CORRESPONSAL EN EL INFIERNO (Una oficina inteligente)

Mi amigo Braulio ha sido uno de los primeros de su empresa en trasladarse a un edificio inteligente en el madrileño barrio de Las Planchas. Estas son las crónicas que, de sus primeros días allí, ha ido enviando a sus compañeros aún pendientes de incorporarse a las nuevas oficinas y ansiosos de saber con qué se iban a encontrar:

DÍA 1

Todo muy bonito, jodidamente americano, a excepción de ciertos detalles, como el sueldo, los incentivos, el plan de carrera y cosas así. Pero por lo demás muy bien.

DÍA 2

La circunnavegación de Magallanes fue cosa de maricones comparada con el periplo que me he marcado para venir hoy a trabajar, pero eso sí, he llegado a tiempo y además he hecho gasto al Consorcio Regional de Transportes – ¡que se jodan! -. Hacia las 8 a.m. se veía algún sitio para aparcar en las proximidades de Auschwitz, así que por esa parte no parece haber mucho problema para el que quiera venir en coche y castigar así su ya magro salario.

Aquí, como sabéis, de cada vez que vas a mear tienes que fichar para volver a tu puesto. Pues bien, empiezo a sospechar que, en pleno frenesí tecnológico que parece devorar a esta empresa, el chisme de fichar debe de estar conectado al Servicio Médico; si meas más de la cuenta te salta un mensaje en el PC diciéndote que vayas a revisarte la próstata y, si la tienes bien, entonces salta otro pop up que te indica que pinches sobre un icono que representa una bota de militar golpeando un culo; de esa forma descargas tu propia carta de despido.

Por otro lado lo que más me jode es que en medio de esta sala tienes menos privacidad que un stripper en noche de despedida de soltera. Lo llaman “open space”, pero no tiene nada que ver con “2001” ni con “La Guerra de las Galaxias”, sino que es un eufemismo para denominar a esas zonas de trabajo que están a mitad de camino entre un frenopático y un puto corral de gallinas.

En otro orden de cosas, hay sitios para comer, pero no dan más que mariconadas: que si tacos, que si sushi, que si no sé qué estilo japonés, y todo a precios de escalofrío – los menús rondan los 12 € -. En cuanto al restaurante “El Botswano”, la actitud generalizada del personal es que esa oferta de menú que han negociado con la empresa se la metan por algún sito que rime con su marca comercial.

DÍA 3

A mí es que esto de Las Planchas me enriquece mentalmente. Sí, de cada vez que abro los ojos lo primero que hago es cagarme en to lo que se menea pensando en hasta dónde tengo que ir, pero luego la cosa cambia, porque el viaje hasta aquí siempre me brinda algún motivo para identificarme con alguno de los grandes héroes de la Historia. Y si ayer fue Magallanes, hoy le ha tocado el turno al valiente explorador Roald Amundsen, el primero en alcanzar el punto de latitud cero de la Antártida y, además – que parece un detalle, pero ahí está lo que cuenta – volver con vida. En efecto, no sé si es que esto está muy al Norte o qué, pero puedo asegurar que al bajarte del tranvía ligero hace un frío que, como dijo Gustavo-Adolfo Bécquer, “se hielan hasta los pedos”.

Ahora bien, todos los sacrificios los doy por bien empleados porque, tan sólo tres días después de comenzar mi misión, ya he descubierto UNA CONSPIRACIÓN. Veréis, para hacer juego con el entorno altamente tecnológico en que se desarrolla nuestro día a día, los ascensores cuentan con pequeñas pantallas que te ofrecen, además de publicidad, breves extractos de noticias de “el Economista”. ¿Y de qué habla “el Economista”? Pues de economía, joder, de economía, ¿de qué carajo va a hablar? ¿Se imagina alguien abrir “el Economista” y encontrárselo lleno de patrones de punto de cruz? ¡Pues no, coño, pues no! Bien, al grano, ¿y cuál es la reacción más probable de uno cuando, de buena mañana, le plantan delante de las narices la situación económica de “Españistán”? Pues bajarse del ascensor en la sexta planta y tirarse por la ventana. ¿Y eso cómo se llama en román paladín? ¡¡¡ PUES UN ERE ENCUBIERTO, HOMBRE, UN ERE ENCUBIERTO!!! Diabólico en su sencillez.

Ja, ja, estos desalmados pensaban que iban a poder llevar adelante sus siniestros propósitos, pero, claro, no contaban con que todavía existe entre nosotros una fuerza capaz de movilizar a la abotargada ciudadanía. No, no se trata de “la niña de Rajoy”, es la prensa libre. Y precisamente, como adalid de la prensa libre, para explorar los misterios y desvelar las conspiraciones que proliferan en este recóndito rincón del globo, está aquí EL CORRESPONSAL EN EL INFIERNO.

Seguiremos informando.

DÍA 4

¿Cómo puede ser que tantos cientos de miles de trabajadores dediquen sus desplazamientos diarios al vaciado – metafórico – de sus intestinos sobre todo tipo de autoridades públicas y privadas? Sin duda porque no vienen a Las Planchas. Sí, amigos lectores, cada viaje a Las Planchas nos brinda una oportunidad única de recuperar ese espíritu romántico que muchos creíamos perdido para siempre.

¿Nunca os habéis preguntado cómo se sentían esos valientes marineros a vela que pasaban semanas y semanas inmóviles, atrapados en cualquier zona de calma chicha de los mares tropicales? Pues yo sí; lo digo porque esta mañana, después de haberme pegado un madrugón de la hostia para poder salir esta tarde a tiempo, mi tren se ha quedado parado más de un cuarto de hora entre Chamartín y Fuente de la Mora, en tierra de nadie. Vamos, lo de “en tierra de nadie” es una licencia poética; no tengo ni puta idea de lo que tenía alrededor porque aún no había amanecido y estaba todo más negro que los cojones de Antonio Machín.

Además, al igual que los exploradores de antaño, al alcanzar esta recóndita región al norte del planeta nos aguarda un mundo repleto de prodigios y maravillas. Contened la respiración, agarraos a lo que tengáis más cerca, amables lectores: ¿sabéis que aquí en Las Planchas, al igual que le ocurriera al Barón Munchausen al llegar en globo a la Luna, el transcurso del tiempo desafía a las leyes comunes de la Física? Pues sí, sin ir más lejos, encima de una fotocopiadora averiada hace exactamente cuatro días que llevo viendo una nota del técnico que pone: VUELVO EN 15 MINUTOS.

Seguiremos informando.

DÍA 6

Las Planchas es el epicentro de un seísmo tecnológico de dimensiones desconocidas hasta el momento presente. El teléfono que nos han instalado permite ajustar el timbre de la señal acústica y la tonalidad de la pantalla luminosa, grabar hasta doscientos números de teléfono en modo de “marcación rápida”, gestionar una agenda con un número incalculable de contactos y, de cuando en cuando, incluso hablar. Digo “de cuando en cuando” porque el teléfono funciona por  IP (el mío debe de funcionar por NPI, ya que no tengo Ni Puta Idea de lo que quiere decir eso), lo que supone, según nos explicó amablemente un técnico, que, al estar conectado al ordenador, de vez en cuando pasa no sé qué hostias con el bacap y el teléfono “se desloga”, expresión que procede del inglés “to dislog”, que debe significar “joderse”, pero en moderno. Menos mal que por fin nos han explicado cómo cojones hacer que ese ingenio diabólico volviera a funcionar, porque el espectáculo que ofrecía el personal era verdaderamente lamentable, rebuscando desesperadamente como “perroflautas” en los bidones de reciclaje a la caza de vasos de yogur y cordeles de envolver los bocadillos – recordad la consigna “la oferta de El Botswano que se la metan por el ….” – para fabricar aquellos simpáticos teléfonos de antaño que a veces se jodían al romperse la cuerda, pero que nunca se “deslogaban”.

Efectivamente, el frenesí tecnológico es tal que el otro día en el lavabo, tras colocar las manos debajo del dispensador de papel para secarse, mi jefe dijo: “¡Vaya hombre!, se ha estropeado el sensor y no sale el papel”, cuando sólo con mirarlo te das cuenta de que ese trasto no tiene dispensador, lo que tiene es un puto muelle de los de toda la vida, y en cuanto al papel, simplemente se había acabado.

Bien, y aquí viene la primicia, queridos lectores, fruto de mis contactos con fuentes que prefieren permanecer en el anonimato – en la sombra ya me han dicho que no, ¿eh?, porque estos días hace un frío de cojones -. El caso es que, con el mayor sigilo, están negociando una licencia informática para instalar un nuevo sistema que permitirá al personal recibir faxes a través del rollo de papel de váter. La cosa tiene más miga de la que parece: mientras en realidad al empleado ya no le dejan ni mear, éste lo percibe como la culminación de sus mejores sueños, ya que puede limpiarse el culo con todo el curro que le mandan. De una simplicidad letal, ¿no?

Seguiremos informando.

DÍA 8

¿Alguna vez os habéis fijado en los yuppies americanos comiéndose su lunch en el césped? Pues, chicos ¡esto es América! Para empezar, nosotros también tenemos un Presidente negro; quiero decir que nuestro Presidente es el “negro” que les hace el trabajo a banqueros, multinacionales y usureros de todos los rincones del planeta, y se lo hace a las mil maravillas y sin rechistar. Pero además, desde el punto de vista de la comida, América también ha llegado a Las Planchas. Sí, antes eso del bocadillo para almorzar era sólo cosa de albañiles, pero ahora que hemos vuelto nuestros ojos hacia la modernidad, ver a cualquier encorbatado que se trae la comida al curro se ha vuelto de lo más habitual. Eso sí, nada de mariconadas de comerse una ensaladita o un “pack lunch” “at twelve a.m.”, que la media mañana, como se le ha llamado de toda la puta vida, es para la cañita y la tapa. Nosotros siempre bien apegados a las más rancias tradiciones ibéricas.

Y así, haciendo gala de esa chispa mediterránea capaz de fusionar lo patrio y lo foráneo, entre dos y tres de la tarde Las Planchas se convierte en el remedo de un febril hormiguero: por los office y los vendings, a través de los pasillos y en los ascensores, el apresurado trasiego de todo tipo de empleados llevando sus tuppers nos llega a través de todos los sentidos. Digo “de todos los sentidos” porque los humeantes guisos, las grasientas frituras o las chorreantes sopas no sólo se ven, sino que también se pisan las manchas que van dejando – además de limpiarlas sin querer con camisas, chaquetas y abrigos – y se huelen sus poderosas emanaciones. Además, como los office parecen la sala de máquinas de un carguero y hay que llevarse la comida a los vendings una vez pasada por el microondas, no es infrecuente oír en el ascensor comentarios como “¡Hostia que me quemo!” o “¡Me cago en la puta, otra vez p’arriba! ¡Esta mierda está más fría que la presidenta de la CONCAPA en Cuaresma!”

Tales situaciones de vez en cuando hacen levantar la nariz y torcer el gesto, como si estuviera oliendo una cagada de perro, a más de un gerifalte, que acaba de tomar conciencia de que la chusma también come. Total que yo, que siempre me he confesado gran admirador de Ghandi, he pensado que, si queremos que nos instalen aquí un comedor de empresa, nada de violencia, nada de protestas, ni tan siquiera una queja. No, lo mejor es sonreír, decir que estamos muy contentos Y APROVECHAR LA HORA DE LA COMIDA PARA LLENARLO TODO DE MIERDA. Esta técnica, tan revolucionaria en todos los sentidos, va a marcar un antes y un después en la lucha obrera: ya nunca más se escuchará el anticuado grito “¡Todos a las barricadas!”; de ahora en adelante los oídos de los poderosos retumbarán con un terrorífico “¡TODOS A LA MIERDA!”

Por cierto, tirando del hilo se llega siempre al ovillo. Todo esto me ha servido para entender dos cosas: por qué los gerifaltes pensaban hasta ahora que los demás no comíamos y por qué han prohibido a todo el mundo traerse aquí sus plantas de interior. Y la razón de ambas es la misma: los despachos con paredes transparentes de los jefes, donde éstos son exhibidos a lo largo de la jornada, recuerdan poderosamente a la recreación de la jungla donde el Zoo de Madrid nos permite conocer a diversas especies de simios a través de inmensas vitrinas. Querido lector, ¿tienes edad suficiente para recordar la antigua “Casa de Fieras” del Retiro? ¡Qué accesibles resultaban entonces las bestezuelas que moraban en aquel recinto! Sin duda los jefes no tienen hambre porque mucha gente, siguiendo un reflejo adquirido cuando, de niños, visitaban la Casa de Fieras, LES TIRA CACAHUETES AL PASAR. Por otra parte si en ese “hábitat” que ahora ocupan les hubieran dejado traer las gigantescas plantas que algunos mandamases tenían antes en los despachos, sin duda la llamada de sus tendencias atávicas hubiera sido demasiado fuerte y habrían acabado trepando por sus ramas. Queridos lectores, ¿verdad que no hay como la prensa libre para desentrañar no importa qué oscuros misterios?

Seguiremos informando.

Día ni se sabe ya

Amados lectores, lamento mucho haber tardado tanto en escribir desde mi última crónica, pero ha sido un caso de fuerza mayor: hasta hoy no se me han desentumecido los dedos de frío.

Me explico, harto de llegar a casa a las tantas después de mi diario peregrinaje por los submundos del Consorcio Regional de Transportes, di un puñetazo en la mesa, arrojé el abono al baúl de los recuerdos y decidí venir en coche ¡como un señor! Creo que sobreestimé mis fuerzas: no contaba yo con que aprobé el permiso de conducir con enchufe y la asignatura de Economía con chuletas – el carnet de periodista, ni os cuento, eso será objeto de otra crónica -. Total que, por no controlar ni mis cuentas ni el depósito, un buen día, al tratar de regresar a casa, descubrí con horror que no tenía gasolina ni dinero para echarla hasta principios de mes, por lo que desde entonces vivo en el coche, ceno los sándwiches que me fían en el Ahorra Más de la esquina y me afeito con un cutter, usando como gel el bote de “Tres en Uno” que me han prestado los de mantenimiento.

Como venir al trabajo con hipotermia tras pasar la noche aparcado en la calle, no sin antes haber sido confundido con un mendigo okupa y detenido por las fuerzas del orden, se estaba convirtiendo en una fastidiosa rutina diaria, decidí hablar con alguien de RRHH, dispuesto a ejercer mi derecho inalienable a conciliar mi existencia familiar con mi supervivencia laboral. El menda en cuestión me atendió de forma muy profesional, intercalando mi nombre 6 ó 7 veces en cada frase – se ve que había aprobado con nota el curso de empatía para depredadores – y me dijo que no me preocupara, que a partir de ahora cada
noche mi familia y yo volveríamos a charlar durante la cena, que el tema del frío se iba a solucionar y que, además, iba a tener un despacho, eso sí, compartido. Yo salí la mar de contento, no sólo volvería a ver a mi familia y a sentir los dedos, sino que además saldría del maldito “open space”; ¡qué alivio! Y efectivamente, el muy cabrón cumplió lo prometido: me dio una tarjeta de teléfono para que hablara desde una cabina mientras me comía los sándwiches de cada noche e instaló mi puesto de trabajo en el office que, con las neveras funcionando todo el día y los microondas a ratos, parece una sucursal de las Termas de Caracalla. Menos mal que estamos hablando de una empresa con conciencia y las neveras son ecológicas A+.

En fin, el caso es que, desde dentro del office, mi acceso a la información se limita básicamente a la hora de la comida y se centra sobre todo en las preferencias culinarias y problemas de peso del personal, así como al precio de la cesta de la compra, que está por las nubes; tengo la impresión de haber pasado, de ser prácticamente un corresponsal de guerra, a ingresar en el Departamento de Comunicación del INE. Pero no os preocupéis, todos sabemos que un verdadero corresponsal NUNCA SE RINDE, así que, cuando me entere de algo interesante

SEGUIREMOS INFORMANDO

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3 Responses to “CORRESPONSAL EN EL INFIERNO (Una oficina inteligente)”


  1. 1 Anaconda 23 enero 2013 en 21:57

    Jajaja, me meo

  2. 3 Anaconda 24 enero 2013 en 23:56

    Siempre mejor reír 😉


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