COMPLEMENTARIEDAD

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Inclinó la cabeza hacia atrás como un general que estudia el plano del “teatro de operaciones” antes de la batalla y volvió a observar con creciente aprensión aquella maraña de ecuaciones que exhibía su libro bajo la luz del flexo. Se llevó ambas manos a la nuca, estiró el torso sin dejar de apoyarse en el respaldo del asiento, hinchó los pulmones hasta que le dolieron y suspiró. Se sintió mejor momentáneamente. “Primero tengo que entender el concepto”, se dijo, consciente de que sólo estaba tratando de ganar tiempo. ¿Ante quién? Ante ese “algo” que había hecho presa en su ánimo y le pesaba como una mochila de piedras.

Buceó en Internet hasta encontrar algo que le convenció; tras mucho buscar, uno casi siempre acaba en la Wikipedia.

Desde el traslado de su madre a un puesto mejor en un hospital de otra ciudad algo había dejado de encajar en su interior. Y no podía decir que todo esto le había pillado de sorpresa, había sido una decisión meditada y tomada de acuerdo con todos. Su padre se mostró muy entusiasta desde el principio y tuvo la suerte de poder conseguir que en su trabajo también lo desplazaran.

Principio de complementariedad

Su objetivo es explicar algunos fenómenos aparentemente contradictorios que presenta la mecánica cuántica, como por ejemplo la dualidad onda-corpúsculo. El principio de complementariedad sostiene que dos propiedades complementarias no se pueden medir simultáneamente con total precisión, de manera que cuanta más precisión se obtiene de una de ellas, menos se obtiene de la complementaria. En su forma más simple expone que dos propiedades o aspectos complementarios no se pueden percibir simultáneamente, de manera que un “objeto cuántico” se puede presentar solamente en uno de los dos aspectos al mismo tiempo, por ejemplo o como onda o como corpúsculo. De forma más escueta: si preparamos un objeto de manera tal que la propiedad A toma un valor preciso, entonces siempre existe otra propiedad B cuyo valor está completamente indeterminado. En ese caso, afirmamos que las propiedades A y B son “complementarias”. Pero esos valores no se pueden determinar simultáneamente.

“Está claro”, se repetía, “si yo diseño un experimento para observar el comportamiento ondulatorio de un electrón, por ejemplo, una doble rendija, éste actuará como una onda; si instalo un detector de partículas, veré una partícula. Sólo puedo observar lo que el electrón hace en una circunstancia concreta, nunca lo que el electrón es y, por tanto, tengo que elegir entre ver al electrón como una onda o como una partícula, porque ambos comportamientos son incompatibles entre sí.”

Pero seguía teniendo la impresión de que el mensaje contenía una especie de genio de la lámpara, un espíritu oculto que se le escurría entre los dedos, y esa sensación lo desasosegaba. ¿Era posible entender algo y no entenderlo a la vez?

Él había conseguido plaza en una nueva Universidad y su hermano en un Instituto al que ya se encontraba adaptado. Llevaban ya varios meses instalados en esta nueva etapa de su vida, había dado ya tiempo suficiente a la rutina para hacer las maletas y venirse también a vivir con él, pero eso no había sucedido… Por si fuera poco, estaba esa carta que había encontrado por casualidad entre los papeles de trabajo de su madre.

La carta, si uno se paraba a pensarlo, no era nada, pero cuando su contenido concreto se desdibujaba y empezaba a destacarse, como entre la niebla, lo que la misiva no decía, entonces sí parecía a adquirir una significación muy especial. El hecho de que siguiera entre los papeles de su madre tanto tiempo después del traslado no podía ser casual ni ser tomado con indiferencia. Ese lugar era, a la vez, un buen escondite para la carta, porque a nadie más que a ella interesaban todos esos documentos escritos en una jerga incomprensible, y una buena coartada, precisamente porque estaba lo suficientemente al alcance de cualquiera para no parecer escondida. Estaba seguro de que ella no le había dicho nada a su padre.

No pudo resistir más el picor que le invadía todo el cuerpo y, sabiéndose solo, tras abrir con exquisito cuidado la carpeta entre cuyas hojas se encontraba el folio manuscrito, como dejado ahí al descuido, volvió a leer la carta:

Querida Doctora,

He llegado al convencimiento de que si curas no es porque seas médico, de que aunque pastorearas cabras aliviarías igualmente el sufrimiento de los demás, porque lo que cura en ti no es tu ciencia ni tus años de práctica profesional, sino la seguridad con que acaricia tu voz, la sencillez de tu sonrisa franca y la magia de tus manos que, incluso cuando hacen daño manipulando tu cuerpo, logran el imposible de hacerte daño con suavidad y aún les sobra gentileza para quitarse los guantes cuando no son estrictamente imprescindibles y hacer el contacto contigo aún más humano.

Creo que es precisamente la narrativa de tus manos, lo que éstas dicen de ti, lo que me ha hecho enamorarme como un loco.

Si nunca te hablé así antes fue porque esa locura aún no me ha quitado el ápice de dignidad que me impedía sentirme cubierto de ridículo de cada vez que nos encontrábamos frente a frente en tu consulta, pero ahora que te vas, ya seguro de que no nos volveremos a ver, siento que es casi un deber presentarme por última vez ante ti para desnudar, en esta ocasión, mis sentimientos.

Ojalá la Vida nos hubiera hecho encontrarnos en otras circunstancias, pero Ella es como es y, por alguna razón, una de Sus leyes más poderosas es que, muchas veces, sólo la distancia es compatible con la verdad.

Se sintió mareado, tan mareado que, sin volver a dejar todo como estaba con precisión milimétrica, como hacía siempre, se apresuró a sentarse en el sofá para respirar hondo. La cabeza le daba vueltas y, de pronto, el torbellino empezó a arrojarle palabras a la vista, como letreros arrancados de sus suportes por el vendaval, hasta formar un mensaje: “muchas veces, sólo la distancia es compatible con la verdad”.

En medio de la tormenta, se sintió iluminado por un relámpago y sacudido por su descarga eléctrica: “A veces tenemos que elegir entre ser fieles a la verdad y permanecer cerca de los demás”. Había entendido el principio de complementariedad.

 

Imagen: Wikipedia

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