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EL PERRO DEL HORTELANO

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El perro no es un animal vegetariano, por eso no se come los productos de la huerta de su amo ni tampoco permite que otros animales se los coman, de ahí el dicho popular “el perro del hortelano ni come ni deja comer”, que da nombre a la conocida comedia de Lope de Vega. En ella la displicente condesa Diana no puede amar a Teodoro, debido al abismo social que existe entre ambos, pero tampoco puede dejar que otras lo amen.

“El Gobierno no puede arreglarlo todo”  ha afirmado hace poco nuestro Presidente. Desde luego, lo primero que tengo que decir es que estoy gratamente sorprendido de que el Sr. Rajoy dé testimonio público de sus limitaciones; salvo error mío, hasta ahora no había hecho semejante cosa, al menos no sin añadir alguna coletilla para echarle la culpa a otro. Es esperanzador que tan robótico personaje empiece a mostrar algún rasgo de humanidad en público. Ojalá esto fuera la antesala de una toma de conciencia de sus propias contradicciones.

A los hechos me remito: el partido que sostiene a su Gobierno ha hecho  todo lo posible por limitar la información pública en asuntos de interés general, no sólo utilizando su mayoría parlamentaria para vetar comisiones de investigación que le son incómodas, sino alumbrando una ley de transparencia agonizante que necesitaría con urgencia una donación de sangre en su misma cuna; también ha limitado nuestro derecho a protestar utilizando como mordaza una Ley de Seguridad Ciudadana por la que algún organismo internacional ya nos ha sacado los colores; además está el mimo exquisito con que la fiscalía viene tratando a los presuntos delincuentes de “buena estirpe”, probablemente instruida al efecto por el Gobierno en un intento escandaloso de limitar la igualdad de todos ante la ley, puesto que todos merecemos el mismo “mimo”; esto por no hablar de la limitación al derecho de acceso a los Tribunales impuesta por el engendro de las tasas judiciales, que convirtió a la Marca España en el oprobio de nuestro entorno jurídico y ha dejado graves heridas abiertas, pese a la celeridad electoralista con que se acaba de enmendar; paralelamente el Gobierno limitaba los derechos de los trabajadores mediante una reforma laboral que, no sólo limita la eficacia de la negociación colectiva, sino que, pasando por un simple ropaje formal que no pasa de “taparrabos”, permite al empresario “confiscar” parte de la retribución de sus asalariados ante simples expectativas adversas de negocio; eso a la vez que se limitaban todo tipo de prestaciones sociales con recortes drásticos; lo anterior con abuso adictivo del  Decreto-Ley, limitando también, ya puestos, lo que debiera ser el curso ordinario de la actividad parlamentaria; finalmente, o primeramente, según se vea, en agosto de 2011, como gimnasia de calentamiento, el PP, en infame coautoría con el PSOE, entonces en el Gobierno, ya había sentado las bases de esos futuros recortes, sociales y morales, a través de la reforma, con “veraneidad” y alevosía, del art. 135 de la Constitución, que desde entonces otorga “prioridad absoluta” al pago del capital e intereses de la Deuda Pública, lo que no sólo permite, sino que, en determinadas circunstancias, podría “condenar” a futuros gobiernos a convertir en papel mojado los llamados “derechos sociales” recogidos en el propio texto constitucional. Si por el Sr. Rajoy fuera, limitaría incluso la existencia de la oposición política; ya en el debate sobre el estado de la nación se permitió insultar a Pedro Sánchez y le llegó a espetar: “no vuelva a venir por aquí ni a hacer nada”, sentencia propia de un vulgar pandillero que habría supuesto el fin de la carrera política del Presidente en cualquier país con tradición democrática. Lo único que este Gobierno no ha limitado es la desigualdad social, el número de españoles barridos bajo el umbral de pobreza, cual si se tratara de la alfombra persa de la sala de juntas de la Marca España, y el “emprendimiento”, el emprendimiento de la huida de muchos al extranjero en busca de un futuro, quiero decir. Me contengo de expresar lo que pienso de todo esto, no vaya a ser que algún niño despistado acceda a esta página.

Dicho todo lo cual, me asaltan varias dudas: si el Gobierno del Sr. Rajoy nos controla mucho más intensamente que la situación de España, “el Gobierno no puede arreglarlo todo”, ¿de qué ha servido semejante empeño controlador? ¿Cómo puede justificarse el mismo? A quien ha tomado las riendas del país arrasando a los ciudadanos como lo ha hecho parece lícito exigirle que use esa misma fuerza, si no para “resolverlo todo”, sí, al menos, casi todo; sería la justa contrapartida por lo que nos ha arrebatado. Cuando ahora el Presidente, en un striptease sorpresa, reconoce sus propios límites, creo que es normal indignarse e inquietarse aún más si cabe: si quien es capaz de imponer tamañas limitaciones al espacio vital de los demás también las sufre en carne propia, ¿quién está realmente a cargo de esto? “Quis custodiat custodes?”

Esa pregunta despierta en mí los ecos de uno de los momentos literarios más electrizantes de que he disfrutado hasta ahora: se trata de un pasaje de la Narración de Arthur Gordon Pym en que éste atraviesa una pavorosa tormenta en un barquito guiado por un timonel de un aplomo tan extraordinario que no puede menos que contagiar al protagonista … hasta el momento en que éste se da cuenta, con un pavor indescriptible, de que el timonel está borracho como una cuba y de que con él se encuentra aún en peor situación que si estuviera solo en medio del mar embravecido.

Pero no, enseguida descarto esa fantasía. Según datos oficiales en 2014 el PIB de España fue de 1.058.469 millones de Euros, un botín demasiado suculento como para creer que anda por esos mares como el Holandés Errante. Sin duda alguien está manejando de verdad el timón, ¿timón quizás servido en bandeja por el Sr. Rajoy, su Gobierno y el partido que lo sostiene? En tal caso, sin duda es de esa servidumbre de donde provengan buena parte de las limitaciones con que, quizás, el Presidente trata de insinuar una justificación por el estado real en que se halla el país, más allá de la contabilidad pública.

Ahora, a las puertas de las urnas, para atraerse al elector – Teodoro, el distante Sr. Rajoy fuerza el gesto, supongo que ayudado por un calzador, y lucha con denuedo por adoptar un aire tan cercano a lo “seductor” como él es capaz: “confíen en mí, les irá bien”. Igual que el perro del hortelano, este trasunto psicológico de la altiva condesa Diana ni come (es un decir) ni deja comer (no es un decir).

Foto: sirvendi.org

 

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LA SECESIÓN COMO SÍNTOMA DE TODOS

Freud

España siempre ha sido un país de contrastes. Desgraciadamente, hace ya tiempo que el paisaje que dibujan tales contrastes me trae la imagen de esas explotaciones mineras salvajes que dejan todo devastado y lleno de residuos tóxicos a su alrededor.

Hace no mucho la OCDE emitió un informe que ponía de manifiesto que España es el país miembro donde más han aumentado las desigualdades sociales: entre los años 2007 y 2010 el 10% de la población española más pobre perdió prácticamente un tercio de sus ingresos, mientras que los del 10% más rico bajaron tan sólo un 1%. Ese informe no contabiliza los efectos de la crisis de la deuda, ni de los recortes en el gasto social, más intensos a partir de 2011, ni el incremento de impuestos indirectos o la disminución de los salarios que han tenido lugar después.

El informe de Unicef titulado “La infancia en España 2012 – 2013” destaca que la cifra de menores de edad que viven en hogares que se desenvuelven por debajo del umbral de pobreza se aproximaba a los 2.200.000 el año pasado, tras haber crecido alrededor de un 10% el pasado año. Eso sitúa a nuestro país en el peor lugar de la Europa de los 15 en cuanto a ese lamentable indicador.

Las anteriores cifras no son más que la expresión descarnada de una creciente fractura social que se refleja casi en tantas facetas como los ojos de una mosca:

–        Unos impuestos indirectos que suponen una carga que va de “significativa” a “intolerable” para las rentas más bajas, mientras que son “el chocolate del loro” para las más altas. La última vuelta de tuerca en este aparente propósito de separarnos a unos de otros ha sido la reducción del IVA sobre productos de lujo al 4%.

–        Los (afortunados) que cobran en nómina y no tienen escapatoria ante los impuestos frente a los (afortunados) que trabajan por cuenta propia y son más difícilmente controlables para un sistema tributario que es de los que más asfixia a algunos y menos recauda para todos.

–        Los que aún tienen un trabajo que cumple su función – permitir una vida digna – frente a los que tienen uno o varios que no la cumplen o a los que, simplemente, no tienen ninguno.

–        Aquellos desempleados que aún reciben prestaciones y aquellos otros, cada vez más, que, carentes de ellas, van deslizándose hacia las fronteras de la protección del sistema.

–        Las rentas del trabajo, cada vez más depauperadas, frente a las del gran capital, que brillan lozanas, en muchos casos bajo cielos extranjeros.

–        Colectivos sucesivamente presentados como enemigos públicos desde el poder: funcionarios, profesionales de la sanidad pública, profesores de la educación pública. Ya se sabe: “divide y vencerás”.

–        Diputados y senadores que ya se han ganado el derecho a su pensión tras haber cotizado durante un período ridículo, por una parte, y el común de los mortales, que no sabemos qué va a pasar con nosotros, por otra.

–        Partidos mayoritarios que barren de un eructo cualquier posible alternativa antes de que ésta pueda cruzar las puertas de las Cortes y partidos minoritarios luchando por escalar el Annapurna de una ley electoral pensada para dejar fuera del Parlamento a cuantos más mejor.

–        Un sistema financiero que, tras enriquecerse con una orgía de préstamos vuelve a hacer su agosto a costa de todos los que estamos pagando los platos rotos de su bacanal.

–        Una maquinaria del estado que se tira en plancha a defender a los imputados “de pata negra”, aunque ha mostrado bastante más desapego cuando se trataba de aplicar las mismas garantías a personas corrientes.

 

Este panorama, que nos remite a aquella irónica afirmación de Anatole France: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”, es el de una sociedad “centrífuga” que va apiñando en el centro a determinados elementos y va desplazando hacia fuera al resto.

Está de plena actualidad la posible secesión de Cataluña, mirada generalmente con cierta inquietud en cuanto constituiría un fenómeno de desintegración nacional de escala “macroscópica”, pero quizás nos cuesta algo más reparar en que el propio tejido social está inmerso en un proceso de desintegración que afecta a cada punto de su urdimbre.

A finales del s. XIX Freud postuló que las emociones reprimidas, incapaces de ser expresadas de forma directa, daban lugar a síntomas neuróticos.

En el caso de la entonces llamada “histeria”, afirmó que la emoción se transformaba en un síntoma físico que, a menudo, expresaba los síntomas del paciente de forma simbólica. Así, una opresión en la garganta podía expresar incapacidad para “tragarse” un insulto, o un dolor en la zona del corazón representar que el paciente tenía el corazón “roto” de forma metafórica.

Si existe una conciencia colectiva – y supongo que algún sustento debe de tener cualquier expresión de nacionalismo – y, como correlato, un inconsciente colectivo, me pregunto si, al margen de otros factores, la apuesta secesionista de determinados segmentos políticos y sociales de Cataluña y su correspondiente eco en el resto de España, no podrían ser en este momento la expresión colectiva, a la manera de los síntomas neuróticos analizados por Freud, de una situación de desintegración colectiva mucho más generalizada, difusa, inquietante y no del todo reconocida y aceptada que la que se refiere sólo a las relaciones entre Cataluña y el resto de España. Esa desintegración de fondo no se referiría al concepto de nación como tal, pero afectaría directamente al sustrato social que está en la base de aquél; estaríamos hablando de la extensión progresiva, como las grietas de un impacto en un cristal, de la brecha social antes mencionada.

No quiero terminar sin dejar claro que no estoy tildando de neuróticos a quienes apoyan la independencia de Cataluña – una postura, para mí, plenamente respetable -, sólo pretendo proponer una perspectiva diferente sobre una situación que tal vez está diciendo algo de todos nosotros y no sólo de los independentistas.

 

¡AL LADRÓN!

Una escena que presencié hace poco en el Cercanías me ha llevado a desenterrar este microrrelato (99 palabras) de su tumba virtual:

Alboroto, amenazas de golpes, levanto los ojos del periódico. Los vigilantes irrumpen en el vagón y atenazan al raterillo: – ¡Suéltenme! ¡Ésta está loca! – Salto como un resorte: es Quiroga, el que me despidió. Su aspecto es autobiográfico: Se creía intocable. Le llegó su San Martín. Después el alcohol, la soledad… Un instinto de animal acorralado le hace volverse. Su mirada, al encontrarme, se transforma en una súplica. Uno de los seguratas se da cuenta:

– ¿Conoce Vd. a este hombre?

– No. Yo no tengo memoria. ¿No ve que sólo soy una cifra?

 FIN

EL MINOTAURO

Se acaban de dictar medidas para sanear el sector financiero. Se trata de mejorar la confianza en el mismo exigiendo a las entidades financieras mayor transparencia y garantías en relación con sus activos inmobiliarios – en su mayoría, supongo, procedentes de embargos -. Los objetivos: incentivar la salida al mercado de viviendas a precios más asequibles y que el sector financiero recupere su función de proporcionar a las pequeñas economías el crédito necesario, todo ello, se dice, sin recurrir al dinero público. Como suele suceder en estos casos, hay quienes no confían en las medidas adoptadas y aseguran que lo que de verdad se pretende es poner entregar el mercado financiero español a los grandes bancos. Razonan que las entidades pequeñas no podrán sanear sus balances por sí solas, con lo cual la disyuntiva es proporcionarles dinero público o verse forzadas a la absorción por parte de grandes bancos, con lo que el poder financiero se concentrará en manos de gigantes. Éstos no tienen ninguna necesidad de dar salida a sus inmuebles a menor precio, porque pueden esperar lo que haga falta, y que no van a dar crédito a las pequeñas economías, porque les es más rentable destinarlo a otras operaciones.

No pretendo – ni estoy preparado para ello – juzgar el acierto técnico de cada una de esas posturas. Creo que llega un momento en que lo puramente “racional” o “lógico” sólo sirve para navegar en círculo, y ese es el momento de intentar subir un peldaño más alto, de contemplar el problema desde otra perspectiva, en un intento de trascender la contradicción que lo alimenta. Tampoco quiero ser provocador; soy consciente de que para aquél que ha perdido su trabajo o que ya vive amargado de tanto pelear desde que se levanta estas reflexiones, o cualesquiera otras, pueden resultar hasta irritantes. Pero precisamente ese sufrimiento y el que se nos anuncia, aún mayor y más extendido, me lleva a la conclusión de que lo que está pasando es demasiado importante para dejarlo en manos de técnicos, tecnócratas y “especialistas”, que los conceptos de los economistas y de los políticos son ya, no árboles, sino zarzas que nos impiden ver el bosque de lo que está sucediendo. Los hechos, a su manera, nos están contando una historia. La historia que nos cuentan es nuestra historia, una historia ancestral. Y los hechos son muy tercos: no se van a callar hasta que los/nos escuchemos.

A menudo se ha comparado a las entidades financieras con el corazón que bombea la sangre del crédito a través de la comunidad. Creo firmemente que “una imagen vale más que mil palabras”, y puestos a dejar que imágenes y símbolos empiecen a entrar en juego y a contarnos su historia, la actual situación que gran parte de la humanidad atraviesa en relación con el poder financiero me evoca la imagen de un corazón hipertrofiado a fuerza de tragarse toda la sangre que le llega, en vez de impulsarla y distribuirla. E inmediatamente esa imagen me señala el mito de Teseo y el Minotauro.

La historia del toro – hombre es bastante conocida: el legendario Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos y pidió al dios Poseidón que mandara un toro del mar como señal de que el trono le correspondía por derecho divino, con el compromiso de sacrificar al animal en su honor. El toro fue enviado y Minos coronado rey, <<pero, cuando pudo apreciar la majestad de la bestia (…) pensó en las ventajas que le traería ser dueño de tal ejemplar y decidió arriesgar una sustitución mercantil, que supuso que el dios no tomaría en cuenta. Por lo tanto, ofrendó en el altar de Poseidón el mejor toro blanco que poseía y agregó el otro a su ganado>>. El caso es que, durante una de las belicosas ausencias de Minos, su esposa, la reina Pasifae, fue poseída por el toro y, fruto de aquella unión nació un monstruo, mitad hombre y mitad toro, el Minotauro. Como se verá enseguida, Minos se sintió culpable de lo sucedido y, para ocultar un hecho tan vergonzoso, hizo construir un laberinto en cuyo centro ocultó al monstruo <<y desde entonces fue alimentado con mancebos y doncellas vivos, arrebatados como tributo a las naciones conquistadas por el dominio cretense>>.

Los párrafos entrecomillados en cursiva pertenecen al libro “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell, al que ya me he referido, al menos, en otra ocasión. Lo que sigue no tiene desperdicio:

<<De acuerdo con la antigua leyenda, la falta original no fue de la reina, sino del rey, y él no pudo culparla, porque recordaba lo que había hecho. Había convertido un asunto público en un negocio personal, sin tener en cuenta que el sentido de su investidura como rey implicaba que ya no era meramente una persona privada. La devolución del toro debería haber simbolizado su absoluta sumisión a las funciones de su dignidad. El haberlo retenido significaba, en cambio, un impulso de engrandecimiento egocéntrico. Así el rey elegido “por la gracia de Dios”, se convirtió en un peligroso tirano acaparador. Así como los ritos tradicionales de iniciación enseñaban al individuo a morir para el pasado y renacer para el futuro, los grandes ceremoniales de la investidura lo desposeían de su carácter privado y lo investían con el manto de su vocación. (…) Por el sacrilegio de haber rehusado el rito, el individuo se separaba como unidad de la unidad mayor de la comunidad entera; el Uno se disgregaba en los muchos y éstos se combatían los unos a los otros, luchando cada uno por sí mismo, y podían ser gobernados sólo por la fuerza.

La figura del Monstruo-Tirano es conocida (…) en todo el mundo, y sus características son esencialmente las mismas. Él es el avaro que atesora los beneficios generales. Es el monstruo ávido de los voraces derechos del “yo y lo mío”. Los estragos por él provocados están descritos en la mitología y en el cuento de hadas y son de universales consecuencias dentro de sus dominios. Éstos pueden (…) alcanzar a toda una civilización. El ego desproporcionado del tirano es una maldición para sí mismo y para su mundo aunque sus asuntos aparenten prosperidad. Aterrorizado por sí mismo, perseguido por el temor, desconfiado de las manos que se le tienden y luchando contra las agresiones anticipadas de su medio, que son en principio los reflejos de los impulsos incontrolables de adquisición que se albergan en él, el gigante de independencia adquirida por sí mismo es el mensajero mundial del desastre, aún en el caso de que en él alienten intenciones humanas. Donde pone la mano surge un grito (…); un grito por el héroe redentor, el que lleva la brillante espada, cuyo golpe, cuyo toque, cuya existencia libertará la tierra.

(…) los cismas en el alma y los cismas en el cuerpo social no han de resolverse con programas de retorno a los días pasados (arcaísmo), o por medio de programas que garanticen un futuro idealmente proyectado (futurismo) ni tampoco por el trabajo tenaz y realista de encadenar todos los elementos destructivos. Sólo el nacimiento puede conquistar la muerte, el nacimiento, no de algo viejo, sino de algo nuevo. (…)

Teseo, el héroe que mató al Minotauro, vino a Creta de fuera como símbolo y brazo de la creciente civilización de los griegos. Era lo nuevo y lo vivo. Pero también es posible buscar el principio de regeneración y encontrarlo dentro de los muros mismos del imperio del tirano>>

Sólo diré que, mientras leía, acudían a mi mente imágenes de una Grecia atenazada – qué vueltas da la historia -, de Italia, Portugal y España respirando con agitación, sabiéndose en el “corredor de la muerte” de los candidatos a ser pasto de la bestia, de antidisturbios a palos con manifestantes. También han ido pasando, sobreimpresionados en el texto, los cuadros de cada una de las décadas que llevamos dedicándonos a tergiversar las palabras, a llamar individualismo, no a la búsqueda por cada cual de su sitio en el mundo, desde la armonía,  sino a la adoración compulsiva del ego, caiga quien caiga; las mismas que hemos pasado haciendo bandera de un liderazgo entendido, no como la cualidad personal que permite ayudar al otro a sacar lo mejor de sí mismo, sino como el correlato de la necesidad de sumisión de los demás, desde su inseguridad. En pintura que refleje ese período deben ocupar un lugar preeminente muchos políticos, todos los que, desde el miedo, la miopía, o la enfermedad mental, han acabado por convertir en asunto público de vida o muerte los negocios personales de los adoradores compulsivos de su propio ego. Después, como hizo Minos, a la bestia que ha nacido por culpa de su ambición o dejación la han puesto en medio de un laberinto y le han ido suministrando carnaza. Es verdad que todos tenemos parte de culpa en haber llegado a esto, pero yo sólo veo pagar a algunos.

No creo que la solución venga de un héroe foráneo, sino, como dice Campbell, desde << dentro de los muros mismos del imperio del tirano >>. Ya comenté en una ocasión – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2011/09/07/la-torre-de-babel/ – que, tal y como yo entiendo el mito de la Torre de Babel, la incomunicación entre los hombres no es la consecuencia de la falta que cometieron, sino la “falta” en sí, la causa misma del fracaso de la torre. La naturaleza aborta lo inviable, y no es posible para la humanidad elevarse por encima de sí misma cuando aún no tiene el grado de evolución suficiente para renunciar al culto al propio ego en la medida necesaria.

El corazón de cualquier animal está preparado para funcionar como una pieza en armonía con el resto del cuerpo de aquél, pero no podría hacerlo por mucho tiempo si trabajara sólo para alimentarse a sí mismo, porque el fallo de los demás sistemas del organismo, en los que necesita apoyarse, lo arrastraría enseguida a su propia destrucción.

En nuestra situación, seguramente será el propio “corazón” financiero, desbocado y desconectado del resto del “organismo”, el que nos abra la salida de emergencia, porque parece condenado a implosionar una vez que haya consumido todos los recursos que encuentre a su alcance. La buena noticia es que, en esa implosión, se llevará por delante todo el entramado del laberinto en que nos vemos presos. No sé qué o quién quedará en pie después de eso, pero, con la lección aprendida, a lo mejor cada uno de los fragmentos resultantes de esa ruina sea lo bastante pequeño como para tener cierta armonía interna y funcionar de un modo “orgánico”. Tal vez ese sea el comienzo de un proceso que haga posible llegar a una globalización de verdad.

Sí, parece que la naturaleza tiende a abortar lo inviable y, en este caso, creo que la globalización, tal como se entiende hoy en día, lo es, porque, al igual que pasó con la Torre de Babel, aún no ha llegado su tiempo histórico; el grado de evolución del ser humano es todavía insuficiente y, en su esfuerzo por desarrollar un “organismo planetario”, no ha sabido ir más allá de fabricar una especie de monstruo de Frankenstein aquejado, a la vez, de extrema desnutrición y de un cáncer galopante.

En el mito de Teseo, es el propio Dédalo, constructor del laberinto en que él mismo casi se pierde, el que inventa la argucia que permite al héroe griego acabar con el monstruo y volver a salir a la luz. Nuevamente, parece imprescindible citar a Campbell:

<< Y es muy curioso que el mismo científico que al servicio del rey culpable había sido el cerebro que concibió el horror del laberinto, con la misma facilidad pudo servir para alcanzar la meta de la libertad.

(…) En todas partes (…) los actos verdaderamente creadores están representados como aquellos que derivan de una especie de muerte con respecto al mundo y lo que sucede en el intervalo de la inexistencia del héroe, hasta que regresa como quien vuelve a nacer, engrandecido y lleno de fuerza creadora, hasta que es aceptado unánimemente por la especie humana >>

Tengo la sensación de que la propia estructura del sistema lo ha llevado a un coma irreversible, pero también creo que en ese estado de coma debe verse sobre todo un anuncio de renacimiento y de evolución. Como dice José Luis Sampedro, parece que << ya queda poco >>.

 

Foto: http://www.kalipedia.com/fotos/minotauro-collage-picasso-1933.html?x=20070718klpprcryc_178.Ies


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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