Archivo para 25 enero 2019

REFLEXIÓN

pensador

Si voy al casino de Torrelodones y pido  un vaso de agua, ¿me sirven agua de “azar”?

SAL ROSA

al rosa (1)

Benito Camela, chapista de profesión, era más conocido en los floridos círculos de la mecánica del automóvil como “El Himalaya” por su notable estatura, unida a la magrez de sus carnes. Cualquiera que fuera la causa de esta última, la misma no debería buscarse ni en el mucho leer ni en el poco dormir, ya que El Himalaya era tan alérgico a la tinta como al desempeño de cualquier ocupación, más allá de entregarse horizontalmente a la acción de la gravedad en el sitio más cómodo posible.

Inició su carrera profesional trabajando o, por mejor decir, “asistiendo” a un taller de chapa y pintura que murió de éxito. Primeramente, el dueño del negocio consiguió la contrata de mantenimiento del parque móvil de un ministerio y eso fue el principio del fin; el segundo paso fue utilizar los contactos adquiridos para solicitar una cuantiosa subvención pública, que le fue inmediatamente concedida, y el tercero y último embolsarse el dinero y darse a la fuga con la muchacha encargada de la facturación del taller, una artista infravalorada que, pese a haber sido la musa de los más prestigiosos pósteres de camionero, no había obtenido el reconocimiento que merecía en el mundo de las candilejas.

Viose El Himalaya igual de ocupado que antes, pero sin sueldo, y, con los enseres que el artero dueño del taller había dejado abandonados en su huida, montó, literalmente, una start-up. Digo “literalmente” porque, al poco de conectarlo, un compresor sucio y mal mantenido reventó e hizo saltar el taller por los aires. El Himalaya salvó la vida milagrosamente, o quizás, más bien, “estadísticamente”, ya que en el momento de la explosión se encontraba en el bar, como solía ser el caso con frecuencia rayana en la monotonía.

El caso es que tan traumático suceso significó un punto de inflexión en la vida de nuestro amigo. Postrado de hinojos entre los restos del desastre miró al cielo, se aferró instintivamente al primer objeto con que su mano vino a tropezar en medio de aquel caos y, blandiendo el puño con una mezcla de desesperación y rabia, exclamó – ¡¡¡a Dios pongo por testigo de que nunca más me volveré a ver así!!! -, con tan mala suerte que lo que estaba empuñando sin darse cuenta resultó ser el martillo de reventar morosos que usaba el antiguo dueño del taller, cuya cabeza se desprendió y acertó a aterrizar de lleno en la de El Himalaya.

Quizás fue la impresión de todo lo sucedido, quizás es que el golpe le recolocó las neuronas, lo cierto es que, cuando despertó del “sueño” provocado por tan poderoso “anestésico”, el cerebro de El Himalaya pareció salir bruscamente de su estado de idiocia habitual y empezó a revelar cualidades tan inesperadas como prodigiosas. Las ideas comenzaron a llamarse unas a otras y entrelazarse vertiginosamente, para levantar, como el chorro de un cohete al despegar, el andamiaje del éxito.

Un vistazo en derredor del devastado taller le permitió hacer recuento de los pertrechos con que podía contar para dar al asalto definitivo a su futuro. No era mucho lo que quedaba en buen estado: una pistola y algunos botes de pintura. Pero un genio recién alumbrado no necesita más; consciente de la enfermiza obsesión de nuestra sociedad por la comida sana, El Himalaya decidió que la pasarela hacia el éxito pasaba por la industria alimentaria.

Poco tiempo después nuestro amigo ya tenía en marcha el negocio que lo haría rico. Verdadero talento jurídico, además de comercial, al punto intuyó que su alias le permitiría navegar sin daño a través de las traicioneras aguas de las normas de etiquetado de comestibles. Y así empezó a vender botes de sal pintada con pintura de chapa como “sal rosa de El Himalaya”, lo cual, en el fondo, no era mentira.

No agotada su genialidad con esto, añadió entre las características del producto que era “Detox”, lo que resultó ser rigurosamente cierto, ya que estaba hecho a base de tóxicos, tales como las pinturas de coche, el disolvente necesario para aclararlas un poco y la sal que el Ayuntamiento esparce por el suelo en previsión de heladas, mezclada con los restos de alquitrán del pavimento. Puso además que aquél era bueno para la salud y, a preguntas de un puntilloso inspector que se permitió importunarlo con su desmedido afán inquisitivo, nuestro amigo contestó que su sal era, ciertamente, buena para la salud, si se la compara con el cianuro potásico, ya que, mientras que éste te liquida en unos quince segundos, la sal rosa de El Himalaya, aun suponiendo un consumo abundante y regular, no tarda menos de un mes en entregarte a los gusanos. Ante la brillante lógica de la respuesta, nada pudo hacer el bilioso inspector por detener la comercialización de tan codiciado complemento dietético.

Hoy El Himalaya es ya “Don Benito” y su nombre suena en las listas de posibles ministros de sanidad y consumo en el gabinete del actual gobierno o del próximo que venga, sea cual sea, ¿qué importa eso?

Yo me daré por contento con que alguno de mis amables lectores saque provecho de esta edificante historia. Y es que El Himalaya, o más bien Don Benito, es el paradigma del emprendedor que, a fuerza de creatividad y de tesón, fue capaz de hacer realidad el sueño español.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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