CORRESPONSAL EN EL INFIERNO: “El Resplandor”

Mi amigo Braulio se venía quejando de molestias en los ojos por sus condiciones de trabajo. He aquí su crónica de lo sucedido y de cómo lo resolvió felizmente, sin más que usar un poco de sentido común:

 

Creo que hoy en día soy de los pocos que pueden presumir de que la tecnología en su puesto de trabajo es deslumbrante. En efecto, con tanto reflejo, de cada vez que miro al teclado del ordenador es como si me dieran un puñetazo en cada ojo. Comentado el tema con el responsable del edificio inteligente (me refiero al edificio, claro), me dijo que era imposible que la luz me hiciera daño, ya que su situación e intensidad habían sido minuciosamente calculadas para ajustarse a la norma. Aun a riesgo de que pensara que tal vez era yo el que se salía de la norma, insistí y me respondió, de mala gana, que enviaría a un técnico a medir.

Dicho y hecho: envió a un técnico a medir, pero sin decirle el qué. Así es que cuando aquél se presentó y le expliqué mi problema, me indicó que no podría serme de mucha ayuda, porque aún no tenía fotómetro, ya que el Departamento de Gangas y Regateos estaba preparando un concurso público internacional para adquirir uno al precio más ventajoso posible. Eso sí, muy voluntarioso él, sacó de su maletín una palmatoria, pero cuando se disponía a encenderla con un chisquero mi mirada atónita debió de detenerlo y, con una sonrisa bienintencionada, me explicó: “lo que me han dicho que haga entretanto es medir la luz a ojo comparándola con la luminosidad de una vela…”. Ante mi muda respuesta, volvió a guardar la palmatoria y se ofreció, ya que estaba, a medir la humedad ambiental, pero rechacé cortésmente su ofrecimiento, entre otras cosas porque, al parecer, en el piso de arriba alguien se había dedicado a utilizar las notas de régimen interior como papel higiénico y la consiguiente rotura del saneamiento tenía convertida nuestra planta en una sucursal del Titanic, así es que la medición de humedad no habría sido muy significativa.

Cada vez más exasperado, me volví a dirigir al responsable del edificio, que seguía tan inteligente como siempre (el edificio), y por fin me ofreció una solución: para no vulnerar la norma en lo relativo a la adquisición del fotómetro, contrataría la medición de luz con el Instituto de Astrofísica de Canarias, donde tenía un compañero de carrera trabajando a través de una subcontrata. Al ver mi cara de sorpresa debió de sentirse en la necesidad de aclarar que se trataba de su compañero de equipo en la carrera de cucarachas que les dio el título de campeones del barrio en su juventud. Completó la aclaración informándome de que en la actualidad su amigo trabajaba despiezando vacas para la empresa que hacía el catering del susodicho centro de investigación canario.

Al día siguiente se presentó un astrofísico y, con cara de fastidiosa rutina, instaló sus instrumentos encima de mi mesa, junto al teclado del ordenador. Aquéllos detectaron un objeto alargado, situado a una distancia de aproximadamente 8x  años luz de la Tierra, que emitía una radiación electromagnética de una intensidad de unos 600 Lux en el espectro visible, cuyo análisis espectroscópico reveló una composición donde predominaba el gas argón, con algo de mercurio y trazas de zinc, níquel, cadmio, plomo y manganeso. “¿Puede haber vida inteligente en sus inmediaciones?”, preguntó con cierto asombro reverencial el encargado del edificio. “No lo creo”, respondió con un deje de tristeza el astrofísico, tendiéndole su informe y la correspondiente factura de 200.000€ de vellón mientras se alejaba, con la mirada ya puesta en la salida. El objeto en cuestión era el fluorescente situado a unos 2 metros sobre mi cabeza. El encargado del edificio inteligente dijo que estudiaría el informe antes de decidir, pero no creo que aún lo haya asimilado, sobre todo si sigue intentando leerlo del revés.

Viendo que por este camino no había nada que rascar, decidí hacer la guerra por mi cuenta: si introducía el teclado en una carpeta de archivo, a modo de perrito caliente, la solapa que quedara libre colgaría por encima de aquél y me serviría de toldo. Dos carpetas viejas, utilizadas de ese modo y colocadas perpendicularmente entre sí, resolverían mi problema visual: una me protegería de la luz “cenital” (vulgo, la que llega por el cogote) y la otra me apantallaría la luz “ventanal”. Esto me hace pensar en cuán injustamente divididas están las opiniones acerca de mí: mientras que yo estoy seguro de ser un genio, el resto de la humanidad piensa que soy un colgao. En fin, nadie es profeta en su tierra; el tiempo pondrá a cada uno en su sitio…

Entusiasmado con mi grandiosa idea, no había contado yo con el celo vigilante del responsable del Departamento de Prevención del Cotilleo de Datos de Cada Cual: “¿¡¡Estás loco!!? ¿Cómo se te ocurre exponer así unas carpetas que contienen datos personales?” La verdad es que en eso nunca vi un problema, ya que, siguiendo instrucciones del Departamento de Fantasmagoría y  Cuentitis Corporativa, siempre asignamos nombres en clave a los expedientes de las materias más delicadas. Por ejemplo, al de la fórmula secreta del ladrillo recocho lo llamamos “Pelotazo Superhorneado”; al expediente de know-how sobre la fabricación del chorizo de orza, “Concejal Grasiento”, y así con todos. Pues bien, yo, como siempre, yendo más allá del cumplimiento del deber, no sólo oculto de cualquier ojo indiscreto el objeto de los expedientes, sino incluso la identidad del jefazo que los ha encargado, dando a éstos pseudónimos tales como, a título de meramente ejemplificativo, “Darth Vader”, “Dr. Octopus” o “Hannibal Lecter”. Pero ni por esas; “dura lex, sed lex”.

Tras el anterior tropiezo resolví dejar de lado mi vena ecologista y utilizar carpetas nuevas para mi invento, y ahí sí que me topé de narices con la “Iglesia”. En un tono de voz que podría haber servido de reclamo para rottweilers, el Director del Departamento de Control de Dispendios y demás Desmadres me espetó: “¿¡¡ Tú te crees que nos gastamos un pastón en carpetas para que el personal se dedique a convertirlas en carpas de circo!!? Y mirando por uno de los ventanales a un Jaguar estacionado junto al edificio añadió: “¡Tienes suerte de que me esté esperando mi chófer para llevarme una comida, que si no te iba a caer la del pulpo!” y, ya entre dientes, echando mano del Ipad, continuó para sí: “Por cierto, que no se me pase decirle al becario de mi secretaria que llame al restaurante para cambiar esa horterada del pulpo a feira por verdinas con bogavante…” y se alejó ladrando con el aparatejo en el oído.

Quien crea que me rendí no me conoce: ya rebosando inquina contra cualquier estimulo luminoso que pudiera, como decía Bécquer, “clavarse en mi pupila”, me dirigí a mi amigo Wifredo, orgulloso propietario de un taller de chapa que cada vez frecuento más, porque con estos sueldos el coche es que se me cae a pedazos…: “¡Sin problema, hombre! ¡Con la de restos que tengo…!”, me respondió éste, tan jocundo como siempre, mientras agarraba el soldador. “¡Pues vamos allá!”, lo arengué en una llamarada de ardor guerrero: “una base de chapa para apoyar el teclado, un buen trozo que caiga por encima de él para protegerlo de la luz del fluorescente… Otro por este lado para quitarme la que me entra por la ventana… Una especie de solapa aquí para cubrir la zona donde me molesta la lámpara de la compañera de enfrente… Un saliente sujeto a esa solapa para evitarme el brillo de las gafas del compañero de al lado… Un alerón por otro sitio para que deje de fastidiarme el reflejo del diente de oro de aquél…”

Al día siguiente, nada más llegar al trabajo, coloqué el mamotreto encima de la mesa y situé convenientemente el teclado en el mismo. La verdad es que no causó sorpresa, porque en este sitio yo creo que ya nadie vuelve la cara aunque te vean llegar con el pelo al cero y vestido con una túnica de color azafrán, y a partir de entonces dejó de incordiarme el más mínimo reflejo.

Todo fue bien hasta que el Maestre de Campo Corporativo – v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2013/02/14/corresponsal-en-el-infierno-una-reunion-de-empresa/  – me citó a su presencia: “Hemos recibido una carta de los abogados de Frank O. Gehry”. “¿Y ése quién coño es?”, pregunté, completamente despistado. “El diseñador del Guggenhaim”, sentenció él, lanzándome una mirada como una jabalina. Por abreviar: resulta que algún espabilao había hecho una foto de mi inventazo y la había colgado en Internet y el susodicho arquitecto se había pillado un mosqueo de la leche con la empresa por haberle copiado el Guggenheim para sus diseños de mobiliario de oficina…

 Guggenheim_detail 

Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. En vista de la incomprensión generalizada hacia mis inventos, opté por una buena protección individual contra el brillo, nuevamente de la mano de mi amigo Wifredo: ahora trabajo todo el tiempo con una máscara de soldadura puesta. Es sencillo y práctico. Además, no sólo no me tocan más las narices los reflejos, sino que, el día que haya un eclipse de sol, podré subir a verlo a la terraza como si tal cosa. Eso sí, siempre con permiso de la horda de vigilantes y francotiradores que custodian las zonas de acceso restringido de este edificio tan inteligente.

 

Foto: Wikipedia

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7 Responses to “CORRESPONSAL EN EL INFIERNO: “El Resplandor””


  1. 1 Clisa 22 marzo 2013 en 20:11

    Que bueno lo de los expedientes!!!

  2. 4 Sue 25 marzo 2013 en 8:04

    Me rio por no llorar, amigo….ja,ja,ja…gafas de soldar!! qué buena idea. A mi gerifante, que no veía ni de cantar en su puesto de tortura, tras una batalla brutal con la inteligencia artificial (del edificio, claro está), sólo consiguió que le colocaron una palmatoria como iluminación complementaria…cuando la solución estaba en un simple CASCO DE MINERO!!!

  3. 6 Troglo 3 abril 2013 en 15:01

    Tenían mejor diseño, estudio funcional y concepción espacial las carpetas que todo el edificio inteligente junto.
    Abrazote


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