Archivo para 4 noviembre 2018

YA PASÓ OTRO HALLOWEEN

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El primer curso de filosofía en el instituto suele ser una receta para el desparrame. Los alumnos se enfrentan a las opiniones encontradas sobre temas intangibles de los grandes filósofos y tienden a ver en ellas algo así como los monólogos discordantes de los internos de un frenopático en día de salida al campo. Ante esto, muchos se sienten invitados a participar en la fiesta aportando lo más descabellado que les pasa por la cabeza en ese momento . Todo esfuerzo del profesor por reconducir la situación a términos de un mínimo rigor discursivo es vivido como un intento de coartar la creatividad de espíritus originales y libres por parte de un sujeto caduco o reaccionario.

Pero entre el caos de pequeños pedruscos que crea el bateador al sacudir su cedazo siempre existe la oportunidad de encontrar alguna traza de mineral precioso o, al menos aprovechable. De pronto, al hilo de no sé qué, un alumno expone una teoría que cree original y, además, provocadora: el aire que respiramos es tóxico y produce alucinaciones, pero afortunadamente el hachís tiene el poder de devolvernos a la realidad y mostrarnos las cosas como son; por eso lo prohíbe el gobierno, para mantenernos engañados.

No hay tal; en un sistema de coordenadas distinto, es lo mismo que plantearon Cortázar en “La noche boca arriba” o Wells en “El país de los ciegos”, el conflicto entre la realidad interior y la exterior, entre la superficialidad del grupo y la audacia del héroe de tragedia que se rebela y quiere llegar hasta el fondo. La idea no es tan novedosa como el alumno cree, pero puede servir de punto de partida para una reflexión algo más enriquecedora que el escándalo de un gallinero.

Todo esto viene a cuento de Halloween. Hoy en día la sociedad de la información crea tradiciones a la velocidad de la luz, y, pese a su juventud entre nosotros, aquélla ya está bien arraigada en el mundo mediterráneo.

Y un año más la hemos consumido con la avidez habitual. Como siempre, a la señal convenida de la publicidad, los escaparates y las redes sociales ha respondido la manada con una estampida hacia todo tipo de actividades temáticas, aunque sea comerse la misma porquería de siempre, pero rodeados de falsas telarañas y endulzando el café con insectos de azúcar.

Ese día nos gusta mostrarnos a los demás vestidos de cadáveres andantes medio putrefactos o de monstruos con horribles mutilaciones. No es la pantomima, es el poder de tratar a la muerte y a las sombras con desenfado lo que nos hace disfrutar. Uno no tutea a las tinieblas todos los días, pero, al fin y al cabo, ya podemos permitírnoslo con la arrogancia que nos da contarnos entre los ricos y sentirnos parte de la cara más bonita del mundo. ¿Y qué mejor manera de convencernos a nosotros mismos que consumir las tradiciones de los más poderosos? ¡¡Menudo manjar!!¡¡¡Y de importación!!!

Creemos que nos disfrazamos para la ocasión, pero tal vez la noche de Halloween es el único momento del año en que tomamos contacto con nuestra realidad y mostramos lo que de verdad somos. El resto lo pasamos inmersos en la alucinación de creernos con vida.

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Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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