EL SIGLO DE LAS LUCES

La llegada de Víctor Huges, “comisario político” de la Revolución, a los dominios franceses en el Caribe fue acogida con expectación. Uno de los primeros objetos descargados de la nave que transportaba a Hugues y a su comitiva fue “la Máquina”. La población indígena se acercó a ella con la ingenua curiosided que despertaba en ellos cualquier novedad procedente del viejo mundo. Cuando se dieron cuenta de cómo funcionaba y para qué servía, se abalanzaron en masa sobre la guillotina y la redujeron a astillas.

Al menos así es como narra Alejo Carpentier la llegada al Caribe de la Revolución Francesa y de “la Máquina” como icono de ésta. Caso de sentirse heridos o amenazados, cualquier grupo de indígenas hubiera sido capaz de abalanzarse sobre un semejante y despedazarlo en el calor del momento sin pestañear después, pero les repugnaba hasta la indignación la mentalidad civilizada que consistía en hacer más o menos lo mismo, pero “quirúrgicamente” y cuidándose de pegar bien todos los sellos y las pólizas. Fue una lectura de juventud, pero dejó tal impresión en mí que desde entonces de vez en cuando me sorprendo a mí mismo creyendo que fui testigo de la escena.

Hasta finales del año 1978 en España era posible suprimir físicamente a un individuo si se seguía la liturgia entre casposa, burocrática y sacramental que dictaban las leyes y reglamentos aplicables – v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2011/12/26/mi-padre-era-verdugo/ -. Entonces entró en vigor la Constitución y abolió la pena de muerte que, desde hace casi cuarenta años, es entre nosotros un recuerdo macabro o nostálgico, pero en cualquier caso sólo un recuerdo.

El pasado día 23 de enero murió Francisco Rubio Llorente, profesor de Derecho Constitucional y, entre otros puestos institucionales, ex – magistrado y ex – Vicepresidente del Tribunal Constitucional. Sus sentencias y sus votos particulares – muchos de los cuales acabaron convirtiéndose en opinión mayoritaria del Tribunal y, por tanto, en jurisprudencia constitucional – ayudaron a desbrozar el camino hacia los derechos y garantías a que hoy podemos acogernos. Creo que es un buen momento para dedicar un recuerdo a la persona, a su tiempo y a la propia Constitución.

R Llorente

La Constitución no sólo fijó la libertad como límite de lo que nos puede quitar el Estado, también estableció la presunción de inocencia, el derecho a la igualdad ante la ley, la libertad de expresión y la objeción de conciencia, por citar sólo un pequeño botón de muestra. Antes de eso, un hombre podía ser condenado por un delito en España sobre la base de un simple atestado policial – un papel oficial firmado – sin necesidad de que acudiera al juicio el agente a ratificarlo y explicar de viva voz lo que pasó; el principio “in dubio pro reo” era de aplicación potestativa por parte del Tribunal, lo que quiere decir que los jueces podían condenar en virtud de meras sospechas; los hijos nacidos fuera del matrimonio se denominaban “ilegítimos” y no gozaban de los mismos derechos ante la ley; las publicaciones que molestaban al Estado podían ser objeto de censura previa.

Hombre de gran peso institucional – también fue Presidente del Consejo de Estado – y, por tanto, lejos de poder ser considerado un “antisistema”, Rubio Llorente no faltó a los debates más candentes sobre la problemática social y política de cada momento, donde siempre desde la serenidad mantuvo posiciones claras, por ejemplo a favor de un referéndum sobre la independencia de Cataluña – v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/10/09/de-consultas-telescopios-y-koans/ -.

Hoy en día muchos españoles (me niego a añadir “y españolas”; eso sería precisamente trivializar el espíritu de la Constitución) crecen ignorando que todo aquello resulta ya imposible, porque para ellos la situación anterior sería inimaginable. Pero no fue sencillo llegar hasta aquí; incluso quienes como adolescentes fuimos testigos de esa labor de “desbroce” de Rubio Llorente y otros podíamos percibir el esfuerzo que la tarea requería. En un primer momento, los sectores judiciales más conservadores incluso llegaron a plantear que la Constitución no era la norma jurídica de máximo rango dentro de nuestro ordenamiento, sino simplemente una especie de “inspiración” para los poderes públicos, que éstos podían tomar o dejar.

Soy de los que creen que la realidad social actual requiere una reforma profunda de la Constitución, pero también pienso que esta norma ha sido el cauce que ha permitido crecer a la España que ahora se plantea esos cambios y que hay que empezar por reconocérselo.

Puede que no nos gusten nuestros orígenes, pero no podemos negar que a ellos debemos el hecho de estar aquí y de ser quienes somos. La persona o el colectivo que rechaza visceralmente sus orígenes no sólo será incapaz de comprenderse de verdad, sino que tiene muchas probabilidades de pasar en guerra consigo mismo el resto de su existencia.

Tengo la impresión de que hoy muchos de nosotros no se hacen idea de lo que había – o de lo que faltaba – hace cuarenta años. Seguramente una de las actitudes más improductivas es estar de vuelta sin haber llegado antes a ninguna parte.

Foto: elpais.com

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