Archivo para 11 diciembre 2013

DE NELSON MANDELA Y WALT DISNEY

Tengo la sensación de que se ha acuñado una imagen idealizada de Nelson Mandela que circula como moneda de curso legal, y muy cotizada, entre quienes se sienten progresistas o quieren parecerlo para la ocasión.  Y me parece preocupante y triste.

Mandela

Los años de prisión de Mandela ya habían comenzado antes de lo que se denominó el “Juicio de  Rivonia” – por el barrio de Johannesburgo donde fue detenida una célula del brazo armado del Congreso Nacional Africano -, pero él se vio implicado de lleno en este proceso, que fue el que dio la vuelta al mundo y de resultas del cual Mandela pasó dieciocho años en prisión. Puede encontrarse un resumen de lo sucedido en torno al mismo (en inglés) en: http://law2.umkc.edu/faculty/projects/ftrials/mandela/mandelahome.html; el trabajo fue colgado en 2010, por lo que no se haya influido por la atmósfera que siempre rodea a la muerte de un personaje así.

Mandela y otros procesados fueron condenados a cadena perpetua por delitos de sabotaje y conspiración. Uno de los actos de sabotaje – la explosión de una bomba en una oficina de correos – se saldó con la muerte de un transeúnte.

Mandela, al igual que otros procesados seguros de su condena, quiso aprovechar el impacto mediático del juicio para explicar a la nación por qué se vio forzado a hacer lo que hizo en defensa de los oprimidos. Para ello eligió intervenir en el proceso pronunciando un discurso, en lugar de hacerlo a través del clásico esquema de preguntas y repreguntas por parte de la acusación y la defensa. En su intervención sostuvo que:

“(…) dado que la violencia en este país era inevitable, hubiera sido poco realista e inapropiado el que los líderes africanos continuaran predicando la paz y la no-violencia cuando el Gobierno respondía a nuestras peticiones pacíficas con violencia”

Lo que sigue es conocido. Parece ser que, años después, el Primer Ministro Pieter W. Botha ofreció la libertad al líder Sudafricano a cambio de renunciar a la violencia, a lo que éste replicó: “Sólo los hombres libres negocian”.

A raíz de la muerte de Mandela, determinados medios han hecho hincapié en las atrocidades cometidas por el Congreso Nacional Africano durante sus años de lucha en tiempos del Apartheid, para vincular con ellas al que fuera Premio Nobel de la Paz. De los términos en que se sustanció el proceso de Mandela queda claro que éste no fue condenado por hechos de sangre, al menos directamente intencionados – está la muerte del infortunado que pasó por delante de la oficina de correos en el peor momento -, pero también que no fue sentenciado simplemente por su oposición ideológica al régimen. Otra cuestión es que, tras haber defendido el uso de la violencia cuando el brazo armado del CNA era un embrión, él no podía ignorar el cariz que iban tomando los acontecimientos y, hasta donde yo sé, no consta que desde la cárcel se opusiera o se desligara de lo que estaba sucediendo, sino más bien lo contrario.

Hasta ahí los hechos. Ahora la pregunta: ¿por qué hay una especie de “cosmética colectiva” que se ha empeñado en presentar la lucha de Nelson Mandela como si fuera el cuento de La Sirenita? ¿Por qué no explicar lo que hay? ¿Por qué no dejar que cada cual juzgue a la persona, las circunstancias que vivió, la ideología que sustentó sus acciones, o todo ello a la vez? ¿De qué tiene miedo el “progresismo”?

Quiero recalar, a modo de meandro, en una cita de Erich Fromm (“Tener o Ser”, 1976). Para mí, una de las virtudes de éste es su capacidad para fijar ciertos conceptos como si los ensartara en la pared con un dardo:

Dios, originalmente un símbolo del supremo valor que uno puede experimentar dentro de sí mismo, se convierte, desde la perspectiva del “tener”, en un ídolo. En el concepto profético un ídolo es una “cosa” que construimos y en la que proyectamos nuestras propias capacidades, empobreciéndonos. Entonces nos sometemos a nuestra creación y a través de tal sumisión nos relacionamos con nosotros mismos de una forma alienada. Mientras puedo “tener” el ídolo, puesto que es una “cosa”, al mismo tiempo, por medio de mi sumisión, el ídolo me tiene a mí. Una vez que se ha convertido en un ídolo, las supuestas cualidades de Dios tienen tan poco que ver con mi vivencia personal como cualquier doctrina política alienada. El ídolo puede ser alabado como el Señor de la Bondad y, sin embargo, es posible cometer cualquier crueldad en su nombre, de la misma manera que no cabe la menor duda de que la fe alienada en la solidaridad humana puede dar lugar a los actos más inhumanos.

Por lo tanto, hablar de “alienación” en este contexto es referirnos a aquellos conceptos que se han desgajado de nuestras vivencias y que se han convertido, como dirá el propio Fromm en otro pasaje de su libro, en una parte “externalizada” de uno mismo.

Pienso que el convertir a Mandela en un personaje de Disney es un paso más en el inquietante proceso de “alienación” de ideas, como la libertad o la lucha por su defensa, en el que estamos metidos hasta las cejas. ¿Por qué obviar lo problemático, lo punzante? ¿Por qué hurtar a la sociedad el debate sobre el sentido profundo de la libertad, sobre los medios empleados para su conquista, sobre la alienación de la propia lucha que, en nombre de los derechos humanos, puede llevar a cabo “los actos más inhumanos”?

El problema no es ya Mandela. El problema es que los que aún nos sentimos progresistas, con tal de caer simpáticos a todo el mundo, hemos tolerado que determinadas ideas que son una piedra angular de tal sentir, como la libertad, la igualdad, la solidaridad o el progreso, se conviertan en un pastel decorado que de cuando en cuando alguna celebridad mediática corta delante de las cámaras, para beneficio principal de su apretada agenda de galas.

Hemos consentido la alienación de determinados conceptos y, claro, al haberlos “externalizado”, como dice Erich Fromm, nos los han arrebatado delante de nuestras narices, y así hemos llegado a una situación tan grotesca como que ahora los que enarbolan el supremo estandarte de la libertad son quienes únicamente defienden la libertad de vender y comprar, siempre que tengas dinero para hacerlo, por supuesto. Evidentemente, se trata de otra versión alienada de la idea de libertad; a modo de pista psicológica repárese, por ejemplo, en la obsesión por la subcontratación, es decir, por la “externalización”, que impera en el liberalismo económico.

Forges

 Pero el hecho es que nos están ganando por goleada, y que nosotros solitos nos lo hemos buscado. A partir de aquí, que cada cual saque sus propias conclusiones sobre lo que de verdad significa “progresar”.

 

 

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Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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