CHARLIE

Me llamo Charlie, o al menos así es como me llama mi jefe. Bueno, realmente no estoy muy seguro de si es mi jefe; a veces se me queda mirando y comenta con una sonrisa los buenos ratos que hemos pasado juntos y siempre dice que cuando cada uno queremos algo distinto soy yo quien se suele llevar el gato al agua, así que no sé… Tampoco tengo muy claro cuál es su nombre, porque cuando tengo ocasión de oír claramente a otros dirigirse a él suelen llamarlo de mil maneras distintas, a cuál más chocante y hasta ridícula, normalmente entre risitas y suspiros. Para entendernos, a mi jefe, colega o lo que diantres sea lo llamaré en adelante “Rodolfo”.

A veces Rodolfo ojea el periódico mientras está sentado en ese vertedero de color blanco que utiliza, salvo que esté en el campo, pero yo no puedo cotilleárselo, porque, en esas circunstancias, mi posición natural es estar cabeza abajo como un murciélago, mirando a esa pequeña piscina donde no me bañaría por nada del mundo. Y mira que me gusta el agua, sobre todo cuando me dejan zambullirme sin trabas y moverme con libertad a un lado y otro, acariciado por las corrientes, pero necesito sobre todo que esté limpia, porque mi piel es muy sensible. El caso es que, cuando él se encuentra de esa guisa, tiene la costumbre de hablar solo y comentar lo que lee, lo cual es una suerte, porque así yo también me entero. De hecho, a veces es providencial.

Sin ir más lejos, hace unos días Rodolfo exclamó algo de este estilo: “¡Vamos, no me jodas! ¿¡¡¡No te va que el tío, después de tres autopsias, se despertó pidiendo tabaco cuando sintió que ya lo estaban metiendo en un saco de plástico!!!?” ¡Menos mal que esa noticia me dio la idea salvadora en el momento oportuno!

Pero pongámonos en antecedentes: mi salud general es buena, yo diría que muy buena, pero tengo mis goteras: desde siempre he padecido cefaleas. Es una presión en la cabeza que me hace sentirme como una tortuga que no puede terminar de asomarse fuera de su caparazón. Y me da mucha rabia, porque eso hace que me cueste más mirar de frente a la vida con la cabeza bien alta en los momentos clave.

Ya he dicho que creo en el sincero aprecio que Rodolfo me tiene, así que, como es natural, llegó un momento que se cansó de verme tan incómodo y me llevó al médico. El galeno, nada más echarme la vista encima, dijo que la única solución era operar a Rodolfo y que ya iba siendo hora, porque había que haberlo hecho cuando era pequeño. Yo no sabía muy bien de qué estaban hablando, pero supe inmediatamente que la sola idea le ponía nerviosísimo y que Rodolfo estaba aceptando un gran sacrificio por mi bienestar, y le quedé sinceramente agradecido.

Pocos días después llegó el gran momento: “Rodolfo” estaba completamente desnudo, sin compañía, entre sábanas verdes. Yo sobresalía por un agujero cuadrado, había un gran foco apuntándome, como a los artistas, y no veía a mi alrededor más que aparatos y gente enmascarada que vestía pijamas y gorros del mismo color verde que las sábanas. Me habían bañado con un líquido de olor fuerte y desagradable, hacía un frío del carajo y todos se expresaban en una jerga incomprensible, entre pitidos rítmicos de máquinas: que si sedación, que si constantes, que si fimosis, mientras las miradas de todos los enmascarados convergían en mí… Desde luego, parecía que mi papel era bastante más de protagonista de lo que me hubiera gustado. La situación empezó a intranquilizarme mucho y me encogí hasta mi mínima expresión. Oí a alguien decir “ya está sedado” y supuse que esa era una manera cursi de decir que Rodolfo dormía como un cerdo, porque eso es lo que estaba haciendo en ese momento el muy descerebrado. Entonces empecé a ver aparecer instrumentos cortantes por doquier y se disiparon mis pocas dudas: algo iba mal, muy mal… Rodolfo no se enteraba de nada, ¡¡¡pero yo sí!!! ¿Es que el grupo de desaprensivos que me estaba acorralando se pensaba que yo también estaba “sedado”? ¡¡¡Yo sí que sentía!!! Y, es más, tenía razones para pensar que lo que iba a sentir en breve era mucho peor aún… Empecé a telegrafiar frenético al cerebro de Rodolfo, pero éste parecía estar desaparecido entre la niebla del Triángulo de las Bermudas. ¡¡La situación era desesperada!! En ese momento quizás fue la adrenalina lo que me trajo a la memoria la historia del falso fiambre, del tipo al que le entró el mono de nicotina camino ya del hoyo. Sólo me quedaba una salida. ¡¡Tenía que dar signos de vida como fuera!!

Aquellos insensatos me echaron el guante (nunca mejor aplicado) y, encima, los muy psicópatas se pusieron de cachondeíto. ¡¡Casi podía adivinar sus necias sonrisas debajo de las máscaras!! Entonces tuve una súbita inspiración: “sonrisa”, ¡¡eso era!! Traté de concentrarme con todas mis fuerzas en esa especie de sonrisa vertical que tanto animaba siempre a Rodolfo y de transmitir esa imagen a su cerebro y… ¡¡¡bingo!!! En unos instantes resurgí al mundo de los vivos con toda mi arrogancia. Hubo un momento de estupor y luego una carcajada general. A continuación, debieron hacer algo, porque ahí sí que se hizo la noche.

He estado unos días molesto y cubierto de prendas de ropa extrañas, pero tras los malos ratos pasados ahora me encuentro mejor, ya he vuelto al trabajo y la verdad es que me noto mucho más cómodo que antes. A Rodolfo también lo veo más a sus anchas y no para de mirarme complacido y de decirme que siempre seremos uña y carne. Sinceramente, esto último no lo entiendo muy bien: no niego que tengamos un aire de familia e incluso que yo pueda tener algún parentesco lejano con los dedos de las manos de Rodolfo, pero vive Dios que hace falta andar corto de vista o estar loco para afirmar que tengo una uña. Aunque sí que es verdad que, en las materias que me conciernen, Rodolfo nunca ha demostrado tener mucha cabeza.

 

Amable lector, lo que acabas de leer es el resultado de una apuesta conmigo mismo: hace poco, por motivos que no vienen al caso, se suscitó la cuestión de si es posible escribir un relato sobre “cualquier parte del cuerpo” sin caer en la chabacanería y yo afirmé que sí. Esto es lo que ha salido.

Amable lector, como siempre tú tienes voz y voto y, como siempre, no va a cambiar nada.

 

 

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2 Responses to “CHARLIE”


  1. 1 Elena 22 enero 2018 en 11:30

    Gran ingenio!!! me encanta la frase de estar cabeza abajo como un murciélago.


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