Posts Tagged 'Conciencia'

CAOS

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En algún punto de esa entidad inconcebible que se encuentra más allá del espacio y del tiempo, Dios reparó en que, siendo Su voluntad absolutamente incoercible, incondicionada y no sometida a otras reglas que las que tuviera a bien darse ella misma, en el fondo Su propio Ser no podía distinguirse del caos. Entonces una perturbación, no mayor que la que produciría un átomo de hidrógeno al golpear a millones de años luz de distancia la superficie en calma de un lago infinito recorrió Su conciencia, que hasta ese instante era transparente y sutil como el éter lumínico y lisa como un plano matemático.

Cuando Dios se durmió, los ecos ya amortiguados de esa onda de conciencia se transformaron en un sueño. Y Él soñó con criaturas cuya naturaleza parecía estar sometida a leyes, pero tal apariencia sólo era fruto de las limitaciones de aquéllas, porque la brevedad de sus vidas y la cortedad de su conciencia les hacían confundir los fuegos artificiales del caos esencial con la luz eterna de la razón. Y, ensoberbecidos por creerse que su mente hundía sus raíces en la razón, esas imágenes oníricas empezaron a sentirse humilladas y avergonzadas al saber que en el fondo no eran más que el producto de un sueño de su Creador y se dedicaron a convertir ese sueño divino en pesadilla. Y así estamos.

Hay que hacerlo despertar como sea.

 

Fotos:

recortesdeorientemendio.com

 

 

AL DERECHO O AL REVÉS

 

pensador

A veces el sufrimiento abre la compuerta de las preguntas. Más adelante viene el día en que la profusión de respuestas pone en evidencia la inutilidad de todas ellas. Ahí puede que se imponga el silencio y, tras éste, la aceptación de las propias limitaciones y el comienzo de la fe y de la libertad interior.

A veces, llegado ese momento, uno hace como el teniente Colombo y, tímidamente, tocándose la frente con un dedo, interpela de nuevo a las alturas – perdón, ya me marchaba cuando de pronto me ha venido algo a la cabeza: ¿compensa haber sido un joven viejo para llegar a ser un viejo joven?-. Entonces la forma de las nubes acaso nos recuerde un rostro conocido que siembra la duda de si no estaremos interrogando de ese modo a Groucho Marx.

Foto: freepick

PADRE NUESTRO

eye_of_god

Padre nuestro que estás en el Cielo,

¿Cuándo llega alguien de verdad a ser  un individuo?

¿Es posible tomar con gratitud la vida que uno ha recibido de sus padres, por más imperfectos que le parezcan?

¿Puede uno terminar convirtiéndose en padre y madre de sí mismo?

 

santificado sea Tu nombre,

¿El nombre que llevamos forma parte del envoltorio en el que se nos regaló la vida?

¿Crecer sería encontrar nuestro verdadero nombre tomando como punto de partida el que otros nos pusieron?

 

venga a nosotros Tu Reino,

¿El Cielo es un lugar o un estado?

¿Hay en el diccionario algún término para la alegría de ser simplemente lo que uno es?

 

hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo,

¿Aprender a aceptar lo que es más grande que uno mismo es muestra de fuerza o de flaqueza?

¿Aceptar podría ser el camino y aceptarse a uno mismo el destino?

¿La aceptación puede conducir al cambio?

 

el pan nuestro de cada día dánoslo hoy

¿El alimento sostiene la vida y el sentido la hace digna de ser vivida?

¿Puede encontrarse el sentido acosando a la vida para arrancárselo? ¿Y convirtiéndose en su cómplice?

 

y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,

¿Qué es más peligroso para el herido; perseguir con mirada furiosa al arquero o extraer cuanto antes la flecha clavada?

¿Cómo nos cuidarían las manos cariñosas de otro? ¿Y nuestras propias manos?

¿Quién se nutre del perdón, el que perdona o el perdonado?

 

no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal,

¿Existe el pecado o sólo el pecador?

¿Y si el único pecador fuera el que cree que merece cargar con su culpa?

¿Hay peor mal que ser verdugo de uno mismo?

 

amén.

¿Es la aceptación sinónimo de libertad interior?

¿Hay quien sea capaz de privar de algo al que es libre dentro de sí?

¿Puede alguien llegar a ser más grande que él mismo? ¿De qué se trataría; de un absurdo, de una paradoja, de un milagro…?

 

A veces, cuando veo una montaña me parece tener ante mis ojos una página de Eckhart Tolle. La montaña se convierte así en un mensaje y el empuje de su evidencia me lleva a convenir con el maestro alemán en que tanto yo mismo, como esa muestra de corporeidad casi intimidatoria que se me cuela por las retinas, no somos más que etapas de un viaje, el misterioso viaje circular de la Conciencia, que vuelve sobre sí misma tras pasar por la materia. Entonces siento que esa montaña, por antigua que sea, es como un recién nacido comparada como la conciencia que la acoge, mi conciencia, emanación de esa Conciencia que ha decidido mantenerse al margen de las ruedas del tiempo en las que nos deposita a sus seres.

A veces siento que Dios, o quien esté en Su lugar, si es que hay Alguien, es parte de nosotros y nosotros somos parte de Él, igual que cada ola es un apéndice que surge del mar, pero que no llega a confundirse con él hasta que rompe.

A veces pienso que las oraciones que aprendimos en nuestra infancia no son realmente más que mensajes intemporales que contienen la llave de nuestro inconsciente como motor de crecimiento.

Desde luego, todo esto no fue lo que me enseñaron de pequeño. Eso sí, me quedo con la satisfacción de comprobar cómo avanza la humanidad; en otros tiempos me habrían quemado por lo que acabo de escribir. Hoy en día es poco probable que nadie me haga demasiado caso, y prácticamente imposible que ni tan siquiera me dé un calambre con el teclado.

 

Foto: literatio blogspot.com

ECLIPSE DE EGO

Jubilados, grupos de jóvenes alborotando, familias con niños…, gente variopinta esperaba anoche en un montículo del parque junto a las vías del tren; habían quedado con la luna. La mayoría, supongo, lo habíamos hecho a través de la prensa, como en respuesta a un anuncio de contactos un poco sui generis. No cabía duda de que casi todos los que formábamos ese espontáneo comité de recepción éramos solo curiosos, más que de aficionados a la astronomía; sólo hacía falta ver cómo escudriñábamos el cielo en todas direcciones buscando el astro, sin conocer bien las rutinas, tan predecibles, de nuestro satélite. Finalmente, conforme salía del eclipse, la luna se fue haciendo cada vez más nítida por encima de un centro comercial, probablemente la zona de más contaminación lumínica del entorno. Alguien exclamó: – ¡Nos hubiera venido mejor que saliera por ese otro lado! –, y uno piensa que el tamaño de nuestro ego podría competir sin amilanarse con cualquier magnitud cósmica, si el cosmos tuviese el más mínimo interés en la competición, claro.

Nunca ha dejado de sorprenderme la mezcla de alegría y sorpresa que suele producirnos la observación de cualquier fenómeno astronómico. Los cielos jamás se dejan recubrir de la pátina del tiempo; es como que en la observación de un astro, por manido que esté, siempre hay algo de descubrimiento personal, y de cada vez aquél sabe guardarse un poco de su misterio para la próxima cita.

De entre todos los posibles significados del término “ego” me satisface especialmente el que se le da desde el budismo: es ese conjunto difuso que forman nuestros recuerdos, nuestra imagen de nosotros mismos, nuestra opinión de la imagen que los demás tienen de nosotros, nuestros juicios sobre los demás, nuestros juicios sobre el juicio que los demás hacen acerca de nosotros… Todo eso con lo que habitualmente nos identificamos hasta la violencia y que, según el budismo, interfiere en la percepción directa de nuestro propio ser. Quizás la contemplación de los cuerpos celestes es como un paréntesis de silencio en la noche y, sobre todo, en la mente, que nos recuerda que somos un puñado de microbios que habitan un granito de materia perdido por ahí. Los astros, desde su atalaya, llaman a las cosas por su nombre y convierten todo ese entramado de construcciones mentales que forman nuestro ego en lo que realmente es: humo, polvo en el viento, como dice la canción. Pero su enseñanza no es cruel, porque al dispersar ese humo inmediatamente conectamos con nuestro propio ser y en ese trayecto que nos lleva desde el ego a echar un rápido vistazo al ser no hay ni un solo instante de desamparo; de ahí que contemplando cualquier fenómeno en el cielo nos sintamos pequeños, nadando en alta mar, pero llenos de una extraña alegría al mismo tiempo. Ayer por la noche, cuando la mancha del eclipse se hizo patente y la luna empezó a adquirir una tonalidad rojiza, hasta los niños dejaron de jugar a la Nintendo, lo que constituye una prueba casi irrefutable de la trascendencia… En fin, si todo esto es así, no me sorprende la fascinación que, desde el inicio de los tiempos, han ejercido los astros sobre las personas, ni que desde su posición de maestros exigentes, pero no crueles, se les haya considerado dioses.

Otra intuición que me sugieren los cuerpos celestes, igual que las montañas, con esa “corporeidad” tan intimidatoria que éstas a veces tienen, es la de que, más inmensa y misteriosa aún que ellos, es la conciencia que los percibe. Es el misterio de lo que resulta cercano y lejano al mismo tiempo, de lo cotidiano e intangible a la vez. “Mi” conciencia, en la cual quedan impresionados en ese instante concreto los planetas, las montañas o las estrellas, es en realidad un apéndice de La Conciencia. Igual que una ola es algo que se individualiza respecto del mar, pero que sigue siendo “mar”, la conciencia individual es un apéndice de esa Conciencia que está fuera del tiempo. Si esa expresión tuviera sentido, podríamos decir que esa Conciencia existía mucho antes que la luna, que las montañas o que las estrellas, que es más grande aún que ellas, porque puede contenerlas, y que a la vez está ahí, dentro de cada uno de nosotros.

Todas estas vivencias surgen de una visión de corte budista de la realidad. Desde mi alergia a las etiquetas que, sobre todo en verano, irritan la piel de un modo insoportable, no puedo llamarme budista ni creer a pies juntillas que las cosas sean así, pero me gustaría que así fueran.

Foto Reuters a través de tecnoark.com

ROMÁNICO

El viejo párroco no parecía dispuesto a ahorrarnos ningún detalle de aquel retablo del s. XVII aunque, para mí, sólo era un cuerpo extraño que perturbaba el equilibrio transmitido por la rotundidad de formas de aquella iglesia románica. Chema se mantenía un poco apartado y adoptaba una actitud un punto irónica, las manos en los bolsillos y la cintura algo arqueada hacia afuera, como para dejar claro que lo único que le interesaba era el atracón de productos de la tierra que pensaba darse en cuanto cumpliéramos todos los trámites culturales de rigor. Sólo Ester y Mamen, fieles a su incombustible amor por el arte, seguían atentamente la explicación del cura.

Envuelto por la penumbra de la iglesia, por su frescor y por su olor a piedra, poco a poco las palabras del anciano se fueron reduciendo a la simple propagación de ondas de presión sin significado alguno, y allí, de pie, comencé a dejarme llevar.

En medio de mi abandono, como una bola de nieve que llega al final de una cuesta, hubo un instante en que algo terminó por imponerse a mi conciencia: de una forma insensible hasta entonces, pero igualmente inapelable, estaba siendo arrastrado por algo indefinido. A pasos agigantados la columna de mi derecha se estaba convirtiendo en algo más que lo que era. La fortaleza, la densidad de la piedra, se iba haciendo opresiva. En unos instantes, su voluntad de ser ya era casi despectiva, insultante. Me vino a la cabeza la reflexión de un personaje de Thomas Mann: la vida no es más que una enfermedad de la materia. Yo, en ocasiones, había sentido que la materia podía ser tan sólo una enfermedad de la nada, pero la aplastante intencionalidad que estaba cobrando la columna parecía desmentirlo de una vez por todas: aquello no podía ser una enfermedad, aquello era la voluntad y la fuerza en estado puro.

En ese momento, de la penumbra de la nave comenzó a destacar una pequeña figura de líneas muy sencillas, cincelada en uno de los bloques de piedra de la columna. Parecía el contorno de una copa vista de perfil, pero sin la base, sólo el recipiente y el tallo. Seguramente era la marca del cantero, que casi mil años atrás había dejado así su firma en la piedra y, de esa forma, había logrado subirse al carro de la inmortalidad de ésta. Recorrí la figura con las yemas de los dedos, apenas rozando sus bordes, me alejé unos centímetros y desde allí volví a considerar aquella marca, que ahora también estaba cobrando vida propia. La conciencia que yo tenía de ese dibujo en la columna era un contenido mental, exactamente el mismo que había tenido el cantero mil años antes, y que él había traído a la existencia a través de la piedra. El macizo bloque me revelaba su secreto: se trataba en realidad un ingenio capaz de transformar la conciencia en materia y la materia en conciencia, y de atravesar el espejismo del tiempo para permitirme compartir el mismo contenido mental con un hombre de hacía mil años.

No bastó el eco de los pasos del grupo recorriendo la nave, ni tampoco la presión de la mano de Mamen sobre mi hombro, hizo falta que ésta me zarandeara y me gritara para que yo volviera en mí:

–       ¡Venga ya, pasmao, que llevamos media hora esperándote ahí fuera y este señor tiene que cerrar la iglesia antes de irse!

 Eso sí, no fui capaz de explicarme el estupor de los presentes, ni sus miradas de reojo, ni sus diálogos entrecortados, hasta que entre todos consiguieron hacerme entender que me había disculpado y le había dado las gracias al cura en un antiquísimo dialecto local, que sólo éste había sido capaz de entender a medias gracias a su viejo latín.

FIN

 

Foto de Byelvis (Flickr)

SOS

<<¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.>>

Esto que acabamos de leer es algo así como clavar una piqueta en las nieves del Himalaya y, al retirarla, encontrarse con que por el boquete asoma un tulipán.

El texto es de Henry D. Thoreau y pertenece a su ensayo “Sobre el deber de la desobediencia civil”. Thoreau nació en 1817 en un pueblecillo del  Estado de Massachusetts, donde pasó toda su vida. Inmerso en el mundo rural de la América de mediados del XIX, se acercó al confucionismo y de él beberían, un siglo después, Gandhi y Luther King. En relación con él se ha destacado lo siguiente: “(…) su talante libertario y a un tiempo solidario, resulta de una extraordinaria actualidad. Antiimperialista, en el apogeo del imperialismo norteamericano de la primera mitad del siglo XIX; defensor del derecho a pensar por uno mismo (…); ecologista convencido, en contacto con la naturaleza, cien años antes de los <<verdes>>; defensor acérrimo de las minorías indias, en proceso de exterminio; antiesclavista convicto y confeso, en plena efervescencia racial que había de culminar muy poco antes de su muerte en el estallido de la guerra civil; defensor del derecho a la pereza, o reivindicador de aspectos creativos del ocio con dignidad, mucho antes de la formulación de Paul Lafargue. Y todo esto hasta límites de un radicalismo que lejos de disminuir con los años, se fue agudizando conforme éstos pasaban. Defensor ardiente y convencido de causas perdidas. No por perdidas menos justas.” (1)

Thoreau propugnó la práctica de un cierto aislamiento con el fin de preservar la autenticidad de la persona frente a la inercia de la sociedad y, a raíz de la guerra de Estados Unidos contra Méjico (1846-1848) y de la actuación de determinados Estados del Norte, que devolvían esclavos fugados a sus propietarios  del Sur, abogó por negarse a pagar impuestos como medio de retirar todo el apoyo del individuo a un Estado que perpetraba esa clase de acciones, y como forma de proclamar el derecho de cada uno a  situarse al margen de aquél. Creo que las líneas que acabamos de leer pueden entenderse mejor si se enmarcan en este contexto histórico y personal de su autor.

 Resulta interesante comparar el texto de Thoreau con los siguientes párrafos:

<<(la justicia humana) Es una expresión parcial y muy imperfecta todavía, hay que reconocerlo, pero sin embargo útil de la “justicia divina”. Como seres humanos que somos, generamos una justicia humana correspondiendo a nuestro nivel colectivo de conciencia. Cuanto más evolucionados estemos colectivamente (…) más nuestra justicia humana se acercará a la perfección de la “justicia divina”. Es uno de los retos de la humanidad actual; llegar a poder dotarnos de una justicia humana basada en la sabiduría, la integridad, el conocimiento y la compasión; una justicia que esté fundamentada más sobre el aspecto reeducación que sobre el aspecto castigo.

Pero la evolución se hace poco a poco; incluso a las más hermosas flores les cuesta tiempo abrir. El Estado actual de la justicia humana, tanto en lo bueno como en lo malo, no es más que el reflejo del Estado de la conciencia colectiva. A medida que esta conciencia cambie, las instituciones creadas por los hombres mejorarán. Ya hemos podido observar esta evolución en el curso de la historia de la humanidad. No nos encontramos ahora en la época de “ojo por ojo, diente por diente” (al menos para cierta parte de la humanidad más consciente). Por supuesto que todavía queda mucho que hacer.  Mientras tanto, la justicia humana, tal como es, tiene su papel y su utilidad en el proceso evolutivo de la humanidad.>>

Este último texto es moderno. Pertenece al libro “El poder de elegir”, de Annie Marquier. (2)

Creo que ambos escritos coinciden en su percepción de las instituciones (el Estado en un caso, la “justicia humana” en el otro) como entes capaces de evolucionar y que deben hacerlo en la dirección señalada por determinados valores (libertad, cultura, justicia, respeto, amistad y madurez en un caso y sabiduría, integridad, conocimiento y compasión en el otro). Pero si consideramos el texto de Thoreau desde una perspectiva más “sistemática”, que englobe otros de sus trabajos, podemos encontrar indicios de un paralelismo entre ambos autores mucho más profundo que todo eso.

Y así, en su “Apología del capitán John Brown”, Thoreau se refiere a aquellos que no pueden morir “porque nunca ha habido suficiente vida en ellos” y escribe:

<<¿Cree usted, señor, que se va a morir? ¡No! No hay ninguna esperanza. No ha aprendido la lección aún. Debe quedarse después de clase.>>

¿No es ésta una perspectiva completamente “orientalista” de la función de la vida como un espacio para la evolución de la conciencia, con la posibilidad de “repetir curso” si no se han aprendido todas las lecciones que se han ido presentando?

En definitiva, creo que el texto de Thoreau con el que comenzaba este post puede considerarse revolucionario, no porque sea más o menos libertario, sino porque, si lo contemplamos desde la perspectiva “orientalista” que acabamos de señalar, es decir, desde el papel que representa la conciencia individual, nos sugiere una visión de la colectividad que está en la línea de Marquier y de otros autores modernos: la forma de las instituciones de la comunidad como expresión del nivel de conciencia de los individuos en cada momento, como horizonte en la evolución de esa conciencia individual “la madurez” y como horizonte en la evolución de las instituciones la posibilidad del individuo de “desligarse” del Estado manteniendo una buena relación con él. Basta reparar en que este enfoque resulta anticonvencional aún hoy en día, para darse cuenta de que estaba a años luz de la visión de los contemporáneos de Thoreau.

Digo que ese punto de vista resulta anticonvencional incluso hoy en día porque aún la mayoría de nosotros pasamos casi todo el tiempo identificados con nuestra mente, encerrados en ella, y, por tanto, en general nos cuesta mucho ver que exista algo en la persona más allá de su mente y aceptar que exista otra evolución posible que no sea la del conocimiento puramente intelectual. Y si esto es en lo individual, no digamos en lo que a la vida en comunidad se refiere. Desde esta perspectiva, creo que la metáfora del tulipán en el Himalaya que he utilizado al principio está plenamente justificada, porque las ideas de Thoreau, situadas en el marco de la América rural de mediados del siglo XIX, son como una flor que brota en un sitio inimaginable; también porque la aparición de las flores, hace muchos millones de años, representó un salto cualitativo respecto del universo vegetal existente hasta entonces; y, finalmente, porque bastante antes de la primera floración generalizada debieron surgir flores dispersas aquí y allá como avanzadilla de lo que había de venir.(3)

¿Podemos aceptar que Thoreau era una de esas raras flores anacrónicas que prefigura lo que estaba – y sigue estando – por venir? La verdad es que cuando trato de evaluar el alcance de sus ideas, me imagino a Thoreau sentado a mi lado y yo mirándolo de reojo con una mezcla de reverencia y aprensión. Es la clase de emoción que surge cuando piensas en todas las visiones de Julio Verne y en cómo han coincidido, incluso en los detalles, con muchos logros científicos y técnicos del siglo XX, y te dices: “Había algo extraño en ese hombre. Algo tenía que saber …”

¿Cómo sería esa forma más evolucionada del Estado que Thoreau vislumbró? ¿Qué nos pueden decir sobre esto los 150 años de perspectiva en que le “aventajamos”? ¿Seríamos capaces de ir concretando algo más de lo que él nos dice?

¿Sería factible que el Estado permitiera una relación más “a la carta” del individuo con él? ¿Una relación en la que cada individuo pudiera negociar con el Estado hasta dónde está dispuesto a colaborar con éste y, correlativamente, hasta dónde va a participar de lo que el Estado ofrece? ¿No hay, por ejemplo, en la objeción de conciencia, un germen de lo primero? Pero esto, ¿hasta dónde? Parece que a todos nos ofendería, por ejemplo, que alguien pudiera pactar con el Estado que él no estará sujeto del Código penal – con lo cual tal individuo podría hacer lo que quisiera sin castigo -, a cambio de renunciar a la protección del Estado frente a las posibles acciones de otras personas contra él (o ella, claro).

¿Quién llegó antes al mundo, el individuo o el Estado? Entonces, ¿por qué no podrían el Estado y un grupo de individuos decidir de común acuerdo en un momento dado que estos últimos iban a ocupar una parte del territorio que hasta entonces se consideraba “del” Estado para vivir “al margen de él” y “sin interferir con él”, simplemente como buenos “vecinos” y “amigos”?. En tal caso, ¿quién resolvería los conflictos que surgieran entre los “vecinos”? Porque, evidentemente, no podría ser el Estado, que sería una parte más, en pie de igualdad, con aquéllos. ¿Podrían crearse tribunales supraestatales para llevar a cabo esa función?

Al hacer estas consideraciones me viene a la cabeza que existía una institución en el antiguo Derecho germánico que se denominaba “la pérdida de la paz”. La pérdida de la paz consistía en que, cuando se producía una conducta gravemente antisocial de un individuo, el juez declaraba que éste “había perdido la paz”, es decir, la protección de la colectividad, lo cual significaba que cualquier miembro de ésta podía acabar con el infractor sin sufrir ningún tipo de reproche por ello. La interpretación de esta institución que nos explicaban en la Facultad es que el “Estado” germánico era tan débil que ni siquiera podía ejecutar las resoluciones judiciales, así que dejaba dicha ejecución a iniciativa de los súbditos.

Creo que cuando consideramos la posibilidad de “debilitar” el Estado de cualquier forma surge enseguida el temor, quizás por asociación de ideas con el desorden por un lado y con el feudalismo o con instituciones arcaicas como la pérdida de la paz, por otro. Así que mi última pregunta, sería: La forma de relación del individuo con el Estado que acabamos de plantear, ¿representaría realmente una evolución respecto de la situación actual? Y no se me ocurre una respuesta que no venga desde el “orientalismo”: Cada cosa contiene en sí el germen de su opuesto, y el resultado de las acciones depende de la intención y del estado de conciencia con que se lleven a cabo.

Yo no sé ir más allá. De ahí el título de este post: SOS. Me gustaría que estas líneas fueran como un mensaje lanzado en una botella y que quien las leyera pudiera orientarnos con sus aportaciones, bien personales, bien por referencia a libros o artículos de otros, sobre esa posible relación “a la carta” entre el individuo y el Estado.

Y si no, tendremos que esperar a que surja uno de esos genios políticos que nos ayude a subir el siguiente peldaño y a ver a un nivel por encima de donde estamos.

FIN

 

(1)     Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Ed. tecnos. Cuarta edición. Estudio preliminar de Juan José Coy.

(2)     Annie Marquier. El poder de elegir. Ed. Luciérnaga. Cuarta edición, págs. 270 – 271.

(3)     La idea de la aparición de las primeras flores como metáfora de la evolución de la conciencia es de Eckhart Tolle: “Un nuevo mundo ahora”. Edit. Debolsillo. Segunda edición.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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