LA INVENCIÓN DE HUGO

¿Qué hace un chico subiendo y bajando por el laberinto de gigantescos mecanismos del reloj de la Estación de Montparnasse, como si habitara un cuadro de Escher?; cuando se nos muestra su rostro, ¿qué historia quieren pregonar esos dos potentes faros de tristeza con forma de ojos azules? ¿Puede abrirse una caja de pandora si alguien consigue despertar de su sueño de óxido a los engranajes de un sofisticado autómata? ¿Quién es ese anciano amargo de barba puntiaguda que regenta la tienda de juguetes de la estación? ¿Por qué una pequeña libreta llena de bocetos técnicos es capaz de producir una chispa de dureza en sus ojos, como si fuera un trozo de pedernal?

Con una fotografía siempre rodeada de un halo de misterio, que sólo abandona el abigarrado microcosmos de la estación de Montparnasse para arrastrarnos por las callejuelas de un París opresivo y crepuscular, “La invención de Hugo” va uniendo poco a poco todos estos cabos sueltos que nos conducirán a un icono indiscutible del protocine y a su peripecia personal, por otro lado verídica.

En esta cinta, que se desenvuelve entre juegos de naipes, trucos de magia, escondrijos y sorpresas, la omnipresencia del tren es un guiño permanente al espíritu de los hombres que, en la transición entre los siglos XIX y XX, dieron vida al cine.

“La invención de Hugo” comienza con un plano aéreo del tráfico nocturno fluyendo por las avenidas de París, que nos recuerda al movimiento de un inmenso mecanismo de relojería. El ojo de la cámara va descendiendo y cerrando el campo, descubriéndonos que en las entrañas de cada reloj pueden habitar otros, cada vez más pequeños, que imprimen su movimiento al anterior. Nos mostrará las tripas de la estación de Montparnasse, funcionando con regularidad y precisión y, alternativamente, irá enfocando las vidas de algunos de los elementos humanos que, cada día, dan vida al gigante de piedra y hierro. ¿Aquéllos son también muñecos mecánicos, como los ratoncillos de la tienda del adusto Georges? ¿Hay algo más que ruedas dentadas al final de toda esa cadena de mecanismos? En la timba de la vida, ¿llega un momento en que cada uno tenemos las cartas echadas definitivamente, o no? ¿Somos capaces de hacer que ocurran cosas “contra todo pronóstico”?

En “La invención de Hugo” las referencias al cine en sus comienzos son sólo una parábola para mostrar que el hombre puede comunicar la fuerza de su propio espíritu a la materia, y convertir un mecanismo regido pura y simplemente por las leyes de Newton en una máquina de sueños. Tal vez la cinta, con su espléndida fotografía, fruto sin duda de una técnica de última generación, se convierte en un elemento más de esa misma parábola, al demostrar que, cien años más tarde, las personas podemos seguir infundiendo nuestra energía misteriosa y creadora al mundo binario de los dígitos.

Por si lo anterior no bastara, para mi gusto la película merece la pena sólo por la actuación de Asa Butterfield – Hugo – rebosante de fuerza expresiva modulada por la sorprendente madurez interpretativa del actor.

Foto: http://www.que.es/cine/201201241517-nominaciones-oscar-2012-invencion-hugo-cont.html

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