INGENUIDAD

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Esta mañana un amigo de mi hijo trataba en vano de negociar con su progenitor prometiéndole que no le volvería a pedir nada en todo el año, y es que estos días se prestan mucho a todo tipo de juegos descontextualizando la palabra “año”. De hecho, ayer un amigo me contaba lo siguiente:

 “Cuando yo tenía la inocencia y la credulidad de los cinco o seis años (ahora la inocencia se evapora mucho antes) recuerdo que el día 30 o 31 de diciembre fue motivo de que mi hermana mayor me tomara el pelo. Me dijo, con juramento y todo, que en la puerta de la iglesia había un hombre con más ojos que días tenía el año. Salí a escape, pues sabía que un año tenía muchos y que aquel fenómeno no se me podía escapar. Qué sé yo las vueltas que di hasta que volví a mi casa con los mocos colgando del frío sin haberlo encontrado.”

Esa especie de fregadero por cuyo desagüe se nos van los hitos del tiempo regurgitando un poco de todo en el remolino ha actuado en mí como caja de resonancia de esa historia. Yo tendría alrededor de 10 años y ya hacía tiempo que sentía un deseo irrefrenable de marcharme al extranjero. Eran vacaciones de verano y unos amigos de mi panda de la sierra me preguntaron – de modo puramente retórico – si me gustaría viajar a Estados Unidos y, con aire de intriga, me pidieron que los acompañase. Bajo el calor de la tarde, que aún apretaba, recorrimos juntos aquellas urbanizaciones de segunda división desde donde cierta clase media empezaba a dejarse ver por encima de los obreros sin atreverse aún a mirar a los ojos a enclaves como El Escorial. Yo creía, quería creer, necesitaba creer que, de algún modo mágico, quien sabe si a través de un túnel en el espacio-tiempo, mis amigos podían ponerme en camino de cualquier mundo lejos de lo cotidiano.

Fue algo sin ninguna importancia y, casi con toda seguridad, hecho sin la más mínima intención de dañar, pero esa tarde sufrí una de las decepciones más crueles que recuerdo: el enigmático lugar al que me conducían con el corazón palpitante no era más que una grieta en el sórdido  asfalto, cuyo contorno recordaba vagamente al continente americano. A partir de entonces, muchas veces he sentido que la fuerza de la gravedad es sólo una asquerosa maldición que, cuando cuento únicamente con mis propios recursos, no me permite levantar los pies a más de 20 ó 30 cm. del suelo antes de volver a atraparme con sus crueles y zafias manazas.

Bueno, espero que en unas pocas horas el 2015 nos ayude a sacar un nuevo brillo a todos nuestros recuerdos.

 Feliz 2015.

 

 

 

Imagen: http://sistema-literario.blogspot.com.es/

 

 

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"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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