer un documental defendiendo el feminismo.

    Pero los datos encontrados le hicieron cambiar el enfoque del documental.
    Aquí tenemos un trailer de muestra del mismo:

    Cassie estaba viviendo una realidad MATRIX, y su investigación hizo que se encontrara con la PÍLDORA ROJA.
    http://edipais.wordpress.com

    • 6 José Ignacio 18 noviembre 2018 en 11:47

      Muchas gracias por tu visita y tu comentario y, ante todo, mis disculpas por tardar tanto en contestar, pero desgraciadamente me falta tiempo para ocuparme sistemáticamente del blog.

      El Dr. Adler, discípulo de Freud, acabó entrando en conflicto con su maestro porque creía que la fuente última de los impulsos humanos no está en la libido, sino en el complejo de inferioridad que surge cuando el niño pequeño compara sus propias capacidades con las de los adultos que lo rodean. Pero hay algo positivo en esa sensación de inferioridad, porque es lo que nos lleva luchar por desarrollar nuestras capacidades para salvar ese “desnivel” que nos atormenta.

      Eso es lo que yo creí ver en “Últimas tardes con Teresa”, la historia de un personaje que se siente insignificante y quiere dejar de serlo. Seguramente no diferiría mucho de la historia de un pequeño teniente corso o de la de un cabo del ejército alemán herido en la guerra y sumido en el fracaso personal y la falta de horizonte, salvo por las circunstancias históricas, la visión de éstas que cada uno fue capaz de alcanzar y los rasgos de carácter (grado de narcisismo, biofilia, necrofilia) que cada uno utilizó como “palanca” para influir en el momento histórico. Así, Pijoaparte siguió siendo un insecto, invisible para la sociedad, Napoleón fue un asesino que modernizó Europa insuflándole los principios de la Revolución Francesa, una vez pasados por el tamiz que los hizo aceptables a la rampante burguesía y Hitler… pues eso, el demonio en “persona”, el aldabonazo que nos recordó que la luz tan intensa que irradiaron las nuevas concepciones del mundo en el S. XX también arrojaron sombras más oscuras que la noche.

      En definitiva, estoy de acuerdo que lo que nos impulsa a la acción son nuestros intereses personales, pero ello no supone necesariamente una descalificación de la acción y sus resultados si éstos son la expresión de una inteligencia y un estructura de personalidad capaz de sacar brillo al diamante en bruto escondido en determinados momentos históricos. Un abrazo.


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