Archivo para 7 septiembre 2011

LA TORRE DE BABEL

En su libro “Las mil caras del héroe” Joseph Campbell analiza el significado del mito como símbolo de la realidad y su relación con el inconsciente. Me resulta imposible comentar esta obra en unas pocas palabras – entre otras cosas porque creo que necesitaría una segunda lectura -, así que aquí me limitaré a apuntar algunas de sus ideas como introducción a lo que sigue, no sin antes adelantar que quizás sea el libro que más me ha impresionado de los que he leído hasta ahora.

Básicamente, Campbell recorre numerosas tradiciones culturales – incluyendo el cristianismo – tratando de demostrar, a través de sus mitologías, que todas ellas, en el fondo, se hacen eco de una concepción cíclica de la existencia en la que lo Uno, lo Innombrable, se descompone en lo múltiple para luego desandar lo andado y regresar a la unidad, y así dar comienzo a un nuevo ciclo. Para Campbell, esta concepción de la existencia sería un constituyente básico del psiquismo humano, más allá de circunstancias históricas y culturales concretas; sería un arquetipo que los hombres han expresado desde siempre a través del mito y de los sueños.

El ser humano sería un hito más del desenvolvimiento de la existencia en su recorrido desde y hacia lo Uno, un hito que, a su vez, contiene y refleja ese proceso evolutivo. Por eso, la evolución del hombre, como individuo y como colectividad, sigue un camino similar al de la totalidad de la que forma parte, un camino que conduce hacia la disolución de su ego.

Como cualquier sustancia material, el ego se debilita cuando su contenido de deseos, recuerdos, ideas, prejuicios… se distribuye a través de un volumen mayor. Ese proceso de disolución pasa por un modelo de participación social en que los individuos se perciben y funcionan como entidades que sólo alcanzan su pleno sentido en tanto que elementos de un organismo mayor: la tribu; más adelante vendrán las naciones como espacio de superación del particularismo tribal; finalmente, una vez llevado a cabo el descubrimiento individual de que la propia esencia consiste en ser expresión de lo Uno, el hombre puede dar sentido a todo, en tanto que cada cosa participa de lo Uno. En palabras del propio Campbell:

 “Así como el camino de la participación social puede llevar a la realización del Todo en el individuo, así el exilio trae al héroe al Yo en todo.”

En efecto, el mito trata de héroes, y la tarea del héroe no es otra que desidentificarse de su ego, descubrirse como expresión de lo Uno y enriquecer al resto de la comunidad con la conciencia de la unidad de todo lo existente; el sentido de todas las pruebas por las que tiene que pasar el héroe – desde el Buda a Luke Skywalker en “La Guerra de las Galaxias”, basada en las ideas de Campbell, pasando por Jesucristo – no es otro que el desmembramiento de su ego; por eso el héroe debe hacer gala del valor necesario para romper con la seguridad de lo conocido.

En ese sentido, el mito es un verdadero libro de instrucciones para la evolución personal, un mensaje dirigido al inconsciente, donde residen los miedos más profundos del individuo, para ayudar a éste a neutralizarlos. Igual que la glucosa es un azúcar fácilmente asimilable por el organismo, el mito es un mensaje fácilmente asimilable por el inconsciente, porque está escrito en su lenguaje. Por eso en muchas ocasiones los mitos son vagamente oníricos.

Últimamente no para de rondarme por la cabeza el mito de la Torre de Babel. De sobra conocido, este mito nos cuenta cómo la humanidad trató de construir una torre tan alta que permitiera alcanzar a Dios, y cómo ese empeño se vio maltrecho cuando, súbitamente, los hombres empezaron a hablar lenguas diferentes y no pudieron seguir comunicándose para trabajar juntos. El entendimiento más tradicional de este mito lo ve como un castigo divino desatado por el orgullo y el atrevimiento del género humano – se puede encontrar un análisis muy interesante de este mito en http://trascendentalism.blogspot.com/2007/04/la-torre-de-babel-explicacin-e.html -.

Sin embargo, ahora mismo a mí el mito me sugiere algo diferente. Ya hemos indicado que, para Campbell, el mito comparte en gran medida el lenguaje de los sueños, y precisamente uno de los rasgos más característicos de la sintaxis de los sueños es la dislocación temporal, es decir, desordenar el mensaje onírico alterando la secuencia “normal” de su desarrollo y ocultando así las relaciones de causalidad a las que se refiere. Atendiendo a esto, para mí, el mito de la Torre de Babel se entiende mejor si se coloca la multiplicidad lingüística al principio de la historia que relata. Entonces nos encontramos con que esa multiplicidad no es la consecuencia de la tentativa por alcanzar a Dios, sino la causa del fracaso de aquélla: los hombres no pueden llegar hasta Dios (alcanzar la conciencia de ser cada individuo una expresión particular de la unidad fundamental de todo) simplemente porque no están preparados para ello, porque aún no han logrado disolver su ego, porque siguen apegados a sus particularismos e instalados en la dualidad hombre – Dios, que les hace concebir la construcción de la torre como un reto, no como una expresión de armonía entre los individuos y de cada uno de éstos con Dios; por tanto, el hombre se halla aún muy lejos de poder aprehender su identidad esencial con Dios, con lo Uno. En definitiva, el mito de la Torre de Babel es, para mí, la expresión del fracaso de un intento de evolución prematuro, porque sus apegos a lo particular aún mantienen al hombre inmerso en la multiplicidad. Desde este punto de vista, el mito que analizamos estaría en la misma línea del de Faetón, que forzó a su padre Helios a que le dejara conducir el Sol sin tener la destreza necesaria, y hubo de ser eliminado por Zeus para evitar que, por su inmadurez y su imprudencia, abrasara el Universo.

La situación actual del mundo me trae inevitablemente resonancias de la Torre de Babel. Coincido con Campbell en que las naciones hace mucho que dejaron de ser vehículos de la evolución del hombre mediante la participación social, para convertirse en otro particularismo más que refuerza la dualidad “nosotros – vosotros”. Por tanto, la nación es un producto histórico superado y hay que encontrar el modo de dejarlo atrás. Ahora bien, para mí, la actual crisis económica, el creciente descontento social y el progresivo descrédito de las instituciones nacionales y supranacionales vienen a mostrar que el camino de la superación de las identidades nacionales no está en la llamada “globalización”, tal como y como ésta se concibe ahora mismo. Desde luego, me cuesta mucho ver en la globalización algo más que una grosera capa de maquillaje que esconde un profundo divorcio: divorcio entre el individuo y el poder, divorcio entre naciones, entre el género humano y su planeta, entre el individuo y los mecanismos de la economía, que no habría de ser más que un mero instrumento para permitir a cada persona satisfacer sus necesidades materiales. Creo que todas estas fracturas se pueden sintetizar en una sola: divorcio entre el hombre y el sentido de su existencia.

A la “globalización” le falta algo para dejar de ser una cacería de audiencias, de adeptos, de mercados…, y convertirse en un peldaño más del progreso espiritual del hombre: la armonía. Casi todos los afortunados del “primer mundo” que nos hemos visto de manos a boca metidos en la globalización hemos experimentado en alguna ocasión una cierta embriaguez al sentir que podíamos manejar el mundo con un “click”, y ahora resulta que es el “click” de algún otro o, simplemente, el mundo que hemos dejado crecer, el que nos maneja como títeres, el que lleva a todos los políticos a decir esa odiosa frase “no hay otra solución”, que nos encadena a nosotros y a nuestros hijos. Pienso que éste es un caso paradigmático de apego al sentimiento de poder, de seguridad, que lleva al desmoronamiento de nuestra Torre de Babel, no como castigo, sino simplemente porque estaba erigida sobre los pegotes de barro con que los apegos rellenan las verdaderas carencias de las personas.

No entiendo de economía. No sé si lo que hemos conocido como estado del bienestar es realmente sostenible o no. De lo que sí estoy seguro es que esto no lo enderezan los mercados eliminando lo que no funciona y reforzando lo que sí, porque en el fondo no es cuestión de mercados, sino de conciencia de qué es lo importante, de cómo queremos vivir, de qué somos y qué queremos llegar a ser.

Más allá del tira y afloja del “- No tengo más remedio que quitarte esto. – Ni hablar, ven a buscarlo si te atreves.”, echo de menos propuestas del tipo “Yo gano, tú ganas.” que, sin duda, favorecen la empatía, la reflexión y la armonía. La obra y la labor profesional de Stephen Covey, un gurú estadounidense del coaching, en mi opinión muy lejos de ser un revolucionario o un idealista, pretende demostrar desde hace tiempo que no hay colectividad humana, grande o pequeña, que pueda funcionar de un modo eficaz y duradero si no está basada en el principio, no del sacrificio y la renuncia a la ganancia, sino de que sólo pueden ganar unos si también ganan los que constituyen la base del beneficio de aquéllos. Siguiendo este principio, llega a recomendar a los empresarios que traten a sus empleados con el mismo cuidado (en todos los sentidos de la palabra) que a sus clientes, porque tanto los unos como los otros son imprescindibles para la marcha del negocio. Concretamente en su libro “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva”, Covey relaciona íntimamente dicho planteamiento con la búsqueda de lo que él denomina la “misión” de las personas y las organizaciones. No deja de resultar llamativo que un vehículo tan distinto del esoterismo de Campbell como son las técnicas de coaching de Covey nos haya traído de nuevo a la idea del individuo en busca de sentido; “algo tendrá el agua cuando la bendicen”.

Por ofrecer un ejemplo concreto, no soy consciente de que, entre las medidas económicas que se están discutiendo en España, se haya propuesto ninguna que tenga que ver con un fomento decidido del teletrabajo. Hay estudios que indican que este sistema conlleva importantes ahorros de espacio y energía para las empresas, se traduce en un aumento de la productividad, ya que el empleado está más descansado y satisfecho, y también redunda en un ahorro de combustible, al eliminar desplazamientos. Por si fuera poco, supongo que además en nuestro país contribuiría a dirigir la inversión hacia las tecnologías de la información, como alternativa al “ladrillo” y, probablemente, disminuiría el gasto sanitario y reduciría el absentismo, porque no me cabe duda de su efecto positivo para la salud de la mayoría de la población beneficiaria de este modo de trabajo. A lo mejor no se trata de “más” ni de “menos”, sino de encontrar entre todos algo “distinto”.

Lo anterior es sólo un ejemplo del tipo de planteamiento “Yo gano, tú ganas.” Lamentablemente los que tienen o aspiran al poder de decisión en España parecen ignorarlo; o tal vez es que sienten una repugnancia instintiva hacia el segundo término del mismo.

 

Imagen: layijadeneuribia.com

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Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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