Archivo para 24 junio 2011

TEMPUS REGIT ACTUM

El 30 de enero de 1649 Carlos I de Inglaterra fue ejecutado como reo de traición tras varios años de creciente conflicto con el Parlamento, que trataba de oponerse al absolutismo del monarca negándole la financiación que el soberano solicitaba, mientras éste se empeñaba en continuar avasallando a la cámara de representantes. El 1 de septiembre de 1789 Luis XVI se dejó la cabeza en la guillotina, como respuesta de una nación empobrecida y desesperada ante los abusos de un monarca absolutista, que no dudó en pedir la ayuda del ejército prusiano contra su propio pueblo cuando vio peligrar el trono. Probablemente estos sangrientos hechos contribuyeron a grabar a fuego en los genes de las sucesivas generaciones de ingleses y franceses que cualquier poder humano tiene sus límites, y que cuando se los salta, responde. Pienso que a nosotros, para graduarnos como nación moderna, aún nos falta una revolución que también nos demuestre que el poder responde.

Lo primero que tendríamos que tener claro es si estamos realmente convencidos de que el poder político se lo prestamos a los gobernantes y que éstos tienen que rendir cuentas de lo que hacen con él, más allá de las meras declaraciones de los textos legales. Mi planteamiento dubitativo surge a raíz de los muchos votos recibidos por el PP, que parece obtener más apoyo electoral precisamente donde más se pone en tela de juicio el comportamiento de sus dirigentes. En cuanto al PSOE, ¿qué se puede decir de su respuesta interna ante el último batacazo electoral, eludiendo un congreso o unas primarias y designando a dedo a su candidato a las próximas generales? El PSOE me recuerda mucho a una historia que me contaron sobre un individuo que, en la terraza de una cafetería, pidió un café vienes. El camarero, muy joven y probablemente eventual para el verano, le preguntó que qué era aquéllo, a lo que el cliente respondió que el café vienés es como el irlandés, pero sin whisky, y aprovechó para aclarar que quería el café descafeinado. Quizás eso ya fue demasiado para el bisoño mozo, que ya no pudo reprimirse más y, mirando con guasa al cliente le soltó: “Oye, ¿tú fumas porros?” Pues eso, para mí el PSOE es algo así como un café irlandés sin whisky, con el café descafeinado, la nata baja en calorías y, además, endulzado con sacarina; no sé yo si estarán para muchas revoluciones. Aparentemente este partido ha sido bastante castigado por sus habituales votantes, pero qué hará el electorado de izquierdas a partir de ahora no deja de ser una incógnita. En cualquier caso, si hay verdadera voluntad de un cambio profundo no tengo duda de que ésta tendrá que expresarse y sostenerse desde “la calle”; no me parece que los partidos vayan a cambiar por propia iniciativa las ofertas habituales en sus catálogos.

Entonces, si una voluntad general de regeneración política se hace patente, el siguiente paso sería dejar claro al poder que eso es lo que queremos; la cuestión es cómo. Aquí me parece oportuno traer a colación un viejo aforismo jurídico que reza: “tempus regit actum”, es decir, aun en los casos excepcionales en que el contenido de un acto esté regido por una norma del pasado, su forma debe adecuarse a lo dispuesto en las reglas en vigor en el presente. Que yo recuerde, en España nunca hemos ejecutado a un rey y, afortunadamente, ya no es tiempo histórico de hacerlo. Entonces, ¿cómo llevar a cabo esa revolución pendiente que es como un fantasma del pasado que nos persigue exigiendo redención? En la actualidad, ¿cómo se demuestra al poder que de ahora en adelante se le va a exigir una responsabilidad efectiva por sus decisiones?

Hace casi medio siglo Eric Berne puso de manifiesto la dinámica de los juegos psicológicos en que a menudo todos nos embarcamos sin darnos cuenta. En ellos, dos o más personas van asumiendo sucesivamente el papel de perseguidor, víctima y salvador, en una carrera en círculo que sólo se detiene si alguien interviene desde fuera, o mediante una toma de conciencia por parte de los jugadores. Tal vez ésa sea una de las razones del fracaso histórico de todos los sistemas políticos estatalistas, porque de un modo u otro éstos fueron establecidos contra algo o contra alguien, o ambas cosas a la vez. De ser así, también podríamos encontrar aquí la razón del triunfo del capitalismo. En efecto, si bien se piensa, en realidad este sistema no se dirige específicamente contra nadie. Lo que sucede es que, en sus formas más descarnadas, simplemente ignora por completo a aquellos individuos que constituyen un simple instrumento a su servicio. Pero la reacción de alguien a quien se ignora suele ser buscar la aceptación, para lo cual a menudo pasa a su vez a ignorar a otros. En definitiva, el objetivo secreto o explícito del ignorado es, en muchos casos, tener la fortuna de ser absorbido por el sistema, y así éste tiende a perpetuarse sin cambios, o a restablecerse tal cual una vez superada cualquier conmoción traumática.

Seguramente, la alternativa más constructiva a esta clase de juegos de perseguidores y víctimas, tan habituales a grande y pequeña escala, es tratar de plantear las relaciones personales, laborales y políticas en clave de: “yo gano, tú ganas”. A mi juicio, de aquí se pueden extraer al menos dos conclusiones: La primera es que la regeneración política habría de centrarse más en la forma en que el poder debe tomar las decisiones, y en el control de su ejecución, que en el contenido de éstas; así, procurando no decantarse por opciones políticas muy específicas, es más difícil que cualquier sector quede fuera del proceso de cambio. Desde este punto de vista, en las manifestaciones de “indignados” creo que sobran, por ejemplo, las banderas republicanas (con toda la simpatía que me inspiran); desde luego, no creo que ahora mismo haya un sentimiento generalizado a favor de tal giro, y menos de su urgencia. La segunda es que deberíamos huir como del fuego de la tentación de tratar de hacer reformas a la contra: contra los bancos, contra los burgueses, contra los políticos; otra cosa es hacer por colocar a estos últimos, y con ellos al conjunto de la ciudadanía, en su sitio.

Para concluir estas ideas introductorias, si tratamos de ser constructivos, probablemente no esté de más reflexionar que ese “yo gano, tú ganas” no sólo se proyecta en un “deber ser”, sino que ya está, de hecho, en la base de cualquier organización social (aunque no con todo el alcance que sería deseable). Es decir, como contrapunto a las tendencias individualistas a ultranza, vendría bien tomar conciencia de cuánto nos reporta a todos y cada uno nuestra relación con la sociedad a la que pertenecemos: llevándolo al extremo, creo que ningún emprendedor ni ningún líder sería más que un homínido que dirige a sus huestes bramando y enarbolando un fémur, si no se hubiera apoyado en los medios creados por la colectividad para cultivar sus virtudes personales y materializar su potencialidad. Por lo tanto, de la realidad de ese “yo gano, tú ganas” pueden extraerse de forma natural planteamientos sobre la justicia distributiva y, en particular, sobre el reparto de los riesgos derivados de la actividad política y económica. Ya decía Steven Covey, uno de los actuales gurús del “coaching”, que la clave para que una empresa funcione correctamente, y además pueda mantener un nivel de desempeño satisfactorio de forma continuada, es que los jefes sólo obtengan incentivos si también los obtienen los empleados que están bajo su responsabilidad. Y sin duda ese planteamiento podría hacerse extensivo a colectividades tan amplias como queramos.

A partir de lo anterior quisiera esbozar algunas sugerencias para concretar esa supuesta voluntad de regeneración política. Me gustaría que pudieran inspirar a otros a depurarlas y a desarrollarlas y, de esa forma, contribuir a que surjan proyectos capaces de convertirse en actuaciones, aunque tales proyectos acaben tan alejados de estas ideas como el último mensaje del primero en el juego de “el teléfono descacharrado”:

1) Reforma de la ley electoral. Creo que es casi unánime el deseo de modificar radicalmente la ley electoral para que el voto minoritario esté debidamente representado. Actualmente cada uno de los dos partidos mayoritarios sabe casi seguro que sólo es cuestión de esperar ocho años para que le toque su ciclo de gobierno. De esta forma ninguno de ellos tiene que arriesgarse a interpretar la voluntad de la ciudadanía y a traducirla en propuestas electorales novedosas. Por eso, sin negar del todo la representatividad de los actuales representantes electos, pienso que no es irrazonable matizarla, porque sólo podemos elegir en función de lo que nos ofrecen, y en la práctica no tenemos ningún control sobre tal oferta política que, de forma machacona, viene a ser siempre la misma.

2) Democracia participativa. Me gusta la propuesta de la acampada de Málaga: reducir el número de firmas necesarias para promover la iniciativa legislativa popular y hacerla extensiva a todas las materias, sin limitaciones (aunque el número de firmas requeridas podría reforzarse en caso de materias cualificadas). Añado que, en caso de prosperar la iniciativa, al grupo proponente debería dársele voz (aunque no voto, claro) para defenderla en la correspondiente cámara de representantes en un debate público. De esta forma, aunque la iniciativa no prosperase, al menos todos podríamos valorar las distintas posiciones mantenidas y la negativa del poder político a llevarla a cabo… y decidir la próxima vez a quién votamos.

3) Eliminación de los privilegios de la clase política. De la supresión de las pensiones vitalicias poco se puede decir, porque es que cae de su peso. En mi opinión, también deberían rebajarse los sueldos de los políticos, siempre en el marco retributivo de un trabajador al que se supone un nivel de cualificación y dedicación alto. Sé que esto es discutible, pero a mí me parece una barbaridad que, por ejemplo, los Presidentes del Congreso y del Senado cobren en torno a nueve mil euros mensuales. Con esa medida se conseguiría, entre otras cosas, atraer a políticos vocacionales, no a personas para las que el dinero asociado al cargo (que en muchos casos ya les sobra por otro lado) es un broche más con que vestir su ambición. Se me puede objetar, como he escuchado otras veces, que disminuyendo las retribuciones no se logra atraer a la política a individuos brillantes. Pero es que de hecho ahora cobran mucho y tampoco lo son. Además, pongo la mano en el fuego de que la gente corriente no queremos que nos dirijan fenómenos de los negocios, sino personas con cierta sensibilidad y con deseo de mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos. Dentro de este apartado, también debería haber un control estricto del patrimonio de los servidores de la cosa pública, empezando por el Rey, que es el primero de ellos. Una total transparencia y control parlamentario de las finanzas de la Casa Real tendría un impacto psicológico importantísimo para afirmar la idea de que todo poder humano ha de responder, y además es una alternativa moderna, respetuosa y limpia a la polvorienta idea de guillotinar al Rey en una plaza pública. En este punto estoy completamente seguro de que al menos una persona, si me leyera, se mostraría de acuerdo conmigo: el monarca.

4) Responsabilidad civil de los gobernantes. Bromas más o menos irreverentes al margen, es evidente que ya no es momento de guillotinar a nadie. Por otra parte, las exigencias del Estado de Derecho han reducido el Derecho penal tan sólo a un último recurso del Estado frente las conductas más antisociales. Eso, junto con el principio de tipicidad, el derecho a la presunción de inocencia, el principio “in dubio pro reo” y la inmunidad parlamentaria, hacen prácticamente imposible, y en la mayoría de los casos creo que indeseable, someter a la sanción penal algo que puede ser tan difuso en su intencionalidad y consecuencias como los actos políticos. Pero, ¿y la responsabilidad civil? Nada impide que un gobernante pueda responder civilmente (esto es, indemnizando) del daño causado a otros con sus decisiones, y esa responsabilidad civil es mucho menos exigente en cuanto a sus requisitos que la responsabilidad penal; creo que en este sentido merecería la pena estudiar el caso de Islandia. Para asegurar la efectividad de esa responsabilidad, la ley podría obligar a los principales bancos a avalar hasta cierta cuantía a las personas con determinado nivel de responsabilidad de gobierno. Hasta tiempos relativamente recientes, regía el sistema electoral de sufragio censitario, es decir, se otorgaba valor a cada voto en función del nivel de rentas del votante. Desde antiguo (creo recordar que esto ya aparece en textos de Cicerón) se intentaba justificar este criterio en virtud del razonamiento de que deben tener más poder de decisión quienes más intereses económicos ponen en juego en la marcha de los asuntos públicos. Quizás es hora de darle la vuelta del todo a ese argumento: los bancos siempre ganan, más o menos, pero siempre ganan mucho, vayan las cosas como vayan. Por eso deberían asumir una mayor porción del riesgo que comportan las consecuencias de las decisiones políticas. De paso, la obligación de los grandes bancos de prestar aval a los gobernantes serviría de indicación a los jueces de que, si se cumplen rigurosamente los requisitos legales, nada ni nadie les impide exigir al poder que compense en lo posible el daño que ha hecho. Por supuesto, si los avales bancarios fueran ejecutados en un supuesto semejante, lo primero que harían los avalistas sería perseguir los bienes personales del gobernante, por lo que éste acabaría respondiendo de su incorrecta gestión.

5) Equilibrio entre beneficios y riesgos en las relaciones laborales. Se acusa a varios gobiernos, en especial a los de España, Portugal y Grecia, de no haber previsto y, después, valorado correctamente el alcance de la crisis, y probablemente haya parte de razón en esa crítica. Pero, por otra parte, si la crisis era tan fácilmente adivinable, ¿qué decir de tantas sociedades que han venido repartiendo dividendos fastuosos durante la época de vacas gordas? Siguiendo la misma lógica hasta sus últimas consecuencias, habría que concluir que muchos empresarios han estado descapitalizando a sus empresas por negligencia o por mala fe ante la evidencia de una crisis inminente. Parto de la base de que el empresario debe tener el control de la organización productiva y debe ganar más que sus trabajadores, porque para eso corre con el riesgo empresarial. Ahora bien, la situación que estamos viviendo nos enseña, entre otras cosas, que el trabajador también acaba compartiendo, de hecho, el riesgo empresarial (ojalá estos tiempos nos ayuden a todos, cuando menos, a matizar nuestras posturas y a hacerlas más realistas). La idea de ligar parte del salario a la productividad tiene una base de justicia y puede ser un incentivo, pero para lograr que todos salgan ganando en las relaciones laborales, me parece indicado ligar también la distribución de dividendos por parte de la empresa a una serie de indicadores diseñados para medir la calidad de las relaciones laborales, y también exigir la creación de un fondo de contingencias sociales capaz de servir de parachoques en caso de necesidad.

Por último, creo que el esfuerzo de todos los grupos de “indignados” sería muy útil para el cambio si se centrara en unas pocas propuestas concretas y se marcara como objetivo que alguno de los partidos con más apoyo las incluyera en su programa electoral. De no ser así, quizás la mejor respuesta sería promover el voto nulo en las próximas elecciones, mediante algún mensaje específico escrito en la papeleta. En mi opinión, la idea de convocar una huelga general en otoño podría resultar suicida para el movimiento, entre otras cosas porque cualquiera puede pensar que, para colectivos que en gran parte aglutinan parados, resulta muy fácil pedir a otros que se compliquen aún más las cosas en sus puestos de trabajo mediante una propuesta como la huelga, sin ponerse en su lugar.

Los colectivos de “indignados” han venido demostrando hasta ahora una iniciativa y una capacidad de auto-organización como no se ha visto desde hace muchos años en el ruedo político ibérico. Éste puede ser el momento de hacer ver al poder quién manda. Si el resultado es que, al final, siguen mandando los políticos, bien por falta de voluntad o de capacidad de los ciudadanos para cambiar las cosas, al menos descansemos de una vez en la aceptación de que tenemos lo que queremos o lo que nos merecemos.

Foto: nomegustamessi.blogspot.com

ECLIPSE DE EGO

Jubilados, grupos de jóvenes alborotando, familias con niños…, gente variopinta esperaba anoche en un montículo del parque junto a las vías del tren; habían quedado con la luna. La mayoría, supongo, lo habíamos hecho a través de la prensa, como en respuesta a un anuncio de contactos un poco sui generis. No cabía duda de que casi todos los que formábamos ese espontáneo comité de recepción éramos solo curiosos, más que de aficionados a la astronomía; sólo hacía falta ver cómo escudriñábamos el cielo en todas direcciones buscando el astro, sin conocer bien las rutinas, tan predecibles, de nuestro satélite. Finalmente, conforme salía del eclipse, la luna se fue haciendo cada vez más nítida por encima de un centro comercial, probablemente la zona de más contaminación lumínica del entorno. Alguien exclamó: – ¡Nos hubiera venido mejor que saliera por ese otro lado! –, y uno piensa que el tamaño de nuestro ego podría competir sin amilanarse con cualquier magnitud cósmica, si el cosmos tuviese el más mínimo interés en la competición, claro.

Nunca ha dejado de sorprenderme la mezcla de alegría y sorpresa que suele producirnos la observación de cualquier fenómeno astronómico. Los cielos jamás se dejan recubrir de la pátina del tiempo; es como que en la observación de un astro, por manido que esté, siempre hay algo de descubrimiento personal, y de cada vez aquél sabe guardarse un poco de su misterio para la próxima cita.

De entre todos los posibles significados del término “ego” me satisface especialmente el que se le da desde el budismo: es ese conjunto difuso que forman nuestros recuerdos, nuestra imagen de nosotros mismos, nuestra opinión de la imagen que los demás tienen de nosotros, nuestros juicios sobre los demás, nuestros juicios sobre el juicio que los demás hacen acerca de nosotros… Todo eso con lo que habitualmente nos identificamos hasta la violencia y que, según el budismo, interfiere en la percepción directa de nuestro propio ser. Quizás la contemplación de los cuerpos celestes es como un paréntesis de silencio en la noche y, sobre todo, en la mente, que nos recuerda que somos un puñado de microbios que habitan un granito de materia perdido por ahí. Los astros, desde su atalaya, llaman a las cosas por su nombre y convierten todo ese entramado de construcciones mentales que forman nuestro ego en lo que realmente es: humo, polvo en el viento, como dice la canción. Pero su enseñanza no es cruel, porque al dispersar ese humo inmediatamente conectamos con nuestro propio ser y en ese trayecto que nos lleva desde el ego a echar un rápido vistazo al ser no hay ni un solo instante de desamparo; de ahí que contemplando cualquier fenómeno en el cielo nos sintamos pequeños, nadando en alta mar, pero llenos de una extraña alegría al mismo tiempo. Ayer por la noche, cuando la mancha del eclipse se hizo patente y la luna empezó a adquirir una tonalidad rojiza, hasta los niños dejaron de jugar a la Nintendo, lo que constituye una prueba casi irrefutable de la trascendencia… En fin, si todo esto es así, no me sorprende la fascinación que, desde el inicio de los tiempos, han ejercido los astros sobre las personas, ni que desde su posición de maestros exigentes, pero no crueles, se les haya considerado dioses.

Otra intuición que me sugieren los cuerpos celestes, igual que las montañas, con esa “corporeidad” tan intimidatoria que éstas a veces tienen, es la de que, más inmensa y misteriosa aún que ellos, es la conciencia que los percibe. Es el misterio de lo que resulta cercano y lejano al mismo tiempo, de lo cotidiano e intangible a la vez. “Mi” conciencia, en la cual quedan impresionados en ese instante concreto los planetas, las montañas o las estrellas, es en realidad un apéndice de La Conciencia. Igual que una ola es algo que se individualiza respecto del mar, pero que sigue siendo “mar”, la conciencia individual es un apéndice de esa Conciencia que está fuera del tiempo. Si esa expresión tuviera sentido, podríamos decir que esa Conciencia existía mucho antes que la luna, que las montañas o que las estrellas, que es más grande aún que ellas, porque puede contenerlas, y que a la vez está ahí, dentro de cada uno de nosotros.

Todas estas vivencias surgen de una visión de corte budista de la realidad. Desde mi alergia a las etiquetas que, sobre todo en verano, irritan la piel de un modo insoportable, no puedo llamarme budista ni creer a pies juntillas que las cosas sean así, pero me gustaría que así fueran.

Foto Reuters a través de tecnoark.com


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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