INSTRUCCIONES PARA FABRICAR UN/A AUTÉNTICO/A HIJO/A DE PUTA (EDITADO)

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En primer lugar, elige a aquél de tus hijos al que veas más receptivo al condicionamiento que se expone a continuación. No pierdas el tiempo con los demás y no lo disimules; ignóralos y házselo ver desde el principio a todos. Borra cualquier asomo de remordimiento que pudiera asaltarte, sólo los mejores merecen sobrevivir; es por el bien de la especie. De paso, estarás enseñando al elegido el fundamento moral de la formación que va a recibir.

Observa al elegido y detecta aquello en que despunta. Si son muchas cosas no pasa nada, el narcisismo puede alcanzar proporciones comparables a las de un dirigible y albergar en su interior cantidades industriales de vapores fantasmales. Por simplicidad, vamos a suponer que sólo se trata de una actividad.

Da por supuesto que, además de apuntar maneras en algo, eso es precisamente lo que va a hacer. Ni se te ocurra plantearle si disfruta o no con ello. Enséñale además que la única manera de desarrollar esa actividad es competir. No te desanimes si al principio muestra timidez y prefiere guardar sus logros para sí mismo o para los más cercanos, aprender un idioma es sólo cuestión de inmersión lingüística y tarde o temprano acabará por entender el lenguaje de la depredación, la sintaxis del rececho, la morfología del zarpazo letal y los signos de puntuación de las salpicaduras de sangre. ¡Ah! Además se dará cuenta de que, como depredador, necesita presas a las que triturar.

De cara a la competición, que en adelante será el andamiaje de su vida, déjale claro, no ya que va a ganar, sino que es que está fabricado para hacerlo, destinado ontológicamente a ello y, por tanto, lo merece. La cosa va más allá de lo genético; el triunfo es suyo, no ya porque sus padres también son triunfadores, sino por Derecho natural.

Si cae al suelo en medio de una prueba no se te ocurra acercarte a él con cariño para ayudarlo a levantarse, curarle los rasponazos y, en definitiva, demostrarle que siempre estarás a su lado de modo incondicional, antes bien, repréndelo severamente. Es bueno incluso humillarlo un poco, así saldrá con más mala leche la próxima vez; eso sí, no te pases, no sea que un exceso de descalificaciones acabe convirtiéndolo en un cero a la izquierda. No obstante, eso hay que hacerlo con la agudeza mental que te caracteriza para este género de cosas; que quede patente que tu juicio y tu condena no son en realidad por haber perdido, sino por haberse dejado ganar. Eso no erosionará su creencia fundamental en su derecho intrínseco al triunfo, a la par que le enseñará que su derrota se debe a que ha sido confiado o blando y ha permitido que otro le quite lo suyo, ergo, el ganador le ha hecho trampa. Esto lo volverá más despiadado.

Asiste a sus competiciones, grábalas (con la última tecnología disponible en el mercado, claro), oblígale desde que es un niño a pasar horas contigo analizando los puntos débiles de sus oponentes. Márcale a fuego en cada una de sus circunvoluciones que cualquier muestra de solidaridad es, no sólo una estupidez, sino una injusticia, y que quienes promueven tal aberración son unos fracasados y, por tanto, unos resentidos. No le perdones jamás sus fallos, así aprenderá a no perdonarse a sí mismo ni a perdonar a los demás

¿Qué hitos pueden tenerse en cuenta para verificar el aprendizaje de tu retoño? Una buena señal es que la próxima vez que trastabille y caiga, aproveche la ocasión para extender brazos y piernas, simulando hábilmente un acto reflejo en busca de equilibrio, de manera que tire al suelo a alguien más, a ser posible a todos los que vengan detrás; quizás así incluso se anule la carrera y eso le brinde una nueva oportunidad de hacerse con lo que es suyo. Si eso no funciona, al menos que se cargue de rabia y hable mal; nunca está de más empañar el triunfo del oponente, eso poco a poco puede ir calando y, a modo de balancín, rebajando al otro mientras te encumbra a ti. Si al principio a él no le sale hacerlo, incítalo tú, hurga en la vida de sus rivales, perdón, de sus enemigos. Escarba en la mierda incesantemente y disemínala como un potente ventilador, verás como enseguida él toma ejemplo de ti.

Todo esto parece que requiere dedicación y esfuerzo, pero piensa en la alternativa: ¿Escucharlo para llegar a conocerlo? ¿Enseñarle que la vida es un milagro? ¿Que su cuerpo y su personalidad, con todas sus limitaciones, constituyen el único vehículo de que dispone para estar en ella, independientemente de cuánto tengan o qué hagan los demás? ¿Que la carrera en la que va a participar sólo vale lo que vale su decisión libre de correr o no y, en su caso, su disfrute del hecho de hacerlo? ¿Que hay personas que sólo pueden levantar 20Kg y otras que a lo mejor llegan a los 300, pero que nadie, absolutamente nadie, puede levantar a pulso un coche, y menos una montaña, que a su vez es una brizna de polvo insignificante en el Universo? ¿Que, si se mira con una mínima perspectiva, no somos tan distintos unos de otros? ¿Que nadie ha encontrado todavía la vara de medir el valor intrínseco de un ser humano? ¿Que siempre estarás a su lado, independientemente de que desempeñe mejor o peor cualquier actividad en relación con otros? ¿Que lo más valioso que puede regalar a los demás es encontrar su propia voz, porque esa será la mejor versión de sí mismo, desde la que no necesitará cobrarse facturas manipulando a otros? No, todo eso es complicadísimo, mayormente porque hay que llegar a creérselo uno mismo para poder transmitirlo con convicción.

Es mucho más fácil seguir las instrucciones anteriores. En el fondo, es como llenarle a un niño los bolsillos de billetes falsos y largarlo de casa para que se pase el día en la calle haciendo lo que le dé la gana. De esta forma uno no tendrá que enfrentarse a los propios fantasmas que siempre hace despertar en nosotros la crianza de los hijos.

Con todo ello crearemos un ego desmesurado, mastodóntico, tan inmenso como un dirigible, pero eso le ayudará a abrirse paso a codazos más fácilmente y, con un poco de suerte, a ser visible en el «skyline» de la ciudad.

Es verdad que cuanto más grande es un globo más fácil es que se pinche, que si está inflado con hidrógeno podría acabar convertido en una bola de fuego, que cuando el ego alcanza un tamaño crítico la psicosis lo acecha, hambrienta, con más empeño, y que cuando algo tan enorme revienta puede hacer mucho daño a su alrededor. Pero no seamos cenizos, el riesgo de que eso ocurra aún sigue siendo muy pequeño, porque toda detonación requiere un agente que la provoque y hoy en día seguimos poniendo una alfombra roja a ese tipo de persona, no sólo ofreciéndoles puestos de «responsabilidad» (es decir, esos en que normalmente haga uno lo que haga sólo hay consecuencias para los demás), sino, cuanto menos, regalándoles nuestro temor, que en el fondo tiene una parte de admiración y reverencia.

God, keep us safe from those who promote evil and seek to harm.

Foto: PxHere https://pxhere.com/es/photo/498555

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