Archive for the 'GENERAL' Category

FÍSICA MODERNA MEDIEVAL

El efecto túnel

(1) El efecto túnel

(en un lado de la estancia hay una puerta y en el otro un muro…)

 

(2) El agujero negro

 

(3) La superposición de estados cuánticos

 

(1) Robert Campin – L’Annonciation -imagen Wikipedia

(2) Dieu créateur de la terre – imagen Wikipedia –

(3) Capitel exterior Sta. María del Sar (Santiago) – Imagen y palabra.         Los pecados más frecuentes en la iconografía de Castilla medieval       (siglos IX al XV). Tesis doctoral de Faustina Vila-Belda Martí.

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SAL ROSA

al rosa (1)

Benito Camela, chapista de profesión, era más conocido en los floridos círculos de la mecánica del automóvil como “El Himalaya” por su notable estatura, unida a la magrez de sus carnes. Cualquiera que fuera la causa de esta última, la misma no debería buscarse ni en el mucho leer ni en el poco dormir, ya que El Himalaya era tan alérgico a la tinta como al desempeño de cualquier ocupación, más allá de entregarse horizontalmente a la acción de la gravedad en el sitio más cómodo posible.

Inició su carrera profesional trabajando o, por mejor decir, “asistiendo” a un taller de chapa y pintura que murió de éxito. Primeramente, el dueño del negocio consiguió la contrata de mantenimiento del parque móvil de un ministerio y eso fue el principio del fin; el segundo paso fue utilizar los contactos adquiridos para solicitar una cuantiosa subvención pública, que le fue inmediatamente concedida, y el tercero y último embolsarse el dinero y darse a la fuga con la muchacha encargada de la facturación del taller, una artista infravalorada que, pese a haber sido la musa de los más prestigiosos pósteres de camionero, no había obtenido el reconocimiento que merecía en el mundo de las candilejas.

Viose El Himalaya igual de ocupado que antes, pero sin sueldo, y, con los enseres que el artero dueño del taller había dejado abandonados en su huida, montó, literalmente, una start-up. Digo “literalmente” porque, al poco de conectarlo, un compresor sucio y mal mantenido reventó e hizo saltar el taller por los aires. El Himalaya salvó la vida milagrosamente, o quizás, más bien, “estadísticamente”, ya que en el momento de la explosión se encontraba en el bar, como solía ser el caso con frecuencia rayana en la monotonía.

El caso es que tan traumático suceso significó un punto de inflexión en la vida de nuestro amigo. Postrado de hinojos entre los restos del desastre miró al cielo, se aferró instintivamente al primer objeto con que su mano vino a tropezar en medio de aquel caos y, blandiendo el puño con una mezcla de desesperación y rabia, exclamó – ¡¡¡a Dios pongo por testigo de que nunca más me volveré a ver así!!! -, con tan mala suerte que lo que estaba empuñando sin darse cuenta resultó ser el martillo de reventar morosos que usaba el antiguo dueño del taller, cuya cabeza se desprendió y acertó a aterrizar de lleno en la de El Himalaya.

Quizás fue la impresión de todo lo sucedido, quizás es que el golpe le recolocó las neuronas, lo cierto es que, cuando despertó del “sueño” provocado por tan poderoso “anestésico”, el cerebro de El Himalaya pareció salir bruscamente de su estado de idiocia habitual y empezó a revelar cualidades tan inesperadas como prodigiosas. Las ideas comenzaron a llamarse unas a otras y entrelazarse vertiginosamente, para levantar, como el chorro de un cohete al despegar, el andamiaje del éxito.

Un vistazo en derredor del devastado taller le permitió hacer recuento de los pertrechos con que podía contar para dar al asalto definitivo a su futuro. No era mucho lo que quedaba en buen estado: una pistola y algunos botes de pintura. Pero un genio recién alumbrado no necesita más; consciente de la enfermiza obsesión de nuestra sociedad por la comida sana, El Himalaya decidió que la pasarela hacia el éxito pasaba por la industria alimentaria.

Poco tiempo después nuestro amigo ya tenía en marcha el negocio que lo haría rico. Verdadero talento jurídico, además de comercial, al punto intuyó que su alias le permitiría navegar sin daño a través de las traicioneras aguas de las normas de etiquetado de comestibles. Y así empezó a vender botes de sal pintada con pintura de chapa como “sal rosa de El Himalaya”, lo cual, en el fondo, no era mentira.

No agotada su genialidad con esto, añadió entre las características del producto que era “Detox”, lo que resultó ser rigurosamente cierto, ya que estaba hecho a base de tóxicos, tales como las pinturas de coche, el disolvente necesario para aclararlas un poco y la sal que el Ayuntamiento esparce por el suelo en previsión de heladas, mezclada con los restos de alquitrán del pavimento. Puso además que aquél era bueno para la salud y, a preguntas de un puntilloso inspector que se permitió importunarlo con su desmedido afán inquisitivo, nuestro amigo contestó que su sal era, ciertamente, buena para la salud, si se la compara con el cianuro potásico, ya que, mientras que éste te liquida en unos quince segundos, la sal rosa de El Himalaya, aun suponiendo un consumo abundante y regular, no tarda menos de un mes en entregarte a los gusanos. Ante la brillante lógica de la respuesta, nada pudo hacer el bilioso inspector por detener la comercialización de tan codiciado complemento dietético.

Hoy El Himalaya es ya “Don Benito” y su nombre suena en las listas de posibles ministros de sanidad y consumo en el gabinete del actual gobierno o del próximo que venga, sea cual sea, ¿qué importa eso?

Yo me daré por contento con que alguno de mis amables lectores saque provecho de esta edificante historia. Y es que El Himalaya, o más bien Don Benito, es el paradigma del emprendedor que, a fuerza de creatividad y de tesón, fue capaz de hacer realidad el sueño español.

OTOÑO ROMÁNTICO

castañas

Ya es otoño, tiempo en que el ciclo de la vida comienza a contraerse; tiempo de hojas amarillentas que se arremolinan al compás que les marca el viento, de paseantes que, al caer la tarde, desfilan en busca de un rincón envuelto en un halo intimista donde sacarse el frío; tiempo también de ambientes crepusculares, de sombras, de tinieblas, del despertar del mundo sobrenatural, como si éste estuviera ávido de conquistar el espacio que van dejando todas las manifestaciones de la vida en su retirada cíclica.

Es el tiempo ideal para hacer una escapada al universo del Romanticismo que, por cierto, está en las antípodas de lo que entendemos por “comedia romántica”. Eso sí, cuando nos referimos de esa forma a determinados productos de Hollywood seguramente no reparamos en que estamos haciendo un guiño al verdadero espíritu romántico, porque sin ninguna duda unos cuantos esqueletos, impulsados por el resorte sobrenatural de la justicia divina, saltarían de sus tumbas como cajas-sorpresa si los muertos tuvieran la mala fortuna de poder escucharnos.

En fin, para es escapada siempre me ha parecido un buen programa de viaje visitar o re-visitar el Tenorio de Zorrilla que, como es bien sabido, acostumbra a representarse en la Noche de Difuntos.

Y es que no hay mejor vasija para un sabor intenso que los productos de temporada, salvo que uno prefiera la química alimentaria, eso es una cuestión de gustos.

 

 

 

MI AMIGO BRAULIO O LA MAGIA DE UN LÍDER

Aburrido del Mundial, he tenido el privilegio de presenciar la pugna épica sostenida por mi amigo Braulio con un viejo toallero que presentó una resistencia numantina a ser reemplazado por un “junior”:

RESULTADO: BRAULIO 2 – TOALLERO 0

RESUMEN DEL ENCUENTRO:

El comienzo de la primera parte nos mostró un toallero viejo muy cerrado en torno a sus posiciones defensivas, fuertemente selladas con silicona, que hacían casi imposible para Braulio desmontar la chapa y llegar hasta los anclajes en la pared para retirarlo. Hacia el minuto 20 la presión implacable que ejercían el cutter y el destornillador que servía de palanca logró abrir pequeños espacios; había llegado el momento del primer cambio. En medio de una moderada ovación salieron del campo el destornillador y el cutter y entraron el escoplo y el martillo de maceta. Durante el resto de la primera parte estos últimos fueron aumentando sistemáticamente la brecha defensiva abierta por los dos artilleros que los habían precedido en el terreno de juego. La primera parte terminó sin tantos en el marcador, pero con el partido claramente decantado a favor de Braulio.

Tras el descanso, el escoplo y la maceta completaron rápidamente su misión; era el momento del segundo cambio. Con la defensa del toallero totalmente desbaratada por la superioridad física y táctica de los atacantes, la broca, apoyada desde el centro del campo por el nivel y la cinta métrica, logró llegar dos veces hasta la pared sin encontrar resistencia, perforándola en ambas ocasiones y colocando certeramente un par de tacos por la escuadra. A partir de ahí, el encuentro se volvió completamente predecible: toallero totalmente “fashion”, pletina de fijación, tornillos, limpieza del polvo de ladrillo desprendido en el fragor del combate y, pese al indiscutible logro deportivo, bronca de la ejecutiva del equipo por dejarlo todo hecho una mierda.

Este encuentro viene a confirmar la senda ascendente de Braulio, que se perfila cada vez más claramente como un entrenador capaz de sacar lo mejor de sí mismo de cualquier martillo y que, mal que les pese a sus detractores, ha vuelto a demostrar que posee un talento muy superior al de un toallero.

PESADOS (RELOADED)

Es de sobra conocido que los efectos de las excreciones mentales de un pesado de los de verdad son devastadores. En efecto, cualquier encuentro con uno de esos especímenes que dure más que una subida en ascensor (mientras su víctima asiente a todo con la cabeza como un muñeco mecánico) puede tener resultados tales que dejarían pálido a un manual de guerra química escrito por Sadam Hussein en una noche de dolor de muelas; a saber:

1)      Alteración del ritmo respiratorio

2)      Sudoración intensa

3)      Cefalea

4)      Cambios en la coloración de la piel

5)      Pérdida de la melanina en todo el vello del cuerpo

6)      Convulsiones

7)      Micción involuntaria

8)      Vómitos sanguinolentos

9)      Estertores

10)   Cianosis

11)   Parada cardiorespiratoria

12)   MUERTE*

*Algunos cadáveres de víctimas de pesados presentan síntomas de un horrible espasmo muscular consistentes en el puño cerrado, salvo el dedo medio, completamente estirado apuntando al cielo.

 

Pues bien, quiero compartir con mis escasos lectores un antídoto que suelo emplear eficazmente contra tan trágico destino:

1)      Supongamos que estoy acorralado en un espacio reducido. El pesado ha tenido buen cuidado de bloquear el acceso a cualquier salida, se ha sentado en medio de la vía de escape y empieza a darme lecciones sobre la concatenación de los opuestos según las tesis de Fray Gerundio de Campazas; ya se sabe, sólo porque cree que sin su ayuda no soy nada. Cuando empiezan a aparecer los síntomas descritos más arriba, trato de conservar la presencia de ánimo; me digo a mí mismo que yo puedo lograrlo: si el pesado no me mata, me hará más fuerte.

2)      De antemano, y en previsión de una situación como ésta, me he aprendido de memoria las dos primeras páginas de la guía de teléfonos; empiezo a recitarlas mentalmente para proteger mi cerebro del despiadado ataque a que está siendo sometido.

3)      Dirijo la mirada a la cabeza del pesado.

4)      Sin parar de recitar mentalmente la guía (más o menos a la altura del abonado “Abad”), voy centrando la atención en su entrecejo.

5)      Aproximadamente al llegar a “Alcalde” clavo la mirada en su frente.

6)      Éste es el paso decisivo, el momento de la verdad, el “todo o nada”: ahora imagino que, por efecto de la indescriptible pesadez de su soliloquio, la sesera de mi verdugo ha ido aumentando de densidad hasta implosionar como un agujero negro. Entonces, víctima del colapso gravitacional, la parte media de la frente se le va estrechando, igual que el esbelto talle de una joven; es como si ahora viera esa plúmbea testa reflejada en un espejo deformante. A continuación, y conforme predice la astrofísica, el agujero negro empieza a emitir radiación. Visualizo la cabeza de esa Némesis que tengo ante mí rodeada de un halo fosforescente. Tan intensa iluminación constituye una forma más de tortura para la infortunada criatura que comparta lecho con el pesado; a ese pobre ser ya no le queda ni la tregua del sueño.

7)      Ante estas visiones, poco a poco las endorfinas empiezan a regar de nuevo mi corteza cerebral, el agarrotamiento muscular que me asfixiaba se afloja, el diafragma se libera, la respiración vuelve, el resurgimiento de la vida se anuncia…

8)         No dejes a Alá lo que puedas hacer tú, reza el proverbio árabe. Ya hemos hecho nuestra parte, hemos logrado mantenernos con vida los primeros instantes tras la catástrofe, hemos probado de qué estamos hechos y hemos dado ocasión a que actúe la selección natural, la Providencia, el Karma o la política de Mariano Rajoy, cada cual según su fe; ahora es el turno de que intervengan éstos.

9)         Tras haber tocado fondo, lo más probable es que en los instantes siguientes algo ocurra que nos saque del apocalipsis y mejore nuestra situación: si estamos en la oficina, tal vez la siempre campechana y dicharachera secretaria de Recursos Humanos nos llame por teléfono con voz que intenta ser neutra, para comunicarnos de modo telegráfico que el Jefe de Personal quiere vernos en su despacho. O quizás suene el móvil y sea un cabo de bomberos para decirnos que al pasillo de nuestra casa sólo le falta el Puente de Rialto para convertirse en una sucursal del Gran Canal de Venecia y que muchas gracias por poner esa mierda de puerta, que aunque es de la marca más cara no es blindada ni p’a Dios y ha caído a la primera hostia.

Y es que, en efecto, Dios aprieta, pero no ahoga con tal de que pase alguna embarcación cerca. Y además siempre, siempre, siempre echa una mano a los buenos cuando son más que los malos.

EL OSO Y LA NADA

 

Confieso que yo también me he revolcado en el fango. Esta expresión se usaba hace muchos, muchos años, en un país situado en una galaxia muy lejana (pero sospechosamente parecido a éste) cuando algún varón pío (era impensable que una mujer refiriera semejantes experiencias) se lamentaba de haber cedido a sus impulsos y haberse entregado al ilícito comercio carnal. Por otra parte, hoy en día es muy probable que todo lo que acabo de decir resulte incomprensible para cualquiera que no esté un poco entrado en años, ya que, como mucho, lo del “ilícito comercio carnal” nos hará pensar en intoxicaciones por clembuterol o en la encefalopatía espongiforme y la palabra “pío” nos sonará a ornitología, así que este párrafo introductorio parecerá que anuncia una digresión sobre veterinaria. Además, con deliberada ambigüedad, he usado la expresión “me he revolcado en el fango” en relación con el comercio, pero en este caso no con el “carnal”, sino con el comercio a secas. Total, que he hecho un pan como unas tortas.

Así que me explicaré: siento un profundo rechazo por los centros comerciales. Me aturden el gentío, la música ambiente y los tomatazos de color que lo bombardean a uno desde los escaparates con el apoyo táctico de esas luces irritantes que te hostigan desde todos lados y en casi todas las frecuencias del espectro visible. No me tengo por puritano, ni mucho menos, pero tales lugares me recuerdan a los “sepulcros blanqueados” que mencionaba Jesucristo refiriéndose a los fariseos. Y es que, en efecto, aquéllos sólo se muestran auténticos vistos muy temprano, desde la tramoya. Entonces es cuando uno puede ver a los carretilleros arriba y abajo, entregando el veneno que en un rato empezará a servirse en los centros de “restauración” (término anticipatorio de la restauración de verdad que, en su caso, tendrá lugar más tarde y en la medida de lo posible en los centros sanitarios) y a los empleados que a veces discuten con ellos mientras, con gestos rápidos y bien entrenados, revientan el cartonaje, lo esconden de las castas miradas del público y, con el material recibido, ceban sus explosivos y cargan sus armas de destrucción masiva antes de que el brillo del espectáculo invada el lugar. Siento todo ese rechazo hacia ellos, pero no por eso dejo de servirme de los centros comerciales de vez en cuando, como todo hijo de vecino.

El caso es que en una de mis últimas visitas, nervioso, con cierta repugnancia, mirando receloso a un lado y a otro, como suelo en esas circunstancias, me di cuenta de que ya no estaba lo único que me hacía gracia de esa sucursal del averno: el oso de peluche gigantesco que hacía las veces de “relaciones públicas” de la tienda Natura. Pero, es más, es que la propia tienda había desaparecido, reemplazada por un negocio de móviles, creo. Poco después supe, para mi desconcierto, que el Natura y su oso habían dejado de formar parte del paisaje del centro comercial desde hacía mucho tiempo y yo ni me había dado cuenta.

Es decir, no es simplemente que habían cambiado los elementos de uno de los comercios, sino que el propio comercio había sido sustituido por otro diferente, pero para mí todo el tiempo había seguido siendo “mi” centro comercial. Lo cierto es que, a lo largo de casi treinta años, no sólo habían cambiado incontables veces los productos vendidos por cada tienda, ni únicamente habían cambiado los propios comercios, como si las células de un organismo vivo decidieran de repente variar su función, es que el espacio físico del interior del complejo se había redistribuido en muchas ocasiones y, por si fuera poco, el exterior también, ocupando generosamente (es un decir) los terrenos colindantes. Y aun así seguía siendo el mismo centro comercial. Igual que alguien sigue siendo un familiar o un vecino con gafas o sin gafas, con el pelo negro o blanco, con andador o sin andador o con más o menos tripa.

En relación con este asunto Erwin Schrödinger (sí, el físico del pobre gato), dio rienda suelta una vez más a su susceptibilidad  filosófica y destacó la importancia de la forma sobre la materia:

En mi escritorio tengo un pisapapeles de hierro, una estatuilla de un gran danés echado, con las patas cruzadas. Conozco esta figura hace muchos años porque la veía en el escritorio de mi padre cuando era pequeño y no alcanzaba la mesa. Muchos años después, a la muerte de mi padre, me quedé con la estatuilla porque me gustaba, y la utilizo. Me ha acompañado a muchos lugares y se quedó en Graz cuando, en 1938, tuve que marcharme a toda prisa. Pero un amigo que conocía mi querencia, la recogió y la guardó, y hace tres años, cuando mi mujer hizo un viaje a Austria, me la trajo, y aquí está otra vez en mi escritorio.

Estoy convencido de que es el mismo perro, el que vi por primera vez hace más de cincuenta años en el escritorio de mi padre. Pero ¿por qué estoy seguro de ello? Es claramente la forma o la hechura (en alemán Gestalt) la que determina su identidad sin lugar a dudas, no el contenido material. Si el material hubiera sido fundido para darle forma de hombre la identidad hubiera sido mucho más difícil de determinar. Y lo que es más: incluso si se estableciera sin lugar a dudas la identidad del material, tendría muy poco interés. Probablemente no me importaría mucho la identidad de esa masa de hierro y diría que mi recuerdo ha sido destruido. (1)

Con todos mis respetos a este pionero de la mecánica cuántica, la relación entre la identidad y la forma que plantea despierta la tentación de utilizar aquí el mismo tono irónico que empleaba Aldous Huxley al tratar la esencia de la vida. Huxley se refería a cómo algunos metafísicos habían despachado el problema aludiendo a un supuesto “élan vitale” (impulso vital) y proponía explicar el funcionamiento de la máquina de vapor en análogos términos como el efecto del “élan locomotive”.

Vista la impermanencia de la propia forma de las cosas, me parece que ahonda más en el problema la reflexión del maestro Zen Teisen Deshimaru al ser preguntado por el ego:

He explicado que no tenemos numen. El ego cambia de un instante al otro. Hoy no es el mismo que ayer… Nuestro cuerpo cambia, nuestras células también. Cuando se toma un baño, por ejemplo, todas las células muertas de la piel se van por el desagüe. Nuestro cerebro y nuestro espíritu cambian. No son los mismos desde la infancia hasta la madurez.

¿Dónde existe el ego? Es uno con el cosmos. No es solamente el cuerpo o el espíritu. Nuestro ego es Dios, Buda, la fuerza cósmica fundamental. (2)

De donde yo entiendo que no existe en nada una forma sustancial y que, por tanto, no puede uno agarrarse a nada para explicar la individualidad de cada cosa, lo cual, si bien se mira, tampoco es que aclare mucho.

Volviendo al oso, al Natura y al lugar que hasta hace poco consideraba como una especie de templo dedicado al Anticristo, últimamente me asalta la duda de si, con esa individualidad que mantiene impasible ante la impermanencia de sus elementos, la “insustancialidad” del centro comercial no encierra un significado mucho más profundo del que yo, desdeñosamente, le adjudicaba.

¿Es el centro comercial una transposición del alma humana en la colectividad? ¿Contienen esos “refugia pecatorum” de fin de semana el embrión de un cuerpo colectivo tan evolucionado que cada una de sus “células” puede cambiar a capricho sin que se perturbe la identidad y la armonía del conjunto? ¿Debemos inclinarnos con respeto ante el Black Friday, los Reyes y las Rebajas como ritos religiosos de iniciación que constituirían auténticas versiones posmodernas de los Misterios de Eleusis de la antigua Grecia? ¿Ese vacío estomagante que me transmitía la sola mención del centro comercial escondía realmente algo tan grandioso como la vacuidad cósmica de que nos habla Deshimaru? ¿O aquí el único vacío que hay es el que está encerrado entre mi frontal y mi occipital? No, no hace falta contestar. El avispado lector ya habrá captado que se trata sólo de una pregunta retórica.

 

(1) Ciencia y humanismo Erwin Schrödinger Cuadernos ínfimos 126 Tusquets editores

(2)  Preguntas a un maestro Zen  Teisen Deshimaru  RBA

ORDEN Y TRAGEDIA

Aquel día cuando Von Ribbentrop, Ministro de Asuntos Exteriores del Tercer Reich, hizo su aparición en la sala todos los que lo aguardaban volvieron la cabeza hacia él con cierta sensación de incomodidad; su aire de contención autoimpuesta y la palidez de su rostro revelaban la seriedad de la situación. Sin detenerse, el diplomático recorrió la estancia y subió las escaleras. Desde aquel lugar, donde dominaba con la vista a todo su auditorio, declaró que deseaba paz para el mundo. A continuación le pusieron una capucha en la cabeza, un nudo corredizo alrededor del cuello y se abrió la trampilla. Fue el primero. En menos de dos horas la horca funcionó diez veces. Así terminó el primer proceso por crímenes de guerra nazis para otros tantos hombres aquel 16 de octubre de 1946 en el gimnasio de la prisión de Nuremberg. Sería el primer proceso de la Historia en su género.

Sería casi blasfemo tratar de añadir algo a todo lo escrito, contado y visto sobre el sufrimiento que provocó la Segunda Guerra Mundial. El personaje al que voy a referirme ni siquiera es humano en el sentido corriente de la palabra, pero hay acontecimientos de tal magnitud  que incluso lo que no es humano puede verse envuelto en un destino trágico.

Los procesos de Nuremberg, en los cuales los vencedores de la Segunda Guerra Mundial enjuiciaron y castigaron los crímenes cometidos bajo el Tercer Reich, fueron muy controvertidos, incluso entre los Aliados y en medio de la atmósfera de fuerte conmoción que aun pervivía en la inmediata posguerra.

Aquéllos desafiaron a los principios jurídicos desarrollados en las naciones civilizadas a través de una evolución de siglos: los acusados fueron juzgados con arreglo a normas creadas posteriormente con el preciso propósito de castigar determinados hechos; los jueces de los vencidos fueron elegidos y designados por los vencedores de forma expresa para cada proceso; se prohibió a los acusados utilizar determinadas defensas, como la obediencia debida o la comisión de crímenes similares por parte de los Aliados; las pruebas documentales fueron seleccionadas sólo por la acusación entre las incautadas al Estado alemán; se permitió que la convicción del Tribunal se basara en testigos de referencia y en declaraciones escritas no ratificadas en juicio, los jueces juzgaron en conciencia sin atenerse a penas predeterminadas por la ley… Harlan Fiske Stone, Juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, llegó a calificar el primer juicio de “linchamiento”, eso sí, aclarando que no lamentaba lo que las fuerzas de ocupación pudieran hacer con los nazis, sino la hipocresía de intentar darle a aquello forma de proceso.

También es cierto que, con la perspectiva del tiempo, generalmente se considera que los juicios de Nuremberg arrojan un saldo positivo. Muchos valoran que éstos sirvieron para exponer ante la humanidad los crímenes del nazismo, que en su conjunto resultan innegables, permitieron introducir en mundo del Derecho el concepto de “guerra de agresión” como acto criminal contra la comunidad internacional, constituyeron el precedente de toda jurisdicción internacional en defensa de los Derechos Humanos – aunque ésta sea hoy tan sólo una cerilla tratando de alumbrar en medio de un huracán –,  y constituyeron una alternativa más “civilizada” a la ejecución inmediata de los responsables, propuesta por Churchill, como castigo por crímenes que hubiera sido impensable dejar pasar sin más tras un conflicto que arrojó un saldo de más de cincuenta millones de muertos y dejó gran parte de Europa reducida a piedras ennegrecidas y humo.

No creo que nadie dude de que hubiera sido imposible exigir cualquier responsabilidad al poder recién depuesto desde los propios tribunales alemanes, juzgando al amparo de las leyes vigentes en el momento de los hechos. Y es que hay situaciones que es imposible resolver desde dentro del sistema jurídico vigente. En el caso que nos ocupa, parte del problema eran las propias leyes de la Alemania nazi, que habían dado cobertura a muchas de las atrocidades cometidas y que, por tanto, eran incompatibles con los deseos de reparación de los vencedores.

La explicación de la tragedia griega que me parece más sugerente es aquella que la presenta como un conflicto en el cual el héroe está marcado por el destino como una semilla: se ve abocado a romper las barreras de lo establecido y habrá de pagar por ello la última factura exigida por ese “statu quo”, pero a cambio de su desaparición como individuo el mundo nunca volverá a ser igual que antes de su entrada en escena.

Es el “instante cero” de un sistema jurídico donde,  en mi opinión, el Derecho nos revela su profunda dimensión trágica. La ruptura con el ordenamiento jurídico anterior siempre cobra un precio a la sociedad. En el momento de la ruptura la nueva norma sólo puede aparecer por vía de hecho y, entonces, es casi inevitable sentir que poca diferencia hay entre someterse a las leyes o prescindir de ellas y defender los propios intereses también por vía de hecho. Ya Rousseau señalaba la incoherencia lógica que supone fundamentar el derecho en un poder de hecho; ¿qué derecho es ese que desaparece simplemente con que uno tenga la fuerza suficiente para vulnerarlo?

Desde la filosofía jurídica puede apuntarse que la norma que define al propio sistema jurídico “es una regla última, una regla que no depende de criterios de validez establecidos por ninguna otra regla del sistema, que no es, en consecuencia, jurídicamente válida ni inválida” (1). Es esa “regla última”, con su aureola fantasmal de ser y no ser al mismo tiempo, la que en determinados momentos de la Historia aparece en la comunidad como un personaje más de la tragedia. Eso es lo que sucedió tras la Segunda Guerra Mundial con la imposición de un nuevo orden jurídico por parte de los Aliados, que ha tenido que arrastrar hasta nuestros días la bola y las cadenas del descrédito y del cinismo, pero cuya “culpa” le permitió alumbrar una nueva era del Derecho internacional.

Hoy seguramente resulta extravagante ver aparecer al ente jurídico envuelto en los ropajes del personaje de tragedia, pero creo que es imprescindible no perder totalmente de vista el aliento humano que aún conserva esta conquista de la civilización que es el Derecho y el profundo dramatismo que encierra para muchos la lucha por sus derechos y por su Derecho.

No obstante, es comprensible que todo esto tienda a hundirse en el olvido en esta Europa donde hay que usar los dedos de ambas manos para contar las normas aplicables al despertador cuyo sonido electrónico nos arranca del sueño cada mañana.

 

  • Bobbio y los conceptos de norma jurídicamente última Juan Ruiz Manero

Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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