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RECUERDOS DEL FUTURO, REMIENDOS DEL PASADO

ministerio_tiempo

“De lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo” es para mí el cuento más poderoso de “El conde Lucanor”  – http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/juanma/xi.htm -. En él un mago del Toledo medieval pondrá a un eclesiástico delante del espejo de la verdad y le demostrará de qué pasta está hecho realmente permitiéndole pasar por su propio futuro.

Si atendemos a Luis Racionero (véase su ensayo “Oriente y Occidente”), no repugna al pensamiento oriental explicar el pasado en función del futuro. Por ejemplo: tal señor feudal no alcanzó preeminencia en vida porque a su muerte se le ofrecieron seres humanos en sacrificio.

Tanto en un caso como en el otro, no se trata ganar el poder de manejar el tiempo, sino más bien la capacidad de descubrir que éste en el fondo no es más que una ilusión.

Este parece ser el enfoque de “El Ministerio del Tiempo”. Recuerdo que en el primer capítulo de la serie el Subsecretario del Ministerio, con esos modales británicos a veces entreverados de casticismo, espeta a uno de los protagonistas algo así: “¿La máquina del tiempo…? ¡No diga usted tonterías, la máquina del tiempo no existe! ¿Cómo se le ha podido ocurrir algo tan absurdo…? Lo que tenemos nosotros son puertas del tiempo”. La propia imaginería del edificio ministerial nos muestra un pozo que se hunde en las profundidades de la Tierra, como un tronco común donde desembocan todas las puertas del tiempo y en los pasillos de aquél podemos asistir, en clave de humor, a la convivencia profesional de habitantes de todas las épocas, una vez desvanecidos las aparentes murallas que los separaban.

La idea del tiempo como mera apariencia está en el ADN de Oriente – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2015/01/16/campanadas-de-fin-de-ano/ -, pero, como hemos visto, no es ajeno a Occidente (quizás por influencia oriental; me llama la atención que en El Conde Lucanor se sitúa al poseedor de tal saber mágico en Toledo). Ahora bien, lo que sí lleva en la sangre el occidental es el afán de dominar todo lo que lo rodea. Así es que, sea el tiempo realidad o ficción, no han faltado entre nosotros intentos de “corregir la Historia” (piedra angular de la Alemania Nazi, como de cualquiera que se siente víctima y quiere pasar al lado “correcto”, el de los verdugos) o, al menos, de “reescribirla” (véase “1984”, de Orwell, y sígase el rastro hasta nuestros días).

Lo cierto es que cualquier esfuerzo en esa dirección resulta vano, y no hablo de paradojas temporales, sino del plano emocional. Creo que fue Freud quien acuñó el concepto de “impulso de repetición”, pero, cualquiera que sea su etiología, la realidad del mismo es desde hace mucho ampliamente aceptada por la psicología. Recordemos con John Bradshaw su propia conclusión: “Aunque, sabiendo lo que hoy sé, me fuera permitido regresar al punto de partida, acabaría por cometer de nuevo los mismos errores”.

Y es que la única manera de romper la dependencia del pasado es entenderlo y, para eso, como condición previa e ineludible, hay que aceptarlo. Eso sí, esto último es mucho más fácil de decir que de hacer. Para llegar a la aceptación primero hay que acopiar la inteligencia de una Amelia Folch, la lealtad (hacia uno mismo) de un Alonso de Entrerríos y el sentido práctico de un Julián Martínez.

 

Foto: cinefagos.es

DR. PANGLOSS, SUPONGO

No entiendo nada. No entiendo de economía ni quiero entender. No entiendo por qué la legislación laboral española puede llegar a amparar que los empresarios confisquen parte del salario de sus trabajadores – y digo “confisquen” porque esto va más allá de dar a un particular poder expropiatorio, ya que la expropiación conlleva siempre una compensación al expropiado, que aquí, desde luego, no está prevista -. En el peor de los casos, si se trata de garantizar la viabilidad de una empresa en situación crítica, ¿no se podría haber articulado algo así como un “préstamo” forzoso de los empleados? – tú me financias mi actividad con parte de tu sueldo y yo me obligo a devolverte tu dinero, con intereses,  cuando venga a mejor fortuna, o a darte una participación en los beneficios de mi actividad -, por poner un ejemplo. ¿No se podrían haber establecido, además, ciertas garantías para evitar abusos, como la prohibición al empresario que tome dicha medida de repartir dividendos? No entiendo por qué, llegado el caso, se puede obligar a los trabajadores a dar apoyo financiero a fondo perdido a sus empresas mientras que a los bancos, que están precisamente para financiar, se les permite que incumplan su función social. No entiendo por qué a los asalariados se les puede imponer una quita de sus créditos contra la empresa, a las empresas se las puede forzar a una quita frente a la Administración – si me rebajas la deuda cobras antes; si no, ponte a la cola – y a los bancos nadie puede discutirles nada; a ellos sí que la ley nos obliga a devolverles hasta el último céntimo, y de esa obligación respondemos con todo nuestro patrimonio, presente y futuro. No lo entiendo y me preocuparía si llegara a hacerlo, porque todo esto es tan absurdo, tan aberrante, tan injusto, que si lo entendiera pensaría que estaba empezando a ser víctima de una droga o de un lavado de cerebro. Lo que sí sé es que el que carga contra los débiles no hace más que demostrar su propia debilidad.

Si es cierto que quienes han dirigido y dirigen nuestra política económica siguen a pies juntillas a “Bruselas”, al BCE y al FIM, debe de ser que los responsables de dichas instituciones tienen en sus mesillas de noche, no a Hayek o a cualquier otro economista, sino a Voltaire y su “Cándido”, porque lo que estamos viviendo apunta cada vez más a aquella frase del Profesor Pangloss que uno se iba tropezando,  como una especie de estribillo, a través del libro:

“Vivimos en el mejor de los mundos posibles. De las desgracias individuales nace el bien común y, por lo tanto, cuanto más se multipliquen las desgracias individuales, mayor será el bien común”.

Supongo que, con tal razonamiento, Voltaire trataba simplemente de convertir las doctrinas de Leibnitz en un esperpento. Como broma más o menos vitriólica está bien, pero conforme uno profundiza en su convencimiento de que hay gente de mucho peso que se ha tomado esto en serio, la sensación empieza a volverse angustiosa.

Me sorprende encontrar mucha gente con sensibilidad y sentido común que afirma, casi excusándose, que “no había otra alternativa”. ¿¡Cómo que no había otra alternativa!? Dejémonos ya de historias. ¿Es que los árboles no nos dejan ver el bosque? Para entender de verdad lo que nos está pasandono es necesario hacer un curso sobre los mercados de la deuda pública, sino tomar conciencia de qué impulsos se han escapado a nuestro control, acudiendo a los mejores frutos que ha producido la creatividad de la mente humana, desde los trabajos de psicólogos y sociólogos hasta el depósito de sabiduría que encierran los mitos ancestrales – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/02/09/el-minotauro/ -.

Ese “no había otra alternativa”, ese fatalismo que considera inevitable que unos estén arriba y otros tengan que estar abajo es uno de los rasgos distintivos del llamado “carácter autoritario”, cuyos rasgos estudió Erich Fromm en “El miedo a la libertad”; creo que en estos tiempos resulta imprescindible volver a a esta obra . En ella, el psicoanalista alemán analiza la evolución que lleva al hombre europeo desde la sociedad pre-individual hasta el auge del nazismo. Enfrentado con la “tierra de nadie” que supone la ruptura de sus antiguos vínculos (libertad “de” o libertad negativa), pero sin ser aún capaz de dar un sentido a su libertad (libertad “para” o libertad positiva), la persona buscará defenderse de su angustia desarrollando un carácter autoritario – término aplicable tanto al de quien está “arriba” como al del que está “abajo”-, que le llevará a la sumisión a regímenes dictatoriales, como los totalitarismos de los años 30 en Europa, o bien, a través del mecanismo de la “conformidad automática”, a esa “autoridad difusa” que impregna a las democracias contemporáneas.

Respecto de estas últimas, Fromm se centró sobre todo en la sociedad de la abundancia, en el hoy llamado (ya casi como referencia histórica) estado del bienestar, sin duda por razón del momento en que aquél escribió la obra comentada. No obstante, pienso que todo cuanto dijo acerca de la “conformidad automática” a la “autoridad difusa” es perfectamente aplicable a la “globalización del malestar”, idea que parece orientar toda acción política en este momento. Sólo esa “conformidad automática” permite explicar que gente de buen sentido, ante actuaciones injustas hasta lo repugnante, repita como un mantra que “no había otra alternativa”, no ya siguiendo a “Bruselas” (bonita ciudad, que acabará equiparándose a la localidad de Auschwitz en la mente de muchos), al BCE o al FMI, sino a ese estado de opinión, a esa “autoridad difusa” que ha decidido que hay que tirar por tierra, sí o sí, los logros sociales obtenidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Esto tampoco es nuevo. En sus elucubraciones sobre el entonces lejano (y ahora ya también) 1984, Orwell nos pintó una organización política totalitaria y despiadada que, de propósito, mantenía permanentemente varias guerras de baja intensidad, tenía al grueso de los individuos inmersos en una vida gris de escasez (recuerdo que el agua para el baño sólo salía fría o “a penas templada”), y que incluso investigaba con el fin de suprimir las reacciones neurológicas que llevan al orgasmo; todo ello, supongo, como una manera tan eficaz de suprimir el auténtico individualismo como lo es fomentar la voracidad por el consumo.

Eso sí, a diferencia de otros, yo no creo que este estado de las cosas obedezca a un designio consciente por parte de nadie. Más bien creo que es un nuevo brote de esa enfermedad que aún no hemos logrado superar, que se desarrolló violentamente en los años 30 en forma de totalitarismo, que después siguió presente en la forma más atenuada de adicción al consumo y que, nuevamente, se manifiesta, cada vez con mayor claridad, en forma de una especie de adicción al “malestar”, materializado en esa fiebre de imponer “recortes” más que cuestionables. Y estoy convencido de que el primer paso para salir de donde estamos es tomar conciencia de que esa pandemia que nos amenaza se llama, nuevamente, “miedo a la libertad” y, para el caso de que ellos aún no lo hayan hecho, dejar claro al poder que nosotros ya nos hemos despertado.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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