ECLIPSE DE EGO

Jubilados, grupos de jóvenes alborotando, familias con niños…, gente variopinta esperaba anoche en un montículo del parque junto a las vías del tren; habían quedado con la luna. La mayoría, supongo, lo habíamos hecho a través de la prensa, como en respuesta a un anuncio de contactos un poco sui generis. No cabía duda de que casi todos los que formábamos ese espontáneo comité de recepción éramos solo curiosos, más que de aficionados a la astronomía; sólo hacía falta ver cómo escudriñábamos el cielo en todas direcciones buscando el astro, sin conocer bien las rutinas, tan predecibles, de nuestro satélite. Finalmente, conforme salía del eclipse, la luna se fue haciendo cada vez más nítida por encima de un centro comercial, probablemente la zona de más contaminación lumínica del entorno. Alguien exclamó: – ¡Nos hubiera venido mejor que saliera por ese otro lado! –, y uno piensa que el tamaño de nuestro ego podría competir sin amilanarse con cualquier magnitud cósmica, si el cosmos tuviese el más mínimo interés en la competición, claro.

Nunca ha dejado de sorprenderme la mezcla de alegría y sorpresa que suele producirnos la observación de cualquier fenómeno astronómico. Los cielos jamás se dejan recubrir de la pátina del tiempo; es como que en la observación de un astro, por manido que esté, siempre hay algo de descubrimiento personal, y de cada vez aquél sabe guardarse un poco de su misterio para la próxima cita.

De entre todos los posibles significados del término “ego” me satisface especialmente el que se le da desde el budismo: es ese conjunto difuso que forman nuestros recuerdos, nuestra imagen de nosotros mismos, nuestra opinión de la imagen que los demás tienen de nosotros, nuestros juicios sobre los demás, nuestros juicios sobre el juicio que los demás hacen acerca de nosotros… Todo eso con lo que habitualmente nos identificamos hasta la violencia y que, según el budismo, interfiere en la percepción directa de nuestro propio ser. Quizás la contemplación de los cuerpos celestes es como un paréntesis de silencio en la noche y, sobre todo, en la mente, que nos recuerda que somos un puñado de microbios que habitan un granito de materia perdido por ahí. Los astros, desde su atalaya, llaman a las cosas por su nombre y convierten todo ese entramado de construcciones mentales que forman nuestro ego en lo que realmente es: humo, polvo en el viento, como dice la canción. Pero su enseñanza no es cruel, porque al dispersar ese humo inmediatamente conectamos con nuestro propio ser y en ese trayecto que nos lleva desde el ego a echar un rápido vistazo al ser no hay ni un solo instante de desamparo; de ahí que contemplando cualquier fenómeno en el cielo nos sintamos pequeños, nadando en alta mar, pero llenos de una extraña alegría al mismo tiempo. Ayer por la noche, cuando la mancha del eclipse se hizo patente y la luna empezó a adquirir una tonalidad rojiza, hasta los niños dejaron de jugar a la Nintendo, lo que constituye una prueba casi irrefutable de la trascendencia… En fin, si todo esto es así, no me sorprende la fascinación que, desde el inicio de los tiempos, han ejercido los astros sobre las personas, ni que desde su posición de maestros exigentes, pero no crueles, se les haya considerado dioses.

Otra intuición que me sugieren los cuerpos celestes, igual que las montañas, con esa “corporeidad” tan intimidatoria que éstas a veces tienen, es la de que, más inmensa y misteriosa aún que ellos, es la conciencia que los percibe. Es el misterio de lo que resulta cercano y lejano al mismo tiempo, de lo cotidiano e intangible a la vez. “Mi” conciencia, en la cual quedan impresionados en ese instante concreto los planetas, las montañas o las estrellas, es en realidad un apéndice de La Conciencia. Igual que una ola es algo que se individualiza respecto del mar, pero que sigue siendo “mar”, la conciencia individual es un apéndice de esa Conciencia que está fuera del tiempo. Si esa expresión tuviera sentido, podríamos decir que esa Conciencia existía mucho antes que la luna, que las montañas o que las estrellas, que es más grande aún que ellas, porque puede contenerlas, y que a la vez está ahí, dentro de cada uno de nosotros.

Todas estas vivencias surgen de una visión de corte budista de la realidad. Desde mi alergia a las etiquetas que, sobre todo en verano, irritan la piel de un modo insoportable, no puedo llamarme budista ni creer a pies juntillas que las cosas sean así, pero me gustaría que así fueran.

Foto Reuters a través de tecnoark.com

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2 Responses to “ECLIPSE DE EGO”


  1. 1 emilio 16 junio 2011 en 9:48

    Me ha gustado mucho tu artículo. Para no creer del todo en algunas cosas, hablas muy certeramente de ellas. Y de mi parte te señalo, que no sólo la Concienca estaba antes que al luna y que las estrellas, que lo estaba, es que no hay otra cosa. Cuando la Conciencia toca la materia aparece la consciencia, pero no hay otra cosa que esa Conciencia de la que todo y todos participamos. Tampoco se puede decir que estaba antes de la luna ni que sea eterna, el tiempo no le afecta, está más allá del tiempo y del verbo y, desde luego, es lo único que hay, es lo único que ES. Apúntate un tantito a tu artículo porque eso pasa. También pasa cuando miras el fuego o el mar. No te procupas de nada, no tienes miedo de nada, ni sabes si es tarde o temprano, se suspende en alguna medida el ego.

    • 2 José Ignacio 16 junio 2011 en 10:15

      Muchas gracias por tu visita y por tu comentario, chavalote. Me alegro de que venciendo tu repulsión a las máquinas te hayas animado a contestar por esta vía. ¿Ves?, a esa distinción entre la Conciencia y la consciencia no llegaba yo; por eso es bueno compartir estas cosas.

      Un abrazote,

      JI


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"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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