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EL AVIÓN

Los Reyes trajeron a mis hijos un avión teledirigido. Yo recordaba los de antaño, con esos motorcitos de dos tiempos que zumbaban como un moscardón harto de vitaminas y que apestaban a aceite quemado. Los había de vuelo circular, que eran artículo de lujo, y teledirigidos, que ya eran para extraterrestres o, al menos, para estrellas de Hollywood. Pero hoy en día son muy asequibles; van propulsados por unos motores eléctricos que casi ni se ven ni pesan, y se fabrican de poliexpán (vulgo, “corcho blanco”). A mí me escamaba mucho ese material en cuanto a la resistencia del fuselaje y, sobre todo, de las largas alas del aparato. Pero, ante mis dudas, el dependiente ponderó una y otra vez el compuesto y me aseguró que, fruto de una verdadera revolución tecnológica, no tenía nada que ver con el corcho blanco normal, porque bla, bla, bla, bla,… ; total que, según él, tenía una resistencia titánica. Y efectivamente, al igual que el Titanic, el avioncito cascó en su primera salida: mis hijos y yo nos alternábamos tratando de cogerle el aire (nunca mejor dicho); cuando le llegó su turno, uno de ellos tomó el mando y, ya con el avión en vuelo, graduó mal la velocidad y aquél cayó en picado contra el suelo y se le partió el morro. Lo que más me dolió fue el susto y el disgusto de mis chicos por tan poca cosa: un celo y el aparato como nuevo.

A raíz del “accidente” empezaron a ver la luz imágenes tiempo ha sepultadas en la caldera de mi inconsciente [fundido y encadenado]: mi infancia son recuerdos de un secarral en un pueblo de la sierra de Madrid (¿dónde he oído yo antes algo parecido?). A la caída de la tarde los chavales de mi pandilla vamos trotando alegremente por el secarral, las rodillas llenas de costras y mercromina, con un muchacho algo mayor, primo de uno de ellos; un planeador de madera de balsa se agita en su mano derecha al son de sus saltos sobre las irregularidades del terreno. Al llegar al lugar elegido nos detenemos unos instantes. Ante nuestra mirada atenta y casi reverente, el muchacho considera la dirección del viento, se pone en posición, lanza el avión por el terraplén y ¡catacrás! Con rostro inexpresivo, que contrasta con nuestras muecas de susto, se coloca entre los dientes la tapa de plástico con forma de obús que remataba el planeador, retira algunas de las bolitas de plomo alojadas en el morro del aparato, para mejorar su equilibrio, se las guarda en el bolsillo y, como prolongación de ese movimiento, saca maquinalmente de aquél un frasquito de pegamento rápido con el que arregla los desgarrones del papel barnizado de las alas y alguna que otra varilla dañada. No pasa nada [fundido y encadenado]. No hay nada nuevo bajo el sol; en realidad nunca se llega a romper nada. No pasa nada.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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