CORRESPONSAL EN EL INFIERNO: Una reunión de empresa

forges_empresarios

Mi amigo Braulio – v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2013/01/18/corresponsal-en-el-infierno-im-back/ – anda estos días un tanto estresado por la carga de trabajo, al parecer a raíz de una reunión de Departamento que hubo en su empresa. A continuación reproduzco su crónica de lo sucedido:

El otro día el Gran Maestre de Campo Corporativo nos convocó a una reunión a todo el  Departamento de Desubicación Parietal. Como los dos becarios senior estaban de baja, uno con artritis reumática y el otro con arterioesclerosis, por el Departamento sólo asistimos el Jerifalte Mayor, el becario junior de primer quinquenio, el becario junior de segundo quinquenio y mi menda. Al Gran Maestre de Campo lo acompañaban el Comendador Supremo, el Archipámpano de Asuntos Ignífugos, el Comisario de Botes Constantes y el Guardián Máximo del Sello Corporativo – que no se llamaba “Máximo”, sino “Emeterio” -. Iban a venir también el Vice-Maestre y el Vice-Comendador, acompañados de los respectivos Jefes de Gabinete de sus jefes, pero finalmente todos ellos excusaron su presencia por problemas de agenda, ya que los primeros estaban participando en unas jornadas de análisis de inversiones en Las Vegas y los segundos en un curso de optimización de costes en la Riviera Maya; habrá que esperar a otro día para recibir la aportación que pensaban hacer al encuentro.

La reunión estaba “agendada” en la Sala 3,57 bis y nada más llegar allí empezaron los problemas, porque la misma estaba ocupada por unos cuantos tipos bastante disonantes con la etiqueta de la empresa: todos iban vestidos de sport, algunos llevaban barba o pelo más largo de lo que mandan los cánones, o ambas cosas a la vez, varios usaban gafitas de aro, de esas que llevaban antes los intelectuales, y muchos de ellos hablaban con acento argentino. Pero lo más chocante eran las imágenes que estaban proyectando, dignas de una de esas salas X de la Calle de la Montera, donde sólo con sentarte en la butaca ya has pillado el sida, la sífilis, el tifus exantemático y cuatro cosas más. Tras el estupor inicial vino un auténtico diálogo de besugos con los inesperados ocupas, luego unos cuantos palos de ciego cada vez más cargados de mala leche y, finalmente, por pura estadística, el seísmo acabó alcanzando a quien tenía algo que ver con él y todo se aclaró: resulta que, siguiendo las últimas tendencias empresariales, para optimizar costes la reserva de las salas estaba externalizada a una empresa situada en Filipinas, de esas que operan las 24h. del día para dar servicio a todo el orbe en todo momento. El caso es que uno de sus operarios, quizás por su deficiente español, a la hora de reservar nuestra sala confundió “reunión del Departamento de Desubicación Parietal” con “reunión sobre apareamiento y perversión bestial”, y como resultado se presentó en la sala un grupo de sexólogos y de psicoanalistas que, al llegar nosotros, ya se encontraban departiendo animadamente acerca de los usos más estrambóticos que se pueda imaginar de las partes bajas del ser humano. De hecho parece que les habían dado cuerda, porque cuando el Gran Maestre los invitó a marcharse de inmediato, desfilaron hacia la puerta comentando que semejante afán evacuatorio se debía, sin duda, a algún trauma sufrido por nuestro jefazo durante la fase anal. Pero esto no es nada, a partir de ahí comenzaron los verdaderos problemas, y lo que se presumía un encuentro razonablemente civilizado acabó con más bajas que la batalla del Alamein y el bombardeo de Dresde juntos.

En efecto, al fondo de la sala estaba dispuesto un estrado para varios oradores y, tan pronto el Gran Maestre y el Comendador pusieron el pie sobre el mismo, el Comisario de Botes Constantes y el Jerifalte Mayor del Departamento, con tal de pillar sitio junto a ellos, se arrojaron sobre el estrado con tal vehemencia que calcularon mal, chocaron el uno contra el otro y acabaron midiendo el suelo con las costillas tan violentamente que tuvieron que ser remolcados hasta el consultorio médico del edificio, uno con el epigastrio incrustado en la laringe y el otro con desprendimiento de sobaco. La parte positiva es que, ya puestos, aprovecharon para que el Comisario inaugurara el consultorio, recién instalado, lo que llevó a cabo cortando solemnemente una venda desde su camilla.

Tras este infortunado accidente nos dispusimos a empezar por fin la reunión, eso sí, todos ya con los nervios bastante a flor de piel. El becario junior de primer quinquenio se situó en primera fila para estar seguro de hacerse ver por los mandamases, ya que tenía una gran progresión en la compañía, hasta el punto de que se rumoreaba que de aquí a diez años iban a hacerlo becario senior. Fue una imprudencia porque, al sentarse, el Gran Maestre empujó la mesa con la barriga y ésta se salió del estrado y cayó sobre las rodillas del becario, que también tuvo que ser conducido al consultorio donde, dada la elevada siniestralidad que se estaba produciendo en tan poco tiempo, la falta de personal facultativo obligó a externalizar también el servicio sanitario llamado a un curandero que vivía en un poblado chabolista cercano. Es lo bueno que tiene trabajar en el extrarradio.

Una vez repuesta en su sitio la mesa de los ponentes, que fue depositada a caballo entre el estrado y unos bloques de papel de fotocopiadora colocados delante de éste a modo de pilotes, el Gran Maestre de Campo Corporativo pudo ocupar su asiento con seguridad y dirigirse a nosotros. Señaló la situación delicada de la compañía, en estos momentos de crisis galopante, e hizo hincapié en que todos viajamos en el mismo barco (aunque, salvo error mío, en ningún momento dijo cuántos botes salvavidas había ni quiénes iban a usarlos primero si llegaba el caso). Auguró incontables sacrificios para todos en pro de la sostenibilidad del negocio, y pensamos que eso debía de ser verdad, porque tanto al Comendador Supremo como al Guardián Máximo del Sello Corporativo – Emeterio para los amigos, si es que tenía alguno – se los veía agitarse nerviosos, como preparándose para la lucha y la renuncia. Luego, en la charleta informal que siguió a la reunión, se aclaró que el Comendador estaba dando botes en el asiento de las ganas que tenía de salir a fumarse un Cohíba que le habían regalado en la comida de trabajo, y que al Guardián Máximo no le llegaba la camisa al cuerpo de inquietud, no fuera que algún patán le rayara el Aston Martin nuevecito que tenía aparcado en la plaza de visitas del parking.

El Gran Maestre prosiguió su intervención hablándonos de la cantidad de personal que sobraba en la empresa, mientras tanto él como la parte de su séquito que aún seguía operativa, esto es, el Comendador Supremo, el Archipámpano de Asuntos Ignífugos y el Guardián Máximo del Sello Corporativo, nos miraban severamente al becario junior que quedaba en pie y a mí. Nuestro jefazo culminó su discurso afirmando que de las desgracias individuales nace el bien común, con lo cual cuanto más proliferan las desgracias individuales, más se extiende el bien por la comunidad. He de decir que antes yo ya veía al Gran Maestre como un brillante ejecutivo, pero estas últimas palabras suyas me hicieron considerarlo, además, como un gran filósofo y un agudo intelectual, y empecé a sentir que era cierto que tanto el becario como yo estábamos exhibiendo una cierta desfachatez por atrevernos a existir.

Mientras nuestro ilustre orador se dirigía a nosotros, el becario empezó a palidecer y a susurrarme, con ojos de búho, que el Archipámpano de Asuntos Ignífugos lo estaba mirando de mala manera y que todo aquel discurso seguro que iba por él. De nada sirvió que yo tratara de tranquilizarlo señalándole que el Archipámpano no es que lo mirara mal, sino que padecía estrabismo: nada más terminar la reunión el becario se dirigió apresuradamente hacia el mandamás y, para congraciarse con él, lo saludó con una profunda reverencia. Pero cuando la bóveda craneal del infortunado se encontraba en el punto más bajo de su trayectoria, todos pudimos oír un chasquido siniestro a la altura de sus vértebras lumbares. Al pobre no hubo que trasladarlo al consultorio como a los otros, pero sí escoltarlo hasta allí para evitar males mayores, ya que, aunque podía andar, lo hacía con la cabeza entre las piernas, mirando hacia atrás. Y es que el hábito no hace al monje, y por muy junior que uno sea, 67 años ya no son como para darse a los malabarismos.

Total que, como por arte de magia, bastaron unas palabras del Gran Maestre sobre el exceso de personal para que me quedara yo solo a sacar todo el curro del Departamento de Desubicación Parietal por una buena temporada; eso sí, con tantas bajas parece que de momento se han olvidado del tema de la reestructuración.

Pero, ¿por qué digo que estoy solo, si cuento con el apoyo del Gran Maestre de Campo Corporativo, del Comendador Supremo, del Archipámpano de Asuntos Ignífugos, del Guardián Máximo del Sello Corporativo y de sus respectivos “Vices” y Jefes de Gabinete, cuando éstos regresen de sus viajes de formación? Siempre se ha dicho que todos ellos son el motor de la empresa.

Imagen: irreverens.blogspot.com

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2 Responses to “CORRESPONSAL EN EL INFIERNO: Una reunión de empresa”


  1. 1 emilio 14 febrero 2013 en 10:17

    Pues me parece muy bueno, quizás como estaba allí yo también me guste más por eso. Acertados los nombres, sobre todo el de “junior de primer quinquenio”, acertadísimo……


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