Archivo para 28 febrero 2014

DE LITERATURAS VARIAS

 PorciaPORCIA

Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. (…)

(Monólogo a dúo del PP y el PSOE en el artículo 135.3 de “La Constitución española”)

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PORCIA: Una libra de la carne de este mercader es tuya: el tribunal lo concede y la ley lo da.

SHYLOCK: ¡Justísimo juez!

PORCIA: Y habéis de cortar esa carne de junto al corazón: la ley lo permite, y el tribunal lo concede.

SHYLOCK: ¡Doctísimo juez! ¡Qué sentencia! ¡Vamos, preparaos!

PORCIA: Aguardad un poco: queda algo más. Este documento no os concede aquí ni pizca de sangre: las palabras expresas son: <<una libra de carne>>: toma entonces lo debido, toma tu libra de carne, pero, al cortarla, si viertes una gota de sangre cristiana, tus tierras y bienes, por las leyes de Venecia, quedan confiscadas para el Estado de Venecia.

(Diálogo entre Porcia y el prestamista Shylock en “El Mercader de Venecia”)

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Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
hay un perro pekinés
que se cae para arriba y una vez
no pudo bajar después.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
un señor llamado Andrés
tiene 1.530 chimpancés
que si miras no los ves.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
una araña y un ciempiés
van montados al palacio del marqués
en caballos de ajedrez.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.
Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

(“El Reino del Revés” María Elena Walsh)

En el reino del revés Porcia sería cabeza de lista electoral y Shakespeare su director de campaña. A ver si poniéndome cabeza abajo…

 

Imagen: Wikipedia

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TECNOLOGÍA, VIDA Y DEMÁS

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Según el artículo adjunto (en inglés), ya se ha conseguido introducir nanomotores en el interior de células humanas y controlar su movimiento – http://spectrum.ieee.org/nanoclast/biomedical/devices/nanomotors-could-churn-inside-of-cancer-cells-to-mush/?utm_source=techalert&utm_medium=email&utm_campaign=021314 -.

Conforme se explica, los nanomotores fueron fagocitados por células cancerosas y, una vez allí, por efecto de un haz de ultrasonidos de alta energía, aquéllos comenzaron a moverse en su interior. Se prevé que, mediante una combinación de ultrasonidos y campos magnéticos, los minúsculos ingenios podrían dirigirse independientemente unos de otros, por lo que su acción sería mucho más efectiva. Sobre esta base, la idea es utilizarlos para tratar el cáncer célula por célula, sea mediante cirugía intracelular o administrando medicamentos sólo a los tejidos enfermos. Aunque los científicos se han apresurado a negar cualquier similitud, esta técnica dispara fantasías, como la que llevó a la pantalla la película “Viaje fantástico”.

La miniaturización de seres humanos sigue siendo ciencia ficción, pero la utilización de dispositivos diminutos para actuar sobre el cuerpo humano a escala microscópica ya parece estar acariciando la realidad. Hace muchos años, un programa de televisión se hacía eco de una supuesta línea de investigación dirigida a devolver a la vida cadáveres congelados, reparándolos célula por célula mediante “máquinas moleculares”. Pero en aquel momento, ante lo remoto de la posibilidad de ser artífices de la “resurrección” de nuestros semejantes, el programa se centraba más en la fascinación del “¿cómo?” que en la metafísica del “¿para qué?” o “¿a costa de qué?”

Sin embargo, cuando los productos de nuestra mente hacen su entrada en la antesala de la realidad el debate suele aumentar su intensidad. Hace algún tiempo, en un programa de radio se discutía el desarrollo de medicamentos capaces de “extirpar” traumas de nuestra memoria. Más allá de lo puramente científico, alguien planteó como objeción a esa “cura” la pérdida de la oportunidad de aprendizaje que puede suponer un hecho traumático, no sólo para el individuo afectado, sino para la colectividad. En esa línea, si la dolorosa experiencia transmitida por nuestros antepasados se ha mostrado eficaz para acabar con las guerras, desde luego no parece absurdo plantearse: ¿qué sería de nosotros si ni siquiera quedara memoria de los conflictos pasados?

Lo único que no plantea dudas es que reflexionar sobre todo aquello que pueda alterar los contornos conocidos de la existencia humana merece la pena, porque puede ser un camino hacia una conciencia más completa de nuestra propia condición.

En lo que respecta a la posibilidad de encomendarnos a la nanotecnología para realizar el milagro de la resurrección, me vienen a la cabeza dos historias:

Un occidental en busca de la paz interior ingresó en una orden budista en la que sólo se le permitiría pronunciar dos palabras una vez cada diez años. Transcurrida la primera década, el recién llegado se dirigió a su superior en el monasterio para decirle: – “Tengo frío” -; inmediatamente éste ordenó que se le proporcionaran más ropas de abrigo. Diez años más tarde, el novicio se dirigió de nuevo a su superior para manifestarle su disgusto por la forma de cocinar los alimentos: – “Comida sosa” -; enseguida el veterano ordenó que se añadiera algo de sal a los platos destinados a aquél. Por fin, treinta años después de su ingreso, el occidental decidió que aquello no era para él e informó oportunamente a su superior: – “Me marcho” -. Poco después, refiriéndose a ello, dicen que este último comentó: “No me extraña, se ha pasado todo el tiempo quejándose”.

La segunda historia tiene que ver con San Agustín. En plena lucha interior por abandonar los vicios de su juventud disoluta, se cuenta que el de Hipona rezaba de este modo: “Señor, ayúdame a ser casto, pero todavía no, todavía no…”

Ambas anécdotas son, probablemente, falsas, pero en mi opinión lo que a cada una de ellas le pueda faltar de verdad, a ambas les sobra de expresividad. La primera ilustra de un modo sorprendente la relatividad del tiempo. La segunda, la ambivalencia de la voluntad: en ocasiones la voluntad humana parece un tejido de estados superpuestos y entonces hacen falta razones muy poderosas para lograr que ésta se decante por uno u otro de ellos.

A partir de los nueve meses los niños empiezan a aprender a aguantar y a soltar. Si se piensa, cualquier actividad física, como andar, comer, hacer sus necesidades o jugar, exige un equilibrio entre el aguantar y el soltar. Además, el niño muestra su fuerza de voluntad cuando es capaz de aguantar y soltar en el momento adecuado. Al aprender a aguantar y a soltar, los niños no sólo desarrollan sus músculos, sino también su voluntad.

Seguramente un elemento de gran peso en ese aprendizaje y, por tanto, en el desarrollo de la voluntad, es la conciencia, aunque sea difusa, de que hay ocasiones que llegan en un momento determinado y después se marchan para siempre. Este aprendizaje nos resulta difícil por la vivencia tan elástica del tiempo que tenemos de ordinario. Pero ahí está la muerte, como telón de fondo, para acotarla. Tal vez, si no fuera por la presencia de la muerte como última frontera, Agustín de Hipona aún no sería ni casto ni santo a día de hoy.

Sin la conciencia de la muerte, probablemente la fuerza y el alcance de nuestra voluntad serían mucho menores y, privados de ese puente entre lo que es y lo que todavía no ha llegado, el desarrollo de la especie humana sería muy diferente. La Humanidad y la misión de ésta, si es que tiene alguna, seguramente necesiten de la muerte de los individuos para seguir con vida.

Llegados así a la idea de “vida” más allá de lo biológico, me han venido a las puntas de los dedos las reflexiones de Victor Frankl en el campo de concentración nazi:

“La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida”  (de “El hombre en busca de sentido”).

A veces se diría que el ser humano ya tiene la inmortalidad biológica en el punto de su mira telescópica. Sin embargo, al mismo tiempo nos estamos habituando a aguantar los carros y carretas de una injusticia obscena, que se va extendiendo como una mancha de aceite día a día, con tal de que nos dejen quedarnos como estamos aunque sólo sea un poquito más…

No creo que nunca alce la voz contra cualquier avance científico que pueda mejorar este mundo, pero desde luego procuraré no perder jamás de vista que lo que necesitamos no son líderes a los que admirar por la seguridad en sí mismos con que derrumban las fronteras de la naturaleza o aplican la ley del embudo entre los hombres, sino personas notables capaces de devolvernos la admiración por lo que cada uno de nosotros somos en tanto que seres humanos.

 

Foto: xatakaciencia.com

 

FIAT 500

500

“No puedo venderlo porque nadie me quiere pagar ni de lejos lo que me costó”. Acompañada de un gesto de cansancio, la frase de mi amigo se refería al encantador Fiat 500 que tenía aparcado en la acera de enfrente.

La primera serie del Fiat 500 se presentó al público el 4 de julio de 1957 y tuvo una fría acogida. Pocos meses después se lanzaría al mercado el modelo llamado “Estándar”, con un motor de 15 CV y una velocidad máxima de 90 Km/h, verdadero detonador del “boom” del 500, que se convirtió en un auténtico fenómeno social por ser un auto urbano muy práctico y al alcance de amplias capas de la población. La estrella del Fiat 500 recorrió diversas versiones, alcanzó su cénit en los años 60 y, a partir de ahí, empezó a declinar.

El Fiat 500 de mi amigo es un icono de la actual moda “retro”: bajo una apariencia tradicional tiene 100 CV de potencia – un “tiro” para su peso -, climatizador, bluetooth, cambio automático y ya sólo le falta ser además “ultramático” e “hidromático”, como decía el también viejo Danny Zuko. El precio de los actuales Fiat 500 puede rondar los 20.000€, según en qué versión, lo cual no es moco de pavo para un coche en el cual alguien un poco alto tiene que meterse con calzador.

Pero, en mi opinión, la mayor diferencia entre el 500 histórico y el de nuestros días no está en el coche, sino en quien se lo puede permitir. Me explico: en sus tiempos la expresión “puedo permitírmelo” quería decir que uno estaba en algún lugar del ancho espectro de la clase media y que, tras deducir de su paga la letra del piso y la del cochecito, el remanente bastaba para que la familia comiera de forma más o menos decente. Hoy en día la clase media amenaza con convertirse en un espectro y “puedo permitírmelo” significa que, pese a la insignificante apariencia del vehículo, todo el mundo sabe que es tan escandalosamente caro que no hay peligro de que te tomen por un fracasado por el hecho de conducirlo.

El desarrollo económico de las últimas décadas, unido a la ineficiencia y la deslealtad de muchos políticos de izquierda, ha provocado la floración de una auténtica droga para nuestro ego. Las burbujas que desprende con frecuencia nos embriagan y nos llevan a sentirnos “ricos” e identificados con el sistema de la “ley del embudo” que hoy nos gobierna; con esa complicidad, muchos parecen considerarse verdaderos guerrilleros del individualismo frente a las “masas aborregadas, esclavas de las políticas sociales”. En esa experiencia psicodélica hay quien olvida que, si no tuviéramos más remedio que pagar seguros médicos, planes de pensiones y colegios privados, nuestras “fortunas” se verían bastante mermadas, si es que daban para tanto… También se pierde de vista que tal vez mañana se acabe lo que se daba. Entonces, el que sea tan afortunado como para encontrar otro empleo, probablemente tenga que trabajar por un 30% o un 40% menos que cuando era multimillonario.

Esa clase de individualismo me hace sonreír con el recuerdo de una viñeta del “Sturmtruppen”, aquel comic tan irreverente sobre la II Guerra Mundial: un soldado alemán se queja para sí del sentimiento de alienación que le genera la uniformidad del ejército alemán. ¿Cómo destacar su individualidad formando parte de semejante monolito? “¡¡Ya sé!!” – el soldado se ilumina de entusiasmo – “¡¡Yo seré el que lleve las botas más limpias de todos!!”.

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 Pero, al mismo tiempo, esa clase de individualismo me da muchísima pena. Hemos pasado de ser dueños de un duro a ser esclavos de dos. Así nos va.

 

Fuentes:

Wikipedia

diariomotor.com

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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