Archivo para 31 diciembre 2014

INGENUIDAD

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Esta mañana un amigo de mi hijo trataba en vano de negociar con su progenitor prometiéndole que no le volvería a pedir nada en todo el año, y es que estos días se prestan mucho a todo tipo de juegos descontextualizando la palabra “año”. De hecho, ayer un amigo me contaba lo siguiente:

 “Cuando yo tenía la inocencia y la credulidad de los cinco o seis años (ahora la inocencia se evapora mucho antes) recuerdo que el día 30 o 31 de diciembre fue motivo de que mi hermana mayor me tomara el pelo. Me dijo, con juramento y todo, que en la puerta de la iglesia había un hombre con más ojos que días tenía el año. Salí a escape, pues sabía que un año tenía muchos y que aquel fenómeno no se me podía escapar. Qué sé yo las vueltas que di hasta que volví a mi casa con los mocos colgando del frío sin haberlo encontrado.”

Esa especie de fregadero por cuyo desagüe se nos van los hitos del tiempo regurgitando un poco de todo en el remolino ha actuado en mí como caja de resonancia de esa historia. Yo tendría alrededor de 10 años y ya hacía tiempo que sentía un deseo irrefrenable de marcharme al extranjero. Eran vacaciones de verano y unos amigos de mi panda de la sierra me preguntaron – de modo puramente retórico – si me gustaría viajar a Estados Unidos y, con aire de intriga, me pidieron que los acompañase. Bajo el calor de la tarde, que aún apretaba, recorrimos juntos aquellas urbanizaciones de segunda división desde donde cierta clase media empezaba a dejarse ver por encima de los obreros sin atreverse aún a mirar a los ojos a enclaves como El Escorial. Yo creía, quería creer, necesitaba creer que, de algún modo mágico, quien sabe si a través de un túnel en el espacio-tiempo, mis amigos podían ponerme en camino de cualquier mundo lejos de lo cotidiano.

Fue algo sin ninguna importancia y, casi con toda seguridad, hecho sin la más mínima intención de dañar, pero esa tarde sufrí una de las decepciones más crueles que recuerdo: el enigmático lugar al que me conducían con el corazón palpitante no era más que una grieta en el sórdido  asfalto, cuyo contorno recordaba vagamente al continente americano. A partir de entonces, muchas veces he sentido que la fuerza de la gravedad es sólo una asquerosa maldición que, cuando cuento únicamente con mis propios recursos, no me permite levantar los pies a más de 20 ó 30 cm. del suelo antes de volver a atraparme con sus crueles y zafias manazas.

Bueno, espero que en unas pocas horas el 2015 nos ayude a sacar un nuevo brillo a todos nuestros recuerdos.

 Feliz 2015.

 

 

 

Imagen: http://sistema-literario.blogspot.com.es/

 

 

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Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.600 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 43 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

PADRE NUESTRO

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Padre nuestro que estás en el Cielo,

¿Cuándo llega alguien de verdad a ser  un individuo?

¿Es posible tomar con gratitud la vida que uno ha recibido de sus padres, por más imperfectos que le parezcan?

¿Puede uno terminar convirtiéndose en padre y madre de sí mismo?

 

santificado sea Tu nombre,

¿El nombre que llevamos forma parte del envoltorio en el que se nos regaló la vida?

¿Crecer sería encontrar nuestro verdadero nombre tomando como punto de partida el que otros nos pusieron?

 

venga a nosotros Tu Reino,

¿El Cielo es un lugar o un estado?

¿Hay en el diccionario algún término para la alegría de ser simplemente lo que uno es?

 

hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo,

¿Aprender a aceptar lo que es más grande que uno mismo es muestra de fuerza o de flaqueza?

¿Aceptar podría ser el camino y aceptarse a uno mismo el destino?

¿La aceptación puede conducir al cambio?

 

el pan nuestro de cada día dánoslo hoy

¿El alimento sostiene la vida y el sentido la hace digna de ser vivida?

¿Puede encontrarse el sentido acosando a la vida para arrancárselo? ¿Y convirtiéndose en su cómplice?

 

y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,

¿Qué es más peligroso para el herido; perseguir con mirada furiosa al arquero o extraer cuanto antes la flecha clavada?

¿Cómo nos cuidarían las manos cariñosas de otro? ¿Y nuestras propias manos?

¿Quién se nutre del perdón, el que perdona o el perdonado?

 

no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal,

¿Existe el pecado o sólo el pecador?

¿Y si el único pecador fuera el que cree que merece cargar con su culpa?

¿Hay peor mal que ser verdugo de uno mismo?

 

amén.

¿Es la aceptación sinónimo de libertad interior?

¿Hay quien sea capaz de privar de algo al que es libre dentro de sí?

¿Puede alguien llegar a ser más grande que él mismo? ¿De qué se trataría; de un absurdo, de una paradoja, de un milagro…?

 

A veces, cuando veo una montaña me parece tener ante mis ojos una página de Eckhart Tolle. La montaña se convierte así en un mensaje y el empuje de su evidencia me lleva a convenir con el maestro alemán en que tanto yo mismo, como esa muestra de corporeidad casi intimidatoria que se me cuela por las retinas, no somos más que etapas de un viaje, el misterioso viaje circular de la Conciencia, que vuelve sobre sí misma tras pasar por la materia. Entonces siento que esa montaña, por antigua que sea, es como un recién nacido comparada como la conciencia que la acoge, mi conciencia, emanación de esa Conciencia que ha decidido mantenerse al margen de las ruedas del tiempo en las que nos deposita a sus seres.

A veces siento que Dios, o quien esté en Su lugar, si es que hay Alguien, es parte de nosotros y nosotros somos parte de Él, igual que cada ola es un apéndice que surge del mar, pero que no llega a confundirse con él hasta que rompe.

A veces pienso que las oraciones que aprendimos en nuestra infancia no son realmente más que mensajes intemporales que contienen la llave de nuestro inconsciente como motor de crecimiento.

Desde luego, todo esto no fue lo que me enseñaron de pequeño. Eso sí, me quedo con la satisfacción de comprobar cómo avanza la humanidad; en otros tiempos me habrían quemado por lo que acabo de escribir. Hoy en día es poco probable que nadie me haga demasiado caso, y prácticamente imposible que ni tan siquiera me dé un calambre con el teclado.

 

Foto: literatio blogspot.com

JUANELO TURRIANO

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El 2014 se nos va por el desagüe y no quiero dejar pasar el centenario de El Greco sin dedicar un pequeño recuerdo otro hijo adoptivo de Toledo y, además, contemporáneo del pintor.

Juanelo Turriano fue un personaje notable al que probablemente no se recuerda hoy en día tanto como merece. Su nombre real era Gianello Torriani, originario de Cremona, y ya la incierta fecha de su nacimiento, situada entre 1501 y 1511, marca lo que será un rasgo distintivo de su biografía: la tendencia a moverse entre la bruma y la leyenda.

Juanelo – como sería conocido en España – fue un auténtico hombre del Renacimiento. Diseñador de relojes, matemático y astrónomo (que por aquel entonces casi era decir tres cosas y la misma), fue además arquitecto y destacó por sus prodigiosas realizaciones en el campo de la ingeniería, hasta el punto de que hay quien asegura que únicamente dos características de su personalidad lo separaron de alcanzar para siempre la gloria de Leonardo da Vinci: su aversión a dejar constancia escrita de sus trabajos y su carácter hosco, poco propicio para intercambiar correspondencia o para animar a los cronistas a perpetuar su memoria.

La falta de dominio del latín que algunos atribuyen a esta singular figura parece indicar que carecía de formación académica, lo que hace aún más sorprendente la magnitud de su ciencia. Se ha especulado con que su padre poseía un molino cuyos engranajes pudieron encender la pasión del cremonense por el conocimiento y dominio de la naturaleza.

Como hemos apuntado, el diseño y fabricación de relojes constituía el máximo exponente tecnológico de aquel tiempo, y Juanelo destacó tanto en ese campo que fue llamado a Toledo por el Emperador Carlos I para convertirse en relojero de la corte. Ciertas fuentes señalan que participó como arquitecto en la construcción del palacio de Yuste y se ha llegado a decir que así tuvo que ver (de forma involuntaria e indirecta) con la muerte del monarca, ya que diseñó un estanque que se llenó de aguas estancadas y se convirtió en el foco de paludismo que acabó con la vida de aquél.

Existe abundante literatura que recoge todo lo que se sabe, y parte de lo que no se sabe, sobre Juanelo Turriano, así es que me contentaré con citar sus dos inventos para mí más significativos.

El primero es el denominado Artificio de Juanelo, una prodigiosa obra de ingeniería que, aprovechando la propia energía de la corriente del Tajo, permitía elevar el agua desde el río hasta el Alcázar de Toledo, salvando unos 100 m. de desnivel. Resulta sugestivo dejar volar la fantasía e imaginar la continua hilera ascendente formada por la multitud de toledanos que, sobre sus propias espaldas o a lomos de las bestias, día tras día se veían obligados a acarrear el agua hasta la ciudad en aquellos tiempos.

Juanelo nunca dibujó los planos ni describió su funcionamiento, por lo que se desconoce cómo realizaba su tarea la máquina, pero la Fundación Juanelo Turriano ha elaborado una animación tridimensional en la que postula una hipótesis sobre el funcionamiento del sistema, basado en una serie de norias y cucharas que iban elevando el agua al verterla unas sobre otras:

En el año 1565, Juanelo había firmado con la ciudad de Toledo un contrato por el que se obligaba a diseñar, construir y mantener el mencionado ingenio a cambio de percibir una renta perpetua por el agua bombeada. El primer artificio, al parecer capaz de bombear entre 16.000 y 17.000 litros de agua diarios, fue entregado en 1569. El problema fue que las aguas del Tajo eran elevadas hasta el Alcázar, bajo administración castrense, y los militares, pese a hacer uso del invento, se negaron a pagarlo, alegando que ellos no lo habían encargado.

Agobiado por la carga que suponía el mantenimiento del artificio, que Juanelo, como hemos visto, venía obligado a soportar, el cremonense debió de recibir con alivio la oferta de Felipe II, que consistía en construir un segundo artificio, que pagaría la Corona, a cambio de conceder a su creador y a los herederos de éste un derecho exclusivo de explotación de la máquina. Este segundo sistema de elevación comenzó a funcionar en 1581, pero esta vez el problema fue que, acuciado por los problemas económicos, Juanelo había dejado de costear el mantenimiento del primer artificio, lo que permitió al Rey Prudente hacer gala de su sobrenombre y mostrarse tan sumamente cauteloso a la hora de pagar al inventor que, simplemente, omitió hacerlo. Tras tan vil atropello, es fama que el audaz ingeniero quedó en la miseria, aunque hay estudiosos que aseguran que, sin negar la importancia del revés económico sufrido, sus consecuencias no llegaron a ser tan dramáticas.

En cualquier caso, yo creo que siempre es posible buscar el lado bueno de las cosas y tal vez haya que interpretar lo sucedido como un auténtico rito iniciático que, tras tantos años viviendo entre nosotros, otorgó por fin al esforzado cremonense carta oficial de naturaleza como legítimo integrante de nuestro colectivo patrio. Y es que, por desgracia, no resulta ocioso recordar que los tribunales de hoy en día siguen insistiendo a la Administración, con periodicidad inquietante, en que no puede ampararse en las irregularidades del procedimiento que ésta misma ha tramitado para dejar de pagar a los contratistas los bienes y servicios de que ha disfrutado.

En fin, el primer ingenio fue desmantelado en la década de 1640, cuando la falta de mantenimiento y el expolio de las piezas acabaron por convertirlo en un montón de chatarra inútil, y lo que quedó en pie del segundo lo sería en el siglo XVIII. De aquella prodigiosa fábrica que en su día dejó boquiabiertos a propios y extraños hoy no quedan más que los restos de una máquina de vapor que se instaló a finales del S. XIX aprovechando los vestigios de la infraestructura anterior. En cualquier caso, probablemente se trata de uno de los muchos rincones de Toledo que son tan propicios para “teletransportarse” y, en este caso, para dejarse invadir por la grandeza y la miseria de los fantasmas aún errantes de nuestro Siglo de Oro.

El segundo invento precisamente trae causa, para algunos cronistas, de las nefastas consecuencias económicas del Artificio. Se trata del Hombre de Palo. Las referencias a “hombres de palo”, autómatas de madera con aspecto humano capaces de llevar a cabo ciertas tareas, son comunes en la literatura de en torno al Siglo de Oro. De hecho, la idea del sabio capaz de crear un ingenio con características propias del ser humano constituye casi un arquetipo – piénsese, por ejemplo, en el Golem de los judíos -. En este caso, la leyenda que rodea dicha invención de Juanelo ha encandilado tanto mi fantasía desde que era niño que me ha llevado a sentir una extraña gratitud hacia el ingeniero cremonense.  Es por eso que, como he dicho al principio, en la medida de mis posibilidades quisiera evitar que, en el año de su centenario, la indiscutible figura de El Greco eclipsara totalmente a la de su prodigioso coetáneo.

Juanelo, expertísimo relojero y mecánico, fue a su vez un destacado constructor de autómatas. De hecho, fabricó varios para Carlos I y en diversos museos del mundo se conservan algunos ingenios de este tipo que se atribuyen al cremonense. Sin embargo, del más famoso de todos, el Hombre de Palo, sólo queda su leyenda y el nombre de una calle en Toledo, cerca del lugar donde se supone que aquél funcionaba.

Instalado en la vía pública, se dice que este autómata tenía una ranura donde cualquier donante podía depositar una moneda. Hay quien afirma que se desplazaba por un raíl y que podía mover los brazos y las piernas, pero otros llegan más lejos y sostienen que Juanelo le daba cuerda y, tras soltarlo, el autómata era capaz de caminar por la calle. El resto de las cosas que hacía también se mueve en el terreno de la elucubración. Cuentan que el Hombre de Palo agradecía la dádiva con una reverencia, con una genuflexión o, al decir de los más osados, emitiendo algún sonido o incluso pronunciando alguna palabra.

Es difícil dudar de que alguna de estas historias se adentra decididamente en lo fantástico, pero pecará de imprudencia el que se limite a dedicarles una mueca de sorna. Resulta sorprendente el nivel tecnológico que ya anteriormente, en la Edad Media, se había llegado a alcanzar en disciplinas como la óptica o, por lo que aquí nos concierne, en la mecánica. De hecho, hay quien considera al estudioso árabe Al-Jazari (principios del s. XIII) como el padre de la moderna robótica.

Volviendo a nuestro Hombre de Palo, hay una teoría que afirma que esta postrera creación fue el medio de supervivencia de un Juanelo arruinado, por los motivos que ya conocemos, en los años de su vejez. También existe otra según la cual el destino de la recaudación de este singular pedigüeño era un hospital de beneficencia.

Finalmente, se dice que el muñeco acabó entre las llamas de la Inquisición, en el convencimiento de que estaba poseído por el demonio. Por mi parte, me permito dudar de esta hipótesis, ya que, al parecer, el Santo Oficio era extremadamente meticuloso a la hora de dejar constancia escrita del desarrollo de todos sus procesos, así es que lo más probable es que un caso tan singular hubiera llegado con todo detalle hasta nuestros días como parte de la ejecutoria de dicho tribunal. En esa línea, también se especula con que el propio Felipe II tuvo que intervenir para resguardar al inventor del celo Inquisitorial.

Juanelo Turriano murió en Toledo en 1585, según algunos en el hospicio, arruinado. Alguna vez oí decir que las cenizas del Hombre de Palo reposaron en una hornacina, junto a la tumba de su creador. Lo cierto es que los restos de Juanelo descansaron durante algunos siglos en el templo de los monjes del Carmelo, en la ciudad del Tajo, pero se perdieron cuando éste fue incendiado por los franceses en 1812, durante la Guerra de la Independencia, así que nada se puede asegurar tampoco.

Parece como si la historia se aplicara en dejar el mínimo rastro posible del genio cremonense. Tal vez por eso, Juanelo es una apuesta segura para cualquier mente con un punto de ebullición más bien bajo. En esa tierra de nadie entre lo sorprendente y lo sencillamente imposible, es casi forzoso que la vida y las hazañas de este personaje lleven a cualquiera que las conozca a afirmar aquello de: “si non è vero, è ben trovato”.

 

Créditos:

http://elbichocurioso.blogspot.com.es/2014/03/juanelo-y-el-hombre-de-palo.html

http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2014-02-28/juanelo-turriano-el-da-vinci-que-ficho-por-espana-y-que-la-historia-ha-olvidado_94839/#

http://www.jw.org/es/publicaciones/revistas/g201211/maestros-medievales-de-la-automatizaci%C3%B3n/

http://www.juaneloturriano.com/

http://atenas-diariodeabordo.blogspot.com.es/2013/10/juanelo-turriano-giannello-torriani.html

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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