DOGMA DE FE

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La verdad es que no estoy muy enterado de esas cuestiones, pero me suena que hace varios años la Iglesia consideró permisible la inseminación artificial, siempre que se utilizara el siguiente procedimiento: como es pecado masturbarse, el esperma debía obtenerse en el curso de una relación sexual lícita. La manera más eficaz de lograrlo era reteniendo el fluido en un preservativo, pero como el uso de anticonceptivos también es pecaminoso, el preservativo tenía que estar perforado para que no obstaculizara la fecundación. Para aprovechar el semen que quedaba retenido se cerraba el extremo contrario al orificio practicado y se estrujaba el preservativo, convertido así en una especie de manga de pastelero.

Aquello me dejó a medio camino entre la risa y el pánico. Primero te sientes transportado al extremo de lo grotesco, pero inmediatamente algo bien distinto te golpea la conciencia: los actos descritos son de tal crudeza, están tan ciegamente subordinados al fin perseguido y a las limitaciones impuestas por el dogma, que llegan a perder por completo su sentido propio y a desligarse de realidad. El discurso exhala tal falta de humanidad que roza lo psicopático y esto produce escalofríos, porque sin el freno interior de la empatía los únicos límites que conoce el psicópata son los que logren imponerle los demás por la fuerza. Hemos llegado a eso muchas veces a lo largo del tiempo y, a mi juicio, sucede siempre que el pensamiento encalla en el dogma y logra arrastrar tras de sí a los sentimientos más básicos del ser humano.

En la antigua Roma el deudor respondía de sus obligaciones con su propia persona. En caso de que sus bienes no fueran suficientes para hacer frente a sus deudas, su acreedor podía venderlo como esclavo para cobrarse con el precio obtenido.

Si no me falla la memoria, fue en el s. XVIII cuando el Parlamento Inglés abolió la pena de muerte por robo.

Tal y como atestigua Dickens, en el s. XIX las prisiones inglesas estaban llenas de deudores insolventes, pero esa tentativa se consideró, no sólo inhumana, sino poco práctica y hoy en día el Convenio de Roma de 1950 prohíbe que los estados signatarios impongan a sus ciudadanos penas de prisión por el sólo hecho de que éstos no puedan hacer frente a sus obligaciones contractuales.

Ya en el plano interno, la legislación española desde antigüo ha contemplado límites a la posibilidad del acreedor de embargar bienes del deudor. De este modo, no sólo son inembargables las herramientas de trabajo, sino el salario mínimo y el lecho cotidiano, por ejemplo.

Por continuar con el caso de España, en el año 2003, gobernando José María Aznar, se aprobó en nuestro país la Ley Concursal, al menos teóricamente orientada, no a la satisfacción íntegra de los acreedores, sino a obtener soluciones que permitan garantizar la viabilidad de las empresas en dificultades económicas y, más recientemente, el Gobierno de Mariano Rajoy ha puesto en marcha los planes de pagos a proveedores, que en la práctica ofrecen a los acreedores de los Ayuntamientos la alternativa de renunciar a una parte de lo que les es debido y cobrar pronto o verse en riesgo de no hacerlo jamás.

Resulta patente que, a lo largo de la historia, la protección de los intereses materiales ajenos ha ido amoldándose a la convicción de que existen otros valores tanto o más dignos de ser preservados que aquéllos, y estoy convencido de que no hay ningún país de la UE donde el derecho interno otorgue carácter absoluto a la protección de los derechos de crédito. No creo que nadie pueda decir que esta tendencia histórica haya socavado los cimientos de la economía o la paz social,  más bien al revés, y sin embargo los sorprendente es que parece que el principio del pago íntegro e incondicionado de la deuda soberana ha alcanzado la categoría de dogma en el contexto de la UE, de forma que éste se ha convertido en un fin sagrado que justifica cualquier consecuencia que pueda desencadenar o cualquier sufrimiento que se pueda imponer en su nombre.

No obstante, incluso antes de las recientes elecciones griegas empezaron a aparecer signos de que una visión diferente del problema estaba ganando fuerza entre los expertos, como pone de manifiesto, por ejemplo, el siguiente artículo (en inglés) de Odette Lienau, profesora de la Cornell University Law School – http://blogs.lse.ac.uk/europpblog/2014/07/28/it-is-time-that-we-reconsidered-the-principle-that-states-must-always-repay-their-sovereign-debt/ – y, ya tras las urnas, el manifiesto (en francés) firmado por trescientos economistas y profesores universitarios de varios países – http://blogs.mediapart.fr/edition/que-vive-la-grece/article/050215/nous-sommes-avec-la-grece-et-leurope – o el artículo publicado en prensa la semana pasada por Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía http://www.huffingtonpost.es/joseph-e-stiglitz/una-fabula-griega-sobre-m_b_6641144.html.

En el primero, la autora expone que el cumplimiento estricto de las obligaciones en relación con la deuda soberana, sin importar las circunstancias ni los condicionantes que han llevado a contraer aquélla, no es una regla escrita en las estrellas, sino el producto fraguado en el último siglo por determinados factores políticos, corrientes ideológicas y, señaladamente, por el proceso de reconstrucción del sistema financiero internacional tras la Segunda Guerra Mundial. No obstante – señala la autora -, en otros momentos el rechazo de la deuda soberana no ha dañado la reputación de los estados ni ha impedido su financiación posterior y, por lo tanto, la citada regla del cumplimiento estricto no puede entenderse como una necesidad esencial inherente al funcionamiento del mercado.

El manifiesto citado en segundo lugar hace hincapié en el fracaso de las políticas impuestas a Grecia hasta el momento y apela al realismo al considerar que la deuda actualmente existente es insostenible y nunca será devuelta, mientras que una mayor flexibilidad por parte de los acreedores favorecería el relanzamiento de la economía griega.

Finalmente, el artículo de Stiglitz incide también en el fracaso de la “medicina” de la Troika y destaca la cuota de responsabilidad que corresponde a los acreedores en la situación creada, al tratarse generalmente de instituciones financieras con mayor capacidad de evaluar los riesgos asociados a los préstamos, así como la necesidad de crear un proceso ordenado que dé a los países una oportunidad de comenzar de nuevo, como fue el caso de Alemania tras la II Guerra Mundial. En relación con este último punto, adjunto un enlace al llamado “Plan Morgenthay” sobre el futuro de Alemania tras la contienda, que prefiero no pensar a dónde nos habría conducido de haberse llevado a cabo – http://es.wikipedia.org/wiki/Plan_Morgenthau-.

En definitiva, los tres textos abogan por una posición más flexible por parte de los acreedores si se quiere abordar el problema de la deuda y del futuro de la Unión Europea con un enfoque constructivo y, en definitiva, realista.

En fin, tras presentar a tanta eminencia y dejar al amable lector con ellos si así lo desea, vayan un par de observaciones por cuenta propia.

La primera es que, cuando hay un problema en una relación, raramente las enseñanzas que de él se pueden extraer son unilaterales. La regla del estricto cumplimiento “caiga quien caiga” sólo sirve para engañar a los expertos financiadores profesionales sobre sus propios errores al no haber sido más diligentes “a priori”– o menos ambiciosos – al evaluar la situación económica de los prestatarios y sus posibilidades reales de devolver lo recibido. Ya que ahora está de moda tratar a los estados como empresas, quizás no sería malo que las prácticas del mercado llevaran a imponer a los países una auditoría periódica de su economía, llevada a cabo por un organismo internacional con garantías razonables de independencia. Esto también redundaría en beneficio de los ciudadanos y de la propia democracia, puesto que permitiría a aquéllos tomar sus decisiones en las urnas con más conciencia de la realidad y, por tanto, más libremente. Desgraciadamente, en este campo de la transparencia, creo que al menos España suspende. Sin ir más lejos, mientras que al amparo de nuestra Ley de Protección de Datos no hay problema en incluir a las personas físicas con deudas en ficheros de morosos, para protección de los prestamistas, la reciente Ley de Transparencia permite a la Administración denegar información si ésta tiene implicaciones económicas, también a mayor gloria de las entidades financieras.

La segunda es que si la economía es, como el derecho o el lenguaje, un producto genuinamente humano, no tiene ningún sentido que la aplicación de sus principios acabe abocando a resultados gravemente inhumanos. Y si se ha llegado a esto es porque, en alguna parte del camino, como si se tratara de un espíritu maligno que habita en las profundidades del bosque, nos hemos dejado secuestrar por algún dogma que nos ciega. Habrá que liberarse de él y volver a abrir los ojos.

Quizás no sea difícil de explicar la hostilidad de la mayoría de los gobiernos europeos frente a los planteamientos de Grecia. Como en la fábula del vestido nuevo del emperador – que había sido estafado e iba desnudo, pero nadie se atrevía a ponerlo de manifiesto –, si a Grecia le fuera medianamente bien por una vía diferente muchos gobernantes tendrían que reconocer que han hecho algo injusto y estúpido imponiendo a sus ciudadanos los dictados de la Troika.

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2 Responses to “DOGMA DE FE”


  1. 1 JotaEle 20 febrero 2015 en 16:11

    Los países hacen default y no pasa nada, o pasa que nadie les presta y para volver a hacerse merecedores de confianza tienen que hacer reformas convincentes. En el caso de un cambio de régimen, como dice tu primer artículo, es posible repudiar la deuda anterior sin muchas consecuencias, mejor si los acreedores del nuevo régimen son distintos, y mucho mejor si nos prestan por razones políticas y no económicas, pero es que un cambio de régimen va a implicar probablemente reformas profundas.

    El problema es que Grecia desea impagar su deuda, permanecer en el Euro y seguir financiándose en las mismas condiciones actuales. Chocolate y tajadas. Es como en una antigua serie cómica en que el protagonista, un adolescente, abre su primera cuenta bancaria y reparte cheques alegremente para cualquier gasto generando un importante descubierto, más tarde, cuando el banco le llama la atención intenta saldar su deuda firmando otro cheque contra su misma cuenta. Incumplir tus compromisos para seguir viviendo de un crédito ajeno que tampoco esperas devolver no es posible., dice Rallo.

    Por lo que a nosotros respecta, según me cuenta gente que sabe de esto más que yo, poco importa que Grecia haga default, salga del Euro, que tenga corralito y por supuesto que no volvamos a ver los 30.000 millones del ala que debe el estado griego al contribuyente español, total qué nos importa un despilfarro más a estas alturas. Para los griegos, en cambio, esta perspectiva no es muy halagüeña.

    En el caso de Grecia, los rescates previos se hicieron precisamente con la condición de que efectuaran reformas que les permitieran tapar su agujero y en el futuro poder endeudarse de una manera sostenible. Esas reformas no se han hecho y ahora el nuevo gobierno dice que no quiere pagar. Vale, tontos que hemos sido el resto de la UE, pero no les prestamos un duro más ni nosotros ni ningún inversor privado en su sano juicio. No es dogma de fé ni boicot a un gobierno progresista ni nada, al contrario, es puro sentido común que no queramos seguir tirando dinero a un pozo sin fondo.

    • 2 José Ignacio 27 febrero 2015 en 8:13

      JotaEle, lamento el retraso en contestar.

      Yo no entiendo nada de este tema, por eso cito a gente que supongo que sabe más que yo y trato de aplicar el sentido común, aunque, en el fondo, no sé si alguien sabe realmente de esto, porque los economistas explican muy bien las cosas, pero a posteriori y, por supuesto, sin ser capaz de ponerse de acuerdo entre ellos.

      En cuanto a lo que comentas, a lo mejor es que sí se ha producido un cambio de régimen en Grecia. De régimen alimenticio, quiero decir, si es verdad que ya hay mucha gente que roza el hambre y, en cambio, están ahítos de teorías económicas.

      A lo mejor es que las recetas económicas que se han prescrito no han valido más que para crear sufrimiento a la población y la gente ya no sabe a dónde ir, pero sí sabe por dónde no. Y eso no lo digo yo, lo dicen economistas de prestigio mundial, aunque cada uno, según nuestra forma de sentir, citamos a unos o a otros, que los hay para todos los gustos.

      Hace años se hizo bastante popular en las piscinas de verano un juego de niños que consistía en un mecanismo de relojería que reventaba un globo lleno de agua que los niños se iban pasando de mano en mano. A lo mejor es que también han jugado con el dinero de los demás las entidades financieras que se han dedicado a prestar apostando a quién se lleva el último Euro antes de que reviente el globo. Jugar con el dinero de los demás es rescatarlos a costa de la gente y enseñarles que pueden hacer lo que quieran, que no pasa nada. Eso no quita que ha habido un despilfarro insostenible y que de esto que ha pasado tenemos que aprender a priorizar las necesidades, pero la gente de la calle no es la única que tiene que sacar una lección de lo sucedido.

      Es cierto que cada uno presta cómo y a quién le da la gana. Lo que me sorprende es que aquí se cuestionen cosas que en las transacciones privadas son el pan nuestro de cada día. Los inversores toman más riesgo para garantizar la viabilidad de sus negocios y recuperar su inversiones. Naturalmente, imponen condiciones, pero condiciones que permitan despegar a esos negocios, no que los asfixien. Aquí parece que no se quedan contentos hasta que la gente trabaja de sol a sol por un plato de lentejas, ¿es que piensan que una situación así se aguanta indefinidamente? Incluso leí que parte de los préstamos de Alemania a Grecia fueron con la condición de usar una porción de ellos para comprar armamento alemán. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿De verdad sería imaginable si se produjera, por ejemplo, en el contexto de una financiación bancaria a un proyecto empresarial? Por eso hablo de dogma, porque creo que los operadores económicos no se comportan así en otros contextos, y esto no tiene nada que ver con el progresismo o no progresismo, sino con el sentido común y con el ejemplo de cómo se suele actuar en muchos concursos de acreedores y refinanciaciones de proyectos.

      La razón de lo que para mí es un enfoque “dogmático” del problema de la deuda soberana, no la conozco. No suelo creer en teorías conspiratorias, probablemente no es más que la inercia de una forma de pensar y el miedo de casi todos los gobiernos a apearse del burro y convertirse en blanco de los demás.

      Creo que la realidad tiene muchas caras y que hay que tratar de ponerse en el lugar de todos sin perder el propio. Yo no digo que todos tengan que ganar lo mismo, pero todos tienen que ganar algo. A la larga sólo funciona el “yo gano, tú ganas”. Con el “yo gano, tú te fastidias porque sólo tú eres culpable y, además, tonto”, al final algo importante acaba reventando.

      JI


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