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MI AMIGO BRAULIO O LA MAGIA DE UN LÍDER

Aburrido del Mundial, he tenido el privilegio de presenciar la pugna épica sostenida por mi amigo Braulio con un viejo toallero que presentó una resistencia numantina a ser reemplazado por un “junior”:

RESULTADO: BRAULIO 2 – TOALLERO 0

RESUMEN DEL ENCUENTRO:

El comienzo de la primera parte nos mostró un toallero viejo muy cerrado en torno a sus posiciones defensivas, fuertemente selladas con silicona, que hacían casi imposible para Braulio desmontar la chapa y llegar hasta los anclajes en la pared para retirarlo. Hacia el minuto 20 la presión implacable que ejercían el cutter y el destornillador que servía de palanca logró abrir pequeños espacios; había llegado el momento del primer cambio. En medio de una moderada ovación salieron del campo el destornillador y el cutter y entraron el escoplo y el martillo de maceta. Durante el resto de la primera parte estos últimos fueron aumentando sistemáticamente la brecha defensiva abierta por los dos artilleros que los habían precedido en el terreno de juego. La primera parte terminó sin tantos en el marcador, pero con el partido claramente decantado a favor de Braulio.

Tras el descanso, el escoplo y la maceta completaron rápidamente su misión; era el momento del segundo cambio. Con la defensa del toallero totalmente desbaratada por la superioridad física y táctica de los atacantes, la broca, apoyada desde el centro del campo por el nivel y la cinta métrica, logró llegar dos veces hasta la pared sin encontrar resistencia, perforándola en ambas ocasiones y colocando certeramente un par de tacos por la escuadra. A partir de ahí, el encuentro se volvió completamente predecible: toallero totalmente “fashion”, pletina de fijación, tornillos, limpieza del polvo de ladrillo desprendido en el fragor del combate y, pese al indiscutible logro deportivo, bronca de la ejecutiva del equipo por dejarlo todo hecho una mierda.

Este encuentro viene a confirmar la senda ascendente de Braulio, que se perfila cada vez más claramente como un entrenador capaz de sacar lo mejor de sí mismo de cualquier martillo y que, mal que les pese a sus detractores, ha vuelto a demostrar que posee un talento muy superior al de un toallero.

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PESADOS (RELOADED)

Es de sobra conocido que los efectos de las excreciones mentales de un pesado de los de verdad son devastadores. En efecto, cualquier encuentro con uno de esos especímenes que dure más que una subida en ascensor (mientras su víctima asiente a todo con la cabeza como un muñeco mecánico) puede tener resultados tales que dejarían pálido a un manual de guerra química escrito por Sadam Hussein en una noche de dolor de muelas; a saber:

1)      Alteración del ritmo respiratorio

2)      Sudoración intensa

3)      Cefalea

4)      Cambios en la coloración de la piel

5)      Pérdida de la melanina en todo el vello del cuerpo

6)      Convulsiones

7)      Micción involuntaria

8)      Vómitos sanguinolentos

9)      Estertores

10)   Cianosis

11)   Parada cardiorespiratoria

12)   MUERTE*

*Algunos cadáveres de víctimas de pesados presentan síntomas de un horrible espasmo muscular consistentes en el puño cerrado, salvo el dedo medio, completamente estirado apuntando al cielo.

 

Pues bien, quiero compartir con mis escasos lectores un antídoto que suelo emplear eficazmente contra tan trágico destino:

1)      Supongamos que estoy acorralado en un espacio reducido. El pesado ha tenido buen cuidado de bloquear el acceso a cualquier salida, se ha sentado en medio de la vía de escape y empieza a darme lecciones sobre la concatenación de los opuestos según las tesis de Fray Gerundio de Campazas; ya se sabe, sólo porque cree que sin su ayuda no soy nada. Cuando empiezan a aparecer los síntomas descritos más arriba, trato de conservar la presencia de ánimo; me digo a mí mismo que yo puedo lograrlo: si el pesado no me mata, me hará más fuerte.

2)      De antemano, y en previsión de una situación como ésta, me he aprendido de memoria las dos primeras páginas de la guía de teléfonos; empiezo a recitarlas mentalmente para proteger mi cerebro del despiadado ataque a que está siendo sometido.

3)      Dirijo la mirada a la cabeza del pesado.

4)      Sin parar de recitar mentalmente la guía (más o menos a la altura del abonado “Abad”), voy centrando la atención en su entrecejo.

5)      Aproximadamente al llegar a “Alcalde” clavo la mirada en su frente.

6)      Éste es el paso decisivo, el momento de la verdad, el “todo o nada”: ahora imagino que, por efecto de la indescriptible pesadez de su soliloquio, la sesera de mi verdugo ha ido aumentando de densidad hasta implosionar como un agujero negro. Entonces, víctima del colapso gravitacional, la parte media de la frente se le va estrechando, igual que el esbelto talle de una joven; es como si ahora viera esa plúmbea testa reflejada en un espejo deformante. A continuación, y conforme predice la astrofísica, el agujero negro empieza a emitir radiación. Visualizo la cabeza de esa Némesis que tengo ante mí rodeada de un halo fosforescente. Tan intensa iluminación constituye una forma más de tortura para la infortunada criatura que comparta lecho con el pesado; a ese pobre ser ya no le queda ni la tregua del sueño.

7)      Ante estas visiones, poco a poco las endorfinas empiezan a regar de nuevo mi corteza cerebral, el agarrotamiento muscular que me asfixiaba se afloja, el diafragma se libera, la respiración vuelve, el resurgimiento de la vida se anuncia…

8)         No dejes a Alá lo que puedas hacer tú, reza el proverbio árabe. Ya hemos hecho nuestra parte, hemos logrado mantenernos con vida los primeros instantes tras la catástrofe, hemos probado de qué estamos hechos y hemos dado ocasión a que actúe la selección natural, la Providencia, el Karma o la política de Mariano Rajoy, cada cual según su fe; ahora es el turno de que intervengan éstos.

9)         Tras haber tocado fondo, lo más probable es que en los instantes siguientes algo ocurra que nos saque del apocalipsis y mejore nuestra situación: si estamos en la oficina, tal vez la siempre campechana y dicharachera secretaria de Recursos Humanos nos llame por teléfono con voz que intenta ser neutra, para comunicarnos de modo telegráfico que el Jefe de Personal quiere vernos en su despacho. O quizás suene el móvil y sea un cabo de bomberos para decirnos que al pasillo de nuestra casa sólo le falta el Puente de Rialto para convertirse en una sucursal del Gran Canal de Venecia y que muchas gracias por poner esa mierda de puerta, que aunque es de la marca más cara no es blindada ni p’a Dios y ha caído a la primera hostia.

Y es que, en efecto, Dios aprieta, pero no ahoga con tal de que pase alguna embarcación cerca. Y además siempre, siempre, siempre echa una mano a los buenos cuando son más que los malos.

EL OSO Y LA NADA

 

Confieso que yo también me he revolcado en el fango. Esta expresión se usaba hace muchos, muchos años, en un país situado en una galaxia muy lejana (pero sospechosamente parecido a éste) cuando algún varón pío (era impensable que una mujer refiriera semejantes experiencias) se lamentaba de haber cedido a sus impulsos y haberse entregado al ilícito comercio carnal. Por otra parte, hoy en día es muy probable que todo lo que acabo de decir resulte incomprensible para cualquiera que no esté un poco entrado en años, ya que, como mucho, lo del “ilícito comercio carnal” nos hará pensar en intoxicaciones por clembuterol o en la encefalopatía espongiforme y la palabra “pío” nos sonará a ornitología, así que este párrafo introductorio parecerá que anuncia una digresión sobre veterinaria. Además, con deliberada ambigüedad, he usado la expresión “me he revolcado en el fango” en relación con el comercio, pero en este caso no con el “carnal”, sino con el comercio a secas. Total, que he hecho un pan como unas tortas.

Así que me explicaré: siento un profundo rechazo por los centros comerciales. Me aturden el gentío, la música ambiente y los tomatazos de color que lo bombardean a uno desde los escaparates con el apoyo táctico de esas luces irritantes que te hostigan desde todos lados y en casi todas las frecuencias del espectro visible. No me tengo por puritano, ni mucho menos, pero tales lugares me recuerdan a los “sepulcros blanqueados” que mencionaba Jesucristo refiriéndose a los fariseos. Y es que, en efecto, aquéllos sólo se muestran auténticos vistos muy temprano, desde la tramoya. Entonces es cuando uno puede ver a los carretilleros arriba y abajo, entregando el veneno que en un rato empezará a servirse en los centros de “restauración” (término anticipatorio de la restauración de verdad que, en su caso, tendrá lugar más tarde y en la medida de lo posible en los centros sanitarios) y a los empleados que a veces discuten con ellos mientras, con gestos rápidos y bien entrenados, revientan el cartonaje, lo esconden de las castas miradas del público y, con el material recibido, ceban sus explosivos y cargan sus armas de destrucción masiva antes de que el brillo del espectáculo invada el lugar. Siento todo ese rechazo hacia ellos, pero no por eso dejo de servirme de los centros comerciales de vez en cuando, como todo hijo de vecino.

El caso es que en una de mis últimas visitas, nervioso, con cierta repugnancia, mirando receloso a un lado y a otro, como suelo en esas circunstancias, me di cuenta de que ya no estaba lo único que me hacía gracia de esa sucursal del averno: el oso de peluche gigantesco que hacía las veces de “relaciones públicas” de la tienda Natura. Pero, es más, es que la propia tienda había desaparecido, reemplazada por un negocio de móviles, creo. Poco después supe, para mi desconcierto, que el Natura y su oso habían dejado de formar parte del paisaje del centro comercial desde hacía mucho tiempo y yo ni me había dado cuenta.

Es decir, no es simplemente que habían cambiado los elementos de uno de los comercios, sino que el propio comercio había sido sustituido por otro diferente, pero para mí todo el tiempo había seguido siendo “mi” centro comercial. Lo cierto es que, a lo largo de casi treinta años, no sólo habían cambiado incontables veces los productos vendidos por cada tienda, ni únicamente habían cambiado los propios comercios, como si las células de un organismo vivo decidieran de repente variar su función, es que el espacio físico del interior del complejo se había redistribuido en muchas ocasiones y, por si fuera poco, el exterior también, ocupando generosamente (es un decir) los terrenos colindantes. Y aun así seguía siendo el mismo centro comercial. Igual que alguien sigue siendo un familiar o un vecino con gafas o sin gafas, con el pelo negro o blanco, con andador o sin andador o con más o menos tripa.

En relación con este asunto Erwin Schrödinger (sí, el físico del pobre gato), dio rienda suelta una vez más a su susceptibilidad  filosófica y destacó la importancia de la forma sobre la materia:

En mi escritorio tengo un pisapapeles de hierro, una estatuilla de un gran danés echado, con las patas cruzadas. Conozco esta figura hace muchos años porque la veía en el escritorio de mi padre cuando era pequeño y no alcanzaba la mesa. Muchos años después, a la muerte de mi padre, me quedé con la estatuilla porque me gustaba, y la utilizo. Me ha acompañado a muchos lugares y se quedó en Graz cuando, en 1938, tuve que marcharme a toda prisa. Pero un amigo que conocía mi querencia, la recogió y la guardó, y hace tres años, cuando mi mujer hizo un viaje a Austria, me la trajo, y aquí está otra vez en mi escritorio.

Estoy convencido de que es el mismo perro, el que vi por primera vez hace más de cincuenta años en el escritorio de mi padre. Pero ¿por qué estoy seguro de ello? Es claramente la forma o la hechura (en alemán Gestalt) la que determina su identidad sin lugar a dudas, no el contenido material. Si el material hubiera sido fundido para darle forma de hombre la identidad hubiera sido mucho más difícil de determinar. Y lo que es más: incluso si se estableciera sin lugar a dudas la identidad del material, tendría muy poco interés. Probablemente no me importaría mucho la identidad de esa masa de hierro y diría que mi recuerdo ha sido destruido. (1)

Con todos mis respetos a este pionero de la mecánica cuántica, la relación entre la identidad y la forma que plantea despierta la tentación de utilizar aquí el mismo tono irónico que empleaba Aldous Huxley al tratar la esencia de la vida. Huxley se refería a cómo algunos metafísicos habían despachado el problema aludiendo a un supuesto “élan vitale” (impulso vital) y proponía explicar el funcionamiento de la máquina de vapor en análogos términos como el efecto del “élan locomotive”.

Vista la impermanencia de la propia forma de las cosas, me parece que ahonda más en el problema la reflexión del maestro Zen Teisen Deshimaru al ser preguntado por el ego:

He explicado que no tenemos numen. El ego cambia de un instante al otro. Hoy no es el mismo que ayer… Nuestro cuerpo cambia, nuestras células también. Cuando se toma un baño, por ejemplo, todas las células muertas de la piel se van por el desagüe. Nuestro cerebro y nuestro espíritu cambian. No son los mismos desde la infancia hasta la madurez.

¿Dónde existe el ego? Es uno con el cosmos. No es solamente el cuerpo o el espíritu. Nuestro ego es Dios, Buda, la fuerza cósmica fundamental. (2)

De donde yo entiendo que no existe en nada una forma sustancial y que, por tanto, no puede uno agarrarse a nada para explicar la individualidad de cada cosa, lo cual, si bien se mira, tampoco es que aclare mucho.

Volviendo al oso, al Natura y al lugar que hasta hace poco consideraba como una especie de templo dedicado al Anticristo, últimamente me asalta la duda de si, con esa individualidad que mantiene impasible ante la impermanencia de sus elementos, la “insustancialidad” del centro comercial no encierra un significado mucho más profundo del que yo, desdeñosamente, le adjudicaba.

¿Es el centro comercial una transposición del alma humana en la colectividad? ¿Contienen esos “refugia pecatorum” de fin de semana el embrión de un cuerpo colectivo tan evolucionado que cada una de sus “células” puede cambiar a capricho sin que se perturbe la identidad y la armonía del conjunto? ¿Debemos inclinarnos con respeto ante el Black Friday, los Reyes y las Rebajas como ritos religiosos de iniciación que constituirían auténticas versiones posmodernas de los Misterios de Eleusis de la antigua Grecia? ¿Ese vacío estomagante que me transmitía la sola mención del centro comercial escondía realmente algo tan grandioso como la vacuidad cósmica de que nos habla Deshimaru? ¿O aquí el único vacío que hay es el que está encerrado entre mi frontal y mi occipital? No, no hace falta contestar. El avispado lector ya habrá captado que se trata sólo de una pregunta retórica.

 

(1) Ciencia y humanismo Erwin Schrödinger Cuadernos ínfimos 126 Tusquets editores

(2)  Preguntas a un maestro Zen  Teisen Deshimaru  RBA

ORDEN Y TRAGEDIA

Aquel día cuando Von Ribbentrop, Ministro de Asuntos Exteriores del Tercer Reich, hizo su aparición en la sala todos los que lo aguardaban volvieron la cabeza hacia él con cierta sensación de incomodidad; su aire de contención autoimpuesta y la palidez de su rostro revelaban la seriedad de la situación. Sin detenerse, el diplomático recorrió la estancia y subió las escaleras. Desde aquel lugar, donde dominaba con la vista a todo su auditorio, declaró que deseaba paz para el mundo. A continuación le pusieron una capucha en la cabeza, un nudo corredizo alrededor del cuello y se abrió la trampilla. Fue el primero. En menos de dos horas la horca funcionó diez veces. Así terminó el primer proceso por crímenes de guerra nazis para otros tantos hombres aquel 16 de octubre de 1946 en el gimnasio de la prisión de Nuremberg. Sería el primer proceso de la Historia en su género.

Sería casi blasfemo tratar de añadir algo a todo lo escrito, contado y visto sobre el sufrimiento que provocó la Segunda Guerra Mundial. El personaje al que voy a referirme ni siquiera es humano en el sentido corriente de la palabra, pero hay acontecimientos de tal magnitud  que incluso lo que no es humano puede verse envuelto en un destino trágico.

Los procesos de Nuremberg, en los cuales los vencedores de la Segunda Guerra Mundial enjuiciaron y castigaron los crímenes cometidos bajo el Tercer Reich, fueron muy controvertidos, incluso entre los Aliados y en medio de la atmósfera de fuerte conmoción que aun pervivía en la inmediata posguerra.

Aquéllos desafiaron a los principios jurídicos desarrollados en las naciones civilizadas a través de una evolución de siglos: los acusados fueron juzgados con arreglo a normas creadas posteriormente con el preciso propósito de castigar determinados hechos; los jueces de los vencidos fueron elegidos y designados por los vencedores de forma expresa para cada proceso; se prohibió a los acusados utilizar determinadas defensas, como la obediencia debida o la comisión de crímenes similares por parte de los Aliados; las pruebas documentales fueron seleccionadas sólo por la acusación entre las incautadas al Estado alemán; se permitió que la convicción del Tribunal se basara en testigos de referencia y en declaraciones escritas no ratificadas en juicio, los jueces juzgaron en conciencia sin atenerse a penas predeterminadas por la ley… Harlan Fiske Stone, Juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, llegó a calificar el primer juicio de “linchamiento”, eso sí, aclarando que no lamentaba lo que las fuerzas de ocupación pudieran hacer con los nazis, sino la hipocresía de intentar darle a aquello forma de proceso.

También es cierto que, con la perspectiva del tiempo, generalmente se considera que los juicios de Nuremberg arrojan un saldo positivo. Muchos valoran que éstos sirvieron para exponer ante la humanidad los crímenes del nazismo, que en su conjunto resultan innegables, permitieron introducir en mundo del Derecho el concepto de “guerra de agresión” como acto criminal contra la comunidad internacional, constituyeron el precedente de toda jurisdicción internacional en defensa de los Derechos Humanos – aunque ésta sea hoy tan sólo una cerilla tratando de alumbrar en medio de un huracán –,  y constituyeron una alternativa más “civilizada” a la ejecución inmediata de los responsables, propuesta por Churchill, como castigo por crímenes que hubiera sido impensable dejar pasar sin más tras un conflicto que arrojó un saldo de más de cincuenta millones de muertos y dejó gran parte de Europa reducida a piedras ennegrecidas y humo.

No creo que nadie dude de que hubiera sido imposible exigir cualquier responsabilidad al poder recién depuesto desde los propios tribunales alemanes, juzgando al amparo de las leyes vigentes en el momento de los hechos. Y es que hay situaciones que es imposible resolver desde dentro del sistema jurídico vigente. En el caso que nos ocupa, parte del problema eran las propias leyes de la Alemania nazi, que habían dado cobertura a muchas de las atrocidades cometidas y que, por tanto, eran incompatibles con los deseos de reparación de los vencedores.

La explicación de la tragedia griega que me parece más sugerente es aquella que la presenta como un conflicto en el cual el héroe está marcado por el destino como una semilla: se ve abocado a romper las barreras de lo establecido y habrá de pagar por ello la última factura exigida por ese “statu quo”, pero a cambio de su desaparición como individuo el mundo nunca volverá a ser igual que antes de su entrada en escena.

Es el “instante cero” de un sistema jurídico donde,  en mi opinión, el Derecho nos revela su profunda dimensión trágica. La ruptura con el ordenamiento jurídico anterior siempre cobra un precio a la sociedad. En el momento de la ruptura la nueva norma sólo puede aparecer por vía de hecho y, entonces, es casi inevitable sentir que poca diferencia hay entre someterse a las leyes o prescindir de ellas y defender los propios intereses también por vía de hecho. Ya Rousseau señalaba la incoherencia lógica que supone fundamentar el derecho en un poder de hecho; ¿qué derecho es ese que desaparece simplemente con que uno tenga la fuerza suficiente para vulnerarlo?

Desde la filosofía jurídica puede apuntarse que la norma que define al propio sistema jurídico “es una regla última, una regla que no depende de criterios de validez establecidos por ninguna otra regla del sistema, que no es, en consecuencia, jurídicamente válida ni inválida” (1). Es esa “regla última”, con su aureola fantasmal de ser y no ser al mismo tiempo, la que en determinados momentos de la Historia aparece en la comunidad como un personaje más de la tragedia. Eso es lo que sucedió tras la Segunda Guerra Mundial con la imposición de un nuevo orden jurídico por parte de los Aliados, que ha tenido que arrastrar hasta nuestros días la bola y las cadenas del descrédito y del cinismo, pero cuya “culpa” le permitió alumbrar una nueva era del Derecho internacional.

Hoy seguramente resulta extravagante ver aparecer al ente jurídico envuelto en los ropajes del personaje de tragedia, pero creo que es imprescindible no perder totalmente de vista el aliento humano que aún conserva esta conquista de la civilización que es el Derecho y el profundo dramatismo que encierra para muchos la lucha por sus derechos y por su Derecho.

No obstante, es comprensible que todo esto tienda a hundirse en el olvido en esta Europa donde hay que usar los dedos de ambas manos para contar las normas aplicables al despertador cuyo sonido electrónico nos arranca del sueño cada mañana.

 

  • Bobbio y los conceptos de norma jurídicamente última Juan Ruiz Manero

LA CONCIENCIA DE FRITZ HABER

Hay quien dice que la guerra ha sido uno de los motores del desarrollo del cerebro humano. No me sorprendería que así fuera, incluso desde el punto de vista espiritual. La heroicidad es un sacrificio en potencia y puede ser el fruto de una expansión de la conciencia si proviene del convencimiento de que, aun desaparecido el “yo”, uno sigue existiendo en el “nosotros”. La vivencia del “yo” sería entonces algo así como una ola en el mar, una individualidad que existe como apéndice de algo muchísimo mayor y que en su seno seguirá presente, ya se extinga con suavidad, ya rompa furiosa contra las rocas.

En cualquier caso, si la guerra ha servido en algún momento para alimentar el desarrollo de la conciencia o de cualquier otra facultad humana, no creo que nadie niegue que hoy se trata de un mecanismo primitivo, de un “combustible” sucio, que estorba una expansión aún mayor de aquélla al impedir que ese “nosotros” se haga extensivo al género humano.

Creo que al hilo de todo esto resulta sugerente la historia de Fritz Haber (1868-1934), físico alemán del que normalmente hemos oído hablar sólo por la síntesis del amoniaco, aunque merece la pena tratar de asomarse a los parajes morales recorridos por un hombre que debió de experimentar con una intensidad extrema los vaivenes de su conciencia, expandiéndose y contrayéndose como un acordeón al compás de las convulsiones del primer tercio del siglo XX.

Haber, de origen judío, se convirtió pronto al protestantismo para poder seguir una carrera como profesor en la universidad alemana. El caso era habitual en el mundo académico, ya que para un científico de finales del s. XIX la religión no solía ser un punto fundamental. Esto adquirirá en un momento dado una importancia inesperada, como veremos.

A principios del s. XX la expansión demográfica en Europa requería una mejora de la producción agrícola. La disponibilidad de nitrato de Chile, utilizado hasta entonces prácticamente como único abono, resultaba cada vez más escasa para las necesidades de Alemania y los fertilizantes industriales requerían amoniaco para su fabricación, así es que el objetivo de sintetizar este compuesto era consecuencia de una necesidad apremiante y uno de los principales objetivos de la ciencia teutona.

La extrema resistencia a la fijación del nitrógeno atmosférico había hecho inviable la síntesis industrial del amoniaco hasta el momento, pero Haber poseía una combinación inusual de genio teórico y práctico y encaró el desafío bajo el patrocinio de la empresa BASF. Encontró catalizadores más eficientes e introdujo los cambios necesarios para que el proceso químico se pudiera llevar a cabo a temperaturas más bajas. El milagro obrado en el laboratorio por Haber fue adaptado a la industria por el ingeniero Carl Bosch y ello permitió la producción de amoniaco a gran escala y a un precio asequible, logro en la historia de la ciencia y de la técnica alemana que probablemente libró del hambre a grandes capas de la población y que valió a Haber el Premio Nobel de Química en 1918.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial Haber puso su laboratorio y su talento al servicio del ejército y fue movilizado con el grado de capitán. Por de pronto, la síntesis del amoniaco hizo posible la fabricación de explosivos a escala industrial. Pero el uso de los mismos aun por la artillería más potente se reveló completamente inútil para romper la guerra de trincheras en que había embarrancado el conflicto y el Ministerio de Guerra inició la búsqueda de agentes irritantes capaces de sacar al enemigo a campo abierto.

Haber se ocupó de la cuestión con la eficacia que ya había demostrado poco antes y desarrolló el uso de gas de cloro como arma de guerra. El 11 de abril de 1915 se distribuyeron unas 5.000 bombonas del compuesto y, liberado en el frente de combate tan pronto hubo viento favorable, el gas barrió más de 3 millas de territorio enemigo cerca de Ypres, Bélgica, y dejó bien servido al diablo con la muerte de más de 150.000 soldados.

El éxito del nuevo agente fue tal que, tras la guerra, altos mandos alemanes reconocieron que, de haber lanzado un ataque con gases por sorpresa y a gran escala, Alemania habría aplastado a sus enemigos. Sin embargo no fue así, los aliados tuvieron ocasión de reaccionar, protegerse y fabricar sus propios gases y nació la guerra química, no ya con el objetivo de obligar al enemigo a ponerse al descubierto, sino con el fin de acabar con él directamente. A partir de ahí Haber centró su actividad en la investigación y desarrollo de nuevos agentes tóxicos.

A la consiguiente condena del mundo científico por estas actividades se unió la tragedia personal cuando su primera esposa, Clara Immerwahr, consideró que el éxito científico de Haber había sido a costa de perder su humanidad y se suicidó con el arma reglamentaria de éste. Muchos han querido ver en ello una forma de protesta contra la guerra química, pero es algo que nadie puede asegurar.

Tras la derrota alemana Haber estuvo al borde del derrumbe psíquico y huyó a Suiza para escapar de una posible persecución por su papel fundamental en la guerra química. Nunca se llegó a constituir un tribunal aliado para juzgar crímenes de guerra – habría que esperar a Nuremberg, tras la siguiente conflagración – y, además ya hemos visto que Haber obtuvo ese mismo año el Premio Nobel de química como benefactor de la humanidad por la síntesis del amoniaco, con el consiguiente revuelo, dado todo lo que había hecho entre medias.

Haber nunca expresó remordimiento alguno por su implicación en la guerra. De hecho siguió colaborando con el Ministerio de Defensa para tratar de burlar las restricciones impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles mediante el desarrollo secreto de nuevos proyectos de guerra química en suelo extranjero y colaboró en la creación de una empresa pública dedicada a la fabricación de pesticidas que contaba entre sus filas con expertos en guerra química y que producía el Zyklon B, que más tarde se usó para el exterminio masivo en Auschwitz.

Para aligerar un poco el peso de tanta negrura vale la pena mencionar, como anécdota, que Haber participó también en un proyecto secreto para aprovechar el oro contenido en el agua del mar, con el fin de ayudar a Alemania a pagar las indemnizaciones de guerra, pero sin éxito, dado el escasísimo contenido del metal precioso de las aguas marinas.

El último capítulo de esta historia nos lleva en volandas hasta el año 1933, con la llegada al poder de los nazis. Pasaremos en ráfaga por los intentos de Haber de reintegrar a las organizaciones científicas alemanas al mundo de la ciencia, del que había quedado excluida, durante los años 20. Como muestra, llegó a presidir la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada desde 1931.

Las leyes raciales del nacionalsocialismo llevaron a muchos alemanes a reafirmarse e como judíos de origen en una identidad racial hasta entonces no tan significativa. Este fue el caso de Haber. El Ministerio de Arte, Ciencia y Educación Popular forzó el despido de los judíos al servicio del Kaiser Wilhelm Institute, dirigido por aquél, y, aunque sus servicios prestados al ejército lo ponían a salvo de esta medida, decidió dimitir, no sin antes tratar de ayudar a sus subordinados de origen judío a encontrar otros puestos fuera de Alemania.

En su carta de dimisión rechazó expresamente el origen racial como criterio de selección de científicos:

“Durante más de cuarenta años he elegido a mis colaboradores en virtud de su inteligencia y de su personalidad, no de quién era su abuela, y no estoy dispuesto en lo que me queda de vida a cambiar este sistema que me ha parecido tan apropiado”.

Tampoco perdió la ocasión de expresar su orgullo por haber servido “a la humanidad en tiempos de paz y a la patria en tiempos de guerra”.

Haber abandonó Alemania muy deteriorado física y anímicamente, con una enfermedad cardiaca tan grave que apenas podía trabajar. Tras una breve estancia en Cambridge buscó un clima más benigno en Palestina, pero no fue capaz de resistir el viaje y murió de camino, en Suiza. Dicen que había perdido todo deseo de vivir.

Primero la humanidad, luego la patria. Finalmente la raza, la inteligencia, la personalidad; pero sin perder nunca de vista la patria. Parece que uno contempla el foco de luz de un teatro, cuyo círculo se agranda o se achica para iluminar sucesivamente a grupos más grandes o más pequeños de actores sobre la oscuridad del escenario. Pero se trata del foco de luz de la conciencia de un hombre que se identificó más o menos con sus semejantes al compás de distintas vicisitudes, que pasó de ser un perseguidor en la guerra a un perseguido en la derrota, para luego tratar de ser salvador de la universalidad de la ciencia y, finalmente, verse otra vez perseguido por su condición racial.

Quizás incluso su muerte tuvo el sentido lógico que caracterizó su actividad profesional. Verdugo y luego víctima, al final de su vida tal vez acabó reconociéndose a sí mismo en ambos lados de esa ecuación demencial y, con lógica matemática irreprochable, desapareció.

Desde otro punto de vista podría decirse que, incapaz de trascender su luz y sus sombras, se marchó con la lógica intacta, pero con el corazón literalmente roto. Esto convierte a Fritz Haber en un símbolo del siglo XX, un siglo de luces y sombras desmesuradas hasta la deformidad y que hasta ahora el siglo XXI no nos ha llevado a trascender, tan de vuelta de todo como estamos, eso sí, sin haber llegado todavía a ninguna parte.

 

Fuentes:

http://www.encyclopedia.com/people/science-and-technology/chemistry-biographies/fritz-haber

La Primera Guerra Mundial contada para escépticos   Juan Eslava Galán   Edit. Planeta

RUINA

Uno de los inconvenientes de leer es que luego cuesta mucho ponerse a escribir. Y es que casi todo se ha dicho ya y casi siempre se ha dicho todo mucho mejor de lo que uno habría sido capaz de hacerlo.

Para muestra, la siguiente nota a pie de página del “Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo”, de Gregorio Marañón, publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia hacia 1930:

Unas palabras semejantes de G. MAURA GAMAZO al juzgar este momento de nuestra historia. “Hoy, como en los días del último Enrique, la raza por sus pecados pena; pero ha aprendido desde entonces que no le es ya lícito fiar su redención al providencial advenimiento de otros Reyes Católicos, porque las naciones eligen ahora a sus gobernantes, y no suelen tener sino lo que merecen.” (Discurso de recepción en la Real Academia Española. Madrid, 1920.) Desde luego, esta visión optimista sobre el porvenir de nuestro país, entonces y ahora, se basa en la convicción acérrima de que bajo la ruina oficial persiste incólume la vitalidad popular. Digo esto para contestar a algunas observaciones que nos han sido hechas de juzgar a la ligera la decadencia de esta España del final de la Edad Media. Decadencia del Estado, no de la raza.

Pues eso, sustitúyase “raza” por “sociedad”, a modo de ligero aliño a beneficio de los paladares contemporáneos, y creo que la conclusión es que la pelota sigue estando en nuestro tejado.

Por eso es tan importante que permanezcamos todos muy pendientes de la Liga.

TERRITORIO COMANCHE

Sigo vagando por un paraje hosco y estéril en la sola compañía de este hombre extraño que porta un morral de vituallas y un lanzagranadas y parece siempre inmerso en su propia realidad, como si fuese por el mundo con la cabeza dentro de una pecera.

No tenemos un idioma común. A veces saca un móvil de sus ropajes y, mientras habla con alguien que supongo tan ajeno a mi mundo como él. Al principio trataba de descifrar su lenguaje buscando pistas que me ayudaran a hacerme entender, pero me convencí de que era algo así como traducir un mensaje que viniera grabado en un meteorito y hace tiempo que he desistido.

Hablo de “tiempo” por pura convención. No sé qué hago en este lugar ni cuánto tiempo llevo así. Sin embargo, parece que de algún modo todo esto ha llegado a adquirir algo que se parece aceptablemente al sentido; será la fuerza de la costumbre. Supongo que si me pusiera a hacerme preguntas me invadiría la mayor perplejidad, pero entonces igual perdería fuelle y no podría seguirle el paso a este personaje, y entonces ¿qué? No, no, ya he dicho que no voy a hacerme preguntas…

Si tengo hambre me dirijo a él por señas o trato de imitar la palabra que pronuncia cuando me ofrece algo de su morral, que supongo que querrá decir “comida”. Cuando necesito descansar hago ademán de sentarme. A veces me hace caso y a veces me ignora; no sé si me entiende o no. Imagino que esto es un poco como jugar a las tragaperras; dado que lo que ocurre de cada vez que echas una moneda es completamente impredecible, si pierdes lo único que queda es volver a probar suerte; ya he renunciado a cualquier aprendizaje.

No sé si soy yo quien lo acompaña, si es él quien me guía o si, simplemente, soy objeto de un secuestro. A veces pienso en empezar a caminar en otra dirección con toda naturalidad delante de sus narices y tratar de salir de aquí por mi cuenta, pero no puedo hacerlo; tengo esa certeza absoluta y misteriosa propia de los sueños de que no puedo hacerlo, porque no hay duda de que él es el dueño de la situación.

Tras unas horas de descanso comienza una nueva jornada y, aunque sea por escuchar algún que otro sonido familiar, como cada mañana lo saludo en mi idioma: “buenos días, Sr. Director”. En fin, ya estamos a jueves. ¡Qué maravilla! ¡¡No queda nada para el finde…!!

 

 

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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