SARAO

Igual que una flecha quiebra la imagen reflejada en un espejo, aquella noche algo parecido a un soplo de frío rompió el paréntesis en que me había sumido entre el frescor de los jardines, la música relajante y la buena comida.

Me volví hacia mi amigo, que me acompañaba en aquel sarao lúdico-profesional al que asistíamos y le espeté – De repente he comenzado a sentirme como un quiste dentro de este grupo de personas.

–  Claro – me contestó, con el tono sentencioso con que se enuncia cualquier verdad científica sólidamente establecida desde hace siglos – la mayoría son pijos y nosotros no.

– A ver, a ver, ¿a qué llamas ser pijo? – Mi amigo estaba considerado como una persona más bien cerebral y poco empática por quienes lo conocían superficialmente, pero lo cierto es que su forma de ayudar a los demás consistía a menudo en facilitarles una mayor claridad de ideas, ayudándolos a precisar conceptos, igual que un coleccionista ensarta mariposas en un cartón.

– El pijo se caracteriza porque todos los aspectos de su existencia, desde los profesionales a los más personales, se aglutinan en torno a un objetivo muy claro: hacerse con determinados signos de identidad, que comprenden desde el coche que conducen hasta los apellidos de su pareja, pasando por el colegio de sus hijos e incluso el número de ellos. Y ojo, no se trata sólo de ganar mucho; tan importante como lo material es la forma de hablar o de moverse. No se es pijo si los demás te ven como un “parvenu”. Las maneras del pijo suelen ser amistosas, mostrando su sonrisa como la respuesta lógica a una vida que les sonríe, pero un poco sobreactuadas, como para dejar claro que, aunque trata a todos como si fueran sus iguales, su pijería es el resultado de una concienzuda preparación que arranca desde la cuna.

– Ya y, según tú, ¿qué buscan en todos esos signos?

– Demostrarse que son pijos – afirmó contundente con la boca aún llena, mientras se limpiaba los dedos con una servilleta de papel-. Ser pijo es el sentido de la existencia de un pijo.

– ¿Quieres decir que “ser” es totalmente equivalente a acumular los signos externos propios de lo que se quiere ser? ¿Cómo el dibujo de la mano que dibuja otra mano, que a su vez dibuja a la primera…?

– ¿De qué te sorprendes? Le pasa a todo el mundo. Mira a los neoliberales.

– Nuevamente te apoyas en etiquetas que no sé si significan algo mínimamente concreto.

– ¿No te parece que quizás esas etiquetas a las que tenemos que recurrir para hablar de las “tribus urbanas” del momento son sólo un síntoma más del vacío del “ser” que tú mismo acabas de mencionar?

Lo que te decía, los neoliberales defienden, generalmente, a veces hasta con arrogancia, un orden de cosas que favorezca al que ya tiene una posición ventajosa de por sí. ¿Por qué? Porque la teoría es que quien, apoyado en la iniciativa privada y pasado por el crisol de la competencia, ha adquirido esas ventajas, es porque es “mejor” que los demás, luego tiene derecho a conseguir más aún.

En la práctica, ¿qué más da si la iniciativa privada – y remarcó esta palabra con un tono de ironía – se apoya en influencias de amiguetes con mando en plaza? ¿Y qué importa si el estado tiene que acabar interviniendo para rescatar a esos intereses privados? Ese aparente fracaso también es un triunfo neoliberal, porque sirve para demostrar dos cosas – dijo mi amigo extendiendo sucesivamente los dedos índice y medio con la palma de la mano vuelta hacia sí, mientras oteaba los movimientos de las bandejas de catering – “a”, que la culpa de lo ocurrido la tiene el estado por no ser más radicalmente liberal y “b”, que sus intereses particulares son rescatados por lo importantes que son, a su vez, para la economía nacional; es decir, el rescate no es una contradicción con sus propios planteamientos, sino tan sólo una evidencia más de que ellos merecen ser rescatados, porque son los mejores.

En definitiva, como en la fábula del rey desnudo, el neoliberal funciona sobre la base de que, sólo por defender el mayor derecho de los “mejores” en cierta escala de valores, uno ya es de esos mejores. Aquí nuevamente, el hacer profesión de neoliberalismo sirve fundamentalmente para tener la satisfacción de “ser” neoliberal.

– Ok, así que otra vez navegando en círculo. Y ya por curiosidad, ¿has reservado alguna munición para los “progres” dentro de tu bestiario?

Con una expresión de alegría al ver acercarse a un joven con otra bandeja, mi amigo prosiguió-  El progre vive en un universo de conceptos muy abiertos y muy connotados.  El uso de conceptos con connotaciones negativas, como “oligarquía”, “poderes fácticos”, “la reacción”, “privilegiados”, “imperialismo”…  ahorra muchísimo esfuerzo intelectual a la hora de delimitar los problemas y apela, casi como un acto reflejo, a otros conceptos, también muy abiertos, pero sentimentalmente opuestos. Ahora está muy en boga lo diverso, lo inclusivo, la transversal y, sobre todo, lo femenino como respuesta a cualquier conflicto. Tanto que, si en vez de “abuso” decimos que se ha cometido una “abusa”, parece que ya estamos haciendo algo para luchar por la víctima – dijo intentando intensificar el efecto de la ironía con una expresión hierática, pero sin poder evitar un destello afilado en su mirada, acentuado por los puntos luminosos que el reflejo de las luces del jardín formaba en sus gafas.

–  Y con todo eso, ¿qué?

– Hombre, uno puede pasar toda la vida entre elevados conceptos incapaces de materializarse ni, por tanto, de ponerse a prueba. Es un poco como la historia de aquel individuo al que se acusaba de enriquecerse a costa de los errores ajenos…

– No me suena, ¿qué le pasaba?

– Pues que era fabricante de gomas de borrar. ¿No ves que ahí el significante es mil veces más potente que el significado? Pues aquí pasa lo mismo, para el progre vivir recreando el paraíso es vivir en el paraíso; el significante es tan fuerte que puede rellenar cualquier vacío de signficado.

En definitiva, ahora que ya no hay héroes, ni cajas de resistencia para aguantar las huelgas, que los defensores del obrero no sólo no van a la cárcel, sino que están subvencionados e incluso puede que se sienten en algún consejo de administración, y que Marx es sólo una momia polvorienta a la que resulta hasta de mal gusto mentar, el verdadero apóstol del progresismo no es otro que Barrie.

– ¿Barrie? ¿Qué Barrie?

– James Mathew Barrie, el creador de Peter Pan – dijo sin poder evitar esta vez una franca carcajada.

– Bueno, pues tus reflexiones me tranquilizan.

– ¿Por qué?

– Hombre, porque si eso es así, debemos de haber logrado el mejor de los mundos posibles, cuando parece que sólo tenemos hambre de signos y más signos. Si nos estuviéramos comiendo los mocos, verías como no teníamos ni tiempo ni ganas de vivir mirándonos al espejo en un mundo hecho de castillos de fuegos artificiales y de gilipolleces.

Entonces la expresión de mi amigo cambió tan bruscamente que me desconcertó, incapaz de relacionarlo con lo que le acababa de decir, hasta que seguí su mirada y tomé conciencia de que las conversaciones se habían silenciado a nuestro alrededor, de que todos los asistentes al sarao nos miraban arrugando un poco la nariz y alzando la cabeza, como si estuvieran oliendo una mierda de perro, y de que por en medio de ellos se abrían paso a grandes zancadas dos miembros del personal de seguridad del recinto, que estaban cada vez más cerca de nosotros.

 

 

 

 

 

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