EL SER Y EL VIENTO

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“El ser es y no puede no ser”, dijo Parménides de Elea, y con tal anuncio no sólo inauguró la metafísica, sino que demostró que el movimiento en realidad no existe, porque en el opresivo reino del “ser” no hay, por definición, hueco para moverse. Se cuenta – y esto es probablemente una leyenda urbana, o más bien “política”, en el sentido de “polis” – que alguien, por toda refutación, echó a andar delante de las narices del filósofo.

Y ya que en la política hemos recalado, creo que la anterior anécdota puede servir de soporte a la afirmación de que, cuando en política se duda de la posibilidad de cambio, lo primero es demostrar que éste cabe en la realidad – “el movimiento se demuestra andando”-.

No me canso de citar el ejemplo de Václav Havel, que hizo de la voluntad de cambio una experiencia vital y, junto con otros, canalizó el deseo de libertad de una generación de checoslovacos frente a la opresión del comunismo soviético (v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/10/26/historias-con-intencion-vaclav-havel/). Tal y como recogíamos allí:

“En esa lucha (Havel) aprendió una nueva táctica: cuando te enfrentes con un centro de poder, no te pierdas en vagos debates ideológicos; lucha por cosas concretas y mantén tu posición hasta el final.”

En línea con lo anterior, su primera negociación con las autoridades tuvo un objetivo muy concreto: la derogación del artículo de la Constitución donde se declaraba que el partido comunista era el único intérprete válido de la voluntad del pueblo checoslovaco; a partir de ahí el sistema cayó por su propio peso.

En España ningún partido político que no cuente con una amplia mayoría puede llevar a cabo cambios normativos en las materias que afectan a la calidad democrática de nuestra organización política, pero pienso que sí se podrían poner en práctica iniciativas capaces de demostrar que un cambio sustancial es posible, sin más requisito que la voluntad de dar los pasos necesarios.

Por ejemplo, conforme a nuestra Constitución la iniciativa legislativa popular está excluida “en materias propias de ley orgánica, tributarias o de carácter internacional, ni en lo relativo a la prerrogativa de gracia”. Si tenemos en cuenta que las leyes orgánicas son  “las relativas al desarrollo de los derechos fundamentales y de las libertades públicas, las que aprueben los Estatutos de Autonomía y el régimen electoral general”, es fácil apreciar la importancia de las cuestiones sustraídas, no ya a la democracia directa, sino incluso de la posibilidad de que los ciudadanos promuevan el impulso legislativo ante el Parlamento, a quien en todo caso correspondería decidir sobre lo propuesto. Huelga decir que la iniciativa legislativa popular tampoco procede en relación con cualquier reforma constitucional.

Sin embargo, es relativamente simple ejercer la iniciativa legislativa para los parlamentarios, ya que un diputado con la firma de otros catorce o un grupo parlamentario con la sola firma de su portavoz pueden presentar proposiciones de ley en el Congreso. Siendo así, cualquier partido político deseoso de ampliar el ámbito de la iniciativa legislativa popular podría actuar como “correa de transmisión” de la voluntad ciudadana comprometiéndose ante los electores a presentar cómo propuestas de ley aquellas iniciativas que, avaladas por un número significativo de firmas debidamente comprobadas, le dirijan los ciudadanos, siempre que no choquen con su programa electoral.

Otra forma de compartir el poder con quienes lo otorgan a través del voto sería que los partidos se ofrecieran a plantear interpelaciones al Gobierno por iniciativa popular, también suficientemente sustentada.

El objetivo de estas actuaciones no sería tanto que las iniciativas propuestas prosperaran, sino dejar patente que nuestra voluntad colectiva va más allá de la elección de nuestros representantes y no se “desenchufa” con sólo introducir la papeleta en la urna, que valoramos y exigimos respeto para esa voluntad que sigue viva y que ya hemos derribado la barrera mental del sentimiento de impotencia frente al cambio que mantenía al elefante de la fábula atado a una minúscula estaca – v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2015/12/20/elogio-del-elefante/ -.

También sería un importante triunfo político que el pueblo pudiera crear situaciones que obligaran a sus representantes a adoptar posturas y ofrecer respuestas concretas – positivas o negativas -, porque eso les arrebataría el monopolio de escribir el “guión” del curso político.

Por último, pero no menos relevante, quizás es hora de dejar claro que un valor tan importante como la iniciativa individual puede expresarse no sólo a través de la competición, sino también de la cooperación, y que no es forzoso que como resultado de ella sólo queden en el campo vencedores y vencidos.

Se trata en definitiva de afirmar la fuerza de la – a mi juicio mal llamada – “contrademocracia ciudadana o contrapoder articulado a partir de los movimientos sociales, que sirva para mantener las exigencias de servicio al interés general por parte de las instituciones” – v. https://presnolinera.wordpress.com/2015/09/23/normas-y-formas-para-la-regeneracion-democratica/ -.

Pero si Parménides nos enseña que el “ser” es obstinado y contundente como una piedra, la experiencia nos dice que el “deber ser” es ligero y volátil como una pluma, por eso se lo suele llevar el viento, por eso novelas como La educación sentimental han sobrevivido a su tiempo, tan distinto y a la vez tan parecido a cualquier otro.

Acercarse a esa obra requiere paciencia, porque uno va recorriendo sus más de setecientas páginas con la impresión permanente de que no ocurre nada significativo; y es que, en efecto, no ocurre nada significativo, y ahí está la clave de la cuestión. Flaubert, según sus propias palabras, quiso escribir “la historia moral de los hombres de mi generación”, una historia de la inacción donde el amor y la política, la peripecia individual del protagonista y la colectiva de su generación, se van dando la réplica mientras la mirada pesimista del autor nos ofrece un muestrario de ideales que sólo esconden vanidad y de ambiciones tan lastradas de pasividad que ni el fragor de la revolución del 1848 es bastante para evitar que naufraguen en lo fútil, es decir “muchos sueños, un poco de agitación y de acción, bastante poca”.

Creo que en el momento actual uno no pierde nada con acercarse a la Educación Sentimental o por visitarla de nuevo, siquiera sea porque la perspectiva histórica que ésta nos ofrece sirva de revulsivo para evitar que los deseos de renovación que muestra nuestra sociedad acaben en la anécdota de una fiesta campestre o en el espectáculo de una hoguera de vanidades. Ojalá esta vez no.

Fuentes:

http://keepschool.com/fiches-de-cours/lycee/francais/education-sentimentale.html

L’éducation sentimentale Gustave Flaubert  Project Gutenberg

 

Foto: susanacaceres.com

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