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TORTITAS

Era una mañana preciosa. Aquel día ofrecía lo que todo el mundo había ido a buscar a ese lugar: un sol generoso, un mar acogedor, una playa suave y, tal vez lo más importante para muchos: vivir un corto paréntesis al esfuerzo diario en una burbuja embriagadora,  en un mundo hecho pensando únicamente en que el huésped esté a gusto. Aquel día habría sido perfecto de no ser por un detalle: era el último de las vacaciones en el hotel.

Iván, Nuria y Samuel, el bebé, estaban desayunando con sus papás en el comedor, elegante y funcional, decorado con tonos suaves. La luz del sol entraba a raudales a través de los paneles de cristal que separaban el comedor de la zona de piscinas y alimentaba a las plantas de interior, de un verde casi agresivo. Los camareros, como hormiguitas, iban y venían nerviosamente entre las mesas reponiendo comida, cubiertos, vajilla, y atendiendo las necesidades o las rarezas de los clientes del hotel.

En su última noche, Iván y Nuria se habían quedado a la animación hasta más tarde de lo acostumbrado y, con caras un poco largas y movimientos enlentecidos por el cansancio, iban comiéndose mecánicamente el desayuno. La madre luchaba porque Samuel se terminara el biberón, pero el bebé también estaba un poco “raro” y el nivel del recipiente no bajaba de la mitad superior. El padre miraba a ninguna parte mientras sus mandíbulas subían y bajaban como piezas de una máquina. De repente, Iván pareció silenciar el barullo de fondo de conversaciones en varios idiomas y cubiertos caídos con una extraña pregunta: – ¿Cuándo nos vamos?

 – ¡Sabes de sobra que hoy! – respondió la madre con cierta sequedad – Ayer estuvisteis con ese tema todo el día.

 – ¿Y por qué tiene que ser hoy? – volvió a la carga Iván, mientras Nuria lo miraba con cierto fastidio, como si temiera ser salpicada por la reprimenda, y el padre seguía atacando, ensimismado, su tostada.

 – ¡Porque sí, porque papá trabaja mañana y porque sí! – trató de zanjar la madre.

 Iván volvió a las tortitas con sirope de chocolate y, al cabo de un momento, como si se hubiera dejado dentro una duda que ahora le quemaba, preguntó – ¿Y no puede irse papá él solo a Madrid y quedarnos nosotros aquí un poco más?

 – ¿Por qué nunca tenéis bastante de nada…? – dijo la madre, entre exasperada y cansada, mirando también a Nuria, que no sólo no había abierto la boca, sino que ya estaba casi tan cargada como ella, y, dirigiéndose al padre añadió: – ¡Anda, dile tú algo!

 – ¡Pues porque no! – saltó el padre – Porque eso no puede ser y porque lo hemos organizado así ¡y ya está! – y miró un instante a la madre para comprobar si ella ya se daba por satisfecha con su intervención.

 Tras un rato de ingestión silenciosa de tortitas, Iván se levantó con el plato vacío y se encaminó al buffet. – ¿Dónde vas? – le cortó el padre.

 – A por más tortitas, me he quedado con hambre.

 – Ya está bien. Llevas cuatro y te van a sentar mal.

 – Déjale que coma – terció la madre – son muy pequeñas y, además, llevan unos días haciendo mucho ejercicio y todavía nos queda toda la mañana de playa – y acto seguido se levantó. – Me voy fuera, a ver si allí consigo que éste se termine el biberón – dijo dirigiendo una mirada cortante a Samuel y, seguida por Nuria, se encaminó a la puerta de salida, flanqueada por dos enormes plantas que parecían dos imponentes guardianes de uniforme verde.

Iván, que en un alarde de prudencia se había servido sólo tres tortitas más, se sentó ya a solas frente a su padre y, antes de empezar a comer, lo miró inseguro. – Come todo lo que te apetezca – respondió el padre a la pregunta muda que le lanzaban los ojos del niño y, acto seguido, se hizo con un periódico del día y, con la barbilla apoyada en el puño cerrado, se puso a ojearlo. Los trozos de tortita que Iván cortaba iban desapareciendo rápidamente en su boca mientras en el fondo del plato el blanco de éste, como la invasión de un desierto helado, iba ganando terreno al dorado de las tortitas y al marrón oscuro del chocolate. Cuando ya sólo quedaba el último trozo de tortita, una extraña idea cobró vida en la cabeza de Iván: mientras él continuara comiendo tortitas los cinco seguirían anclados el hotel, el odiado viaje a casa no podría empezar y las vacaciones no se acabarían. Tras una rápida mirada de reojo a su padre, que seguía paseando la mirada por el diario, Iván se levantó para traerse a la mesa otro par de tortitas. Nuevamente sentado ante el plato, su vista se clavó en los dos discos que tenía ante sí, uno de los cuales se iba desfigurando más y más conforme el cuchillo y el tenedor se abrían paso a través de su masa. Cuando terminó la primera tortita, Iván miró la segunda y, viéndola tan dorada, le recordó a la medalla que ganó en carrera en las olimpiadas del cole. Empezó a imaginarse qué cara habrían puesto todos si, cuando le dieron la medalla, se la hubiera comido y, con una sonrisa interior, atacó la tortita, mientras su padre parecía haber encontrado por fin un artículo interesante y estaba inmerso en su lectura. La idea de sorprender a todos comiéndose la medalla no se le quitaba de la cabeza y, mientras se acercaba otra vez al buffet a cargar más tortitas, se acordó de una serie de dibujos que le gustaba mucho a su amigo Carlos, donde aparecía un robot de combate que devoraba a sus adversarios sin hacerle ascos a sus corazas de metal, a prueba de todo tipo de proyectiles y rayos. El cocinero, con cierto aire de complicidad y una sonrisa tan blanca que casi parecía un adhesivo pegado a su rostro oscuro, le sirvió tres tortitas más, recién sacadas de la sartén. Iván las cubrió, respectivamente, con sirope de fresa, caramelo y chocolate. De vuelta a la mesa, su padre levantó la frente un instante e inmediatamente cambió de postura ante el periódico, sin prestar atención al niño. Iván miró por un momento al plato y los tres círculos de colores le recordaron los globos de la última fiesta de cumpleaños de Carlos. Según decía mamá, una de las primeras cosas que tenía que hacer al volver a Madrid era comprarle un regalo a Carlos, porque su cumpleaños estaba al caer otra vez. ¿Qué estaría haciendo su amigo ahora mismo? Cuando le dijera que había estado en un sitio donde te podías comer doscientas mil tortitas si querías, no se lo iba a creer…, y empezó a dar cuenta del nuevo cargamento de tortitas.

Incluso para las tragaderas de un Iván el desayuno se estaba pasando de la raya; comenzaba a pesarle la tripa y parecía como si tuviera algo atravesado en la garganta que ya no le dejaba tragar bien. Comía cada vez más despacio y, entre bocado y bocado, su imaginación volaba más y más lejos. Consiguió acabarse la primera tortita de esta última tanda e imaginó, divertido, que había sido capaz de comerse uno de los globos de la fiesta de Carlos sin que reventara, y casi podía verlo hinchado en su tripa, deformándole la camiseta como si estuviera embarazado. ¿Y si era de los globos que flotan  y, de repente, despegaba del suelo? En ese momento se vio a sí mismo atravesando el comedor por el aire, como colgado de una tirolina. ¿Cuánto hacía que habían ido al sitio ese de las tirolinas? La verdad es que había sido tan emocionante que le entraron unas ganas enormes de volver; a lo mejor podían venirse también Carlos y sus papás…. Iván devolvió su atención al plato y se sorprendió jugueteando con las dos tortitas que quedaban, acercándolas, alejándolas, montándolas una encima de la otra y volviendo a separarlas con el cuchillo y el tenedor. Finalmente las colocó juntas, pero apenas tocándose, y se quedó mirándolas: parecían un “ocho” tumbado. Empezó a recorrer el borde de la figura con la vista y las subidas y bajadas le recordaron a la montaña rusa de mayores del parque de atracciones. ¡Ahí sí que tenía ganas de subirse! A lo mejor este año ya había crecido lo suficiente como para dar la talla y que lo dejaran montar. En cuanto volvieran a casa pediría a los papás que lo llevaran primero a las tirolinas y luego al parque de atracciones, o mejor al revés. ¿O no? Bueno, daba igual, tenía que ir a los dos sitios como fuera. Miró un instante a su padre, que seguía aislado del mundo en plena lectura y, sin mucha convicción, cortó un trocito muy pequeño de tortita y empezó a darle vueltas en la boca hasta que se deshizo, mientras su mirada se dirigía de nuevo al plato como si fuera a atravesarlo y a posarse más allá, en la punta de sus zapatillas de piscina. De vuelta al plato, ahora la forma de las dos tortitas juntas le sugería su cometa desplegada, imitando una mariposa. Cuando mejor volaba su cometa era por las tardes, a poco de empezar el cole, porque el viento del comienzo del otoño la hacía subir muy alto. Entonces se le iluminó el rostro, empujó un poco el plato para hacerlo a un lado y, esta vez regalando a su padre una sonrisa inmensa le preguntó: – ¿Cuándo nos vamos?

FIN

 

Dedicado a mi Noel y a mi Berta

UN BAÑO DE LIBERTAD

Al entrar en Parquesur dejaron a Caramelo en la puerta. No, no es que aquella familia fuera tirando caramelos por ahí como hacen los Reyes Magos cada año en la cabalgata, es que el perrito de María, Carlos y sus papás se llamaba Caramelo, y cuando María y Carlos se empeñaron en entrar a comprar un helado tuvieron que dejarlo atado en la puerta, porque a los perritos no les permiten estar en los centros comerciales.

Al principio, Caramelo se distrajo viendo pasar a la gente, que cada vez llegaba en mayor número, pero enseguida empezó a sentirse agobiado por tanto movimiento bajo el calor de aquella tarde de finales de primavera.

¡Qué calor y qué rollo! – pensó Caramelo mientras sacaba la lengua para refrescarse – ¿Cuándo van a venir a buscarme?

De repente, Caramelo sintió un pequeño roce y, al volverse, se dio cuenta de que otro perro lo había tocado con el hocico para llamar su atención, mientras lo contemplaba con cierto aire de guasa.

¿Qué pasa, colega? ¿Te diviertes mucho ahí?– le dijo el recién llegado.

Caramelo miró al otro perro un poco sorprendido y pensó que no era como él, estaba bastante sucio y no llevaba collar, pero parecía feliz.

Estoy esperando a mis dueños – respondió Caramelo.

¡Aaaaaaaaaaaah! ¿Y piensas esperarlos mucho rato en la calle, muerto de calor, mientras ellos se divierten allí dentro? – preguntó el otro perro señalando con el hocico hacia la entrada de Parquesur.

Caramelo se sentía cada vez más confuso.

Ya ves que estoy atado y, además, ¿a dónde voy a ir sin ellos? ¿Y tú sabes el disgusto que se iban a llevar si salen y no me ven?

Mira – continuó el otro perro –, que estés atado da igual, los humanos se creen tan superiores a nosotros que ni se les ocurre pensar que seamos capaces de soltarnos. Lo importante es que te sientas libre por dentro – y uniendo la acción a la palabra, con sus patas delanteras aplastó contra el suelo la correa de Caramelo mientras, dando un tirón del extremo de ésta con los dientes, deshacía el nudo que sujetaba al “prisionero”.

Caramelo miraba a su libertador sin terminar de creerse lo que estaba pasando, mientras éste proseguía: – En cuanto  a lo de que no tienes a dónde ir sin tus dueños, vamos a dejarlo. Conozco un montón de sitios divertidísimos que te puedo enseñar. ¡Ah! Y no te preocupes tanto por ellos, ahora mismo estarán ahí dentro entretenidos en algo agradable sin acordarse siquiera de que existes. ¡Vamos,  ven conmigo que no me hace gracia quedarme aquí mucho rato! -, y miró un poco inquieto a ambos lados.

Sin saber muy bien por qué, Caramelo empezó a andar al lado del otro perro. – ¿Cómo te llamas? – le preguntó.

Me llamo Pulgoso. Bueno, en realidad mis dueños me pusieron Tobi, pero un verano decidieron que yo no podía acompañarlos en sus vacaciones y me abandonaron. Ahora donde vivo todos me llaman Pulgoso y a mí, la verdad, me gusta más. ¿Tú cómo te llamas?

Yo me llamo Caramelo – respondió éste, y de inmediato siguió tratando de satisfacer la curiosidad que le inspiraba su nuevo amigo -. Y si tus dueños te abandonaron, ¿dónde vives ahora?

Vivo por allí, siguiendo las vías del tren – indicó Pulgoso señalando con el hocico.

¡¡¿Siguiendo las vías del tren?!! – se sorprendió Caramelo – ¡Pero mis dueños dicen que hay que alejarse de las vías del tren porque es muy peligroso!

¡Pues claro que es peligroso, chaval! Porque si vas por la vía y no te das cuenta de que viene el tren, te convierte en pienso de ese que os dan para comer vuestros amos, pero los perros tenemos un oído muy fino y lo sentimos venir a kilómetros. ¡Confía en tí mismo! Tienes más recursos de los que crees. Son las personas las que no deben acercarse, pero eso es precisamente lo que convierte a las vías en un lugar seguro para perros que no desean ser molestados – explicaba Pulgoso, mientras ya marchaban entre los raíles sobre los guijarros y las traviesas, flanqueados por algún que otro semáforo -. Y ojo a esos tubos largos, que son cables eléctricos. Ya verás como aprendes enseguida.

Un poco más adelante dejaron la vía del tren y empezaron a andar entre casas y edificios. Caramelo estaba desconcertado, vivía con sus dueños en un chalet en Leganés Norte y todas las construcciones que encontraba a su alrededor le parecían viejas y feas. – ¿Dónde están esos sitios tan divertidos? – le preguntó a su nuevo amigo. – Ven por aquí y lo verás – respondió éste, haciéndose un poco el interesante.

Al fin, llegaron al pie de un muro de piedra con una verja metálica encima. – Haz como yo – indicó Pulgoso y, levantándose sobre sus patas traseras, se encaramó primero al capó de un coche abandonado junto al muro, de ahí subió al techo del vehículo y, apoyándose en éste, logró pasar al otro lado de la verja metálica – ¡Puajjj! ¡Parezco un gato…! – observó fastidiado. Caramelo imitó a su amigo como pudo y ambos se encontraron en el interior de una especie de jardín con árboles y plantas y el suelo cubierto de hojas secas del pasado otoño, que parecía abandonado. Caramelo miró a Pulgoso: – ¿Dónde estamos?

Hace calor. ¿No te apetece un bañito? – propuso Pulgoso mientras guiaba a su amigo a través del jardín.

¡Anda! ¡Una piscina mucho más grande que la de mi casa! – exclamó Caramelo al encontrarse ante aquella superficie de agua verdosa, alfombrada de hojas secas, donde flotaban algunos bidones y troncos.

¡No te quedes ahí hociquiabierto! ¡Vamos! – ladró Pulgoso tirándose al agua y, como impulsado por un muelle, Caramelo siguió nuevamente su ejemplo.

¡Qué divertido! ¡Está fresquita y te puedes apoyar en los troncos! Mis dueños nunca me han dejado bañarme en la piscina de mi casa.

¡Toma! Ni aquí tampoco te dejarían bañarte los humanos si te vieran, pero esta piscina está cerrada hasta el verano, así que todavía podemos aprovechar – le informó Pulgoso.

Después de disfrutar un rato en el agua, los dos perros salieron de la piscina y, con una sacudida del hocico hasta el rabo, se secaron cuanto pudieron. Entonces Pulgoso propuso: – Y ahora, ¿qué te parece si nos llenamos un poco la panza?

Caramelo se sentía entusiasmado corriendo nuevamente detrás de su amigo, mientras el aire le iba desprendiendo alguna de las hojas que aún llevaba pegadas tras el chapuzón. – Este perro está lleno de sorpresas, ¿dónde me llevará ahora? – pensó, mientras su corazón latía con fuerza, no sólo por la carrera, sino, sobre todo, porque se sentía libre y feliz.

Después de un rato llegaron a un lugar completamente diferente. Las calles eran más amplias y los edificios, con enormes puertas metálicas, casi no tenían ventanas. En sus patios había camiones y coches aparcados. Por las calles no paseaba gente y casi los únicas humanos que se veían eran los que iban y venían de los camiones a los edificios, cargados de cosas.

Aquí es – dijo Pulgoso -, pero tenemos que dar un pequeño rodeo. – Recorriendo la pared que rodeaba uno de esos edificios, encontraron una puerta cuyas hojas, entreabiertas, estaban sujetas por una cadena – ¡Adentro! – indicó Pulgoso, tras husmear rápidamente a un lado y a otro.

¿Por qué no hemos usado la otra puerta? Es bastante más grande – se extrañó Caramelo -.

Te haces un poco de daño al pasar, pero te aseguro que vale la pena – aseguró Pulgoso con misterio. Esta vez sí estaba realmente tenso. – Y a partir de ahora, ¡cuidadito…! – añadió, y continuó en silencio, olfateando el aire, con las orejas de punta, hasta que llegaron a través del patio interior a una puerta medio abierta que daba entrada a un lateral del edificio. Pulgoso se detuvo un instante ante la puerta y luego se lanzó a través de ella.

Una vez dentro del edificio, Caramelo se dio cuenta de que, pendiente de los movimientos de su amigo, le había pasado completamente desapercibido un olor muy llamativo. – ¡Son salchichones! – exclamó Caramelo al llegar a una habitación donde un montón de tesoros colgaban del techo. ¡Pulgoso lo había llevado a un almacén de comida! También había chorizos, y lomos, y mortadelas… Aquello era más que un sueño. Los dos perros se alzaron sobre sus patas traseras, arrancaron sus “trofeos de caza” colgándose de ellos,  y comieron hasta hartarse. Cuando la barriga les pesaba tanto como una bala de cañón, Caramelo fue a tumbarse en el suelo para descansar un rato. – ¡Ni se te ocurra! – le advirtió Pulgoso – ¡Vámonos ya! Hasta ahora todo ha ido muy bien y no quiero disgustos.

¿Disgustos? – preguntó Caramelo abriendo mucho los ojos y levantando las orejas, sorprendido. – ¿Qué disgustos vamos a tener? Esta vida es tan buena que yo no podía ni imaginármela. ¡Todo el día haciendo lo que nos apetece!

¡Escúchame, Caramelo! – dijo Pulgoso mientras miraba muy serio a su amigo, procurando no levantar el ladrido – ¡De esta vida que yo llevo tú sólo has visto la mitad! ¿Tú qué te crees, que a los humanos no les importa que nos zampemos su comida…? ¡Vámonos de aquí de una vez!

En ese instante se oyó el sonido próximo de una puerta que se abría y ruido de pasos acercándose. Los dos perros echaron a correr buscando la puerta por donde habían entrado y, casi al mismo tiempo, empezaron a sonar gritos y carreras. Al llegar de nuevo al patio, algo mucho peor: ladridos enemigos. Hasta el perro más tonto sabe que en campo abierto un humano no es de temer, cuatro patas dan mucho más juego que dos y, sin apenas descolocarte los pelos del lomo, puedes dejar en ridículo al humano. Pero un perro de guarda es otra cosa. Caramelo, muerto de miedo, seguía a Pulgoso sin saber ni lo que hacía. Atravesó sin siquiera darse cuenta la puerta trasera, tan estrecha e incómoda, y ya en la calle corrió de tal manera que parecía no tocar el suelo. Pulgoso también corría todo lo que podía, pero daba la impresión de saberse el guión, lo que estaba sucediendo no era ni mucho menos nuevo para él. Reuniendo todo su valor, Caramelo miró atrás un instante y, de nuevo, se le heló la sangre: el enorme perrazo les perseguía ladrando y gruñendo, junto con varios humanos que intentaban no quedarse muy atrás. ¿Cuánto tiempo conseguirían mantener la distancia con el perrazo? Sin dejar de correr, Pulgoso se volvió hacia su amigo y le dijo con determinación: – Caramelo, vámonos cada uno por nuestro lado, así será más fácil despistarlos – y, acto seguido, desapareció por una calle lateral. Caramelo hizo otro tanto y siguió corriendo, corriendo, corriendo…, hasta que de pronto se dio cuenta de que ya no había ni rastro del  perrazo, ni de nadie.

Ya no lo perseguían, pero estaba solo, perdido y exhausto. De repente se acordó de sus dueños y se puso muy triste, pensando que ya no volvería a verlos. ¿Qué iba a hacer ahora, si nunca había salido solo a la calle y no sabía volver a su casa? Entonces empezó a sentir dolor también por Pulgoso. Era extraño, se habían conocido hacía muy poco tiempo, pero la idea de separarse de él le rompía el corazón. De pronto – ¡¡¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiii!!! – ¿Qué es eso? – Caramelo se volvió hacia la fuente del ruido. Era un tren. – ¡Un tren!– Había llegado hasta aquí con Pulgoso siguiendo la vía, y siguiéndola al revés podría volver a Parquesur y tratar de encontrar a su familia. Loco de contento echó a correr por las calles buscando las vías del tren, que no estaban muy lejos. Ahora sí que era imposible perderse.

En cuanto tuvo a la vista el centro comercial, otra idea ensombreció el ánimo de Caramelo: – Mis dueños estarán enfadadísimos. A lo mejor ya no me quieren y me abandonan como le pasó a Pulgoso.

Se acercó despacito y cabizbajo al lugar donde lo habían dejado atado y, de pronto, entre la gente que iba y venía, distinguió a su familia. Los papás, muy nerviosos, agitaban los brazos ante un Policía y señalaban de vez en cuando al lugar donde habían visto a Caramelo por última vez. María y Carlos lloraban desconsolados. Caramelo se quedó mirándolos unos instantes, sin atreverse a acercarse. María volvió la cabeza un momento y, al ver a Caramelo allí plantado, mirándolos, soltó un grito y corrió hacia él con los brazos abiertos. Su hermano Carlos la siguió al instante. Los niños y sus papás lo achucharon hasta casi hacer “zumo de Caramelo”. Luego se quedaron mirándolo y el papá le dijo cariñosamente: – Caramelo, ¿qué te ha pasado? ¡Qué sucio vienes! ¿Dónde te has metido? – Caramelo movía el rabo tan fuerte que casi te hacía daño si te golpeaba, y saltaba de alegría, poniéndose en dos patas y repartiendo lametones en la cara a los cuatro.

Una vez en el coche, por fin de vuelta a casa, los papás iban hablando de lo sucedido mientras los niños, en el asiento de atrás, acariciaban a Caramelo todo el rato.

Viene empapado y sucio. ¿Dónde habrá ido? ¿Cómo se le habrá ocurrido marcharse de donde lo dejamos? – se preguntaban.

Hombre, la verdad es que al final nos hemos entretenido mucho en Parquesur y en la calle hacía muchísimo calor – reconoció el papá.

Sí, seguro que se encontraba muy incómodo y se fue a refrescarse – sugirió la mamá -,  lo raro es que no hay ninguna fuente cerca.

Claro, nosotros queríamos un helado porque teníamos calor – reflexionó Carlos -, así que seguro que él tenía todavía más calor, ¡con tanto pelo…! – rió -.

Hemos pensado sólo en nosotros y no en él – concluyó María -. Si queremos estar felices con los demás tenemos que pensar también en cómo se deben de sentir ellos.

Por la noche, después de que lo bañaran, Caramelo salió al jardín a ver la Luna. Aquel día todos habían aprendido mucho: se habían dado cuenta de lo felices que se sentían juntos y también de lo importante que es ponerse en el lugar del otro para seguir felices. Por su parte, Caramelo decidió que, de ahora en adelante, saldría todas las noches al jardín de su casa. Él había aprendido todavía algo más con Pulgoso, y estaba seguro de que éste sabría encontrarlo y vendría a buscarlo de vez en cuando para correr juntos nuevas aventuras.

FIN

 Dedicado a Noel y a Berta


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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