LA CONCIENCIA DE FRITZ HABER

Hay quien dice que la guerra ha sido uno de los motores del desarrollo del cerebro humano. No me sorprendería que así fuera, incluso desde el punto de vista espiritual. La heroicidad es un sacrificio en potencia y puede ser el fruto de una expansión de la conciencia si proviene del convencimiento de que, aun desaparecido el “yo”, uno sigue existiendo en el “nosotros”. La vivencia del “yo” sería entonces algo así como una ola en el mar, una individualidad que existe como apéndice de algo muchísimo mayor y que en su seno seguirá presente, ya se extinga con suavidad, ya rompa furiosa contra las rocas.

En cualquier caso, si la guerra ha servido en algún momento para alimentar el desarrollo de la conciencia o de cualquier otra facultad humana, no creo que nadie niegue que hoy se trata de un mecanismo primitivo, de un “combustible” sucio, que estorba una expansión aún mayor de aquélla al impedir que ese “nosotros” se haga extensivo al género humano.

Creo que al hilo de todo esto resulta sugerente la historia de Fritz Haber (1868-1934), físico alemán del que normalmente hemos oído hablar sólo por la síntesis del amoniaco, aunque merece la pena tratar de asomarse a los parajes morales recorridos por un hombre que debió de experimentar con una intensidad extrema los vaivenes de su conciencia, expandiéndose y contrayéndose como un acordeón al compás de las convulsiones del primer tercio del siglo XX.

Haber, de origen judío, se convirtió pronto al protestantismo para poder seguir una carrera como profesor en la universidad alemana. El caso era habitual en el mundo académico, ya que para un científico de finales del s. XIX la religión no solía ser un punto fundamental. Esto adquirirá en un momento dado una importancia inesperada, como veremos.

A principios del s. XX la expansión demográfica en Europa requería una mejora de la producción agrícola. La disponibilidad de nitrato de Chile, utilizado hasta entonces prácticamente como único abono, resultaba cada vez más escasa para las necesidades de Alemania y los fertilizantes industriales requerían amoniaco para su fabricación, así es que el objetivo de sintetizar este compuesto era consecuencia de una necesidad apremiante y uno de los principales objetivos de la ciencia teutona.

La extrema resistencia a la fijación del nitrógeno atmosférico había hecho inviable la síntesis industrial del amoniaco hasta el momento, pero Haber poseía una combinación inusual de genio teórico y práctico y encaró el desafío bajo el patrocinio de la empresa BASF. Encontró catalizadores más eficientes e introdujo los cambios necesarios para que el proceso químico se pudiera llevar a cabo a temperaturas más bajas. El milagro obrado en el laboratorio por Haber fue adaptado a la industria por el ingeniero Carl Bosch y ello permitió la producción de amoniaco a gran escala y a un precio asequible, logro en la historia de la ciencia y de la técnica alemana que probablemente libró del hambre a grandes capas de la población y que valió a Haber el Premio Nobel de Química en 1918.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial Haber puso su laboratorio y su talento al servicio del ejército y fue movilizado con el grado de capitán. Por de pronto, la síntesis del amoniaco hizo posible la fabricación de explosivos a escala industrial. Pero el uso de los mismos aun por la artillería más potente se reveló completamente inútil para romper la guerra de trincheras en que había embarrancado el conflicto y el Ministerio de Guerra inició la búsqueda de agentes irritantes capaces de sacar al enemigo a campo abierto.

Haber se ocupó de la cuestión con la eficacia que ya había demostrado poco antes y desarrolló el uso de gas de cloro como arma de guerra. El 11 de abril de 1915 se distribuyeron unas 5.000 bombonas del compuesto y, liberado en el frente de combate tan pronto hubo viento favorable, el gas barrió más de 3 millas de territorio enemigo cerca de Ypres, Bélgica, y dejó bien servido al diablo con la muerte de más de 150.000 soldados.

El éxito del nuevo agente fue tal que, tras la guerra, altos mandos alemanes reconocieron que, de haber lanzado un ataque con gases por sorpresa y a gran escala, Alemania habría aplastado a sus enemigos. Sin embargo no fue así, los aliados tuvieron ocasión de reaccionar, protegerse y fabricar sus propios gases y nació la guerra química, no ya con el objetivo de obligar al enemigo a ponerse al descubierto, sino con el fin de acabar con él directamente. A partir de ahí Haber centró su actividad en la investigación y desarrollo de nuevos agentes tóxicos.

A la consiguiente condena del mundo científico por estas actividades se unió la tragedia personal cuando su primera esposa, Clara Immerwahr, consideró que el éxito científico de Haber había sido a costa de perder su humanidad y se suicidó con el arma reglamentaria de éste. Muchos han querido ver en ello una forma de protesta contra la guerra química, pero es algo que nadie puede asegurar.

Tras la derrota alemana Haber estuvo al borde del derrumbe psíquico y huyó a Suiza para escapar de una posible persecución por su papel fundamental en la guerra química. Nunca se llegó a constituir un tribunal aliado para juzgar crímenes de guerra – habría que esperar a Nuremberg, tras la siguiente conflagración – y, además ya hemos visto que Haber obtuvo ese mismo año el Premio Nobel de química como benefactor de la humanidad por la síntesis del amoniaco, con el consiguiente revuelo, dado todo lo que había hecho entre medias.

Haber nunca expresó remordimiento alguno por su implicación en la guerra. De hecho siguió colaborando con el Ministerio de Defensa para tratar de burlar las restricciones impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles mediante el desarrollo secreto de nuevos proyectos de guerra química en suelo extranjero y colaboró en la creación de una empresa pública dedicada a la fabricación de pesticidas que contaba entre sus filas con expertos en guerra química y que producía el Zyklon B, que más tarde se usó para el exterminio masivo en Auschwitz.

Para aligerar un poco el peso de tanta negrura vale la pena mencionar, como anécdota, que Haber participó también en un proyecto secreto para aprovechar el oro contenido en el agua del mar, con el fin de ayudar a Alemania a pagar las indemnizaciones de guerra, pero sin éxito, dado el escasísimo contenido del metal precioso de las aguas marinas.

El último capítulo de esta historia nos lleva en volandas hasta el año 1933, con la llegada al poder de los nazis. Pasaremos en ráfaga por los intentos de Haber de reintegrar a las organizaciones científicas alemanas al mundo de la ciencia, del que había quedado excluida, durante los años 20. Como muestra, llegó a presidir la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada desde 1931.

Las leyes raciales del nacionalsocialismo llevaron a muchos alemanes a reafirmarse e como judíos de origen en una identidad racial hasta entonces no tan significativa. Este fue el caso de Haber. El Ministerio de Arte, Ciencia y Educación Popular forzó el despido de los judíos al servicio del Kaiser Wilhelm Institute, dirigido por aquél, y, aunque sus servicios prestados al ejército lo ponían a salvo de esta medida, decidió dimitir, no sin antes tratar de ayudar a sus subordinados de origen judío a encontrar otros puestos fuera de Alemania.

En su carta de dimisión rechazó expresamente el origen racial como criterio de selección de científicos:

“Durante más de cuarenta años he elegido a mis colaboradores en virtud de su inteligencia y de su personalidad, no de quién era su abuela, y no estoy dispuesto en lo que me queda de vida a cambiar este sistema que me ha parecido tan apropiado”.

Tampoco perdió la ocasión de expresar su orgullo por haber servido “a la humanidad en tiempos de paz y a la patria en tiempos de guerra”.

Haber abandonó Alemania muy deteriorado física y anímicamente, con una enfermedad cardiaca tan grave que apenas podía trabajar. Tras una breve estancia en Cambridge buscó un clima más benigno en Palestina, pero no fue capaz de resistir el viaje y murió de camino, en Suiza. Dicen que había perdido todo deseo de vivir.

Primero la humanidad, luego la patria. Finalmente la raza, la inteligencia, la personalidad; pero sin perder nunca de vista la patria. Parece que uno contempla el foco de luz de un teatro, cuyo círculo se agranda o se achica para iluminar sucesivamente a grupos más grandes o más pequeños de actores sobre la oscuridad del escenario. Pero se trata del foco de luz de la conciencia de un hombre que se identificó más o menos con sus semejantes al compás de distintas vicisitudes, que pasó de ser un perseguidor en la guerra a un perseguido en la derrota, para luego tratar de ser salvador de la universalidad de la ciencia y, finalmente, verse otra vez perseguido por su condición racial.

Quizás incluso su muerte tuvo el sentido lógico que caracterizó su actividad profesional. Verdugo y luego víctima, al final de su vida tal vez acabó reconociéndose a sí mismo en ambos lados de esa ecuación demencial y, con lógica matemática irreprochable, desapareció.

Desde otro punto de vista podría decirse que, incapaz de trascender su luz y sus sombras, se marchó con la lógica intacta, pero con el corazón literalmente roto. Esto convierte a Fritz Haber en un símbolo del siglo XX, un siglo de luces y sombras desmesuradas hasta la deformidad y que hasta ahora el siglo XXI no nos ha llevado a trascender, tan de vuelta de todo como estamos, eso sí, sin haber llegado todavía a ninguna parte.

 

Fuentes:

http://www.encyclopedia.com/people/science-and-technology/chemistry-biographies/fritz-haber

La Primera Guerra Mundial contada para escépticos   Juan Eslava Galán   Edit. Planeta

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