Archivo para 29 abril 2011

EL SENTIDO EN UNA BANDERA A CUADROS

Lewis Hamilton, campeón mundial de F1, un pilotazo que, probablemente, marcará época, declaró el otro día, tras su victoria en el GP de China: “Existo, vivo y respiro para ganar.” Por su parte Vettel, también campeón del mundo con casi todos los récords de precocidad en ese deporte, preguntado hace poco por un periodista sobre cuál serán su motivación y sus retos una vez que ha ganado el Mundial de 2010, respondió con igual rotundidad que el británico: “En seguir ganando en este juego, es tan simple como eso.

Hace casi 45 años Viktor Frankl, como probablemente hacen Hamilton y Vettel, llevaba a cabo una intensa actividad física y seguía una estricta dieta, pero no se estaba entrenando para practicar ningún deporte: psquiatra Vienés, en el otoño de 1942 fue deportado al campo de concentración de Theresiendstadt , junto a su esposa y sus padres, debido a su origen judío. Sólo él sobreviviría al final de la guerra. En su famoso libro El hombre en busca de sentido,  Frankl nos dejó estas palabras:

La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba, era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida.

Frankl halló que, incluso en las circunstancias más extremas, hay algo que a una persona no se le puede arrebatar si no se deja: la libertad interior de elegir la propia actitud del hombre ante las fuerzas que le son ajenas. La actitud de un hombre ante su destino le da muchas oportunidades para añadir a su vida un sentido más profundo, que hace que vivirla merezca la pena:

(…) muchos de los prisioneros del campo de concentración creyeron que la oportunidad de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o bien se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros.

Entonces, parece que uno puede tomar la vida como una amenaza que le lleve a sacar lo peor de sí mismo, o como un desafío que le ayude a entregar lo mejor. Pero, como veíamos al principio, también hay quien se marca sus propios desafíos: son los que sienten pasión por la victoria.

Siempre me he preguntado que hay en el fondo de quienes persiguen el triunfo. ¿Se trata de alguien que sólo encuentra sentido a su vida en la victoria, o se trata de alguien que se siente capaz de ganar porque para él todo tiene sentido? En el primer caso estamos ante un ser tan frágil ante el destino como un jugador de ruleta rusa. En el segundo caso estamos ante un individuo capaz de dar sentido a un pasatiempo tan estúpido como dar vueltas a una pista, pero no más estúpido que hacer por vivir con la total certeza de que uno ha de morir; esa persona otorga un sentido a la victoria en el deporte, pero también se lo podría haber dado a la elaboración de encurtidos. Se trata de alguien tan deseoso de conocer lo mejor de sí mismo explorando los límites que se marca sus propios retos; se trata, ante todo, de un campeón de sí mismo. Tal vez todos tenemos el germen de esa capacidad de dar sentido a la vida, pero en general preferimos admirarla en otro antes que luchar por convertir nuestras experiencias en una victoria interna. No lo sé.

Cada vez que veo a un gran campeón me surge la duda de qué tiene dentro: ¿la fragilidad del que necesita el triunfo para compensar su vacío interior o la fortaleza del que se pone desafíos para expresar su grandeza? Como se trata de una “simple” cuestión de actitud, sólo las personas más próximas a ellos pueden saber quiénes son realmente. Quizás.

Fotos: highmotor.com (Hamilton), islakokotero.blogsome.com (Frankl), as.com (Vettel)

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¿ACORRALADOS? (y 2)

El otro día, comentando mi anterior entrada – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2011/04/01/%c2%bfacorralados/-, otro amigo me dijo: “No se trata ya sólo de los padres con respecto a los hijos; esta cultura de proteger tanto todo lo que se considera protegible acaba por meternos a todos en la cabeza que el otro siempre es chungo; ésa es la verdadera cara de lo políticamente correcto”.

Tiene razón, la ideología de lo políticamente correcto ensalza el valor de lo humano “per se”, sin distinciones de género, raza, credo…, y así propugna un ideal de convivencia colectiva que, sin embargo, resulta no ser tan fuerte como su convencimiento profundo de que cada individuo concreto encarna justamente el negativo de ese ideal. En realidad lo políticamente correcto encierra un fuerte pesimismo antropológico, tanto más insidioso cuanto más intenso es su empeño en presentarse como el humanismo de los nuevos tiempos. Tengo la impresión de que lo políticamente correcto no nos hace mucha gracia a nadie, pero creo que habría que plantearse si, a pesar de ello, el pesimismo que encierra no está contribuyendo al debilitamiento de las relaciones personales ante el avance de la vigilancia colectiva e institucional.

Hoy leo en un periódico que el plan contra el alcohol comenzará a partir de los 9 años. ¿Eso no es ver a cada niño como un alcohólico en potencia, casi antes de que sepa escribir esa palabra sin faltas de ortografía? ¿No es mandar a cada padre el recado de que las cosas se desbordan y de que va a ser incapaz de controlar la situación como las instituciones no tomen cartas en el asunto? ¿No es pronunciar una profecía autocumplidora?

¿Por qué no dejarse de tanto plan y dejar su espacio propio a las relaciones humanas? Son las carencias en esas relaciones lo que impulsa a las personas a hacerse adictos a cualquier forma de compensación, y ese vacío personal no lo van a llenar los planes, ni las instituciones, ni cualquier otra clase de organización o estructura.

Tal vez estamos encerrados en un círculo vicioso: acabamos convencidos de que necesitamos ayuda desde “lo colectivo” porque, a su vez, “lo colectivo” nos impone un modelo ideal de convicciones, de conducta y de convivencia que atacamos desde el humor o desde el  cinismo, pero que, en el fondo, asumimos. Sin embargo, esa exigencia nos desborda hasta el punto de hacernos sentir incapaces, sobre todo en las relaciones personales que más nos importan. Creo que ese modelo, de límites borrosos, se puede identificar con el concepto, no menos fantasmagórico, de “lo políticamente correcto”.

Seguramente, en su vida cotidiana, la mayoría de las personas de generaciones anteriores no sentían ese ideal tan acusado de perfección personal porque, consciente o inconscientemente, confiaban en la capacidad del ser humano y, señaladamente, en la de sus hijos, para ocupar un lugar razonablemente satisfactorio en la vida. Sin duda hoy no nos gustan muchas cosas de su forma de educar, pero creo que no se les puede negar que lograron transmitir a los que vendrían después un cierto legado de auto-confianza y de responsabilidad. Y que conste que no añoro nada; como mucho, los dibujos animados de “Los autos locos” y los tebeos de Spiderman impresos en blanco y negro y en papel barato.

 

Foto: xooimage.com

¿ACORRALADOS?

El otro día un “lance” de juego de la hija de un amigo mío acabó con la niña en el servicio de urgencias de traumatología. Mi amigo me comentó que, para su sorpresa, nada más poner el pie en la consulta se le pidió que esperara fuera mientras examinaban a su hija. Al cabo de muy poco tiempo le hicieron pasar para informarle de que sólo se trataba de una pequeña contusión sin ninguna importancia.

Dado que las exploraciones se hacían tras un biombo, la única razón que se nos ocurrió para hacer salir a mi amigo era impedir que presenciara el diálogo entre los médicos y la paciente. Pero, teniendo en cuenta que se trataba de una niña de 11 años, ¿qué datos íntimos había que proteger de la posible voracidad inquisitiva paterna? Tras darle unas cuantas vueltas más la única conclusión que nos pareció lógica fue que, probablemente, se trataba de un protocolo médico en caso de lesiones sufridas por un menor, para liberar a éste de cualquier posible coacción y así asegurarse de que no es precisamente el padre su posible agresor.

La verdad es que esta posibilidad me produjo una mezcla de estremecimiento y tristeza. Es cierto que, desde siempre, la ley ha previsto la existencia de posibles conflictos entre los menores y sus padres, pero dichos conflictos se consideraban desde el punto de vista social y normativo como excepciones al sobreentendido de que los padres estaban ahí para querer, proteger y ayudar a crecer a sus hijos y que, efectivamente, lo hacían. Ahora bien, si la interpretación que hicimos mi amigo y yo de lo sucedido es correcta, me pregunto si estamos ante una tendencia a considerar, por sistema, que cualquier padre puede ser tan peligroso para sus hijos como los coches que pasan por la calle, una tendencia con fuerza suficiente como para que haya llegado a institucionalizarse en la atención médica; éste no es el primer indicio en tal sentido que me llega: ya me habían hablado de desconocidos interrogando en cualquier lugar público a niños ajenos con alguna magulladura visible para descubrir si tenían al enemigo en casa. Desde esa perspectiva, ¿en qué se estaría convirtiendo, en la concepción colectiva, la esfera de protección que debe rodear a todo niño, una vez que sus padres se han quedado fuera? Parece que la responsabilidad de cuidar a los niños se estaría desplazando a cualquier “espontáneo” o, de forma más estructurada, a los profesionales de los servicios asistenciales que, ante cualquier daño sufrido por un menor aplican protocolos de actuación que inicialmente no excluyen a nadie de la esfera de sospechosos.

Desgraciadamente, es innegable que se producen muchas agresiones físicas a menores por parte de los adultos que conviven con ellos, y no parece nada fácil rastrear las causas profundas de ese mal tan desgarrador, pero a lo mejor la respuesta que se está dando al problema nos está atrapando inconscientemente en un círculo vicioso.

 Me explico: se dice que, cuando una criatura, persona o animal, se enfrenta a un peligro, su instinto lo suele llevar a poner en marcha unos mecanismos de defensa que, por lo general, son, sucesivamente, la huida (marcharse), la lucha (agresión) o la disociación (“desconectarse” emocionalmente de una situación negativa e irremediable). Me resulta sorprendente el parecido de estas reacciones defensivas con las actitudes para con los hijos que tantas veces se reprocha a los padres de hoy en día: el abandono de la familia, el maltrato o la desatención, cada uno en toda la amplitud de su espectro. Nada más lejos de mi intención que disculpar a ningún padre – ni disculparme yo, por la parte que me toca como tal -, pero tras lo sucedido a mi amigo me he quedado enganchado a la idea de que tal vez el “padre” es un espécimen que, consciente o inconscientemente, se siente acorralado por una presión colectiva que le está transmitiendo que no se encuentra capacitado para su función y que, consiguientemente, lo está empujando fuera de su lugar natural, que es el de proteger a sus hijos. Ese mensaje sería el correlato en negativo del ideal actual de padre, un ideal seguramente poco realista y con exigencias incluso contradictorias, una especie de sistema con más incógnitas que ecuaciones que casi todos, al menos en alguna ocasión, nos hemos desesperado tratando en vano de resolver y, tal vez, la presión generada estaría favoreciendo las actitudes defensivas a que nos hemos referido.  En cualquier caso, los niños son tremendamente receptivos y perspicaces, y uno piensa si la propia presunción de que sus progenitores pueden resultar, “per se”, inadecuados para ellos no constituye, de entrada, una importante agresión para cualquier menor, al minar su confianza en las personas que deberían constituir su primera referencia afectiva.

Hay gente que se queja de que, con el desarrollo de la tecnología del diagnóstico, los médicos ya no saben tocar a sus pacientes para averiguar cómo andan de puertas a dentro. Esta referencia al diagnóstico en medicina es sólo un ejemplo; creo que sería muy deseable, no sólo que todos aquellos que de un modo u otro se dedican a cuidar de los demás fueran maestros en el arte de “tocar”, de percibir lo que hay “detrás” de cada situación que se les presenta – muchos ya lo son -, sino, además, que se les dejara hacer. De esa forma, sobre los protocolos de actuación primaría ese arte que le dice al profesional cuándo es necesaria una intervención fuera de lo corriente porque algo va mal. Tal vez esto es sólo una utopía por la masificación, pero si por sistema se actúa como si lo natural no fuera también lo normal, me temo que todo acabará siendo anormal, también por sistema.

 

Foto: “Gran Hermano”, de Daniel Lira en Flickr


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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