CONSEJO DE GUERRA

El Consejo de Guerra contra E.G.B. y Nemesio Presno Sanmartín se inició por denuncia de otro interno del campo de concentración en que ambos se encontraban recluidos. Los hechos sucedieron el 11 de agosto de 1938 y las actuaciones comenzaron el día 14 mediante informe del Instructor de la causa que recoge aquéllos como sigue:

Don R. M. F., Alferez provisional de Ingenieros… nombrado por la superioridad para abrir una información sobre el intento de evasión de los trabajadores E. G. B. y Nemesio Presno Sanmartín.

Expone: Que el trabajador A. G. B. ha declarado ante mí que ha tenido conocimiento directo de los deseos de deserción de Nemesio Presno Sanmartín y E. G. B. El expresado declarante conoce a los mencionados trabajadores desde el mes de febrero del corriente en cuya fecha convivió con ellos en el Campo de Concentración sin que durante largo tiempo descubriese el repetido declarante los indicados deseos. En Ciempozuelos, primera localidad de 1ª línea donde ha permanecido la compañía de trabajadores, Nemesio Presno propuso al declarante la evasión de los dos aprovechando momento determinado en el que el Cabo de la escolta permanecía algo alejado de ellos. A. G. se limitó a negarse en absoluto y a hacerle las observaciones que creyó oportunas. El día de ayer E. G. le hizo análoga proposición por los llanos de San Martín de la Vega a lo cual contestó el declarante con las reconvenciones que estimó pertinentes y comunicándolo al Cabo M., de su escolta….

Los mencionados Nemesio y E.G.B. fueron procesados en causa sumarísima ante el denominado Consejo de Guerra Permanente, que señaló la vista para el siguiente día 15 de agosto de 1938 a las cinco de la tarde, en la Plaza de Pinto.

El acta del juicio recoge sucintamente las intervenciones de las partes:

ACTA

… en el día, hora y Plaza señalados el Fiscal mantuvo el hecho acusatorio constitutivo del delito de adhesión a la rebelión previsto en el párrafo 2 del art. 238 del Código Castrense, solicitando para cada uno de los procesados la pena de muerte, ya que concurrían en la comisión de los hechos las agravantes de peligrosidad y trascendencia de los mismos.

El Defensor en su Informe manifiesta que no es posible enmarcar dentro de una norma legal la defensa de sus patrocinados por lo que necesariamente ha de apelar a los sentimientos de hombres cristianos y generosos de los componentes del Consejo, remitiéndose al fallo del mismo.

Los acusados en sus manifestaciones coinciden en negar las acusaciones sumariales.

A continuación transcribimos la sentencia, que proporciona algún detalle más sobre las circunstancias en que tuvieron lugar los hechos enjuiciados:

SENTENCIA:

En la Plaza de Pinto a quince de agosto de mil novecientos treinta y ocho. III Año Triunfal; se reunió el Consejo de Guerra Permanente para ver y fallar el procedimiento sumarísimo de urgencia instruido contra E. G. B., de veintinueve años, soltero, jornalero natural y vecino de Quirós, y NEMESIO PRESNO SANMARTÍN de 25 años, fontanero, natural y vecino de Vegadeo. Dada cuenta de las actuaciones por el Secretario, oídas la acusación Fiscal y la Defensa así como las manifestaciones de los procesados y

RESULTANDO: Que de las diligencias practicadas aparecen los siguientes hechos que por el Tribunal se declaran probados: que E. G..B. y Nemesio Presno Sanmartín, que sirvieron como soldados en las filas rojas, el primero de los cuales había sido herido, fueron hechos prisioneros al liberarse Asturias por el Ejército Nacional siendo destinados a la 2ª Compañía del Batallón de Trabajadores nº 42, perteneciendo a la cual intentaron pasarse a las filas rojas lo que no pudieron hacer por haberlos denunciado A. G. B. a quien animaron para que los acompañase.

CONSIDERANDO: Que los hechos que se declaran probados son constitutivos de un delito de Adhesión a la rebelión previsto y sancionado en el párrafo 2º del art. 238 del Código de Justicia Militar en relación con el apartado B del art. 3º del Bando Declarativo del Estado de Guerra de 11 de febrero de 1937, y de dicho delito ha de considerarse autores responsables criminalmente por su intervención voluntaria a los procesados E. G. B. y Nemesio Presno Sanmartín, siendo de apreciar en la comisión de los hechos las circunstancias agravantes de la responsabilidad criminal de peligrosidad y trascendencia de los hechos.

CONSIDERANDO: Que toda persona responsable criminalmente de un delito lo es también civilmente y que en cuanto a la exigibilidad de la misma a de estarse a lo que preceptúa el Decreto-Ley de 10 de Enero del pasado año.

Vistos los preceptos legales citados y demás de general y concordante aplicación del Código Castrense y del Penal común.

FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos a la pena de muerte a E. G. B. y NEMESIO PRESNO SANMARTÍN, como autores de un delito consumado de Adhesión a la rebelión con la concurrencia de las agravantes de peligrosidad y trascendencia, declarándoles civilmente responsables en la forma preceptuado en el Decreto-Ley de 10 de enero de 1937.

Así por esta nuestra sentencia lo pronunciamos y firmamos.

A partir de ahí los acontecimientos siguieron su curso, inexorables como la ley de acción y reacción y rápidos como las balas: el denominado Auditor de Guerra confirmó inmediatamente la sentencia, haciendo constar que:

Los hechos recogidos en la sentencia se ajustan con certeza a los que se desprenden de la investigación procesal, pudiendo afirmarse que la rapidez del proceso en nada se opone a la justa apreciación de la realidad sumarial, racional y metódicamente analizada por los Juzgadores en la declaración de hechos que se estima probados.

La calificación legal que de los mismos se hace es atinada y está perfectamente encuadrada en las disposiciones que en la sentencia se citan, siendo la pena impuesta la que al delito corresponde con aplicación acertada del arbitrio judicial concedido a los Tribunales Militares por los artículos 172 y 173 del Código de Justicia Militar ante la específica concurrencia de circunstancias de peligrosidad de los culpables y trascendencia de los hechos por ellos realizados.

Poco después la Jefatura del Estado confirmaba telefónicamente la orden de ejecución. La vista del juicio sumarísimo había comenzado hacia las cinco de la tarde y unos minutos después de las nueve de la noche las vidas de E.G.B. y Nemesio Presno Sanmartín ya eran humo.

Los condenados contribuyeron a llenar el océano dantesco de la Guerra Civil con dos gotas de agua. El tiempo transcurrido, la desaparición progresiva de la memoria viva de lo sucedido y las proporciones colosales del drama tienden a que éste acabe traducido en una cifra abstracta y, quizás por eso, lo que me resulta más espeluznante de todo lo que aquí se recoge son las manifestaciones del abogado defensor de los procesados, tal y como constan en el acta del juicio:

El Defensor en su Informe manifiesta que no es posible enmarcar dentro de una norma legal la defensa de sus patrocinados por lo que necesariamente ha de apelar a los sentimientos de hombres cristianos y generosos de los componentes del Consejo, remitiéndose al fallo del mismo.

De la sucinta referencia que hacen a los hechos las actuaciones transcritas me surgen varios interrogantes:

¿Era el denunciante otro prisionero de guerra?

¿Cuánto tiempo llevaba interno en el campo de trabajo?

¿Había denunciado a otros antes?

¿Podía ser la denuncia su forma de congraciarse con sus guardianes para sobrevivir?

¿Por qué los procesados no se fugaron la primera vez?

¿Qué sentido tiene que comunicaran sus planes la segunda vez a alguien que ya les había recriminado sus propósitos la primera?

¿Por qué no consumaron la fuga los acusados, pese a la negativa del denunciante?

Por definición, todo hecho punible se considera peligroso para la sociedad, pero ¿de qué parte de los hechos probados se desprende la específica peligrosidad de la acción de los procesados, que se utiliza como agravante para aplicar la pena de muerte? ¿Consta que pretendían reincorporarse a las filas enemigas? Quizás, como tantos otros, hartos de una guerra en la que eran comparsas forzosos únicamente querían volver a sus casas y ver a sus familias.

Si los condenados sólo llegaron a participar al denunciante su propósito de escapar y a proponerle que se uniera a la fuga, ¿no estaríamos más bien en un caso de proposición para delinquir, pero nunca ante un delito consumado? Supongo que el Bando de Guerra no borró de un plumazo todas las categorías del Derecho.

Es obvio que para el defensor,  sin duda militar, hubiera sido literalmente suicida atacar la legalidad del Bando Declarativo del Estado de Guerra y, además, ello tampoco hubiera mejorado la situación de ambos reos, pero, ¿no pudo hacer una defensa puramente “técnica” basándose en los puntos débiles de la acusación?

Habría sido completamente ilusorio esperar algo así, dadas las circunstancias. Ya había oído hablar de procesos de la misma época e incluso posteriores en que el defensor militar se limitaba a manifestar que la petición fiscal era irreprochable, o fórmulas parecidas, y a someter al reo a la caridad del tribunal. ¿Todos los que actuaban así lo hacían por convencimiento? ¿O no les quedaba otra, si no querían ponerse en gran riesgo a sí mismos y a sus familias? Al menos en algunos casos, especialmente si eran profesionales del Derecho y les quedaba un rescoldo de fe en lo que eso significa, ¿eran ellos también víctimas, menos visibles, de los procesos en que participaban? ¿A esa situación hay derecho? ¿En esa situación hay Derecho?

Hace muchos, muchos años, mi profesor de Filosofía del Derecho, exasperado por el murmullo persistente que llenaba el aula, trató de zaherirnos con lo que probablemente para él hubiera sido una ofensa mortal: “Pensé que les interesaría saber, para el supuesto, a mi juicio poco probable, de que alguno de ustedes llegue a ser un filósofo del Derecho, que (…)”; al menos en mi caso acertó plenamente con el pronóstico. Ni que decir tiene que yo no sé qué es el Derecho. Ni siquiera sería capaz de delimitar la esencia de esa extensión desértica que corona mi cabeza; ¿cuántos pelos tienen que faltarle a uno para ser calvo? ¿Y cuántos ladrillos a una casa para estar en ruinas? Pues con mayor motivo me encuentro en las tinieblas cuando se trata nada menos que de la esencia de un ente tan abstracto y tan cotidiano, tan frío y tan apasionado, tan solemne y tan de andar por casa; en definitiva, tan complejo y tan multiforme como es el Derecho. Pero, sea lo que sea el Derecho, siento que hay un elemento que no le puede faltar a esa realidad si quiere llamarse así.

Una norma es, en definitiva, una manifestación de voluntad emitida por una fuente que se siente con capacidad de obligar por estar investida de algún tipo de autoridad. Pero ¿a quién obliga la norma? Lógicamente, a quien tiene capacidad de comprenderla y de cumplirla; las normas pueden referirse a perros o a gatos, pero siempre van dirigidas a seres humanos. Ya en este punto vemos que el hecho de dictar una norma conlleva el reconocimiento implícito de que hay algo que nos hace semejantes al otro: la capacidad de entender y la libertad de actuar.

Una vez sentado lo anterior, ¿la norma obliga a todos con la misma intensidad? O, dicho de otra forma, ¿serán todos los destinatarios igualmente responsables de su cumplimiento? ¿Lo serán en cualquier circunstancia? ¿Responderán lo mismo quienes tienen disminuido su entendimiento o su autocontrol por enfermedad, por efecto de una droga o por otros motivos? ¿Se responde igual por incumplir que por intentar hacerlo?

Ahora tomemos como ejemplo un mandato tan aparentemente simple como el “no matarás”. ¿Eso implica que no puedo matar a ningún ser vivo, o sólo prohíbe atentar contra las personas? ¿Puede uno matarse a sí mismo? ¿Y a otro con su consentimiento? ¿La norma también se aplica a los enemigos en la guerra? Y, si mi vida está amenazada, ¿puedo matar para defenderla frente a quien sea? ¿O la norma prefiere una vida a la otra? Ya desde muy pronto se hace evidente que la aplicación de cualquier mandato al caso concreto requiere una tarea previa de interpretación del significado, finalidad y alcance del mismo.

Pienso que de todo lo anterior se desprende claramente que el propósito de regular las relaciones sociales, si es genuino, presupone aceptar que el otro es semejante a mí en aspectos esenciales y que la comunicación bidireccional con aquél no es sólo posible, sino necesaria para entender las circunstancias de cada situación concreta, determinar el alcance del mandato y aplicarlo.

Todo esto nos habla de la empatía. Un sistema jurídico puede imponer obligaciones o prohibiciones más o menos estrictas y prever consecuencias más o menos duras en caso de contravención de aquéllas, pero si en él no hay un pálpito de empatía, ese mínimo de empatía necesario para que la discusión del alcance de las normas y la comprensión y valoración de las circunstancias de la persona y caso concreto sean una posibilidad real y efectiva, tal sistema no puede llamarse Derecho sin abusar del lenguaje, por más que se recubra de un ropaje formal. En tal caso, ese sedicente Derecho probablemente no esconda más que el deseo de la autoridad de legitimarse ante los “suyos” (quizás incluso ante sí misma) de cara a la tarea de suprimir al “otro”, que siempre comporta un cierto coste material y emocional. Y si eso es lo que realmente persiguen las leyes, ¿cuál es la diferencia real entre la voluntad que expresa el poder a través de ellas y la voluntad que con sus actos manifiestan, por ejemplo, los autores de un robo en cuadrilla o del homicidio de un hincha del equipo rival o los partícipes en una violación grupal? Un supuesto Derecho donde no cabe un mínimo de empatía no pretende regular relaciones sociales, sino eliminar al enemigo y, por tanto, no es Derecho, es un manual de instrucciones siniestro, o sea, un esperpento del Derecho.

Personalmente, puestos a elegir lo indeseable, creo preferible la violencia sin máscara y con la cara lavada al maquillaje del engaño, porque en éste hay un ultraje adicional a la víctima.

Llegados a este punto, un gusto innato por esa sensación un poco perturbadora que nace de la paradoja me impide resistirme a terminar citando estas palabras:

“Preferimos morir de bala marxista que de palmadita derechoide, porque preferimos morir de bala a morir de nausea”.

Palabras que un día leí atribuidas a José Antonio Primo de Rivera.

Créditos:

Toda la información proporcionada puede consultarse en: https://presnolinera.wordpress.com/2020/12/19/procedimiento-sumarisimo-de-urgencia-no-101-causa-770-38-contra-e-g-b-y-nemesio-presno-sanmartin/

Foto: piqsels.com

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"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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