LA CORRUPCIÓN Y SUS RIESGOS

 

prima riesgo

 

Era un día tan frío, tan frío que hasta los abogados tenían las manos metidas en sus propios bolsillos.

Era un escándalo de corrupción tan apestoso, tan apestoso que hasta el Presidente del Gobierno dejó de escrutar la macroeconomía con aire de suficiencia y, con gesto robótico, se tapó la nariz un instante con su pañuelo de seda delante del Congreso.

Eso sí, un vistazo al histórico basta para constatar que, por mucho hedor que emane de las alturas, nuestra prima de riesgo no sube ni un ápice. Creo que las razones no son difíciles de entender: nuestros acreedores no corren realmente ningún riesgo.

Ya en agosto de 2011 el PSOE (entonces en el Gobierno) y el PP volvieron al hemiciclo como alma que lleva el diablo, con las toallas de playa aún enrolladas a la cintura, para aprobar una modificación de la Constitución que sometía el déficit público español a los dictados de la Unión Europea y, entre otras cosas, hacía decir al artículo 135.2 de nuestra Carta Magna:

“3. El Estado y las Comunidades Autónomas habrán de estar autorizados por ley para emitir deuda pública o contraer crédito.

Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la ley de emisión”

En la práctica, eso significa que nuestros prestamistas cobrarán la deuda soberana “con prioridad absoluta” y que, si hay que quitar de alguna parte, será de la carne de los ciudadanos (v. “El Mercader de Venecia”). Esa deuda, como es bien, conocido, se genera en gran parte porque los bancos a los que se “inyecta” dinero público a precio de amigo lo utilizan para prestárselo al Estado a interés de mercado.

Por lo tanto, los acreedores de este maltrecho país saben que, no importa cuánto dinero se vaya por las cloacas de la política, ellos van a cobrar sí o sí. También saben que los españolitos vamos a aguantar lo que nos echen, porque a veces nos ponemos farrucos, pero en el fondo somos segadores que madrugan mucho la víspera, gallardos toreros de tendido de sombra, fieros entrenadores de pantalla de plasma. Sí, y también revolucionarios de Internet.

Entre tanto, el empleo es cada vez más precario, las prestaciones sociales más raquíticas y el mercado del lujo hace su agosto, porque el número de millonarios crece con un vigor envidiable (v. informe de Oxfam Internacional en http://www.oxfam.org/es/informes/iguales-acabemos-con-la-desigualdad-extrema).

La verdad es que la posición de los grandes financiadores y sus consecuencias para la mayoría de los ciudadanos de tantos países permite cuestionarse si en este momento histórico es válido el principio de que la búsqueda del propio interés individual, regulada a través del mercado, conduce al mayor nivel de bienestar común que es posible alcanzar. A mí me parece que no, pero es que quizás falta algo en la ecuación, y ese algo es la responsabilidad.

Es cierto que “nos han robado por encima de nuestras posibilidades”. Tampoco puede negarse que, con todos los matices que se quiera, “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. El despilfarro de recursos públicos ha sido patético y gran cantidad de ciudadanos de a pie han creído poder colarse en el guion de “El Gran Gatsby” gracias a los años de despendole crediticio. ¿Quién salía a protestar a la calle cuando un salario medio, convenientemente “apalancado”, permitía vivir en un chalet y tener aparcado un coche de alta gama en el garaje, cuando las tarjetas de crédito se repartían como panfletos publicitarios o cuando hasta una tostadora se podía financiar en cómodos plazos?

Ahora bien, vamos a imaginar que Juan Nadie acude a su médico de cabecera y logra convencerlo de que le recete un medicamento que su cuerpo no puede tolerar. O, peor aún, que es el médico quien insiste a Juan en que vaya a su consulta para prescribirle el “bálsamo de Fierabrás” porque el laboratorio fabricante le da comisión. En un caso así, ¿de quién es la culpa si esa medicina mata al Sr. Nadie? ¿Quién está desempeñando una actividad lucrativa? ¿A quién le son exigibles los conocimientos técnicos necesarios  para llevarla a cabo? ¿Quién está obligado por el correspondiente deber de diligencia profesional? Evidentemente, el facultativo.

Por lo tanto, en la primera hipótesis – paciente persuasivo que logra que el Doctor le receta su pasaporte al otro mundo -, no creo que cupiera atribuir a la víctima  más de un 25% de responsabilidad en su propio deceso. En el segundo caso – médico que actúa movido por tal afán de lucro que hace dejación de sus más elementales deberes de diligencia profesional -, parece claro que la culpa sería enteramente del galeno. Pues creo que lo mismo puede decirse de las entidades financieras y la orgía de crédito que en sus tiempos celebraron en medio de una buena borrachera de ladrillo. A aquéllas, como profesionales y primeros beneficiarios de su propia actividad, era a quienes correspondía analizar cuidadosamente todas las circunstancias de la economía y de la persona concreta y valorar las posibilidades razonables de devolver lo prestado que tenía cada cual. Pero no fue así, y nos dimos cuenta tarde de que estábamos viviendo una orgía caníbal en la que tan sólo éramos el menú.

Frente a esto, ¿cuál fue la reacción de los que entonces gobernaban y de los que ahora lo hacen? No fue, por seguir con el paralelismo, pedirles cuentas a los responsables de las “mortíferas recetas financieras” que habían extendido por doquier. Fue reformar “a escape” – nunca mejor aplicado – la Constitución para dar a aquéllos garantías de cobro a lomos del país. Si España fuera una empresa (ya tenemos marca y todo), sus gestores serían muy probablemente acusados de administración desleal, primero, por haber permitido que se llegara a donde se llegó, y segundo, por no haber plantado cara a los marrulleros acreedores de la “compañía”.

No sé cómo denominar al poder financiero que ha terminado  por afectar profundamente a las vidas de todos, pero, desde luego, no “mercado”. La libertad propia del mercado, como cualquier otra – aceptaremos de forma puramente convencional que la libertad se puede “compartimentar” -, sólo puede basarse en la buena fe y en la asunción del riesgo que supone decidir buscando ser competitivos, es decir, en la responsabilidad por lo que uno hace. Bien tristemente, en el caso que nos afecta, con respecto a la buena fe sobran – o se quedan cortas –  las palabras; el riesgo únicamente lo soportamos “los sospechosos habituales” (v. “Casablanca”); la responsabilidad es “del maestro armero” y la competitividad de la “marca España” no es más que un programa de entrenamiento en “flexibilidad”, para que podamos plegarnos todavía un poco más ante nuestros prestamistas.

Las políticas económicas actuales – no sólo en España – me recuerdan al planteamiento filosófico del Dr. Pangloss en el Cándido de Voltaire. Según el grotesco personaje, de las desgracias individuales nace el bien común. Por lo tanto, cuanto más se extienden las desgracias individuales, mayor es el bien común. Y aún hay quien “cacarea” de sus supuestos éxitos ante esos “mercados”.

 

Foto “El País”

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"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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