Archivo para 29 septiembre 2017

¿QUÉ SABÍA RUDOLF HESS?

Dado el carácter excepcional del proceso, todos los presentes en la Sala 600 del palacio de justicia de Nuremberg habían tratado de mentalizarse para cualquier cosa que pudieran ver y oír durante las sesiones. Aun así, casi todos se sorprendieron cuando el día 30 de noviembre de 1945 el acusado Rudolf Hess, ex – secretario político de Hitler y número dos del partido nazi, de pronto se puso en pie y dijo “he recuperado la memoria”.

La razón es que durante sus más de cuatro años de encierro en Inglaterra había ido desarrollando síntomas cada vez más acusados de paranoia y pasaba por largos periodos de amnesia. En un estado de pérdida casi absoluta de la memoria fue enviado a Nuremberg para en octubre de 1945 para ser juzgado, ante la insistencia de los soviéticos, que no tenían nada claro qué había estado haciendo Hess con los británicos todo ese tiempo.

De hecho la vida de Hess comienza a hundirse en la niebla el 10 mayo de 1941, cuando la guerra llevaba ya dos años desgarrando Europa. Alrededor de las 17h. el político que representaba la “cara amable” del nazismo y que conservaba su entusiasmo por la aviación despegó de la pista de la Luftwaffe en Augsburgo volando solo en el recién diseñado Messerschmitt 110 con rumbo a Escocia.  Allí, atrapado en la noche antes de haber logrado alcanzar su destino, tuvo que saltar en paracaídas y, con un tobillo fracturado, fue detenido y hecho prisionero. Cerca del lugar del siniestro se encontraba Dungeval Castle, propiedad del Duque de Hamilton, que contaba con una pista privada de aterrizaje con balizamiento, aunque esa noche las luces estaban apagadas.

Hasta ahí los hechos. Más allá, las suposiciones: hay quien asegura que la intención de Hess era tratar de negociar la paz con Gran Bretaña (a su vez algunos opinan que iba como enviado de Hitler y otros que lo hacía por cuenta propia); también hay quien piensa que su plan era buscar apoyos entre elementos pro-nazis de Gran Bretaña para organizar un golpe de estado contra Churchill (de hecho, el alemán había ayudado a Hitler a organizar el “Putsch de Munich” en 1923); finalmente, no falta quien simplemente ve en todo ello la acción de un desequilibrado. El gobierno británico nunca ha salido de su mutismo al respecto.

El estado de deterioro mental en que Hess llegó a Nuremberg sembraba dudas sobre su capacidad para afrontar un juicio que se preveía largo y duro, así que fue examinado por un tribunal médico, que dictaminó su aptitud para enfrentarse a los jueces, estimando que la amnesia podía ser fingida.

De hecho, tras su inesperada declaración de mejoría Hess pareció haber recobrado la lucidez durante unas pocas semanas, pero siguió sufriendo pérdidas parciales de memoria. Luego volvió a caer en una aparente amnesia total y a partir de ahí se pasó las sesiones leyendo y riendo de cuando en cuando, completamente desentendido del juicio.

Hess sólo fue condenado por dos de los cargos presentados contra él (conspiración para promover una guerra de agresión y conspiración para cometer crímenes) y salvó la vida, muy a pesar del juez soviético, que formuló un voto discrepante respecto al resto del Tribunal por considerar que aquél merecía subir al patíbulo. Cuando el 1 de octubre de 1946 se leyó el veredicto, Hess pareció no ser consciente de que se le sentenciaba a cadena perpetua.

Fue internado en la prisión de Spandau, en los alrededores de Berlín, una cárcel de alta seguridad en la que inicialmente se pensó encerrar a unos doscientos criminales de guerra nazis, pero que sólo llegó a contar con siete inquilinos.

En 1966 el último de los compañeros de Hess, Albert Speer, arquitecto y luego Ministro de Armamento de Hitler, fue puesto en libertad tras cumplir su condena de 20 años de reclusión. A partir de ahí Hess permaneció hasta su muerte como único prisionero de Spandau.

Durante muchos años, cada mes un destacamento de 54 oficiales y soldados de los países aliados se turnaban para vigilar al recluso. Al parecer sus guardianes tenían órdenes de dirigirse a él únicamente como “prisionero número 7”, a pesar de que aquella inmensa jaula ya se había quedado vacía, un rasgo más que acentúa el carácter entre onírico y siniestro de la cárcel de Spandau, que en sus tiempos de máxima ocupación, con siete prisioneros, llegó a contar con una dotación de diez camareros, once cocineros, tres gobernantas, catorce pinches de cocina y otras tantas empleadas de limpieza.

Se dice que, indiferentes al progresivo deterioro de su salud física y mental, eran los soviéticos quienes vetaban una y otra vez la liberación de Hess, pese a que el marco histórico de la Segunda Guerra Mundial parecía cada vez más lejano.

El día 17 de agosto de 1987 el mundo conoció la muerte del “prisionero de Spandau”, que, a los 93 años, habría logrado por fin burlar a sus guardianes y se habría suicidado colgándose de un cable en un cobertizo del patio de la prisión.

Desde entonces esta muerte nunca se ha llegado a ver libre de sospechas, empezando porque una autopsia solicitada por su familia reveló que la muerte de Hess no se produjo por suspensión, sino por asfixia.

Hace pocos años la prensa se hizo eco de un informe de Scotland Yard redactado en 1989 y que vio la luz en aplicación de la ley de secretos oficiales. En él se recoge una investigación sobre la muerte del famoso recluso que recoge el testimonio de un médico que lo trató y que consideraba que el estado físico de aquél no le hubiera permitido quitarse la vida de esa forma. El documento apunta a la intervención de los servicios secretos británicos. La apertura política propiciada por Gorbachov en la Unión Soviética habría despertado en Gran Bretaña el temor de que finalmente Hess fuera liberado y pudiera desvelar secretos de la Segunda Guerra Mundial, por lo que se habría enviado a dos agentes británicos para introducirse en la prisión y matarlo.

A mí esta hipótesis conspiratoria no acaba de encajarme. Estamos hablando de un hombre de 93 años, probablemente aquejado de demencia senil. ¿Qué podría decir que no hubiera tenido ya alguna ocasión de filtrar desde hacía más de cuarenta años? Por otro lado, que por razón de Estado haya mucha gente capaz de ordenar la muerte de un anciano demente y medio inválido es algo que cae por su peso con la contundencia de las leyes de la Física, pero lo que sí me resultaría desconcertante es que en una Europa como la de finales de los 80, no digamos en la de hoy, alguien hubiera seguido manteniendo el más mínimo interés por preservar el mito aliado como sostén de su supuesta supremacía moral y legitimidad política frente a otros, por decir algo. En fin, si los archivos de los servicios secretos se abrieran alguna vez supongo que sería más o menos como si el mar se vaciara y pudiéramos pasear tranquilamente por el fondo contemplando toda clase de tesoros, curiosidades y porquerías de mayor o menor calibre que la Historia ha ido depositando allí con la constancia y diligencia propias de un bibliotecario de vocación.

Lo único seguro es que hoy en día en el lugar en que los nazis que salieron con vida del proceso de Nuremberg cumplieron sus condenas se yergue un boyante centro comercial, el Britannia Centre. El patio de la prisión, donde Hess dio su paseo diario durante cuarenta años y en cuyo cobertizo quizás encontró el destino que le había estado esperando desde que aquel juez soviético procuró su muerte en la horca, es ahora el aparcamiento.

Dos edificios de ladrillo rojo, antaño situados frente a la puerta de entrada de la prisión, sobreviven hoy como guardaespaldas de la memoria o quizás simplemente como elementos extravagantes en un complejo comercial que, para mí, es todo un símbolo de la esencia del Berlín de hoy, ese Berlín donde el ectoplasma de los fantasmas del pasado se resiste a disolverse haciéndose fuerte como girones de niebla entre las cajas de corn flakes de cualquier supermercado.

 

Fuentes:

Juan Eslava Galán, La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos

https://www.muyhistoria.es/contemporanea/articulo/el-misterioso-vuelo-de-rudolf-hess-171462889191

https://historiaybiografias.com/viaje_hess/

http://www.bbc.co.uk/history/worldwars/wwtwo/nuremberg_article_01.shtml

http://www.historicberlin.com/?p=895

 

 

 

 

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LA CONCIENCIA DE FRITZ HABER

Hay quien dice que la guerra ha sido uno de los motores del desarrollo del cerebro humano. No me sorprendería que así fuera, incluso desde el punto de vista espiritual. La heroicidad es un sacrificio en potencia y puede ser el fruto de una expansión de la conciencia si proviene del convencimiento de que, aun desaparecido el “yo”, uno sigue existiendo en el “nosotros”. La vivencia del “yo” sería entonces algo así como una ola en el mar, una individualidad que existe como apéndice de algo muchísimo mayor y que en su seno seguirá presente, ya se extinga con suavidad, ya rompa furiosa contra las rocas.

En cualquier caso, si la guerra ha servido en algún momento para alimentar el desarrollo de la conciencia o de cualquier otra facultad humana, no creo que nadie niegue que hoy se trata de un mecanismo primitivo, de un “combustible” sucio, que estorba una expansión aún mayor de aquélla al impedir que ese “nosotros” se haga extensivo al género humano.

Creo que al hilo de todo esto resulta sugerente la historia de Fritz Haber (1868-1934), físico alemán del que normalmente hemos oído hablar sólo por la síntesis del amoniaco, aunque merece la pena tratar de asomarse a los parajes morales recorridos por un hombre que debió de experimentar con una intensidad extrema los vaivenes de su conciencia, expandiéndose y contrayéndose como un acordeón al compás de las convulsiones del primer tercio del siglo XX.

Haber, de origen judío, se convirtió pronto al protestantismo para poder seguir una carrera como profesor en la universidad alemana. El caso era habitual en el mundo académico, ya que para un científico de finales del s. XIX la religión no solía ser un punto fundamental. Esto adquirirá en un momento dado una importancia inesperada, como veremos.

A principios del s. XX la expansión demográfica en Europa requería una mejora de la producción agrícola. La disponibilidad de nitrato de Chile, utilizado hasta entonces prácticamente como único abono, resultaba cada vez más escasa para las necesidades de Alemania y los fertilizantes industriales requerían amoniaco para su fabricación, así es que el objetivo de sintetizar este compuesto era consecuencia de una necesidad apremiante y uno de los principales objetivos de la ciencia teutona.

La extrema resistencia a la fijación del nitrógeno atmosférico había hecho inviable la síntesis industrial del amoniaco hasta el momento, pero Haber poseía una combinación inusual de genio teórico y práctico y encaró el desafío bajo el patrocinio de la empresa BASF. Encontró catalizadores más eficientes e introdujo los cambios necesarios para que el proceso químico se pudiera llevar a cabo a temperaturas más bajas. El milagro obrado en el laboratorio por Haber fue adaptado a la industria por el ingeniero Carl Bosch y ello permitió la producción de amoniaco a gran escala y a un precio asequible, logro en la historia de la ciencia y de la técnica alemana que probablemente libró del hambre a grandes capas de la población y que valió a Haber el Premio Nobel de Química en 1918.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial Haber puso su laboratorio y su talento al servicio del ejército y fue movilizado con el grado de capitán. Por de pronto, la síntesis del amoniaco hizo posible la fabricación de explosivos a escala industrial. Pero el uso de los mismos aun por la artillería más potente se reveló completamente inútil para romper la guerra de trincheras en que había embarrancado el conflicto y el Ministerio de Guerra inició la búsqueda de agentes irritantes capaces de sacar al enemigo a campo abierto.

Haber se ocupó de la cuestión con la eficacia que ya había demostrado poco antes y desarrolló el uso de gas de cloro como arma de guerra. El 11 de abril de 1915 se distribuyeron unas 5.000 bombonas del compuesto y, liberado en el frente de combate tan pronto hubo viento favorable, el gas barrió más de 3 millas de territorio enemigo cerca de Ypres, Bélgica, y dejó bien servido al diablo con la muerte de más de 150.000 soldados.

El éxito del nuevo agente fue tal que, tras la guerra, altos mandos alemanes reconocieron que, de haber lanzado un ataque con gases por sorpresa y a gran escala, Alemania habría aplastado a sus enemigos. Sin embargo no fue así, los aliados tuvieron ocasión de reaccionar, protegerse y fabricar sus propios gases y nació la guerra química, no ya con el objetivo de obligar al enemigo a ponerse al descubierto, sino con el fin de acabar con él directamente. A partir de ahí Haber centró su actividad en la investigación y desarrollo de nuevos agentes tóxicos.

A la consiguiente condena del mundo científico por estas actividades se unió la tragedia personal cuando su primera esposa, Clara Immerwahr, consideró que el éxito científico de Haber había sido a costa de perder su humanidad y se suicidó con el arma reglamentaria de éste. Muchos han querido ver en ello una forma de protesta contra la guerra química, pero es algo que nadie puede asegurar.

Tras la derrota alemana Haber estuvo al borde del derrumbe psíquico y huyó a Suiza para escapar de una posible persecución por su papel fundamental en la guerra química. Nunca se llegó a constituir un tribunal aliado para juzgar crímenes de guerra – habría que esperar a Nuremberg, tras la siguiente conflagración – y, además ya hemos visto que Haber obtuvo ese mismo año el Premio Nobel de química como benefactor de la humanidad por la síntesis del amoniaco, con el consiguiente revuelo, dado todo lo que había hecho entre medias.

Haber nunca expresó remordimiento alguno por su implicación en la guerra. De hecho siguió colaborando con el Ministerio de Defensa para tratar de burlar las restricciones impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles mediante el desarrollo secreto de nuevos proyectos de guerra química en suelo extranjero y colaboró en la creación de una empresa pública dedicada a la fabricación de pesticidas que contaba entre sus filas con expertos en guerra química y que producía el Zyklon B, que más tarde se usó para el exterminio masivo en Auschwitz.

Para aligerar un poco el peso de tanta negrura vale la pena mencionar, como anécdota, que Haber participó también en un proyecto secreto para aprovechar el oro contenido en el agua del mar, con el fin de ayudar a Alemania a pagar las indemnizaciones de guerra, pero sin éxito, dado el escasísimo contenido del metal precioso de las aguas marinas.

El último capítulo de esta historia nos lleva en volandas hasta el año 1933, con la llegada al poder de los nazis. Pasaremos en ráfaga por los intentos de Haber de reintegrar a las organizaciones científicas alemanas al mundo de la ciencia, del que había quedado excluida, durante los años 20. Como muestra, llegó a presidir la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada desde 1931.

Las leyes raciales del nacionalsocialismo llevaron a muchos alemanes a reafirmarse e como judíos de origen en una identidad racial hasta entonces no tan significativa. Este fue el caso de Haber. El Ministerio de Arte, Ciencia y Educación Popular forzó el despido de los judíos al servicio del Kaiser Wilhelm Institute, dirigido por aquél, y, aunque sus servicios prestados al ejército lo ponían a salvo de esta medida, decidió dimitir, no sin antes tratar de ayudar a sus subordinados de origen judío a encontrar otros puestos fuera de Alemania.

En su carta de dimisión rechazó expresamente el origen racial como criterio de selección de científicos:

“Durante más de cuarenta años he elegido a mis colaboradores en virtud de su inteligencia y de su personalidad, no de quién era su abuela, y no estoy dispuesto en lo que me queda de vida a cambiar este sistema que me ha parecido tan apropiado”.

Tampoco perdió la ocasión de expresar su orgullo por haber servido “a la humanidad en tiempos de paz y a la patria en tiempos de guerra”.

Haber abandonó Alemania muy deteriorado física y anímicamente, con una enfermedad cardiaca tan grave que apenas podía trabajar. Tras una breve estancia en Cambridge buscó un clima más benigno en Palestina, pero no fue capaz de resistir el viaje y murió de camino, en Suiza. Dicen que había perdido todo deseo de vivir.

Primero la humanidad, luego la patria. Finalmente la raza, la inteligencia, la personalidad; pero sin perder nunca de vista la patria. Parece que uno contempla el foco de luz de un teatro, cuyo círculo se agranda o se achica para iluminar sucesivamente a grupos más grandes o más pequeños de actores sobre la oscuridad del escenario. Pero se trata del foco de luz de la conciencia de un hombre que se identificó más o menos con sus semejantes al compás de distintas vicisitudes, que pasó de ser un perseguidor en la guerra a un perseguido en la derrota, para luego tratar de ser salvador de la universalidad de la ciencia y, finalmente, verse otra vez perseguido por su condición racial.

Quizás incluso su muerte tuvo el sentido lógico que caracterizó su actividad profesional. Verdugo y luego víctima, al final de su vida tal vez acabó reconociéndose a sí mismo en ambos lados de esa ecuación demencial y, con lógica matemática irreprochable, desapareció.

Desde otro punto de vista podría decirse que, incapaz de trascender su luz y sus sombras, se marchó con la lógica intacta, pero con el corazón literalmente roto. Esto convierte a Fritz Haber en un símbolo del siglo XX, un siglo de luces y sombras desmesuradas hasta la deformidad y que hasta ahora el siglo XXI no nos ha llevado a trascender, tan de vuelta de todo como estamos, eso sí, sin haber llegado todavía a ninguna parte.

 

Fuentes:

http://www.encyclopedia.com/people/science-and-technology/chemistry-biographies/fritz-haber

La Primera Guerra Mundial contada para escépticos   Juan Eslava Galán   Edit. Planeta

BERLÍN, O LA BANALIDAD DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

La hierba asoma a través de una mínima grieta en el asfalto, los restos en descomposición de una criatura impulsan a las plantas a perseguir el cielo, algunas bacterias proliferan en el corazón de un reactor nuclear, y la vida se exhibe desinhibida en Berlín como un enjambre heteróclito de altos, bajos, obreros, turcos, oficinistas, rubios, rechonchos, morenos, magrebíes, músicos callejeros, escolares…, que van y vienen, aparentemente ajenos a la vida de los otros. Por su aire despreocupado, se diría que a ninguno de ellos le traspasan la piel los ecos del dolor que aún se refugia encogido en cada rincón de la ciudad.

Quizás el universo tiene un ápice de piedad y por eso sólo nos permite contemplar el río del tiempo hacia atrás. Si no, en su momento los berlineses hubieran sabido que, tras los padecimientos debidos a la Gran Guerra, les esperaban la revolución espartaquista, la inflación galopante de los años 20, la crisis de Wall Street, la gran estafa que vació las arcas del Consistorio de la ciudad e hizo prender la desconfianza en la clase política (¿a alguien le suena de algo?), el ascenso del nazismo, la caza y exterminio sistemático de judíos y disidentes, la devastación de la guerra, las violaciones de la tropas de liberación, la zozobra de la “desnazificación” llavada a cabo por los vencedores, el bloqueo de la ciudad por los soviéticos, la amenaza de la guerra fría, la opresión comunista, el aislamiento del muro … Aunque muchos no lo sientan, ¿es concebible que no quede ni un mínimo eco de tanto sufrimiento repitiendo su lamento entre los edificios de Berlín?

En su famoso libro sobre el juicio al burócrata nazi Adolf Eichmann, Hanna Arendt acuñó el término “banalidad del mal” para referirse a la capacidad para perpetrar crímenes atroces que tiene el hombre más anodino cuando aquéllos se integran en el funcionamiento normal del sistema al que aquél sirve.

Yo voy más allá y creo que la banalidad abarca mucho más que el mal. Y es que uno contempla el fluir a la vez colorido, desenfadado y desordenado de la existencia en esta ciudad no demasiado limpia de fachadas llenas de grafitis, uno se mezcla con esa multitud que parece gritar “carpe diem” en silencioso coro mientras circula a través de memoriales dedicados al recuerdo de atrocidades, paredes monumentales acribilladas a balazos, edificios impolutos que son cuidada reconstrucción de otros arrasados por las bombas, o fragmentos del muro que exhiben los testimonios de las víctimas que aún tienen que cruzarse con sus verdugos de la STASI en el supermercado, y uno se da cuenta de que Berlín es en sí un testimonio de la banalidad de la vida y de la muerte.

Eso sí, banal o no, en circunstancias normales parece que es muy humano – y, por tanto, muy digno -, preferir estar vivo a estar muerto, aunque sólo sea para poder volver a Berlín.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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