DIOS Y LOS COMEDORES DE PATATAS

 

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“He querido dedicarme conscientemente a expresar la idea de que esa gente que bajo la lámpara, come sus patatas, con las manos que meten en el plato,  ha trabajado también la tierra, y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente”.

Son palabras de Vincent Van Gogh dirigidas a su hermano Theo, a propósito de su  cuadro “Los comedores de patatas”, pintado en 1885.

Por mis antecedentes familiares y por mi quinta fui de esos niños a los que bautizaron e hicieron tomar la primera comunión para no apostar a un futuro político aún incierto y evitarme problemas innecesarios. Eso sí, mis abuelos trataron de echar leña al fuego de mi fe y yo probé lo que me ponían en el plato, pero enseguida me cansé; aquello no me repugnaba, pero tampoco me decía nada, como si se tratara de un alimento pensado para otro tipo de paladares.

Muchos años después, un diálogo de la película “El loco del pelo rojo”, que aludía al anterior párrafo de las “Cartas a Theo”, me mostró una perspectiva insospechada sobre la religión; en su famoso cuadro Van Gogh estaba representando algo más que los personajes que se pueden ver en el lienzo, estaba tratando de pintar el esfuerzo y la honestidad del trabajo de esos campesinos en el contexto de su vida llena de privaciones. Quizás la esencia de la verdadera actitud religiosa no estaba en ningún sistema estructurado de creencias; tal vez sólo se hallaba en el convencimiento de que el mundo sensible no es más que el símbolo de la realidad auténtica. Con ese nuevo punto de vista el cristianismo continuó siendo algo ajeno por completo a mis vivencias.

Hace poco me planteé si la religión, cualquier religión, podría ser una de las vías que nos facilitarían tomar contacto con la energía espiritual que el psiquismo humano ha ido acumulando a lo largo de la historia de nuestra especie. Desde este punto de vista, el marco religioso de cada tradición cultural constituiría un recurso especialmente poderoso en su ámbito; sería, por así decirlo, la “llave” que mejor se adapta al “modelo de cerradura” comúnmente en uso aquél. Cada tradición religiosa contendría los mensajes y las imágenes con más poder para liberar esa energía espiritual en su específico entorno: https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/12/19/padre-nuestro/.

El último punto de inflexión en mi visión religiosa lo ha traído la lectura del libro “Misquoting Jesus”, de Bart D. Ehrman, experto en exégesis bíblica. Desde el punto de partida de una posición cercana al integrismo religioso, la peripecia intelectual y vital de este profesor estadounidense lo llevó a acabar concibiendo los evangelios como una obra plenamente humana que contiene la vivencia personal de cada uno de sus autores acerca de la vida, enseñanzas y muerte de Jesús.

Para mí resultó especialmente inspiradora la interpretación propuesta acerca del evangelio de Marcos. Según Ehrman, el retrato que en él se nos muestra de un Jesús atormentado por la angustia y el dolor ante la proximidad de la muerte no es más que una forma de intentar transmitir que Dios actúa a través de caminos misteriosos en los que, de forma incomprensible para nosotros, el sufrimiento puede tener un sentido redentor.

He citado ya muchas veces a Víctor Frankl y el relato de sus vivencias en un campo de concentración nazi que narra en “El hombre en busca de sentido”:

“(…) no sólo son significativos la creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son igualmente significativos, de modo que el goce tiene que serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.

La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida”.

Desde unos presupuestos completamente distintos, me llama la atención el paralelismo entre la visión de Marcos y la de Frankl en cuanto al valor del sufrimiento.

Los dioses de la Antigüedad Clásica encarnaban poderes superiores capaces de socorrer a los hombres frente a un mundo de dificultades y peligros concretos – la guerra, la seguridad del hogar, la cosecha, la caza, la fertilidad … –, de situaciones que no podían controlar por sí solos. A la luz de los enfoques que acabamos de ver acerca del sufrimiento ante lo que nos sucede, parece como si el paso del paganismo al cristianismo se correspondiera con un cambio de actitud interna frente al dolor – del “estos padecimientos no tienen sentido si no logro sobrevivir” al “no merece la pena sobrevivir si estos padecimientos no tienen sentido” -. Quizás ahí pueda hallarse el arranque en Occidente de un impulso de crecimiento personal hacia la libertad interior, la libertad de decidir qué hacemos en nuestro fuero interno con aquello que nos impone el exterior. Lo dicho es sin perjuicio de reconocer que, en su devenir histórico, el cristianismo se ha revelado como una fuerza generalmente muy conservadora en cuanto al orden social.

Hoy, veintiún siglos después, ese impulso humano hacia la libertad interior continúa siendo muy incipiente. No obstante, pienso que hay razones para la esperanza; tratándose de un proceso de evolución que, muy probablemente, conlleve ciertas modificaciones en la arquitectura de nuestro cerebro, dos mil años no son más que un suspiro.

Yo no sé quién fue el Jesús histórico, ni siquiera sé si lo hubo, aunque me gustaría pensar que sí. Los hechos de la vida y muerte de Jesucristo no son originales, sino que guardan gran similitud con muchos mitos paganos de la antigüedad. Por otra parte, el propio carácter de su figura, su lejanía en el tiempo y el imponente cúmulo de intereses puestos en juego desde el principio en cuanto a sus enseñanzas, han enviado la verdad a un pozo de tinieblas del que es muy difícil que llegue a salir jamás. Sin embargo, hoy no me cuesta admitir que el cristianismo, como cualquier otra religión, encierra algo objetivamente verdadero, porque la energía psíquica que puede poner a nuestra disposición hunde sus raíces en esa Conciencia que es la realidad última de donde emana cada una de nuestras conciencias individuales.

Tras esta exposición, me daría por contento con que alguien, aunque fuera uno sólo de mis amables lectores, entendiera mis ideas religiosas. Lo digo, más que nada, para ver si es capaz de explicármelas.

 

Foto: https://kuentame.wordpress.com/2012/04/19/comedores-de-patatas-vincent-van-gogh-1885/

 

 

 

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