Archivo para 30 marzo 2012

ANONYMOUS

Simon Church, de VerySign, albergaba los más siniestros presagios para Internet imaginando, entre otras muchas posibilidades siniestras, que un hacker comercializara una web que combinara información robada a las agencias de viaje con Google Maps, para proporcionar a los ladrones las indicaciones precisas para llegar a cualquier domicilio tan pronto como sus habitantes se marcharan de vacaciones. La perspectiva, decía, bastaba para hacerle volver a las palomas mensajeras y al dinero en matálico [citado en “LAW A Very Short Introduction”, Raymond Wacks, Oxford University Press, pág 143].

Por otra parte, el colectivo Anonymous ha anunciado que mañana, día 31.03.12, intentará provocar un apagón mundial en Internet. Justifican el ataque como un rechazo a «SOPA, Wall Street, nuestros irresponsables líderes y los queridos banqueros, que están haciendo que el mundo se muera de hambre para satisfacer sus necesidades egoístas basada en pura diversión sádica», según recoge ABC.es.

Uno puede sentir mucha antipatía hacia la política económica que estamos padeciendo – y vive Dios que yo siento toda la del mundo -, pero visto el inmenso potencial dañino que encierra el uso perverso de Internet, hay que pensárselo unas cuantas veces antes de apoyar, aunque sólo sea jaleándola, cualquier acción que dé carta de naturaleza al “lado oscuro de la Red”. Estamos ante una caja de Pandora que nos puede pesar mucho abrir.

La mente, cuando se le da cuerda, se convierte en una especie de corredor de triatlón, que empieza a cruzar las barreras del espacio y del tiempo hasta depositarnos en los sitios más insospechados. Y la mía, salvando las distancias (en todos los sentidos de esa expresión) me ha llevado a ese inmenso error de tantos y tantos militantes de izquierdas que, en el tardofranquismo, se regocijaban con cada crimen de ETA – “ése algo habrá hecho” – , hasta que aquéllos les explotaron en las narices cuando se dieron cuenta de que la organización terrorista se había convertido en uno de los peores lastres del proceso de democratización español.

Alguien podría argumentar que en este caso “sólo” se trata a atacar la propiedad,  y además una forma de propiedad no directamente tangible. Pero, al margen de que la propiedad privada es muy digna de respeto – creo que fue Sabina quien dijo que él era anarquista, pero que paraba en los semáforos y pagaba sus impuestos -, no hay que olvidar que, en el fondo, quizás el blanco más frágil de los ciberataques sean los derechos de la personalidad, como el derecho a la intimidad, a la propia imagen o a disponer de nuestros datos personales.

En la antigua Roma a los vencidos en la guerra que, por la razón que fuera, se mantenía con vida, se los consideraba técnicamente muertos; por eso dejaban de ser sujetos de derechos. Ahora es esencial tomar conciencia de que ese camino es de doble vía: si con un afán de defensa de la justicia mal entendido permitimos que se menosprecien nuestros derechos de la personalidad, acabaremos siendo aún más esclavos.

Mi agradecimiento y mis mejores deseos para cualquiera que luche por la justicia con cabeza.

 

Ilustración: we‑are‑anonymous.png

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LA INVENCIÓN DE HUGO

¿Qué hace un chico subiendo y bajando por el laberinto de gigantescos mecanismos del reloj de la Estación de Montparnasse, como si habitara un cuadro de Escher?; cuando se nos muestra su rostro, ¿qué historia quieren pregonar esos dos potentes faros de tristeza con forma de ojos azules? ¿Puede abrirse una caja de pandora si alguien consigue despertar de su sueño de óxido a los engranajes de un sofisticado autómata? ¿Quién es ese anciano amargo de barba puntiaguda que regenta la tienda de juguetes de la estación? ¿Por qué una pequeña libreta llena de bocetos técnicos es capaz de producir una chispa de dureza en sus ojos, como si fuera un trozo de pedernal?

Con una fotografía siempre rodeada de un halo de misterio, que sólo abandona el abigarrado microcosmos de la estación de Montparnasse para arrastrarnos por las callejuelas de un París opresivo y crepuscular, “La invención de Hugo” va uniendo poco a poco todos estos cabos sueltos que nos conducirán a un icono indiscutible del protocine y a su peripecia personal, por otro lado verídica.

En esta cinta, que se desenvuelve entre juegos de naipes, trucos de magia, escondrijos y sorpresas, la omnipresencia del tren es un guiño permanente al espíritu de los hombres que, en la transición entre los siglos XIX y XX, dieron vida al cine.

“La invención de Hugo” comienza con un plano aéreo del tráfico nocturno fluyendo por las avenidas de París, que nos recuerda al movimiento de un inmenso mecanismo de relojería. El ojo de la cámara va descendiendo y cerrando el campo, descubriéndonos que en las entrañas de cada reloj pueden habitar otros, cada vez más pequeños, que imprimen su movimiento al anterior. Nos mostrará las tripas de la estación de Montparnasse, funcionando con regularidad y precisión y, alternativamente, irá enfocando las vidas de algunos de los elementos humanos que, cada día, dan vida al gigante de piedra y hierro. ¿Aquéllos son también muñecos mecánicos, como los ratoncillos de la tienda del adusto Georges? ¿Hay algo más que ruedas dentadas al final de toda esa cadena de mecanismos? En la timba de la vida, ¿llega un momento en que cada uno tenemos las cartas echadas definitivamente, o no? ¿Somos capaces de hacer que ocurran cosas “contra todo pronóstico”?

En “La invención de Hugo” las referencias al cine en sus comienzos son sólo una parábola para mostrar que el hombre puede comunicar la fuerza de su propio espíritu a la materia, y convertir un mecanismo regido pura y simplemente por las leyes de Newton en una máquina de sueños. Tal vez la cinta, con su espléndida fotografía, fruto sin duda de una técnica de última generación, se convierte en un elemento más de esa misma parábola, al demostrar que, cien años más tarde, las personas podemos seguir infundiendo nuestra energía misteriosa y creadora al mundo binario de los dígitos.

Por si lo anterior no bastara, para mi gusto la película merece la pena sólo por la actuación de Asa Butterfield – Hugo – rebosante de fuerza expresiva modulada por la sorprendente madurez interpretativa del actor.

Foto: http://www.que.es/cine/201201241517-nominaciones-oscar-2012-invencion-hugo-cont.html

THE ARTIST

George Valentin (Jean Dujardin) es una estrella del cine mudo que está demasiado pagado de sí mismo para advertir el peligro inminente: su popularidad no resistirá la fuerza del nuevo estilo que trae el sonoro. Peppy Miller (Bérénice Bejo) es una voluntariosa bailarina y aspirante a actriz a la que Valentin abre las puertas de la fama en las postrimerías de su reinado. Sobre esta base, “The Artist” nos propone una historia de corte muy clásico y deliberada simplicidad que es, al mismo tiempo, un paseo por la historia del cine.

El planteamiento de la cinta es original: la ausencia de voz – no de música – en la práctica totalidad de las escenas de esta película “neo muda” es un recurso expresivo bien aprovechado que ayuda al espectador a situarse en el contexto histórico de la narración y, a la vez, a adentrarse en la subjetividad del protagonista, atravesando la armadura del orgullo de éste. “The Artist” contiene, además, una serie de guiños a otras películas que nos muestran una visión panorámica de la historia del Séptimo Arte.

El personaje de George Valentin es, en muchos aspectos, la imagen especular del vagabundo encarnado por Chaplin: desde su corazón de niño rebelde, el vagabundo renunciaba a integrarse en un mundo del que no se sentía parte; desde su narcisismo herido, Valentin se apegaba a un mundo que ya no existía más que en sus anhelos. Por otra parte, en el modo en que la ascendente estrella Peppy Miller se mantiene unida en la distancia al despeñado Velentin me ha parecido ver algo de la ambigua relación que solían mantener los vagabundos de Chaplin con sus habituales compañeras de aventuras.

Creo que la fuerza de ciertas imágenes de “The Artist” dejará huella en cualquier amante del cine. La escena en que Valentin se adentra en un angustioso reino de fantasmas, que luego resultan ser sus antiguas pertenencias cubiertas con sábanas, podría estar directamente trasplantada de cualquier película del expresionismo alemán. El baile que los cambios de plano imprimen a una de las estatuillas, nada más retirarle su sábana, nos traslada varias décadas sin escalas a “La Naranja Mecánica”; por cierto, el mayordomo que acude a invitar a Valentin a salir de ese museo – cuarto trastero en el que se ha colado como un intruso, no es otro que Malcolm Mc Dowell, el cruel e inolvidable “Alex” de la mítica cinta de los 70.

Sin motivo aparente, “The Artist” me deja un regusto a películas como “El crepúsculo de los dioses” o “El último pistolero”, en que sus protagonistas tuvieron la valentía de encarnar en la ficción algo – o mucho – de su propia situación personal. Puede que la “oscarizada” cinta sea, en el fondo, uno de esos “flash backs” prolongados en que – dicen – al que agoniza le pasan por delante de los ojos todos los momentos clave de su existencia. Y es que, tal vez, en “The Artist”, el ocaso del cine mudo, el advenimiento del sonoro y las peripecias vitales de los protagonistas, ligadas a ese cambio histórico, no sean más que una despedida simbólica del fenómeno del cine, al que las transformaciones derivados de las nuevas tecnologías pueden, dentro de poco, hacer tan irreconocible que nos cueste trabajo seguir llamándolo así.

 

Foto: http://www.martiperarnau.com/2012/02/e-pistolario-unos-artistas%E2%80%A6/the-artist-movie/

¡ESTO SE AVISA!

El otro día mi hijo, un sedicente híbrido de Messi y CR7 en cuanto a control del balón, coló una pelota en una de esas papeleras de más de metro y medio de alto que rodean el lago de la Casa de Campo. Incapaz de alcanzarla con la mano, decido encaramarme, haciendo equilibrios como un simio, a la boca del innoble recipiente para colarme dentro y rescatar el esférico. Culmino con éxito la maniobra pero, nada más apoyar los dos pies en el fondo de la papelera ésta, hasta entonces tenaz como la espada del Rey Arturo,  ¡¡¡DE REPENTE GIRA!!! conmigo enfundado en ella hasta la cintura y, sin poder zafarme, me meto un guarrazo de espaldas que todavía me vibra hasta la campanilla. Menos mal que llevaba un sombrero de lona para protegerme la calva del sol, y su hipertrofiada ala amortiguó un poco el tortazo en el cráneo; para haberme matao. Por fortuna mi espalda no sufrió ni un rasguño, no por obra de humano varón, sino milagrosamente. Eso sí, en el último instante fui capaz de salvar la dignidad de lo que, de otro modo, habría sido un ridículo inconmensurable: mientras mi familia y amigos corrían hacia mí yo, tendido en el suelo, levanté el pulgar como hacen, en caso de accidente, los pilotos de F1…

¡Una cosa así se avisa, joder! ¿No obligan a advertir en todas las cajetillas de que el tabaco mata? Pues también tendrían que poner carteles diciendo que no te subas a las papeleras, ¿no?

Sirva este post de advertencia a todos, y también para ofrecerme como testigo de la inseguridad de dichos contenedores, ya que estoy plenamente convencido de que casos como este no tardarán en llegar a los tribunales de justicia.

  

 

“En este mundo, estar medio loco es la única manera de no estarlo del todo.” (la frase era de mi padre, aunque a lo mejor él se la copió a otro, vaya Vd. a saber)

DR. PANGLOSS, SUPONGO

No entiendo nada. No entiendo de economía ni quiero entender. No entiendo por qué la legislación laboral española puede llegar a amparar que los empresarios confisquen parte del salario de sus trabajadores – y digo “confisquen” porque esto va más allá de dar a un particular poder expropiatorio, ya que la expropiación conlleva siempre una compensación al expropiado, que aquí, desde luego, no está prevista -. En el peor de los casos, si se trata de garantizar la viabilidad de una empresa en situación crítica, ¿no se podría haber articulado algo así como un “préstamo” forzoso de los empleados? – tú me financias mi actividad con parte de tu sueldo y yo me obligo a devolverte tu dinero, con intereses,  cuando venga a mejor fortuna, o a darte una participación en los beneficios de mi actividad -, por poner un ejemplo. ¿No se podrían haber establecido, además, ciertas garantías para evitar abusos, como la prohibición al empresario que tome dicha medida de repartir dividendos? No entiendo por qué, llegado el caso, se puede obligar a los trabajadores a dar apoyo financiero a fondo perdido a sus empresas mientras que a los bancos, que están precisamente para financiar, se les permite que incumplan su función social. No entiendo por qué a los asalariados se les puede imponer una quita de sus créditos contra la empresa, a las empresas se las puede forzar a una quita frente a la Administración – si me rebajas la deuda cobras antes; si no, ponte a la cola – y a los bancos nadie puede discutirles nada; a ellos sí que la ley nos obliga a devolverles hasta el último céntimo, y de esa obligación respondemos con todo nuestro patrimonio, presente y futuro. No lo entiendo y me preocuparía si llegara a hacerlo, porque todo esto es tan absurdo, tan aberrante, tan injusto, que si lo entendiera pensaría que estaba empezando a ser víctima de una droga o de un lavado de cerebro. Lo que sí sé es que el que carga contra los débiles no hace más que demostrar su propia debilidad.

Si es cierto que quienes han dirigido y dirigen nuestra política económica siguen a pies juntillas a “Bruselas”, al BCE y al FIM, debe de ser que los responsables de dichas instituciones tienen en sus mesillas de noche, no a Hayek o a cualquier otro economista, sino a Voltaire y su “Cándido”, porque lo que estamos viviendo apunta cada vez más a aquella frase del Profesor Pangloss que uno se iba tropezando,  como una especie de estribillo, a través del libro:

“Vivimos en el mejor de los mundos posibles. De las desgracias individuales nace el bien común y, por lo tanto, cuanto más se multipliquen las desgracias individuales, mayor será el bien común”.

Supongo que, con tal razonamiento, Voltaire trataba simplemente de convertir las doctrinas de Leibnitz en un esperpento. Como broma más o menos vitriólica está bien, pero conforme uno profundiza en su convencimiento de que hay gente de mucho peso que se ha tomado esto en serio, la sensación empieza a volverse angustiosa.

Me sorprende encontrar mucha gente con sensibilidad y sentido común que afirma, casi excusándose, que “no había otra alternativa”. ¿¡Cómo que no había otra alternativa!? Dejémonos ya de historias. ¿Es que los árboles no nos dejan ver el bosque? Para entender de verdad lo que nos está pasandono es necesario hacer un curso sobre los mercados de la deuda pública, sino tomar conciencia de qué impulsos se han escapado a nuestro control, acudiendo a los mejores frutos que ha producido la creatividad de la mente humana, desde los trabajos de psicólogos y sociólogos hasta el depósito de sabiduría que encierran los mitos ancestrales – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/02/09/el-minotauro/ -.

Ese “no había otra alternativa”, ese fatalismo que considera inevitable que unos estén arriba y otros tengan que estar abajo es uno de los rasgos distintivos del llamado “carácter autoritario”, cuyos rasgos estudió Erich Fromm en “El miedo a la libertad”; creo que en estos tiempos resulta imprescindible volver a a esta obra . En ella, el psicoanalista alemán analiza la evolución que lleva al hombre europeo desde la sociedad pre-individual hasta el auge del nazismo. Enfrentado con la “tierra de nadie” que supone la ruptura de sus antiguos vínculos (libertad “de” o libertad negativa), pero sin ser aún capaz de dar un sentido a su libertad (libertad “para” o libertad positiva), la persona buscará defenderse de su angustia desarrollando un carácter autoritario – término aplicable tanto al de quien está “arriba” como al del que está “abajo”-, que le llevará a la sumisión a regímenes dictatoriales, como los totalitarismos de los años 30 en Europa, o bien, a través del mecanismo de la “conformidad automática”, a esa “autoridad difusa” que impregna a las democracias contemporáneas.

Respecto de estas últimas, Fromm se centró sobre todo en la sociedad de la abundancia, en el hoy llamado (ya casi como referencia histórica) estado del bienestar, sin duda por razón del momento en que aquél escribió la obra comentada. No obstante, pienso que todo cuanto dijo acerca de la “conformidad automática” a la “autoridad difusa” es perfectamente aplicable a la “globalización del malestar”, idea que parece orientar toda acción política en este momento. Sólo esa “conformidad automática” permite explicar que gente de buen sentido, ante actuaciones injustas hasta lo repugnante, repita como un mantra que “no había otra alternativa”, no ya siguiendo a “Bruselas” (bonita ciudad, que acabará equiparándose a la localidad de Auschwitz en la mente de muchos), al BCE o al FMI, sino a ese estado de opinión, a esa “autoridad difusa” que ha decidido que hay que tirar por tierra, sí o sí, los logros sociales obtenidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Esto tampoco es nuevo. En sus elucubraciones sobre el entonces lejano (y ahora ya también) 1984, Orwell nos pintó una organización política totalitaria y despiadada que, de propósito, mantenía permanentemente varias guerras de baja intensidad, tenía al grueso de los individuos inmersos en una vida gris de escasez (recuerdo que el agua para el baño sólo salía fría o “a penas templada”), y que incluso investigaba con el fin de suprimir las reacciones neurológicas que llevan al orgasmo; todo ello, supongo, como una manera tan eficaz de suprimir el auténtico individualismo como lo es fomentar la voracidad por el consumo.

Eso sí, a diferencia de otros, yo no creo que este estado de las cosas obedezca a un designio consciente por parte de nadie. Más bien creo que es un nuevo brote de esa enfermedad que aún no hemos logrado superar, que se desarrolló violentamente en los años 30 en forma de totalitarismo, que después siguió presente en la forma más atenuada de adicción al consumo y que, nuevamente, se manifiesta, cada vez con mayor claridad, en forma de una especie de adicción al “malestar”, materializado en esa fiebre de imponer “recortes” más que cuestionables. Y estoy convencido de que el primer paso para salir de donde estamos es tomar conciencia de que esa pandemia que nos amenaza se llama, nuevamente, “miedo a la libertad” y, para el caso de que ellos aún no lo hayan hecho, dejar claro al poder que nosotros ya nos hemos despertado.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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