A VUELTAS CON LA VIDA DE PI

–      ¿Cómo puedo abrir los tres cerrojos?

 –      Es obvio, ¿no te parece? Normalmente, todo cerrojo se abre con su llave, pero en esta casa es un poco distinto. Tenemos una sola llave para los tres cerrojos. El problema es que deben abrirse simultáneamente. (…)

 –      Es que no he encontrado la llave… ¡y tampoco sabría abrir simultáneamente los tres cerrojos si la encontrase! Es imposible.

 –      ¿Y para qué diablos quieres abrir los tres cerrojos? – preguntó la voz.

 –      Pues… para abrir la puerta – balbuceó Niko -. ¿Cómo iba a hacerlo sin abrir los cerrojos? (…)

 –      ¡La puerta está abierta! Los cerrojos no te impiden pasar.

 

 La puerta de los tres cerrojos

Sonia Fernández-Vidal

Edit. Narrativa singular

 

“La vida de Pi”  (v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/12/31/la-vida-de-pi/) es una de esas películas comerciales, tremendamente comerciales, que, sin embargo, le dejan a uno algo dentro, más allá de un rato entretenido.

Pasado el primer impacto – casi literal – de las imágenes, diseñadas pensando en su efectismo en 3D, las impresiones y las emociones que despierta la cinta, como “por cortesía de la fuerza de la gravedad”, empiezan a asentarse. Entonces no es difícil reparar en que uno de las cuestiones que plantea la historia aparece revestida de la formulación inversa a la del encontronazo de Niko con las tres cerraduras: ¿cómo abrir la puerta del cielo utilizando a la vez las llaves de tres religiones? Porque el protagonista de la película adopta el hinduismo, el cristianismo y el islam a un tiempo. Nada más y nada menos.

Ahora bien, pese al distinto ropaje formal del acertijo, la respuesta bien podría ser la misma que recibe el joven protagonista de “La puerta de los tres cerrojos”: las puertas del cielo también están abiertas, porque ese mitificado lugar sólo existe realmente dentro de cada uno de nosotros. Quizás por eso, al final Pi acaba ofreciéndonos dos versiones de su historia, una mágica y la otra abyecta, que son, en el fondo, la misma; que cada uno elija el vestuario de los personajes, porque éste es sólo un disfraz que carece de importancia. Así parece confirmarlo la afirmación sentenciosa con que aquél corona su relato: “Lo que pasó, pasó. ¿Por qué tiene que significar algo?”. He de decir que esa frase me caló hasta el tuétano. Para mí, a través de ella, tras una vida de aprendizaje simbolizada por el naufragio de su antiguo mundo y su periplo en una barca de salvamento, el hindú viene a mostrarnos, no ya la suprema importancia, sino la misma divinidad del “ser” y, por lo tanto, de cada una de las criaturas que nos sabemos pertenecientes a ese reino.

No obstante, las últimas escenas, que nos presentan a Pi como estudiante del Talmud, no pueden por menos de hacernos dudar de tal entendimiento de la historia: tras su profunda revelación interior, ¿qué sentido tiene que nuestro protagonista continúe interesado en cualquiera de las religiones “oficiales”? Claro que, bien mirado, ¿por qué lo que haga uno en su vida tiene que significar algo?

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