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IX CERTAMEN DE RELATOS BREVES DE RENFE

Amables lectores, seguidores incondicionales, sé que os voy a dar un disgusto, pero no tengo más remedio que comunicároslo: ya se ha fallado el IX Certamen de Relatos Breves de Renfe en 99 palabras y, como cada año, NO he resultado premiado.

A continuación comparto con vosotros mi relato.

 pluma

EL VUELO

<<Vibran las vías, por fin llega el tren. Es como los cuartos del reloj de la Puerta del Sol, el anuncio de mi viaje inminente despegando del pasado. ¡Cuántas dudas! Ha sido igual que bucear sin oxígeno y desorientado en un túnel bajo el mar; ¿estás saliendo o sepultándote cada vez más? ¡Cuántas veces la locura ha cambiado de lado en mi cabeza como una pelota de tenis! Pero ahora que lo veo claro, si alguien quiere seguir dándole vueltas, ¡que sean ellos!>>

Y leve como una pluma voló desde el andén hasta las ruedas del tren.

 

Pensándolo bien, es mejor que no me hayan dado ningún premio; viajo diariamente en el Cercanías y me reconforta saber que en Renfe todavía se puede encontrar gente con un poco de sentido común.

 

Foto: decoracioninteriorismo.me

DOCE HOMBRES SIN PIEDAD

En la puerta de la sala de reuniones hay un cartel que pone: “Jurado concurso relatos breves Renfe Cercanías”. Cuelga sólo de un tornillo, a modo de péndulo, a causa de los portazos de los que abandonan brevemente la estancia para ir al servicio a grandes zancadas, refunfuñando con los puños apretados mientras parecen lanzar venablos por los ojos.

Dentro de la habitación el humo es tan espeso que, al entrar, es como un airbag estampado en las narices. Los rostros de los miembros del jurado, cetrinos y macilentos, reflejan las huellas de la falta de sueño y de las deliberaciones ininterrumpidas durante las últimas 48h., marcadas por un tono cada vez más bronco. Después de tantos gritos en esa atmósfera viciada, usar ese hilo de voz enronquecida que queda del habla se ha convertido en un suplicio, que sólo compensa por el desahogo que proporciona lanzar de cuando en cuando un exabrupto al enemigo. Por cuarta vez en los últimos diez minutos el Secretario del jurado se levanta a cerrar la ventana; la otrora inocente abertura en la pared se ha convertido en enclave estratégico de la vertiente térmica de la guerra desatada para decidir el primer premio entre dos concursantes.

 – ¡Si tienes frío tápate con esto, pero no me jodas más con la ventana, que nos estamos ahogando! – le grita en un susurro la Presidenta, arrojándole a la cara un abrigo que a la vuelta a casa habrá que poner en cuarentena para que no ahúme todo el ropero.

– ¡Ya estoy hasta los huevos del tono que empleas conmigo! –  responde airado el Secretario, con un esfuerzo de voz que lo hace enrojecer y le da un aire cómico de desesperado estreñimiento – ¡No permito que ninguna maruja como tú me trate así!-

– Tienes razón, – replica la aludida, dirigiéndose al fedatario de la reunión con una media sonrisa afilada como una navaja barbera – debería ser más respetuosa con un futuro millonario; y sin duda lo serás el día que vendas a cualquier inmobiliaria el solar de tu cerebro. –

El Secretario se precipita hacia adelante y agarra un cenicero metálico, esparciendo a su alrededor toneladas de colillas. Dos de los presentes se interponen entre él y la Presidenta. La mesa, llena de restos de comida, notas en sucio, papeles arrugados, vasos de plástico volcados y manchas de café, tiene, ahora con las cenizas, el aspecto desolador de una planicie devastada por una erupción volcánica.

– ¡Calma, calma, señoras y señores! – interviene uno de ellos tocando aún levemente el brazo del Secretario mientras vigila alternativamente los movimientos de éste y el arma de destrucción masiva, que reposa de nuevo en la mesa – Señor Secretario, no se tome así las cosas, comprenda que ya estamos todos al límite de…. –

– Ya, pero es que ¡vaya con la boquita de la Presidenta…!, le interrumpe un cuarto vocal, aún escocido por aquello de: “De verdad que me gustaría mucho entrar un rato en tu mente de tonto para poder contemplar la infinitud.”

– ¡Bueno, vamos a ver!, – zanja apresuradamente otro antes de que este nuevo foco degenere en otro incendio – hace ya tiempo que nos estamos liando. ¡Esto no puede ser tan difícil!

– Propongo otorgarles a ambos el primer premio “ex aequo” – sugiere alguien más, luchando contra sus agotados músculos por sonreír, mientras su calva parece iluminarse como una bombilla.

– ¡Por amor de Dios! – (silla inclinada hacia atrás, pies apoyados en la mesa, brazos lanzados con furia hacia el cielo, súbito movimiento recuperando milagrosamente el equilibrio) – ¡Parece que somos nosotros los concursantes, pero de una competición de gilipolleces! ¿¿¿¡¡¡ A qué viene ahora esa estupidez de entregar el premio montados a caballo !!!??? – explota un político, vocal del jurado por la correspondiente Área de Cultura.

(Continuará)

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Bueno, lo anterior es sólo una broma. Me he presentado al último concurso de relatos breves de Renfe Cercanías (99 palabras) y, como el avispado lector sin duda ya intuye, NO me han dado ningún premio. Naturalmente, no tengo nada que decir del jurado; estoy seguro de que sus miembros son personas normales y corrientes y no una horda de bárbaros, como los que acaba de presentar la imaginación calenturienta del que esto escribe. ¡Ah!, y mi enhorabuena a los participantes premiados.

A continuación, mi relato de 98 palabras:

AL LADRÓN

Alboroto, amenazas de golpes, levanto los ojos del periódico. Los seguratas irrumpen en el vagón y atenazan al raterillo: – ¡Suéltenme! ¡Ésta está loca! – Salto como un resorte: es Quiroga, el que me despidió. Su aspecto es autobiográfico: se creía intocable; le llegó su San Martín. Después el alcohol, la soledad… Un instinto de animal acorralado le hace volverse. Su mirada, al encontrarme, se transforma en una súplica. Uno de los seguratas se da cuenta: – ¿Conoce Vd. a este hombre? – – No. Yo no tengo memoria. ¿No ve que sólo soy una cifra? –

 FIN

Por cierto, lo de entrar en la mente de un tonto para contemplar la infinitud es obra de la vehemente sabiduría budista (sí, tal y como suena) de mi amigo Emilio.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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