EL LADRÓN DE PALABRAS

Es difícil transmitir algo de la filosofía cartesiana de una forma tan visual, intuitiva y directa como lo hace la obra teatral “Cyrano de Bergerac”. La historia del enamorado que conquista a su amada gracias a las cartas escritas por otro es una lección sobre el dualismo cuerpo – alma que resulta casi tan genial como el pensamiento que la inspira. Desde entonces, la expresión dramática de tal dualismo abunda en dos variantes: héroe que conquista el objeto anhelado valiéndose del producto de un espíritu ajeno, el antihéroe – caso de “Cyrano” o, sin ir más lejos, de “El ladrón de palabras” –, o bien antihéroe, generalmente inteligente y sensible, a quien su sentido de la responsabilidad le impone vivir bajo la indiferencia de la persona amada, a la sombra de las hazañas de un héroe que no es otro que él mismo en versión enmascarada– caso, por ejemplo, de Spiderman/Peter Parker -. Ambas situaciones son un excelente caldo de cultivo para la aventura o el drama o las dos cosas a la vez, porque no sólo se prestan al equívoco, no sólo cuestionan la autoría de los actos o de las palabras, sino que nos asoman al vértigo al plantearnos qué hay realmente detrás de quien ejecuta aquéllos o pronuncia aquéllas: ¿a quién ama de verdad Roxana? ¿Seguiría enamorada de la imagen que tiene de Christian si a ésta la despojáramos del ingenio de Cyrano? ¿Ella se hubiera enamorado de Cyrano sólo por su riqueza de espíritu, aun carente del porte de Christian? ¿Qué hay detrás de las palabras pronunciadas por quien parece capaz de abrir el corazón de los demás? ¿Quizás no haya más que la imagen mental que tenemos del otro y que hemos dado en llamar “persona”? ¿Y si ese “otro” es tan sólo una palabra más de esas que nos fascinan?

Como ya hemos apuntado, “El ladrón de palabras” pertenece al primer género de drama: héroe cuya apariencia, objeto de reconocimiento unánime, corre el riesgo de verse contrastada con la realidad; ¿qué quedará de él para los demás y para sí mismo si eso ocurre?

En el S. XVII Descartes trató de resolver su duda frente a la imagen del mundo que percibimos por los sentidos apelando a la bondad divina: si Dios es, por definición, la Suma Bondad, no cabe imaginar que Él nos haya dotado de unos sentidos que, de forma general y permanente, resulten engañosos. De esta manera, cuanto percibimos del mundo, en principio meras apariencias, quedaría convalidado sólo porque una consideración moral nos asegura que, con carácter general, es verdadero; es decir, la apariencia, aun aceptada, quedaría, por principio, subordinada a la verdad. Pero hoy en día, cuando ya hace tiempo que Nietzsche firmó el certificado de defunción de Dios, tal vez el lugar de la verdad y de la apariencia haya cambiado.

En efecto, al margen de la consistencia del concepto del “yo” o de la “persona, “El ladrón de palabras” plantea si el valor moral de mantener la coherencia con el engaño cometido puede ser superior en ocasiones al de respetar la verdad. En tal caso, ¿cuál sería el coste personal de semejante actitud? El conflicto consiguiente alberga unas posibilidades dramáticas inmensas, huelga decirlo, pero en esta cinta todas ellas naufragan desde el principio en lo empalagoso, como casi siempre que una película americana se empeña en apuntar demasiado hondo. Para mi gusto el único atractivo de la cinta, por el campo de fuerza dramático que envuelve al actor como un microclima, es la interpretación de Jeremy Irons. Los demás, simplemente están correctos y en particular Dennis Quaid – que nunca ha sido santo de mi devoción – no es capaz de sacar más partido de su rostro del que sacaría de una careta de Carnaval. No quiero ni imaginarme lo que habría sido esta historia en manos de algún director que yo me sé con actores de otros tiempos.

Billy Wilder, que estás en los cielos, santificadas sean tus películas, venga a nosotros tu reencarnación y la de unos cuantos actores de tu época y hágannos una nueva versión de “El ladrón de palabras” con tu sello de la casa. Amén.

Foto: LaButaca.net

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