Archivo para 28 noviembre 2011

CIVILIZACIÓN Y DÉBITO

Freud sostenía que la civilización era opresiva porque restringía la satisfacción de los instintos en mayor medida de lo que la mayoría de las personas podía soportar sin desarrollar, al menos, ciertos síntomas neuróticos. Por supuesto, el padre del psicoanálisis tenía sus limitaciones personales e históricas, como cualquier otro hombre, y muchas de sus ideas, si se interpretan literalmente, resultan hoy en día difíciles de aceptar. No obstante, creo que las mismas presentan esa cualidad que solo los genios consiguen imprimir a su pensamiento, y es la capacidad casi mágica de éste para escapar de tales limitaciones y proyectar su esencia hacia el futuro, aunque sea cambiando el ropaje de su literalidad.

Para mí, un buen ejemplo de lo anterior es la siguiente afirmación del también psicoanalista y pensador Erich Fromm:

(…) en la mayoría de las sociedades – incluida la nuestra – (…) siempre hay una discrepancia entre el propósito de asegurar el fluido funcionamiento de la sociedad y el de promover el desarrollo pleno del individuo. Este hecho obliga necesariamente a distinguir de una manera bien definida entre dos conceptos de salud o normalidad. Uno es regido por las necesidades sociales, el otro por las normas y valores referentes a la existencia individual. *

Esta última tesis, más matizada que la del vienés, adopta una forma también más acorde con la visión actual del problema, pero conserva la esencia y la fuerza del mensaje de aquél.

A donde voy a parar con todo esto es a que la organización social exige un cierto nivel de sacrificio por parte del individuo para hacer posible su funcionamiento y, como contraprestación por ese sacrificio, la sociedad se convierte en deudora del individuo desde que éste se incorpora, sin que nadie le pida su opinión, a aquélla. Es decir, cada uno de nosotros tenemos el derecho de que la sociedad nos ayude en cierta medida por el mero hecho de ser sus huéspedes forzosos. Y hasta ahí leo… porque no creo que se pueda generalizar sobre el tipo y la cuantía de tal ayuda, o por lo menos yo no me siento en condiciones de hacerlo; solo de afirmar que la sociedad debe ciertas prestaciones a sus miembros. Pienso que no se trata únicamente de una exigencia de justicia, sino de una necesidad ontológica, porque una sociedad no podría llamarse tal si la organización no fuera más que la suma de sus integrantes, y no se daría tal caso si cada uno de los miembros no recibiera una ventaja real con respecto a lo que tendría en estado de aislamiento.

En este momento histórico la máxima expresión de la organización social es el Estado (en sentido amplio), o el poder político, o llámesele como se quiera. Por eso, sigo convencido de que los individuos tenemos derecho a que el Estado nos ayude en cierta medida proporcionándonos determinadas prestaciones. Y, como regla general, también pienso que tales prestaciones no deben constituir un negocio, salvo por propia elección de cada uno, porque, desde la perspectiva comentada, resulta injusto que ningún sujeto privado se lucre prestando una ayuda que realmente constituye un débito.

¿No es casi tan inquietante como triste la idea de que cualquiera pueda llegar a cuestionarse si le compensa aceptar los límites que le permiten vivir en sociedad?

* Erich Fromm; “El miedo a la libertad”

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COLOR LOCAL

Según un amigo mío*, estando unos alumnos extranjeros de intercambio en un centro de enseñanza madrileño, presenció la siguiente escena: dos operarios, con el fastidio cincelado en el rostro, suben por las escaleras un pesado archivador mientras maldicen al encargado y a su perra suerte en la vida para darse fuerzas. Un tropezón fatal, y el mueble emprende una furiosa carga escaleras abajo rebotando en los peldaños, precedido por una chavalería vociferante que se desparrama al llegar a la base de aquéllas. Caras de estupor en los visitantes, que instantáneamente se transforma en alegría a la vez que exclaman:- Whoop!- Look there! – Brilliant! – “Senfehmines” here! –, tratando de dejar constancia del momento con las mini-cámaras de sus móviles. Al estampido del mamotreto contra la pared acude el director alzando los brazos al cielo, y los foráneos lo reciben con una calurosa ovación en agradecimiento por haberse esforzado tanto en brindarles una muestra del color local.

 

Moraleja: la única forma de disfrutar de España es nacionalizarse en cualquier otro lugar del globo.

 

 

*Hay quien no da mucho crédito a lo que cuenta mi amigo, pero la verdad es que a mí me cae muy bien.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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