Archivo para 31 marzo 2015

DIOS Y LOS COMEDORES DE PATATAS

 

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“He querido dedicarme conscientemente a expresar la idea de que esa gente que bajo la lámpara, come sus patatas, con las manos que meten en el plato,  ha trabajado también la tierra, y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente”.

Son palabras de Vincent Van Gogh dirigidas a su hermano Theo, a propósito de su  cuadro “Los comedores de patatas”, pintado en 1885.

Por mis antecedentes familiares y por mi quinta fui de esos niños a los que bautizaron e hicieron tomar la primera comunión para no apostar a un futuro político aún incierto y evitarme problemas innecesarios. Eso sí, mis abuelos trataron de echar leña al fuego de mi fe y yo probé lo que me ponían en el plato, pero enseguida me cansé; aquello no me repugnaba, pero tampoco me decía nada, como si se tratara de un alimento pensado para otro tipo de paladares.

Muchos años después, un diálogo de la película “El loco del pelo rojo”, que aludía al anterior párrafo de las “Cartas a Theo”, me mostró una perspectiva insospechada sobre la religión; en su famoso cuadro Van Gogh estaba representando algo más que los personajes que se pueden ver en el lienzo, estaba tratando de pintar el esfuerzo y la honestidad del trabajo de esos campesinos en el contexto de su vida llena de privaciones. Quizás la esencia de la verdadera actitud religiosa no estaba en ningún sistema estructurado de creencias; tal vez sólo se hallaba en el convencimiento de que el mundo sensible no es más que el símbolo de la realidad auténtica. Con ese nuevo punto de vista el cristianismo continuó siendo algo ajeno por completo a mis vivencias.

Hace poco me planteé si la religión, cualquier religión, podría ser una de las vías que nos facilitarían tomar contacto con la energía espiritual que el psiquismo humano ha ido acumulando a lo largo de la historia de nuestra especie. Desde este punto de vista, el marco religioso de cada tradición cultural constituiría un recurso especialmente poderoso en su ámbito; sería, por así decirlo, la “llave” que mejor se adapta al “modelo de cerradura” comúnmente en uso aquél. Cada tradición religiosa contendría los mensajes y las imágenes con más poder para liberar esa energía espiritual en su específico entorno: https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/12/19/padre-nuestro/.

El último punto de inflexión en mi visión religiosa lo ha traído la lectura del libro “Misquoting Jesus”, de Bart D. Ehrman, experto en exégesis bíblica. Desde el punto de partida de una posición cercana al integrismo religioso, la peripecia intelectual y vital de este profesor estadounidense lo llevó a acabar concibiendo los evangelios como una obra plenamente humana que contiene la vivencia personal de cada uno de sus autores acerca de la vida, enseñanzas y muerte de Jesús.

Para mí resultó especialmente inspiradora la interpretación propuesta acerca del evangelio de Marcos. Según Ehrman, el retrato que en él se nos muestra de un Jesús atormentado por la angustia y el dolor ante la proximidad de la muerte no es más que una forma de intentar transmitir que Dios actúa a través de caminos misteriosos en los que, de forma incomprensible para nosotros, el sufrimiento puede tener un sentido redentor.

He citado ya muchas veces a Víctor Frankl y el relato de sus vivencias en un campo de concentración nazi que narra en “El hombre en busca de sentido”:

“(…) no sólo son significativos la creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son igualmente significativos, de modo que el goce tiene que serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.

La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida”.

Desde unos presupuestos completamente distintos, me llama la atención el paralelismo entre la visión de Marcos y la de Frankl en cuanto al valor del sufrimiento.

Los dioses de la Antigüedad Clásica encarnaban poderes superiores capaces de socorrer a los hombres frente a un mundo de dificultades y peligros concretos – la guerra, la seguridad del hogar, la cosecha, la caza, la fertilidad … –, de situaciones que no podían controlar por sí solos. A la luz de los enfoques que acabamos de ver acerca del sufrimiento ante lo que nos sucede, parece como si el paso del paganismo al cristianismo se correspondiera con un cambio de actitud interna frente al dolor – del “estos padecimientos no tienen sentido si no logro sobrevivir” al “no merece la pena sobrevivir si estos padecimientos no tienen sentido” -. Quizás ahí pueda hallarse el arranque en Occidente de un impulso de crecimiento personal hacia la libertad interior, la libertad de decidir qué hacemos en nuestro fuero interno con aquello que nos impone el exterior. Lo dicho es sin perjuicio de reconocer que, en su devenir histórico, el cristianismo se ha revelado como una fuerza generalmente muy conservadora en cuanto al orden social.

Hoy, veintiún siglos después, ese impulso humano hacia la libertad interior continúa siendo muy incipiente. No obstante, pienso que hay razones para la esperanza; tratándose de un proceso de evolución que, muy probablemente, conlleve ciertas modificaciones en la arquitectura de nuestro cerebro, dos mil años no son más que un suspiro.

Yo no sé quién fue el Jesús histórico, ni siquiera sé si lo hubo, aunque me gustaría pensar que sí. Los hechos de la vida y muerte de Jesucristo no son originales, sino que guardan gran similitud con muchos mitos paganos de la antigüedad. Por otra parte, el propio carácter de su figura, su lejanía en el tiempo y el imponente cúmulo de intereses puestos en juego desde el principio en cuanto a sus enseñanzas, han enviado la verdad a un pozo de tinieblas del que es muy difícil que llegue a salir jamás. Sin embargo, hoy no me cuesta admitir que el cristianismo, como cualquier otra religión, encierra algo objetivamente verdadero, porque la energía psíquica que puede poner a nuestra disposición hunde sus raíces en esa Conciencia que es la realidad última de donde emana cada una de nuestras conciencias individuales.

Tras esta exposición, me daría por contento con que alguien, aunque fuera uno sólo de mis amables lectores, entendiera mis ideas religiosas. Lo digo, más que nada, para ver si es capaz de explicármelas.

 

Foto: https://kuentame.wordpress.com/2012/04/19/comedores-de-patatas-vincent-van-gogh-1885/

 

 

 

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PARADOJAS TEMPORALES (O NO)

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Cuando terminé de leer el resumen en la tapa de atrás me sentí como si el libro que tenía entre las manos estuviera hecho de la materia con que se fabrican los sueños; siempre había deseado que alguien escribiera “The river of time” (1), un viaje por la historia del pensamiento acerca del tiempo desde Platón hasta el s. XXI.

Su autor, Igor Novikov, cosmólogo y astrofísico ruso, parece ser uno de esos hombres de ciencia cuyo saber tiende a expandirse como los gases, engarzando la divulgación científica con un horizonte mucho más amplio que abarca otras inquietudes humanas. Así, a lo largo del libro nos asoma en un tono cercano al nacimiento de su vocación científica cuando era un niño, nos va llevando a través del desarrollo de ésta bajo la opresión política soviética y termina por contagiarnos su pasión por sumergirse hasta lo más profundo en las raíces del tiempo, del espacio y de la materia, si es que uno no padecía de antemano esa “enfermedad”.

Los últimos capítulos de “The river of time” están dedicados a examinar la posibilidad teórica de trasladarse en el tiempo y, lo más novedoso para mí, al intento de desmontar mediante ejemplos las objeciones más habituales que se suelen levantar contra el viaje al pasado en forma de paradojas aparentemente irresolubles.

En esta línea, Novikov parte de la base de que la mayoría de tales paradojas están mal planteadas. En efecto, sin la máquina del tiempo los acontecimientos se ven influidos por el flujo de información que proviene del pasado, pero no del futuro. Viajar al pasado equivaldría a abandonar una autovía describiendo un bucle que nos lleva a incorporarnos antes de la salida. En el bucle se pierde cualquier referencia al futuro o al pasado y todos los acontecimientos influyen en los demás de modo circular. Es como un grupo de personas caminando unas tras otras en círculo,  ¿tendría sentido preguntarse cuál va la primera o la última? Al eliminar la dirección de la “flecha del tiempo”, la máquina del tiempo da lugar a que cada acontecimiento tenga que ser consistente, no sólo con su pasado, sino también con su futuro; pasado, presente y futuro se entremezclan y cada suceso habrá de verse influido por todos ellos. Por lo tanto, debemos considerar los sucesos objeto de nuestros “experimentos” sobre las paradojas temporales en su conjunto.

La primera paradoja, y la más sencilla, con la que lidia el autor se construye mediante una mesa de billar con “puertas del tiempo” incorporadas: el agujero de una de las esquinas del tablero es una máquina del tiempo por donde entra una bola para salir por otro agujero de la misma banda un segundo antes.

Ahora imaginemos que lanzamos la bola hacia la entrada de la máquina del tiempo con una velocidad tal que, al salir por el agujero de la banda un segundo antes, la bola más “vieja”, procedente del futuro, choca contra su versión del presente que se dirige a la esquina y la desvía de su trayectoria. Así, la bola del presente no llegará nunca a introducirse en la máquina del tiempo ni, por tanto, a salir por el agujero de la banda, por lo que el suceso que contemplamos se habrá producido y, a la vez, no se habrá producido…

Novikov sostiene que se debe considerar la interacción de las dos “versiones” de la bola en su conjunto y que los cálculos demuestran que, para que la bola “saliente”, procedente del futuro, tenga la dirección y la velocidad necesarias para desviar a la bola entrante, esta última debe ir dirigida hacia un punto del tablero distinto de la entrada de la máquina del tiempo, en la esquina. Por tanto, ¡¡es la propia bola saliente, procedente del futuro, la que, al chocar con la entrante, la desvía y la hace introducirse en la máquina del tiempo, causando que ésta viaje al pasado!!, lo que deshace la supuesta paradoja temporal.

El autor continúa planteando varios “experimentos” ideales hasta llegar a desmontar mediante un modelo simplificado la paradoja temporal más desquiciante, la del hijo que viaja al pasado y mata a su padre, y termina este libro tan fascinante  reconociendo la inmensa dificultad de los problemas ya suscitados y que podrían llegar a serlo al hilo de tales hipotéticos viajes, pero manteniendo su fe en que ninguno de esos problemas sería irresoluble, por tratarse sólo de paradojas aparentes fruto de un planteamiento erróneo de los mismos.

MDT

En fin, todas estas consideraciones me hacen sentirme aún más cercano a las peripecias de Amelia Folch, Alonso de Entrerríos y Julián Martínez, dignos funcionarios (¿o personal laboral?) del Ministerio del Tiempo, y es que, pese a no ser muy televidente, esta serie me ha atrapado con tenazas. Quizás sea mi pasión por rebuscar en lo cotidiano a la caza de alguna puerta de acceso a cualquier otro mundo, pasión que en su día me llevó a empezar alimentar, con mejor o peor fortuna, este blog: https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2009/11/20/%C2%A1ya-estoy-en-el-mundo/.

 

(1) Cambridge University Press

 

Foto MDT: Cadena Ser

RECUERDOS DEL FUTURO, REMIENDOS DEL PASADO

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“De lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo” es para mí el cuento más poderoso de “El conde Lucanor”  – http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/juanma/xi.htm -. En él un mago del Toledo medieval pondrá a un eclesiástico delante del espejo de la verdad y le demostrará de qué pasta está hecho realmente permitiéndole pasar por su propio futuro.

Si atendemos a Luis Racionero (véase su ensayo “Oriente y Occidente”), no repugna al pensamiento oriental explicar el pasado en función del futuro. Por ejemplo: tal señor feudal no alcanzó preeminencia en vida porque a su muerte se le ofrecieron seres humanos en sacrificio.

Tanto en un caso como en el otro, no se trata ganar el poder de manejar el tiempo, sino más bien la capacidad de descubrir que éste en el fondo no es más que una ilusión.

Este parece ser el enfoque de “El Ministerio del Tiempo”. Recuerdo que en el primer capítulo de la serie el Subsecretario del Ministerio, con esos modales británicos a veces entreverados de casticismo, espeta a uno de los protagonistas algo así: “¿La máquina del tiempo…? ¡No diga usted tonterías, la máquina del tiempo no existe! ¿Cómo se le ha podido ocurrir algo tan absurdo…? Lo que tenemos nosotros son puertas del tiempo”. La propia imaginería del edificio ministerial nos muestra un pozo que se hunde en las profundidades de la Tierra, como un tronco común donde desembocan todas las puertas del tiempo y en los pasillos de aquél podemos asistir, en clave de humor, a la convivencia profesional de habitantes de todas las épocas, una vez desvanecidos las aparentes murallas que los separaban.

La idea del tiempo como mera apariencia está en el ADN de Oriente – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2015/01/16/campanadas-de-fin-de-ano/ -, pero, como hemos visto, no es ajeno a Occidente (quizás por influencia oriental; me llama la atención que en El Conde Lucanor se sitúa al poseedor de tal saber mágico en Toledo). Ahora bien, lo que sí lleva en la sangre el occidental es el afán de dominar todo lo que lo rodea. Así es que, sea el tiempo realidad o ficción, no han faltado entre nosotros intentos de “corregir la Historia” (piedra angular de la Alemania Nazi, como de cualquiera que se siente víctima y quiere pasar al lado “correcto”, el de los verdugos) o, al menos, de “reescribirla” (véase “1984”, de Orwell, y sígase el rastro hasta nuestros días).

Lo cierto es que cualquier esfuerzo en esa dirección resulta vano, y no hablo de paradojas temporales, sino del plano emocional. Creo que fue Freud quien acuñó el concepto de “impulso de repetición”, pero, cualquiera que sea su etiología, la realidad del mismo es desde hace mucho ampliamente aceptada por la psicología. Recordemos con John Bradshaw su propia conclusión: “Aunque, sabiendo lo que hoy sé, me fuera permitido regresar al punto de partida, acabaría por cometer de nuevo los mismos errores”.

Y es que la única manera de romper la dependencia del pasado es entenderlo y, para eso, como condición previa e ineludible, hay que aceptarlo. Eso sí, esto último es mucho más fácil de decir que de hacer. Para llegar a la aceptación primero hay que acopiar la inteligencia de una Amelia Folch, la lealtad (hacia uno mismo) de un Alonso de Entrerríos y el sentido práctico de un Julián Martínez.

 

Foto: cinefagos.es

¿DESDE CUANDO LOS EMBUDOS SON TRANSPARENTES?

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La llamada “Ley de transparencia” – http://www.boe.es/boe/dias/2013/12/10/pdfs/BOE-A-2013-12887.pdf -, que pretende regular el acceso a la información pública ha sido objeto de numerosas críticas desde su aprobación el 9 de diciembre de 2013, por ejemplo: https://presnolinera.wordpress.com/2014/03/29/transparencias-y-opacidades/.

Al margen de que el derecho de acceso a dicha información no se configura como parte del derecho fundamental a recibir información o de la opacidad con que se sigue envolviendo ciertas actividades de la Casa del Rey, las Cortes o el Banco de España, ha merecido especial censura la redacción del artículo 14 de la norma, que establece las causas por las que el derecho de acceso puede ser limitado. Aquí quiero detenerme en uno de ellos.

Dice el citado precepto:

Artículo 14. Límites al derecho de acceso.

  1. El derecho de acceso podrá ser limitado cuando acceder a la información suponga un perjuicio para:

 (…)

 h) Los intereses económicos y comerciales.

Ya antes de la entrada en vigor de la ley el Gobierno venía denegando cualquier solicitud de información, incluso por vía parlamentaria, sobre la identidad de los principales adquirentes de deuda soberana española. Muy probablemente la causa de limitación del derecho de acceso a información pública a la que nos referimos ha sido introducida para dar carta de naturaleza a esa práctica.

¿Los intereses económicos y comerciales de quién? No es difícil apreciar que la falta de precisión de este motivo es tal que incluso priva de sentido completo a la expresión que lo recoge.

Vayamos ahora a otra región de nuestro ordenamiento jurídico, concretamente al reglamento de desarrollo de la Ley de protección de datos de carácter personal – http://www.boe.es/buscar/pdf/2008/BOE-A-2008-979-consolidado.pdf – y, concretamente, a su artículo 10.1:

Artículo 10. Supuestos que legitiman el tratamiento o cesión de los datos.

  1. Los datos de carácter personal únicamente podrán ser objeto de tratamiento o cesión si el interesado hubiera prestado previamente su consentimiento para ello.
  2. No obstante, será posible el tratamiento o la cesión de los datos de carácter personal sin necesidad del consentimiento del interesado cuando: 

a) Lo autorice una norma con rango de ley o una norma de derecho comunitario y, en particular, cuando concurra uno de los supuestos siguientes:

El tratamiento o la cesión tengan por objeto la satisfacción de un interés legítimo del responsable del tratamiento o del cesionario amparado por dichas normas, siempre que no prevalezca el interés o los derechos y libertades fundamentales de los interesados previstos en el artículo 1 de la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre.

El quid de la cuestión está en que este precepto permite la creación de ficheros de morosos (tratamiento de datos) y su cesión a bancos y otros operadores económicos, basándose en su interés legítimo en saber con quién hacen negocios.

La redacción original de la norma era más restrictiva, porque exigía que dichos datos figurasen previamente en fuentes accesibles al público, pero tras un recurso interpuesto por la Federación de Comercio Electrónico y Marketing Directo, en el año 2012 el Tribunal Supremo declaró la nulidad de tal requisito, por contravenir una Directiva comunitaria, lo que despejó totalmente el camino al funcionamiento de las bases de datos de morosos.

Comparando este punto de vista – sinceramente creo que el Tribunal Supremo no hizo más que aplicar la ley – con el adoptado por la Ley de transparencia – aquí sí que dependía del legislador configurar la norma de una manera o de otra – no puedo dejar de pensar que se trata de la máxima expresión de la ley del embudo; los operadores económicos pueden saber de nosotros, pero no al revés, porque los intereses comerciales (sigo preguntando, ¿cuáles, de quién, en qué consisten, con qué límites…?) no sólo pesan más que el derecho a la privacidad de los individuos tutelado por las normas sobre protección de datos personales, sino incluso más que un derecho tan esencial en una democracia como es el de acceder a información relevante para la toma de decisiones políticas. Se nos podría decir que los compradores de deuda soberana sólo buscan cobrar y no meterse en política. Se nos podría decir, pero  podríamos asfixiarnos de risa por no ahogarnos en llanto.

Los embudos raras veces son transparentes. No lo son porque la transparencia no forma parte de la función para la que están concebidos, que es el trasvase de un líquido que se supone ya conocido por quien realiza la operación. La diferencia está en que el líquido sólo concierne a quien lo está manejando y el conocimiento de datos relevantes para la formación de la opinión pública y la toma de decisiones políticas es cosa de todos. Así es que creo que la conocida como Ley de transparencia en el fondo no tiene tanto que ver con la transparencia como con taparse “las vergüenzas”.

La Constitución (art. 10.1) propugna la dignidad humana como fundamento del orden político y la paz social, pero la dignidad humana presupone un mínimo de igualdad y justicia por encima de las diferencias entre los individuos.

La aplicación sistemática de la “ley del embudo” pisotea la dignidad humana y, al erosionar la asunción generalizada de los valores que sustentan la convivencia, alienta conductas como el fraude y la corrupción. Si no ponemos remedio pronto, el desprecio con que se nos gobierna nos llevará al “síndrome de la indefensión aprendida”, terminaremos por caer en una apatía venenosa, o acabará reventando la paz social como una olla a presión.

Antes de empezar a escribir pensaba que me estoy volviendo demasiado politiquero, que me estoy apartando del designio que tenía para este blog, de corte más personal, intimista incluso. Ya casi acabando me doy cuenta de mi error; es la política la que tiene que quitarse las orejeras de lo puramente contable, ni siquiera económico, para empezar a prestar atención a cómo se sienten tratados los ciudadanos, que debiéramos ser sus verdaderos protagonistas.

Alguien dijo alguna vez que no se puede vivir permanentemente sentado sobre las bayonetas. No será de extrañar que éstos acaben por pincharse.

 

Foto: http://www.bedri.es

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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