Archive for the 'RELATOS CORTOS' Category

¡AL LADRÓN!

Una escena que presencié hace poco en el Cercanías me ha llevado a desenterrar este microrrelato (99 palabras) de su tumba virtual:

Alboroto, amenazas de golpes, levanto los ojos del periódico. Los vigilantes irrumpen en el vagón y atenazan al raterillo: – ¡Suéltenme! ¡Ésta está loca! – Salto como un resorte: es Quiroga, el que me despidió. Su aspecto es autobiográfico: Se creía intocable. Le llegó su San Martín. Después el alcohol, la soledad… Un instinto de animal acorralado le hace volverse. Su mirada, al encontrarme, se transforma en una súplica. Uno de los seguratas se da cuenta:

– ¿Conoce Vd. a este hombre?

– No. Yo no tengo memoria. ¿No ve que sólo soy una cifra?

 FIN

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ETERNIDAD (99 palabras)

Con su gris uniforme de cifra amorfa diríase un compendio más de rutina y obligaciones, pero algo en él me sugirió un astrónomo persiguiendo una aparición celeste cada amanecer. Siempre en el mismo lugar del andén, al abrirse la puerta del vagón miraba dentro y lo dejaba pasar. Un día esperé y lo seguí: subió al tren, directo hacia una pareja de mujeres de mediana edad, la cómplice se levantó mecánicamente para dejarle sitio junto a la otra, y ambos se zambulleron en un beso ávido. En sus mapas interiores su parada de destino se llamaba “Eternidad”.

 

Imagen: El beso enmascarado, René Magritte,  http://www.fotoblog.cl/Richifer_13th/

DOCE HOMBRES SIN PIEDAD

En la puerta de la sala de reuniones hay un cartel que pone: “Jurado concurso relatos breves Renfe Cercanías”. Cuelga sólo de un tornillo, a modo de péndulo, a causa de los portazos de los que abandonan brevemente la estancia para ir al servicio a grandes zancadas, refunfuñando con los puños apretados mientras parecen lanzar venablos por los ojos.

Dentro de la habitación el humo es tan espeso que, al entrar, es como un airbag estampado en las narices. Los rostros de los miembros del jurado, cetrinos y macilentos, reflejan las huellas de la falta de sueño y de las deliberaciones ininterrumpidas durante las últimas 48h., marcadas por un tono cada vez más bronco. Después de tantos gritos en esa atmósfera viciada, usar ese hilo de voz enronquecida que queda del habla se ha convertido en un suplicio, que sólo compensa por el desahogo que proporciona lanzar de cuando en cuando un exabrupto al enemigo. Por cuarta vez en los últimos diez minutos el Secretario del jurado se levanta a cerrar la ventana; la otrora inocente abertura en la pared se ha convertido en enclave estratégico de la vertiente térmica de la guerra desatada para decidir el primer premio entre dos concursantes.

 – ¡Si tienes frío tápate con esto, pero no me jodas más con la ventana, que nos estamos ahogando! – le grita en un susurro la Presidenta, arrojándole a la cara un abrigo que a la vuelta a casa habrá que poner en cuarentena para que no ahúme todo el ropero.

– ¡Ya estoy hasta los huevos del tono que empleas conmigo! –  responde airado el Secretario, con un esfuerzo de voz que lo hace enrojecer y le da un aire cómico de desesperado estreñimiento – ¡No permito que ninguna maruja como tú me trate así!-

– Tienes razón, – replica la aludida, dirigiéndose al fedatario de la reunión con una media sonrisa afilada como una navaja barbera – debería ser más respetuosa con un futuro millonario; y sin duda lo serás el día que vendas a cualquier inmobiliaria el solar de tu cerebro. –

El Secretario se precipita hacia adelante y agarra un cenicero metálico, esparciendo a su alrededor toneladas de colillas. Dos de los presentes se interponen entre él y la Presidenta. La mesa, llena de restos de comida, notas en sucio, papeles arrugados, vasos de plástico volcados y manchas de café, tiene, ahora con las cenizas, el aspecto desolador de una planicie devastada por una erupción volcánica.

– ¡Calma, calma, señoras y señores! – interviene uno de ellos tocando aún levemente el brazo del Secretario mientras vigila alternativamente los movimientos de éste y el arma de destrucción masiva, que reposa de nuevo en la mesa – Señor Secretario, no se tome así las cosas, comprenda que ya estamos todos al límite de…. –

– Ya, pero es que ¡vaya con la boquita de la Presidenta…!, le interrumpe un cuarto vocal, aún escocido por aquello de: “De verdad que me gustaría mucho entrar un rato en tu mente de tonto para poder contemplar la infinitud.”

– ¡Bueno, vamos a ver!, – zanja apresuradamente otro antes de que este nuevo foco degenere en otro incendio – hace ya tiempo que nos estamos liando. ¡Esto no puede ser tan difícil!

– Propongo otorgarles a ambos el primer premio “ex aequo” – sugiere alguien más, luchando contra sus agotados músculos por sonreír, mientras su calva parece iluminarse como una bombilla.

– ¡Por amor de Dios! – (silla inclinada hacia atrás, pies apoyados en la mesa, brazos lanzados con furia hacia el cielo, súbito movimiento recuperando milagrosamente el equilibrio) – ¡Parece que somos nosotros los concursantes, pero de una competición de gilipolleces! ¿¿¿¡¡¡ A qué viene ahora esa estupidez de entregar el premio montados a caballo !!!??? – explota un político, vocal del jurado por la correspondiente Área de Cultura.

(Continuará)

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Bueno, lo anterior es sólo una broma. Me he presentado al último concurso de relatos breves de Renfe Cercanías (99 palabras) y, como el avispado lector sin duda ya intuye, NO me han dado ningún premio. Naturalmente, no tengo nada que decir del jurado; estoy seguro de que sus miembros son personas normales y corrientes y no una horda de bárbaros, como los que acaba de presentar la imaginación calenturienta del que esto escribe. ¡Ah!, y mi enhorabuena a los participantes premiados.

A continuación, mi relato de 98 palabras:

AL LADRÓN

Alboroto, amenazas de golpes, levanto los ojos del periódico. Los seguratas irrumpen en el vagón y atenazan al raterillo: – ¡Suéltenme! ¡Ésta está loca! – Salto como un resorte: es Quiroga, el que me despidió. Su aspecto es autobiográfico: se creía intocable; le llegó su San Martín. Después el alcohol, la soledad… Un instinto de animal acorralado le hace volverse. Su mirada, al encontrarme, se transforma en una súplica. Uno de los seguratas se da cuenta: – ¿Conoce Vd. a este hombre? – – No. Yo no tengo memoria. ¿No ve que sólo soy una cifra? –

 FIN

Por cierto, lo de entrar en la mente de un tonto para contemplar la infinitud es obra de la vehemente sabiduría budista (sí, tal y como suena) de mi amigo Emilio.

LA MADRIGUERA

Antoñita era ingenua, fantasiosa y delicada hasta la fragilidad y cuando tuvo a Coque casi se transformó en un lirio con todos sus pétalos abiertos de dicha. Al poco tiempo Adolfo, su marido, empezó a preocuparse por el cariz que tomaban las cosas: Antoñita no parecía vivir su maternidad como una carga, sino como una fuerza misteriosa que la hacía sentirse ingrávida y, a la vez, más sólida que nunca. – Si esto sigue así – pensó Adolfo – Antoñita no me dejará seguir cuidándola.  No me permitieron acercarme a mi madre porque estaba muy enferma, y acabaré alejado también de mi esposa porque está demasiado sana -. Entonces Adolfo empezó a visitar a una bruja llamada Melissa en busca de ayuda. Tras recoger la información necesaria sobre aquella familia, Melissa entregó a Adolfo una botellita de cristal esmerilado con la pócima del desamor.  – Es incolora, inodora e insípida – le instruyó Melissa -, así que puedes echársela a tu mujer en la comida sin que se entere. A la primera toma, ella dejará de querer a vuestro hijo -. Sin dudarlo un instante, Adolfo administró el preparado a Antoñita, pero fue tal el choque que el desamor hacia su pequeño bebé produjo en cada una de las células del cuerpo de la pobre mujer, que ésta murió casi en el acto. Congelada para siempre en su mirada quedó una mezcla de incredulidad, pena y, sobre todo, de un terror indecible. Coque, además de la sonrisa de la madre que lo amó de forma tan breve grabada en su inconsciente, heredó lo único que Antoñita poseía: un pequeño huerto situado, como un espejismo, en pleno corazón de la ciudad. Ante la efectividad de su actuación, Adolfo empezó a sentir admiración por el poder de Melissa y a buscar cualquier pretexto para frecuentar a la bruja en busca de consejo. Al cabo de poco tiempo de mantener este comercio, ambos decidieron que estaban hechos el uno para el otro y se casaron.

Melissa era una madrastra muy exigente con Coque. Cuando juzgó que el niño ya tenía la talla suficiente para esos menesteres, se plantó delante de él tendiéndole una cesta de mimbre y le ordenó: – Ve a nuestro huerto y tráemela llena de verdura. ¡Y que esté tierna!, ¿eh? – Es mi huerto – replicó al punto Coque, aún modulando las palabras con su lengua de trapo. Melissa enrojeció de rabia y, clavando la mirada en el pequeño, le dijo: – ¿Cómo puedes ser tan sumamente egoísta? No, si no me extraña que tu madre sufriera contigo tanto como dice tu padre. ¡Ahora!, ¡que yo estoy hecha de otra madera…!, de eso te vas a enterar tú enseguida salvo que seas muy tonto… -. A lo que Adolfo, con una sonrisa afilada que escocía tanto como cortarse con una hoja de papel, comentó: – ¡Vaya! El señor propietario defiende su latifundio con uñas y dientes de las hordas del pueblo… –, y Coque sintió al instante que una inyección de vergüenza invadía todo su cuerpo y paralizaba sus músculos, al tiempo que convertía su nariz y sus ojos en manantiales sin control. Entonces Adolfo contrajo un poco el labio superior, transformando la línea afilada de su sonrisa en una mueca agresiva, y añadió: – ¡Que te quede bien claro que si te vuelves a poner chulo con Melissa te las tendrás que ver conmigo! -, y ésta remató la faena con un: – ¡Llora, llora, que así meas menos! -. Camino del huerto, Coque veía borrosas las baldosas del pavimento de los lagrimones que le iban cayendo y apretaba el asa de la cesta hasta cortarse la circulación en los dedos, de la rabia que le quemaba dentro. Tenía una noción imprecisa de haber hecho algo horroroso, pero a la vez el odio indescriptible que sentía por su padre y por Melissa multiplicaba por mil su tortura interior. A partir de entonces, escenas similares se fueron repitiendo una y otra vez, con los cambios que traía el paso de los años y con la diferencia de que Coque sentía cada vez menos dolor y a veces hasta parecía disfrutar con la tensión generada:

– Cada vez traes peor verdura del huerto.

– Lógico, todo necesita cuidados o se agota a fuerza de explotarlo. No me das dinero para comprar abono y sólo me dejas dedicar a mi huerto el tiempo justo para recoger verdura –, contestó el niño a su madrastra en tono festivo, entregándose gustoso al desafío de ver quién juega mejor con el otro.  

– ¡Ah! ¿Pero no es tu huertoooo? ¡Entonces paga el abono con el dinero que te ganes trabajando! Y por mí puedes pasar allí el tiempo que quieras, ¡pero a partir de las doce de la noche, que en esta casa hay muchas cosas que hacer! Ya sabía yo que nos traías lo peor del huerto aposta, ¡que eres un egoísta y un resentido!

Cuando Adolfo y Melissa tuvieron a Jaime, además de ir periódicamente a su huerto a por provisiones para la familia, Coque tenía que llevar al niño a jugar allí, es decir, a desfogarse tirando piedras y rompiendo las plantas, y ¡ay de Coque si regañaba a su hermanastro! Pero la presencia de Jaime había traído un cambio más profundo en la casa: ahora Adolfo no parecía tan próximo a Melissa, es más, se iba convirtiendo progresivamente en el blanco de las iras de ésta.

Un día, Adolfo y Melissa se acercaron a Coque con aire grave y Adolfo, adelantándose un paso, le miró a los ojos y, tras respirar profundamente, disparó: – Coque, somos una familia y en situaciones difíciles todos tenemos que arrimar el hombro. Nos hace falta dinero y Melissa y yo hemos decidido vender el huerto. – y dicho esto permaneció unos instantes mirando dubitativo a Coque. La sustitución de Antoñita por Melissa había traído a casa unas nuevas reglas del juego que Coque había aprendido en el acto, así que desde entonces todo se había mantenido más o menos en el equilibrio propio de cualquier guerra de guerrillas, pero ahora Adolfo y Melissa estaban rompiendo ese equilibrio con lo que Coque veía como un auténtico órdago. Y, para su propia sorpresa, el muchacho casi se alegraba de la novedad porque así ya no tenía nada que perder.  Ignorando por completo a su padre, Coque clavó los ojos en Melissa y le dijo: – ¿Tú sabes jugar a las siete y media? –. Melissa intuyó que estaba perdiendo terreno y, lo que era peor, que no sabía por dónde, y balbució algo que quería decir que no estaba para tonterías. Coque prosiguió: – Es un juego de cartas en que pierdes si no llegas, pero también si te pasas: tú te acabas de pasar. El huerto es mío y tú lo sabes. Es lo único que me ha quedado de mi madre y nadie lo va a vender. – Melissa recobró ágilmente el equilibrio y, con una risita de desprecio, replicó: – Tan inteligente como algunos dicen que eres, supongo que tienes claro que eres menor de edad y que tu padre administra tus bienes. Ad-mi-nis-trar incluye ven-der.- Coque se sentía en estado de gracia, como tocado por una varita mágica, o más bien por una espada flamígera, y salió instantáneamente al rechace: – Vale, vamos a acudir a la ley. Los menores no podemos decidir, pero tampoco nos pueden explotar, así que llevemos este asunto al Juez y que él decida. Que decida sobre la venta del huerto, y de paso que decida sobre otras cosas: le explicaré que soy tu mayordomo, la niñera de Jaime, el paño de lágrimas de mi padre, vuestro intermediario con el mundo cuando os interesa no espantar a los demás, y que para colmo me insultas y me trates con desprecio cuando te da la gana, y todo eso a cambio de “echarme la comida”, como tú misma me dices… A lo mejor el Juez decide buscarme un hogar y, de paso, que otros administren mi huerto hasta que yo sea mayor de edad. ¡Venga, vamos a acudir a la ley…! – Adolfo parecía haber menguado hasta lo infinitesimal, mientras Jaime continuaba sentado en un extremo de la habitación, trazando garabatos en el aire con un avión y haciendo pedorretas con los labios para imitar el ruido del motor. Melissa palideció durante unos instantes para luego ir enrojeciendo por momentos, como absorbiendo energía de los mismísimos infiernos. Tras un paréntesis de una magnitud geológica, la bruja descargó sobre Coque una mirada que no era humana y, apuntándole con el dedo, le dijo: – ¡Basura! ¡Yo te maldigo! ¡Yo te condeno para siempre! ¡Ese huerto no llegará a ser mío, pero tú tampoco tendrás tu sitio en él jamás! ¡Olvídate de ocuparlo nunca! ¡Mires donde mires me verás ahí, vigilándote, viéndote dar vueltas alrededor del huerto sin poder entrar! ¡Y olvídate de algo más…! ¡Olvídate de tu propia historia, de tu miserable y sucia historia, que no merece ser recordada! ¡Yo te condeno a perder tu historia! ¡A partir de ahora tu historia pasada, presente y futura la escribiré yo como a mí se me antoje y a ti lo único que te quedará será creer lo que a mí me dé la gana que te creas!- Tras esa maldición, de todo el pasado del muchacho hasta ese preciso instante sólo quedaron retazos inconexos engarzados formando una especie de pesadilla. Tras el enfrentamiento, su primera conciencia clara fue que el centro de la Tierra ejercía un influjo irresistible sobre sus brazos, sus piernas, su cuello…, no había ni rastro de Melissa y Adolfo se estaba dirigiendo a él en un tono que recordaba a la música de un vinilo bajo de revoluciones. Todos los músculos faciales de su padre parecían luchar también contra la fuerza de la gravedad: – Coque, sé que te resistes a verme así, pero yo estoy de tu parte. Melissa se ha portado siempre contigo como una verdadera madre. De hecho, ¿sabes por qué tardamos tanto en tener a Jaime? Porque ella no quería. ¡Fíjate! A ella le hubiera bastado contigo, hubiera renunciado gustosamente a tener sus propios hijos por ti, hasta que comprendió que tú la odiabas… Ahora la atacas a ella y muchas veces también atacas a su Jaime… Ella siente que ha renunciado a todo por estar con nosotros y que ahora su vida es un fracaso. Vale, yo no te puedo pedir que los quieras, yo acepto tus sentimientos, ya te he dicho que estoy de tu parte, pero sí que tengo que llamarte la atención sobre lo que estás haciendo con la familia, con todos nosotros. Nos estás destruyendo. ¡Ten un poco de sentido común! Ya que no eres capaz de querer a Melissa, al menos no vivas en guerra con ella. Trata de escuchar sus necesidades y de cooperar con ella; si reflexionas verás que lo que te digo es, entre otras cosas, en tu propio interés… –

Coque pasó por los años que siguieron como si tuviera el corazón lleno de perdigones. Tal y como le sentenció la bruja, no recordaba su historia, pero el peso de ésta no le dejaba vivir en paz porque nada ni nadie terminaba de encajar. Como ya no le apetecía visitar su huerto, éste crecía salvaje e inhóspito. Un buen día, sin saber por qué, sintió el impulso de entrar, pero ya llevaba tanto tiempo sin hacerlo que la cerradura se había atascado y, al comprobar que no había manera de abrirla, desistió. Entonces empezó a usar su huerto como basurero, arrojando por encima de la tapia todo lo que no querían en casa, para así ahorrarse el paseo hasta el vertedero. Como el huerto se había convertido en un estercolero, Melissa dejó de reclamarle las verduras que antes él llevaba a casa, y poco después Coque empezó a recibir reproches porque sólo servía para consumir y para descargar su rabia, sin aportar nada a la familia. Menos mal que, en ese estado de cosas, al menos podía contar con su padre en muchas ocasiones. Había acabado por convencerse de que era una suerte que Adolfo hubiera tomado la responsabilidad de dirigir su vida en medio de esa desolación sugiriéndole lo que debía hacer en los peores momentos. Por eso el colmo de la desgracia del muchacho llegaba cuando a veces, sin poder remediarlo, la bondad de Adolfo tampoco le terminaba de encajar. Entonces ambos también se enfrentaban con violencia y ya no le quedaba nada.

Adolfo llevaba ya muchos años muerto cuando, un buen día, un médico cayó en la cuenta del hecho y decidió firmar su certificado de defunción y entonces, por fin, lo enterraron. Cuando Adolfo recibió sepultura, Coque decidió marcharse. El tiempo pone todo en su sitio: la casa de Melissa había ido poco a poco quitándose la careta y mostrándose como lo que era, una vieja torre destartalada, casi ruinosa, la madriguera de una bruja, y la evidencia innegable de la muerte de Adolfo actuó como un revulsivo que movió a Coque a dar el paso y marcharse de un lugar tan lóbrego.

Poco después de abandonar la torre, fue como si un cepo en el interior de Coque se empezara a aflojar y éste empezó a sentir de nuevo la llamada de su huerto, y llegó a pensar que le encantaría construirse en él una casita, aprovechando bien el espacio y reservando un poco para seguir cultivando los buenos frutos que éste era capaz de dar, pero la idea de franquear la puerta le producía un terror paralizante y no se veía capaz ni de intentarlo. El huerto llevaba años completamente desatendido,  algunas  piedras de las tapias se habían desmoronado y otras estaban resquebrajadas y por sus grietas salían malas hierbas, que también asomaban por encima. La labor de desbroce y de limpieza a que tendría que enfrentarse era capaz de descorazonar a cualquiera. Por si fuera poco, ahí estaba la torre de la bruja con su presencia angustiosa. Pese a ser propietario, Coque decidió irse de alquiler. Vivió en muchas casas porque siempre, pasado un tiempo, sentía que se había equivocado, que ese lugar no le gustaba, sin que terminara de saber por qué. Tampoco había nada en que le atrajera ocuparse, porque desde que guardaba memoria cada una de sus manos sólo sabía pasar el día y la noche bloqueando y devolviendo los golpes que le lanzaba la otra. Lo único que daba cierta continuidad a su vida era la torre mágica de la bruja, que siempre estaba ahí, plantada delante de él, fuera a donde fuera. Incluso llegó a pensar que lo mejor sería volverse a ir a vivir con Melissa a la torre, porque estar dentro era quizás la única forma de no ver la siniestra construcción. Coque tampoco supo encontrar su sitio al lado de ninguna persona, y llegó a evitar a los demás porque sentía cada vez más  vergüenza de sí mismo, no tanto por no tener su propia casa, sino por tenerla y no atreverse a pisarla.

Un día, Coque estaba sentado en un banco de la calle contemplando la tapia desvencijada de su huerto como quien mira una tarta desde el escaparate cuando apareció, caminando con aspecto cansino, un gato con la piel llena de heridas y de calvas, sucio y con aspecto de malnutrición extrema. La visión del animal desencadenó como una reacción alérgica en Coque, que se puso de pie casi de un salto y retrocedió unos pasos sin poder apartar los ojos del animal. – ¿Me conoces? – le dijo el gato, y con sus labios dibujó, o Coque imaginó, una sonrisa. – Soy tu padre, o mejor dicho, la reencarnación de tu padre -. El gato irradiaba una energía que era algo así como la marca de fábrica de Adolfo. Coque no dudó un instante: lo que estaba viviendo le resultaba tan conocido que, paradójicamente, el joven volvió a sentirse perfectamente anclado en la realidad y, más tranquilo, en un tono de voz neutro, preguntó al gato: – ¿Qué es lo que quieres?

–       ¿No lo ves? Estoy enfermo, herido y abandonado. Llevo mucho tiempo buscándote. Llévame a tu casa .

–       No puedes venir a vivir conmigo. Perteneces a un mundo que ya no es el mío. Puedo darte un plato de comida y curarte las heridas, pero más no puedo hacer, luego tendrás que irte.

–       ¡Ooohhhh! ¡Qué buen samaritano! – se burló el animal – ¿Nunca te han dicho lo buena persona que eres? ¡Ah, sí! Es verdad…, debes estar cansado de oírlo de aquellos que has buscado siempre para que te regalen los oídos, y a lo mejor hasta te lo has creído, porque no eres más que un cobarde asqueroso. Ya que eres un desalmado, ¡al menos sé un hombre! Déjate de platitos de leche, ten lo que hay que tener, deja de disfrazarte y mándame al cuerno directamente, que es lo que de verdad te sale de dentro. ¿O no…?

Coque se sintió nuevamente impulsado por un resorte, pero esta vez en dirección al gato. – ¡Muy bien! ¡Venga, valiente, descárgate contra un pobre animal! – le provocó el gato, mientras se tumbaba ofreciéndole su cuello y su vientre. Las palabras del animal volvieron a abrir grifos en el interior de Coque, pero esta vez eran de fuego, y el joven sintió que sus ojos se convertían en un lanzallamas que lo coloreaba todo de rojo y notó que las llamas le abrasaban las mejillas y que sus dedos estaban al rojo blanco de apretar los puños salvajemente, y durante una ínfima fracción de segundo buscó en su interior agua con que apagarlo todo, pero no la encontró porque esos otros grifos llevaban ya atascados demsiado tiempo, y agarró una de las pesadas piedras que se habían desprendido de la tapia y comenzó a golpear al gato hasta dejar al animal convertido en un guiñapo; luego empezó a lanzar otras piedras desprendidas contra la torre mágica de la bruja que se alzaba, como un macabro arco iris, a una distancia indefinible de allí; luego, cuando ya no quedaban piedras desprendidas, Coque empezó a arrancarlas de la tapia para continuar con el bombardeo; finalmente Coque, rendido de agotamiento, cayó al suelo de rodillas y allí se quedó, tirado como un fardo.

Los pitidos del tráfico en las calles próximas se oían como con sordina. Coque fue recobrando poco a poco la conciencia de su propio cuerpo, del lugar en que se hallaba y de lo que había sucedido. Allí, en ese lugar indefinido del espacio, seguía la torre de la bruja, y junto al muchacho, lo que éste había dejado del animal. Entonces Coque recordó un gato de peluche al que arrancó los bigotes de niño, y sintió una agudísima punzada de dolor y las lágrimas volvieron a brotar a chorros por sus ojos, deformando todos los objetos, y a caer a goterones por su nariz. – ¡No! Pero, ¿por qué? ¿¡Por qué!? ¡Yo no quiero esto! ¡Vuelve! ¡Vuelve! ¡No te vayas!- Y abrazó con fuerza el cuerpo del gato – ¿Por qué todo tiene que ser así con vosotros? ¿Por qué no me dejáis sentirme bien conmigo mismo de una vez? ¿Por qué tenéis que volver una y otra vez y llevarme siempre a hacer cosas como ésta? –.  Mientras aullaba de pena, mezclado con el dolor intenso, Coque sentía el alivio de entregarse a ese mismo dolor sin barreras, de vaciarse en lágrimas – ¡Yo no quiero que te vayas así…! ¡No quiero que nos despidamos de esta forma! – dijo apretando aún más los restos del gato. Entonces Coque sintió un pinchazo que le hizo abrir las manos. Miró al suelo y vio que lo que acababa de soltar ya no era el cuerpo del gato, sino una rosa con un largo tallo lleno de espinas. Demasiado agotado para la extrañeza, aún hipando y sorbiéndose las lágrimas, Coque recogió la rosa con cuidado y, al hacerlo, la flor también le habló, con voz femenina y profunda, y esta vez la sonrisa que dibujó con sus pétalos fue una sonrisa limpia:

–       ¡Hola, Coque! Sé que mi aparición ha sido un poco dramática, perdóname, pero no había más remedio, ten en cuenta que el buen teatro es una auténtica catarsis, y no me negarás que la representación de hoy ha sido de lo mejor que has visto…. No soy ni tu padre ni su reencarnación, soy tu dolor. Aparezco como una rosa porque soy tal y como ellas: la flor está al final del tallo espinoso. Hay que agarrar el dolor para alcanzar la belleza, que es lo que tú acabas de hacer. No te preocupes, no has causado ningún daño al gato porque éste sólo existía en tu mente, igual que toda tu rabia, que durante años sólo te ha servido para maniatar tu dolor y evitar curar las heridas y crecer. Eso fue lo que te enseñaron a hacer otras personas que fueron heridas antes que tú. Escúchame atentamente porque ya estás muy cerca del final: cierra los ojos y bendice a esas personas heridas que a su vez te hirieron, bendice toda tu vida, todo lo que te ha pasado, porque todo lo que has vivido ha sido el camino que te ha traído hasta aquí. Ahora bendícete a ti mismo porque, en realidad, eres tú quien ha construido el camino de tu propio dolor y de tu propia liberación: yo te estoy hablando desde dentro de ti. Para comprobarlo, abre los ojos y fíjate en lo que está y en lo que no está y, cuando veas que también yo existía sólo en tu mente, comprenderás que tú lo has hecho todo, que tú has atraído sobre ti todas las circunstancias de tu vida porque eres uno con el Todo,  eres una individualidad que emana del Universo y forma parte de él como las olas surgen del mar, y ese será el momento de tu verdadero nacimiento.

Coque abrió los ojos y comprobó que la rosa no estaba, que el gato tampoco, que de la torre de la bruja no había ni rastro, que su huerto era un precioso oasis de paz situado, como un espejismo, en medio de la gran ciudad, y que él se sentía alegre y ligero, deseando instalarse en su propio espacio. Su mano se dirigió sin dudarlo al bolsillo, donde siempre había tenido guardada la llave de la puerta. La cerradura giró con facilidad y, como lo más natural del mundo, Coque se encontró dentro de su huerto, tan verde y tan frondoso como el primer día. Estiró los músculos, miró al cielo, y en las formas de las nubes distinguió con toda claridad una imagen que, mal que le pese a la ciencia, de algún modo llevaba grabada dentro desde que abrió sus ojos que aún no veían: la sonrisa que Antoñita le regaló cuando él vino al mundo. Coque también sonrió.

FIN

 

 

 

Dedicado a todos los niños que sufren esa clase de malos tratos que no encajan en el Código Penal.

ROMÁNICO

El viejo párroco no parecía dispuesto a ahorrarnos ningún detalle de aquel retablo del s. XVII aunque, para mí, sólo era un cuerpo extraño que perturbaba el equilibrio transmitido por la rotundidad de formas de aquella iglesia románica. Chema se mantenía un poco apartado y adoptaba una actitud un punto irónica, las manos en los bolsillos y la cintura algo arqueada hacia afuera, como para dejar claro que lo único que le interesaba era el atracón de productos de la tierra que pensaba darse en cuanto cumpliéramos todos los trámites culturales de rigor. Sólo Ester y Mamen, fieles a su incombustible amor por el arte, seguían atentamente la explicación del cura.

Envuelto por la penumbra de la iglesia, por su frescor y por su olor a piedra, poco a poco las palabras del anciano se fueron reduciendo a la simple propagación de ondas de presión sin significado alguno, y allí, de pie, comencé a dejarme llevar.

En medio de mi abandono, como una bola de nieve que llega al final de una cuesta, hubo un instante en que algo terminó por imponerse a mi conciencia: de una forma insensible hasta entonces, pero igualmente inapelable, estaba siendo arrastrado por algo indefinido. A pasos agigantados la columna de mi derecha se estaba convirtiendo en algo más que lo que era. La fortaleza, la densidad de la piedra, se iba haciendo opresiva. En unos instantes, su voluntad de ser ya era casi despectiva, insultante. Me vino a la cabeza la reflexión de un personaje de Thomas Mann: la vida no es más que una enfermedad de la materia. Yo, en ocasiones, había sentido que la materia podía ser tan sólo una enfermedad de la nada, pero la aplastante intencionalidad que estaba cobrando la columna parecía desmentirlo de una vez por todas: aquello no podía ser una enfermedad, aquello era la voluntad y la fuerza en estado puro.

En ese momento, de la penumbra de la nave comenzó a destacar una pequeña figura de líneas muy sencillas, cincelada en uno de los bloques de piedra de la columna. Parecía el contorno de una copa vista de perfil, pero sin la base, sólo el recipiente y el tallo. Seguramente era la marca del cantero, que casi mil años atrás había dejado así su firma en la piedra y, de esa forma, había logrado subirse al carro de la inmortalidad de ésta. Recorrí la figura con las yemas de los dedos, apenas rozando sus bordes, me alejé unos centímetros y desde allí volví a considerar aquella marca, que ahora también estaba cobrando vida propia. La conciencia que yo tenía de ese dibujo en la columna era un contenido mental, exactamente el mismo que había tenido el cantero mil años antes, y que él había traído a la existencia a través de la piedra. El macizo bloque me revelaba su secreto: se trataba en realidad un ingenio capaz de transformar la conciencia en materia y la materia en conciencia, y de atravesar el espejismo del tiempo para permitirme compartir el mismo contenido mental con un hombre de hacía mil años.

No bastó el eco de los pasos del grupo recorriendo la nave, ni tampoco la presión de la mano de Mamen sobre mi hombro, hizo falta que ésta me zarandeara y me gritara para que yo volviera en mí:

–       ¡Venga ya, pasmao, que llevamos media hora esperándote ahí fuera y este señor tiene que cerrar la iglesia antes de irse!

 Eso sí, no fui capaz de explicarme el estupor de los presentes, ni sus miradas de reojo, ni sus diálogos entrecortados, hasta que entre todos consiguieron hacerme entender que me había disculpado y le había dado las gracias al cura en un antiquísimo dialecto local, que sólo éste había sido capaz de entender a medias gracias a su viejo latín.

FIN

 

Foto de Byelvis (Flickr)

TORTITAS

Era una mañana preciosa. Aquel día ofrecía lo que todo el mundo había ido a buscar a ese lugar: un sol generoso, un mar acogedor, una playa suave y, tal vez lo más importante para muchos: vivir un corto paréntesis al esfuerzo diario en una burbuja embriagadora,  en un mundo hecho pensando únicamente en que el huésped esté a gusto. Aquel día habría sido perfecto de no ser por un detalle: era el último de las vacaciones en el hotel.

Iván, Nuria y Samuel, el bebé, estaban desayunando con sus papás en el comedor, elegante y funcional, decorado con tonos suaves. La luz del sol entraba a raudales a través de los paneles de cristal que separaban el comedor de la zona de piscinas y alimentaba a las plantas de interior, de un verde casi agresivo. Los camareros, como hormiguitas, iban y venían nerviosamente entre las mesas reponiendo comida, cubiertos, vajilla, y atendiendo las necesidades o las rarezas de los clientes del hotel.

En su última noche, Iván y Nuria se habían quedado a la animación hasta más tarde de lo acostumbrado y, con caras un poco largas y movimientos enlentecidos por el cansancio, iban comiéndose mecánicamente el desayuno. La madre luchaba porque Samuel se terminara el biberón, pero el bebé también estaba un poco “raro” y el nivel del recipiente no bajaba de la mitad superior. El padre miraba a ninguna parte mientras sus mandíbulas subían y bajaban como piezas de una máquina. De repente, Iván pareció silenciar el barullo de fondo de conversaciones en varios idiomas y cubiertos caídos con una extraña pregunta: – ¿Cuándo nos vamos?

 – ¡Sabes de sobra que hoy! – respondió la madre con cierta sequedad – Ayer estuvisteis con ese tema todo el día.

 – ¿Y por qué tiene que ser hoy? – volvió a la carga Iván, mientras Nuria lo miraba con cierto fastidio, como si temiera ser salpicada por la reprimenda, y el padre seguía atacando, ensimismado, su tostada.

 – ¡Porque sí, porque papá trabaja mañana y porque sí! – trató de zanjar la madre.

 Iván volvió a las tortitas con sirope de chocolate y, al cabo de un momento, como si se hubiera dejado dentro una duda que ahora le quemaba, preguntó – ¿Y no puede irse papá él solo a Madrid y quedarnos nosotros aquí un poco más?

 – ¿Por qué nunca tenéis bastante de nada…? – dijo la madre, entre exasperada y cansada, mirando también a Nuria, que no sólo no había abierto la boca, sino que ya estaba casi tan cargada como ella, y, dirigiéndose al padre añadió: – ¡Anda, dile tú algo!

 – ¡Pues porque no! – saltó el padre – Porque eso no puede ser y porque lo hemos organizado así ¡y ya está! – y miró un instante a la madre para comprobar si ella ya se daba por satisfecha con su intervención.

 Tras un rato de ingestión silenciosa de tortitas, Iván se levantó con el plato vacío y se encaminó al buffet. – ¿Dónde vas? – le cortó el padre.

 – A por más tortitas, me he quedado con hambre.

 – Ya está bien. Llevas cuatro y te van a sentar mal.

 – Déjale que coma – terció la madre – son muy pequeñas y, además, llevan unos días haciendo mucho ejercicio y todavía nos queda toda la mañana de playa – y acto seguido se levantó. – Me voy fuera, a ver si allí consigo que éste se termine el biberón – dijo dirigiendo una mirada cortante a Samuel y, seguida por Nuria, se encaminó a la puerta de salida, flanqueada por dos enormes plantas que parecían dos imponentes guardianes de uniforme verde.

Iván, que en un alarde de prudencia se había servido sólo tres tortitas más, se sentó ya a solas frente a su padre y, antes de empezar a comer, lo miró inseguro. – Come todo lo que te apetezca – respondió el padre a la pregunta muda que le lanzaban los ojos del niño y, acto seguido, se hizo con un periódico del día y, con la barbilla apoyada en el puño cerrado, se puso a ojearlo. Los trozos de tortita que Iván cortaba iban desapareciendo rápidamente en su boca mientras en el fondo del plato el blanco de éste, como la invasión de un desierto helado, iba ganando terreno al dorado de las tortitas y al marrón oscuro del chocolate. Cuando ya sólo quedaba el último trozo de tortita, una extraña idea cobró vida en la cabeza de Iván: mientras él continuara comiendo tortitas los cinco seguirían anclados el hotel, el odiado viaje a casa no podría empezar y las vacaciones no se acabarían. Tras una rápida mirada de reojo a su padre, que seguía paseando la mirada por el diario, Iván se levantó para traerse a la mesa otro par de tortitas. Nuevamente sentado ante el plato, su vista se clavó en los dos discos que tenía ante sí, uno de los cuales se iba desfigurando más y más conforme el cuchillo y el tenedor se abrían paso a través de su masa. Cuando terminó la primera tortita, Iván miró la segunda y, viéndola tan dorada, le recordó a la medalla que ganó en carrera en las olimpiadas del cole. Empezó a imaginarse qué cara habrían puesto todos si, cuando le dieron la medalla, se la hubiera comido y, con una sonrisa interior, atacó la tortita, mientras su padre parecía haber encontrado por fin un artículo interesante y estaba inmerso en su lectura. La idea de sorprender a todos comiéndose la medalla no se le quitaba de la cabeza y, mientras se acercaba otra vez al buffet a cargar más tortitas, se acordó de una serie de dibujos que le gustaba mucho a su amigo Carlos, donde aparecía un robot de combate que devoraba a sus adversarios sin hacerle ascos a sus corazas de metal, a prueba de todo tipo de proyectiles y rayos. El cocinero, con cierto aire de complicidad y una sonrisa tan blanca que casi parecía un adhesivo pegado a su rostro oscuro, le sirvió tres tortitas más, recién sacadas de la sartén. Iván las cubrió, respectivamente, con sirope de fresa, caramelo y chocolate. De vuelta a la mesa, su padre levantó la frente un instante e inmediatamente cambió de postura ante el periódico, sin prestar atención al niño. Iván miró por un momento al plato y los tres círculos de colores le recordaron los globos de la última fiesta de cumpleaños de Carlos. Según decía mamá, una de las primeras cosas que tenía que hacer al volver a Madrid era comprarle un regalo a Carlos, porque su cumpleaños estaba al caer otra vez. ¿Qué estaría haciendo su amigo ahora mismo? Cuando le dijera que había estado en un sitio donde te podías comer doscientas mil tortitas si querías, no se lo iba a creer…, y empezó a dar cuenta del nuevo cargamento de tortitas.

Incluso para las tragaderas de un Iván el desayuno se estaba pasando de la raya; comenzaba a pesarle la tripa y parecía como si tuviera algo atravesado en la garganta que ya no le dejaba tragar bien. Comía cada vez más despacio y, entre bocado y bocado, su imaginación volaba más y más lejos. Consiguió acabarse la primera tortita de esta última tanda e imaginó, divertido, que había sido capaz de comerse uno de los globos de la fiesta de Carlos sin que reventara, y casi podía verlo hinchado en su tripa, deformándole la camiseta como si estuviera embarazado. ¿Y si era de los globos que flotan  y, de repente, despegaba del suelo? En ese momento se vio a sí mismo atravesando el comedor por el aire, como colgado de una tirolina. ¿Cuánto hacía que habían ido al sitio ese de las tirolinas? La verdad es que había sido tan emocionante que le entraron unas ganas enormes de volver; a lo mejor podían venirse también Carlos y sus papás…. Iván devolvió su atención al plato y se sorprendió jugueteando con las dos tortitas que quedaban, acercándolas, alejándolas, montándolas una encima de la otra y volviendo a separarlas con el cuchillo y el tenedor. Finalmente las colocó juntas, pero apenas tocándose, y se quedó mirándolas: parecían un “ocho” tumbado. Empezó a recorrer el borde de la figura con la vista y las subidas y bajadas le recordaron a la montaña rusa de mayores del parque de atracciones. ¡Ahí sí que tenía ganas de subirse! A lo mejor este año ya había crecido lo suficiente como para dar la talla y que lo dejaran montar. En cuanto volvieran a casa pediría a los papás que lo llevaran primero a las tirolinas y luego al parque de atracciones, o mejor al revés. ¿O no? Bueno, daba igual, tenía que ir a los dos sitios como fuera. Miró un instante a su padre, que seguía aislado del mundo en plena lectura y, sin mucha convicción, cortó un trocito muy pequeño de tortita y empezó a darle vueltas en la boca hasta que se deshizo, mientras su mirada se dirigía de nuevo al plato como si fuera a atravesarlo y a posarse más allá, en la punta de sus zapatillas de piscina. De vuelta al plato, ahora la forma de las dos tortitas juntas le sugería su cometa desplegada, imitando una mariposa. Cuando mejor volaba su cometa era por las tardes, a poco de empezar el cole, porque el viento del comienzo del otoño la hacía subir muy alto. Entonces se le iluminó el rostro, empujó un poco el plato para hacerlo a un lado y, esta vez regalando a su padre una sonrisa inmensa le preguntó: – ¿Cuándo nos vamos?

FIN

 

Dedicado a mi Noel y a mi Berta

UN BAÑO DE LIBERTAD

Al entrar en Parquesur dejaron a Caramelo en la puerta. No, no es que aquella familia fuera tirando caramelos por ahí como hacen los Reyes Magos cada año en la cabalgata, es que el perrito de María, Carlos y sus papás se llamaba Caramelo, y cuando María y Carlos se empeñaron en entrar a comprar un helado tuvieron que dejarlo atado en la puerta, porque a los perritos no les permiten estar en los centros comerciales.

Al principio, Caramelo se distrajo viendo pasar a la gente, que cada vez llegaba en mayor número, pero enseguida empezó a sentirse agobiado por tanto movimiento bajo el calor de aquella tarde de finales de primavera.

¡Qué calor y qué rollo! – pensó Caramelo mientras sacaba la lengua para refrescarse – ¿Cuándo van a venir a buscarme?

De repente, Caramelo sintió un pequeño roce y, al volverse, se dio cuenta de que otro perro lo había tocado con el hocico para llamar su atención, mientras lo contemplaba con cierto aire de guasa.

¿Qué pasa, colega? ¿Te diviertes mucho ahí?– le dijo el recién llegado.

Caramelo miró al otro perro un poco sorprendido y pensó que no era como él, estaba bastante sucio y no llevaba collar, pero parecía feliz.

Estoy esperando a mis dueños – respondió Caramelo.

¡Aaaaaaaaaaaah! ¿Y piensas esperarlos mucho rato en la calle, muerto de calor, mientras ellos se divierten allí dentro? – preguntó el otro perro señalando con el hocico hacia la entrada de Parquesur.

Caramelo se sentía cada vez más confuso.

Ya ves que estoy atado y, además, ¿a dónde voy a ir sin ellos? ¿Y tú sabes el disgusto que se iban a llevar si salen y no me ven?

Mira – continuó el otro perro –, que estés atado da igual, los humanos se creen tan superiores a nosotros que ni se les ocurre pensar que seamos capaces de soltarnos. Lo importante es que te sientas libre por dentro – y uniendo la acción a la palabra, con sus patas delanteras aplastó contra el suelo la correa de Caramelo mientras, dando un tirón del extremo de ésta con los dientes, deshacía el nudo que sujetaba al “prisionero”.

Caramelo miraba a su libertador sin terminar de creerse lo que estaba pasando, mientras éste proseguía: – En cuanto  a lo de que no tienes a dónde ir sin tus dueños, vamos a dejarlo. Conozco un montón de sitios divertidísimos que te puedo enseñar. ¡Ah! Y no te preocupes tanto por ellos, ahora mismo estarán ahí dentro entretenidos en algo agradable sin acordarse siquiera de que existes. ¡Vamos,  ven conmigo que no me hace gracia quedarme aquí mucho rato! -, y miró un poco inquieto a ambos lados.

Sin saber muy bien por qué, Caramelo empezó a andar al lado del otro perro. – ¿Cómo te llamas? – le preguntó.

Me llamo Pulgoso. Bueno, en realidad mis dueños me pusieron Tobi, pero un verano decidieron que yo no podía acompañarlos en sus vacaciones y me abandonaron. Ahora donde vivo todos me llaman Pulgoso y a mí, la verdad, me gusta más. ¿Tú cómo te llamas?

Yo me llamo Caramelo – respondió éste, y de inmediato siguió tratando de satisfacer la curiosidad que le inspiraba su nuevo amigo -. Y si tus dueños te abandonaron, ¿dónde vives ahora?

Vivo por allí, siguiendo las vías del tren – indicó Pulgoso señalando con el hocico.

¡¡¿Siguiendo las vías del tren?!! – se sorprendió Caramelo – ¡Pero mis dueños dicen que hay que alejarse de las vías del tren porque es muy peligroso!

¡Pues claro que es peligroso, chaval! Porque si vas por la vía y no te das cuenta de que viene el tren, te convierte en pienso de ese que os dan para comer vuestros amos, pero los perros tenemos un oído muy fino y lo sentimos venir a kilómetros. ¡Confía en tí mismo! Tienes más recursos de los que crees. Son las personas las que no deben acercarse, pero eso es precisamente lo que convierte a las vías en un lugar seguro para perros que no desean ser molestados – explicaba Pulgoso, mientras ya marchaban entre los raíles sobre los guijarros y las traviesas, flanqueados por algún que otro semáforo -. Y ojo a esos tubos largos, que son cables eléctricos. Ya verás como aprendes enseguida.

Un poco más adelante dejaron la vía del tren y empezaron a andar entre casas y edificios. Caramelo estaba desconcertado, vivía con sus dueños en un chalet en Leganés Norte y todas las construcciones que encontraba a su alrededor le parecían viejas y feas. – ¿Dónde están esos sitios tan divertidos? – le preguntó a su nuevo amigo. – Ven por aquí y lo verás – respondió éste, haciéndose un poco el interesante.

Al fin, llegaron al pie de un muro de piedra con una verja metálica encima. – Haz como yo – indicó Pulgoso y, levantándose sobre sus patas traseras, se encaramó primero al capó de un coche abandonado junto al muro, de ahí subió al techo del vehículo y, apoyándose en éste, logró pasar al otro lado de la verja metálica – ¡Puajjj! ¡Parezco un gato…! – observó fastidiado. Caramelo imitó a su amigo como pudo y ambos se encontraron en el interior de una especie de jardín con árboles y plantas y el suelo cubierto de hojas secas del pasado otoño, que parecía abandonado. Caramelo miró a Pulgoso: – ¿Dónde estamos?

Hace calor. ¿No te apetece un bañito? – propuso Pulgoso mientras guiaba a su amigo a través del jardín.

¡Anda! ¡Una piscina mucho más grande que la de mi casa! – exclamó Caramelo al encontrarse ante aquella superficie de agua verdosa, alfombrada de hojas secas, donde flotaban algunos bidones y troncos.

¡No te quedes ahí hociquiabierto! ¡Vamos! – ladró Pulgoso tirándose al agua y, como impulsado por un muelle, Caramelo siguió nuevamente su ejemplo.

¡Qué divertido! ¡Está fresquita y te puedes apoyar en los troncos! Mis dueños nunca me han dejado bañarme en la piscina de mi casa.

¡Toma! Ni aquí tampoco te dejarían bañarte los humanos si te vieran, pero esta piscina está cerrada hasta el verano, así que todavía podemos aprovechar – le informó Pulgoso.

Después de disfrutar un rato en el agua, los dos perros salieron de la piscina y, con una sacudida del hocico hasta el rabo, se secaron cuanto pudieron. Entonces Pulgoso propuso: – Y ahora, ¿qué te parece si nos llenamos un poco la panza?

Caramelo se sentía entusiasmado corriendo nuevamente detrás de su amigo, mientras el aire le iba desprendiendo alguna de las hojas que aún llevaba pegadas tras el chapuzón. – Este perro está lleno de sorpresas, ¿dónde me llevará ahora? – pensó, mientras su corazón latía con fuerza, no sólo por la carrera, sino, sobre todo, porque se sentía libre y feliz.

Después de un rato llegaron a un lugar completamente diferente. Las calles eran más amplias y los edificios, con enormes puertas metálicas, casi no tenían ventanas. En sus patios había camiones y coches aparcados. Por las calles no paseaba gente y casi los únicas humanos que se veían eran los que iban y venían de los camiones a los edificios, cargados de cosas.

Aquí es – dijo Pulgoso -, pero tenemos que dar un pequeño rodeo. – Recorriendo la pared que rodeaba uno de esos edificios, encontraron una puerta cuyas hojas, entreabiertas, estaban sujetas por una cadena – ¡Adentro! – indicó Pulgoso, tras husmear rápidamente a un lado y a otro.

¿Por qué no hemos usado la otra puerta? Es bastante más grande – se extrañó Caramelo -.

Te haces un poco de daño al pasar, pero te aseguro que vale la pena – aseguró Pulgoso con misterio. Esta vez sí estaba realmente tenso. – Y a partir de ahora, ¡cuidadito…! – añadió, y continuó en silencio, olfateando el aire, con las orejas de punta, hasta que llegaron a través del patio interior a una puerta medio abierta que daba entrada a un lateral del edificio. Pulgoso se detuvo un instante ante la puerta y luego se lanzó a través de ella.

Una vez dentro del edificio, Caramelo se dio cuenta de que, pendiente de los movimientos de su amigo, le había pasado completamente desapercibido un olor muy llamativo. – ¡Son salchichones! – exclamó Caramelo al llegar a una habitación donde un montón de tesoros colgaban del techo. ¡Pulgoso lo había llevado a un almacén de comida! También había chorizos, y lomos, y mortadelas… Aquello era más que un sueño. Los dos perros se alzaron sobre sus patas traseras, arrancaron sus “trofeos de caza” colgándose de ellos,  y comieron hasta hartarse. Cuando la barriga les pesaba tanto como una bala de cañón, Caramelo fue a tumbarse en el suelo para descansar un rato. – ¡Ni se te ocurra! – le advirtió Pulgoso – ¡Vámonos ya! Hasta ahora todo ha ido muy bien y no quiero disgustos.

¿Disgustos? – preguntó Caramelo abriendo mucho los ojos y levantando las orejas, sorprendido. – ¿Qué disgustos vamos a tener? Esta vida es tan buena que yo no podía ni imaginármela. ¡Todo el día haciendo lo que nos apetece!

¡Escúchame, Caramelo! – dijo Pulgoso mientras miraba muy serio a su amigo, procurando no levantar el ladrido – ¡De esta vida que yo llevo tú sólo has visto la mitad! ¿Tú qué te crees, que a los humanos no les importa que nos zampemos su comida…? ¡Vámonos de aquí de una vez!

En ese instante se oyó el sonido próximo de una puerta que se abría y ruido de pasos acercándose. Los dos perros echaron a correr buscando la puerta por donde habían entrado y, casi al mismo tiempo, empezaron a sonar gritos y carreras. Al llegar de nuevo al patio, algo mucho peor: ladridos enemigos. Hasta el perro más tonto sabe que en campo abierto un humano no es de temer, cuatro patas dan mucho más juego que dos y, sin apenas descolocarte los pelos del lomo, puedes dejar en ridículo al humano. Pero un perro de guarda es otra cosa. Caramelo, muerto de miedo, seguía a Pulgoso sin saber ni lo que hacía. Atravesó sin siquiera darse cuenta la puerta trasera, tan estrecha e incómoda, y ya en la calle corrió de tal manera que parecía no tocar el suelo. Pulgoso también corría todo lo que podía, pero daba la impresión de saberse el guión, lo que estaba sucediendo no era ni mucho menos nuevo para él. Reuniendo todo su valor, Caramelo miró atrás un instante y, de nuevo, se le heló la sangre: el enorme perrazo les perseguía ladrando y gruñendo, junto con varios humanos que intentaban no quedarse muy atrás. ¿Cuánto tiempo conseguirían mantener la distancia con el perrazo? Sin dejar de correr, Pulgoso se volvió hacia su amigo y le dijo con determinación: – Caramelo, vámonos cada uno por nuestro lado, así será más fácil despistarlos – y, acto seguido, desapareció por una calle lateral. Caramelo hizo otro tanto y siguió corriendo, corriendo, corriendo…, hasta que de pronto se dio cuenta de que ya no había ni rastro del  perrazo, ni de nadie.

Ya no lo perseguían, pero estaba solo, perdido y exhausto. De repente se acordó de sus dueños y se puso muy triste, pensando que ya no volvería a verlos. ¿Qué iba a hacer ahora, si nunca había salido solo a la calle y no sabía volver a su casa? Entonces empezó a sentir dolor también por Pulgoso. Era extraño, se habían conocido hacía muy poco tiempo, pero la idea de separarse de él le rompía el corazón. De pronto – ¡¡¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiii!!! – ¿Qué es eso? – Caramelo se volvió hacia la fuente del ruido. Era un tren. – ¡Un tren!– Había llegado hasta aquí con Pulgoso siguiendo la vía, y siguiéndola al revés podría volver a Parquesur y tratar de encontrar a su familia. Loco de contento echó a correr por las calles buscando las vías del tren, que no estaban muy lejos. Ahora sí que era imposible perderse.

En cuanto tuvo a la vista el centro comercial, otra idea ensombreció el ánimo de Caramelo: – Mis dueños estarán enfadadísimos. A lo mejor ya no me quieren y me abandonan como le pasó a Pulgoso.

Se acercó despacito y cabizbajo al lugar donde lo habían dejado atado y, de pronto, entre la gente que iba y venía, distinguió a su familia. Los papás, muy nerviosos, agitaban los brazos ante un Policía y señalaban de vez en cuando al lugar donde habían visto a Caramelo por última vez. María y Carlos lloraban desconsolados. Caramelo se quedó mirándolos unos instantes, sin atreverse a acercarse. María volvió la cabeza un momento y, al ver a Caramelo allí plantado, mirándolos, soltó un grito y corrió hacia él con los brazos abiertos. Su hermano Carlos la siguió al instante. Los niños y sus papás lo achucharon hasta casi hacer “zumo de Caramelo”. Luego se quedaron mirándolo y el papá le dijo cariñosamente: – Caramelo, ¿qué te ha pasado? ¡Qué sucio vienes! ¿Dónde te has metido? – Caramelo movía el rabo tan fuerte que casi te hacía daño si te golpeaba, y saltaba de alegría, poniéndose en dos patas y repartiendo lametones en la cara a los cuatro.

Una vez en el coche, por fin de vuelta a casa, los papás iban hablando de lo sucedido mientras los niños, en el asiento de atrás, acariciaban a Caramelo todo el rato.

Viene empapado y sucio. ¿Dónde habrá ido? ¿Cómo se le habrá ocurrido marcharse de donde lo dejamos? – se preguntaban.

Hombre, la verdad es que al final nos hemos entretenido mucho en Parquesur y en la calle hacía muchísimo calor – reconoció el papá.

Sí, seguro que se encontraba muy incómodo y se fue a refrescarse – sugirió la mamá -,  lo raro es que no hay ninguna fuente cerca.

Claro, nosotros queríamos un helado porque teníamos calor – reflexionó Carlos -, así que seguro que él tenía todavía más calor, ¡con tanto pelo…! – rió -.

Hemos pensado sólo en nosotros y no en él – concluyó María -. Si queremos estar felices con los demás tenemos que pensar también en cómo se deben de sentir ellos.

Por la noche, después de que lo bañaran, Caramelo salió al jardín a ver la Luna. Aquel día todos habían aprendido mucho: se habían dado cuenta de lo felices que se sentían juntos y también de lo importante que es ponerse en el lugar del otro para seguir felices. Por su parte, Caramelo decidió que, de ahora en adelante, saldría todas las noches al jardín de su casa. Él había aprendido todavía algo más con Pulgoso, y estaba seguro de que éste sabría encontrarlo y vendría a buscarlo de vez en cuando para correr juntos nuevas aventuras.

FIN

 Dedicado a Noel y a Berta


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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