DE LA NÁUSEA A LA PESTE

 

Sartre

Camus

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La música está a todo volumen, pero no consigue sacar la cabeza por encima del bullicio y las risas, a veces un poco sobreactuadas, ni siquiera en el salón, donde está el equipo con sus altavoces. Un grupo de gente se refugia en una habitación, apartan algún que otro abrigo y se sientan en torno a una botella de whisky de marca con un aire de cierta complicidad, siempre ha habido clases. De vez en cuando algún sistema interno de alarma salta y alguien se da cuenta de que el humo del tabaco lo está asfixiando y se apresura a entreabrir una ventana para oxigenarse unos instantes junto a ella, a pesar del frío de la noche y de las protestas de otros. Un chaval con el rostro inflamado y los ojos brillantes le da un beso en los morros a un pastor alemán y se desternilla de risa. El pobre animal, que no  para de moverse sin rumbo, desconcertado, debe de estar dando gracias al dios de los perros por haberle hecho lo que es, y no uno de esos simios cubiertos de tela a los que, a pesar de todo, ama.

Un poco estomagado por los brebajes que hay para los que no nos hemos traído nuestro propio combustible, me acerco al fregadero a por un vaso de agua esperando cruzarme en cualquier momento con Peter Sellers, pero lo que me encuentro son las cuatro llaves de la cocina abiertas y el gas saliendo a chorros por los quemadores apagados. Cierro las llaves en un acto reflejo y sólo un instante después se me hiela el corazón: menos mal que no fumo. Evidentemente esto está hecho adrede. Quizás incluso alguien que sigue en la fiesta de fin de año ha apostado a convertirla en una ruleta rusa, un juego más de los que traen noches como esta.

Busco al dueño de la casa para alertarlo. Pregunto, pero nadie me escucha, o nadie lo conoce, o nadie quiere conocerlo. Como yo, todo el mundo parece que viene por conocidos de amigos, de amigos de amigos…

Me siento a la vez aburrido y sobrecogido. Mi estado de ánimo es una mezcla de componentes que no casan entre sí, como un cóctel malo, así que decido irme.

Me detengo un instante en la Glorieta de Cuatro Caminos para contemplar la luz lechosa de las farolas a través del filtro de mi propio vaho en esa noche gélida. Imagino por un momento la explosión de gas o el envenenamiento masivo que no será, pero que podría haber sido, esos titulares de la mañana siguiente que se quedaron en la antesala de la existencia y que contenían mi propia muerte. Me doy cuenta de que lo realmente sucedido y lo que no ha llegado a pasar no son más que dos hermanos gemelos, hijos de lo absurdo. Tengo diecisiete años y acabo de leer La Náusea. El silencio y la soledad en medio de la amplitud de la plaza me empiezan a dar vértigo. El frío de la noche me hace sentir transportado a una región donde la conciencia es más pura. Esa fiesta de fin de año era un microcosmos. Sartre tenía razón, el infierno son los demás. La alegría de mi recién alcanzada clarividencia me desborda.

De aquello hace mucho tiempo y, por uno de esos extraños caprichos de las matemáticas, ahora tengo muchos más años. Acabo de leer La Peste y por el camino también he leído a Victor Frankl y a algunos otros, y en este momento siento que, más allá de como sea el mundo, cuando uno ha encontrado el sentido dentro de sí mismo, hasta la esperanza le sobra. Porque “la peste” no es simplemente lo imprevisible e incontrolable de ahí fuera, que a veces descarga sobre nosotros la tragedia, es sobre todo negarse a aceptar que, como decía el Buda, sólo somos dueños de la acción, no del resultado; es apegarse a las propias mentiras y, a la vez, no reconocer que éstas son necesarias para vivir; es ignorar que, en su origen, el término “persona” significaba “máscara”; es situar lo falso en los demás y la verdad en uno; es echar la culpa al maestro armero; es erigirse en poseedor de la fórmula salvadora; es no tener la honestidad de confesar que somos tan embusteros como el otro al que juzgamos y condenamos; es no aceptar que todos somos “apestados”, o aceptarlo y encontrar ahí la justificación para rendirse ante “la peste” y dejar de hacer lo posible por sus víctimas; es no tomar conciencia de que uno es un ser humano, ni más, ni menos; es negar la humanidad a los demás.

“Hemos salido de la nada para alcanzar las más altas cotas de la miseria”, decía Groucho Marx. En mi caso, puedo presumir de que he sido capaz de abandonar la náusea para llegar hasta la peste. Debe de ser que estoy envejeciendo bien.

Anuncios

0 Responses to “DE LA NÁUSEA A LA PESTE”



  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

ESTADÍSTICAS

  • 22,843 visitas

Categorías

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 29 seguidores


A %d blogueros les gusta esto: