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CIENCIA Y MITO

Se acaba de publicar en el Washington Post una noticia sobre dos estudios científicos que apuntan a la posibilidad de desarrollar órganos humanos en embriones de animales de cara a su utilización para transplantes. Los híbridos de humano y animal han empezado ya a denominarse “quimeras”, en recuerdo de la criatura mítica con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente:

https://www.washingtonpost.com/news/speaking-of-science/wp/2017/01/26/scientists-create-a-part-human-part-pig-embryo-raising-the-possibility-of-interspecies-organ-transplants/?utm_term=.edf280cde667

¿Hay algo inconsciente que empuja a la ciencia a devolvernos el mito? Como en la conocida anécdota atribuida a Bernard Shaw (1), en vez de animales con órganos humanos, ¿podríamos fabricar humanos con partes de animal? Por ejemplo, ¿un minotauro? Históricamente la explicación mítica del mundo precede con mucho a la científica, ¿es que ahora la ciencia pretende cerrar el círculo? ¿Por qué?

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Algo ha llamado al minotauro a la palestra de la conciencia. ¿Ha venido a explicarnos algo esa criatura mítica?

La historia del toro – hombre es bastante conocida: el legendario Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos y pidió al dios Poseidón que mandara un toro del mar como señal de que el trono le correspondía por derecho divino, con el compromiso de sacrificar al animal en su honor. El toro fue enviado y Minos coronado rey, <<pero, cuando pudo apreciar la majestad de la bestia (…) pensó en las ventajas que le traería ser dueño de tal ejemplar y decidió arriesgar una sustitución mercantil, que supuso que el dios no tomaría en cuenta. Por lo tanto, ofrendó en el altar de Poseidón el mejor toro blanco que poseía y agregó el otro a su ganado>>. El caso es que, durante una de las belicosas ausencias de Minos, su esposa, la reina Pasifae, fue poseída por el toro y, fruto de aquella unión nació un monstruo, mitad hombre y mitad toro, el Minotauro. Como se verá enseguida, Minos se sintió culpable de lo sucedido y, para ocultar un hecho tan vergonzoso, hizo construir un laberinto en cuyo centro ocultó al monstruo <<y desde entonces fue alimentado con mancebos y doncellas vivos, arrebatados como tributo a las naciones conquistadas por el dominio cretense>>.

Los párrafos entrecomillados en cursiva pertenecen al libro “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell, al que ya me he referido en otra entrada:

https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/02/09/el-minotauro/

El símbolo es el escondrijo y, a la vez, el plano que conduce a encontrar lo que se ha escondido. La leyenda del minotauro es una historia de robo y de sacrificio, de un don divino, el toro blanco, que se convierte en una maldición cuando es sustraído a la finalidad legítima con que fue otorgado y del subsiguiente sacrificio humano necesario para minimizar los estragos que eso causa. Sólo superando el desafío del laberinto se puede encontrar la salida a este drama.

Quizás el conocimiento, de luz liberadora ha pasado a ser la sombra de su propia luz, y esta paradoja es a su vez el laberinto que encierra al monstruo en que se ha convertido el propio conocimiento. Un monstruo que crece alimentándose de la capacidad de las personas para decidir su propio destino. Cada vez el mundo está más lleno de “gurús”, señores de cualquier conocimiento o pseudo-conocimiento de parcelas específicas del saber que son los únicos que tienen respuestas “sensatas” a cualquier dilema. Cada vez se cuestiona más el principio democrático argumentando que no todo se puede votar, que hoy en día los problemas son demasiado complejos para el hombre común, que sólo los técnicos, principalmente los economistas, saben lo que, dentro de lo que es posible, nos conviene (como si cualquier solución “técnica” no implicara necesariamente un juicio de valor sobre lo que es conveniente lograr). Hoy en día al que tiene la sartén por el mango le basta con decir que lo que ha decidido “era lo único que se podía hacer” para justificarse, como si el que piensa lo contrario fuese un iluso que habita el cuento de la lechera. Creo que fue Jefferson quien dijo algo así como que, en lo concerniente a la vida de la comunidad, el voto de un campesino vale tanto como el de un erudito, porque las decisiones que allí han de adoptarse no pertenecen al ámbito del saber, sino que son de índole moral. Por cierto, también hay campesinos o, en este caso, ganaderos, eruditos, como José Pinto (2).

¿Y si el minotauro, traído esta vez, no por Poseidón, sino por la genética, hubiera aparecido de nuevo para decirnos que es en nuestra capacidad de perseguir el conocimiento donde reside el don que los cielos o la evolución han otorgado a nuestra especie, y para urgirnos a no tolerar que nadie nos arrebate esa dignidad, y menos aún en nombre del conocimiento?

De todos modos, en España no creo que deba preocuparnos la llegada del minotauro. Probablemente esta línea de investigación genética reciba todo tipo de apoyos siempre que se enfoque a cruzar cerdos con ciempiés para que den más jamones.

 

(1) Se dice que una hermosa dama propuso a Bernard Shaw tener un hijo, esperando que éste naciera con la belleza de ella y la inteligencia de él. El escritor declinó cortésmente la oferta ante el temor de que el retoño, en cambio, adquiriera la belleza de él y la inteligencia de ella.

(2) Para quien no lo conozca, José Pinto es un ganadero de Casillas de las Flores que ha participado en noventa y ocho programas de Saber y Ganar haciendo gala de una inteligencia y una erudición casi tan impresionantes como su sencillez y su sentido del humor. Vaya esta entrada por él.

TUFILLO PATRIMONIALISTA

Escribo sobre este tema con retraso, o tal vez antes de tiempo, pero a menudo uno está sometido a la tiranía, o al menos al mandato (nunca mejor aplicado, como vamos a ver), de las circunstancias.

Entre las críticas a nuestro sistema político emanadas con mayor fuerza del 15-M estaba la relativa al “déficit democrático”, como consecuencia de la falta de respeto de las instituciones políticas a la voluntad del pueblo, puesta de manifiesto con especial crudeza cuando las mayorías parlamentarias se apartan radicalmente de los programas electorales en que se basó su elección.

Esto ha llevado a cuestionar la prohibición contenida en el art. 67.2 de nuestra Constitución: “Las Cortes Generales no estarán ligadas por mandato imperativo”. ¿Cuál es el origen y el sentido de esta prescripción constitucional?

Durante la época medieval cada estamento social se hacía representar en las asambleas por medio de mandatarios pertenecientes a él y ligados a sus instrucciones, de obligado cumplimiento, con posibilidad de revocación del mandato en caso de apartarse de ellas. Esto es lo que se conoce por “mandato imperativo”.

La prohibición del mandato imperativo surge con la Revolución Francesa. Desde el punto de vista teórico, la misma se suele asociar a la idea de soberanía nacional. La Nación se consideraba una “persona moral” distinta y superior a la suma de sus individuos o de cualesquiera agrupaciones éstos pudieran formar. Los diputados no representaban ni a quien los eligió ni a nadie en concreto, sino que se los designaba para que sustituyan a los electores en la formación de la voluntad nacional, mientras éstos ya sólo tenían que preocuparse de perseguir su interés particular; de ahí la prohibición de que los representantes se obligaran al cumplimiento de cualquier tipo de instrucción. Una de las consecuencias de este esquema de representación sustitutiva, propia del Estado liberal, fue la “patrimonialización” del escaño, puesto que el poder del votante se agotaba en la elección del representante, sin que éste, una vez elegido, debiera lealtad a nadie, por lo que en la práctica podía considerarse “dueño” de la representatividad conferida.

La transformación del Estado liberal en Estado democrático se cimenta sobre la progresiva universalización del sufragio y la aparición de los partidos políticos, cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado que contribuyen a configurar la opinión de los electores, aglutinan los sufragios en torno a diferentes ideologías y dirigen el voto de los parlamentarios elegidos en sus listas quienes, en el marco de este esquema de representación, se supone que defenderán el programa con el que se presentaron a las elecciones y, en caso de poder formar gobierno, ajustarán tanto como sea posible su actuación al mismo. Pese a un cambio tan significativo, la prohibición del mandato imperativo del Estado liberal al Estado democrático y, de hecho, nuestra Constitución la recogió de otras varias pertenecientes a nuestro entorno jurídico.

¿Qué hacer con la prohibición del mandato imperativo? ¿Es esta la barrera jurídica que nos separa de la democracia real en el ámbito parlamentario?

El Tribunal Constitucional ya se ha pronunciado sobre cómo entender tal prohibición en el marco de nuestro sistema de “representación representativa” y no sustitutiva, como en el caso del Estado liberal. Conforme explica el Profesor Presno Linera en uno de los enlaces que acompaño más abajo, la interpretación que sostiene el máximo intérprete constitucional es que:

Ahora la representación debe ser representativa y no sustitutiva, y para ello es necesario el establecimiento de una fórmula electoral de asignación proporcional de escaños, como elemento imprescindible para dotar de verdadero pluralismo a un sistema político, pues permite que cada opción política tenga una presencia en las instancias de decisión ajustada al respaldo electoral obtenido y, en consecuencia, a su implantación social (el resaltado es mío).

Y concluye:

Esta nueva configuración del instituto de la representación otorga un sentido diferente a la prohibición de mandato imperativo que sigue vigente en los textos constitucionales que instauran el Estado democrático de Derecho, en el que la mencionada prohibición sólo puede tener un sentido funcional: no hay sometimiento a ningún tipo de mandato porque el representante se debe únicamente a la representatividad que porta y que se configuran en las urnas, en la voluntad política de un sujeto jurídico, el cuerpo electoral. Lo que ahora se busca es que los elegidos respondan a lo elegido por los ciudadanos (…) (el resaltado es mío).

En definitiva, la única forma de entender la prohibición del mandato imperativo con un encaje sistemático dentro de la totalidad del texto constitucional es, no como una patente de corso para que los partidos traicionen a quienes depositaron su confianza en ellos, sino, al revés, como una salvaguarda frente a la tentación de los partidos políticos de “patrimonializar” la representatividad de los parlamentarios obligando a éstos a apartarse de la voluntad expresada por los electores (que funcione o no en la práctica es otra cosa).

Muy interesante (o no), pero, ¿a qué viene ahora todo esto? Pues viene, al menos a mi cabeza, al hilo de las pasadas (y quizás de las futuras) negociaciones para formar gobierno que han tenido lugar recientemente, en cuyo marco al menos PSOE y Podemos han sometido a votación entre sus afiliados la posición que debían adoptar sus representantes parlamentarios. En mi opinión, esto supone desconocer que los partidos políticos son un engranaje a través del cual pueden participar en las más altas instancias de decisión las diferentes opciones políticas presentes entre los ciudadanos que conforman el cuerpo electoral, y no sólo sus respectivos afiliados. Así, lo que se ha puesto de manifiesto es que, bajo un ropaje formalmente democrático, puesto que una consulta ha precedido a la decisión tomada por los líderes de ambas formaciones, en los políticos sigue instalada una concepción patrimonialista de la representación parlamentaria, aunque ahora a favor de cada partido, no de cada diputado.

Creo que hay ocasiones, y la que acabamos de vivir ha sido una de ellas, en las que quien es un líder, y no simplemente un jefe de partido, debe ser capaz de interpretar una voluntad política que va mucho más allá de la de los propios afiliados y alcanza a todos los ciudadanos que se identifican con la opción política que encarna aquél. Y quien de verdad es un líder también debe ser capaz de asumir el riesgo político que esa interpretación comporta.

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Tras el fracaso de las negociaciones para formar gobierno, Mariano Rajoy dijo en unas declaraciones que ahora eran “ellos” (supongo que se refería a los políticos) quienes tenían que pactar con los ciudadanos, y así nos dio un nuevo ejemplo de la concepción patrimonialista de la representación parlamentaria a que se apega la clase política, como si ésta, “per se”, ostentara un poder que le permitiera negociar con los ciudadanos aun antes de ser elegidos por éstos. Por eso, cualquier partido que de verdad aspire a llevar a cabo una “nueva política” debería empezar por desterrar el más mínimo tufillo “patrimonialista” en cuanto al poder político. Yo confío en que Pablo Iglesias, que no sólo es politólogo, sino más inteligente que yo, acabe por tomar conciencia de que para ser progresista no hay más remedio que ahondar primero en la raíz de las cosas.

 

Fuentes:

http://representacionrealya.es/?p=101

https://antoniogarciatrevijano.com/2007/03/06/mandato-imperativo/

http://digibuo.uniovi.es/dspace/bitstream/10651/29015/1/Prohibicion.pdf

 

Imagen: evelinruz.com

POLÍTICA Y NEGOCIOS, NEGOCIOS Y POLÍTICA

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En su artículo “El padrino y las teorías del estado y del derecho” –

https://presnolinera.wordpress.com/2015/10/15/el-padrino-y-las-teorias-del-estado-y-del-derecho/ – el Profesor Miguel Presno desentierra una cuestión de honda raigambre en la Teoría del Estado y del Derecho; las razones de “la obligatoriedad del cumplimiento de las normas que emanan de los poderes públicos y si son diferentes a las que puede dictar una organización mafiosa”. Tras referirse a diferentes aproximaciones al problema y poner de manifiesto lo inseguro de los criterios utilizados para distinguir el poder normativo del Estado del que emana, por ejemplo, de la organización criminal de la familia Corleone, recalará en un punto de vista práctico de aceptación bastante amplia hoy en día:

La clave radica en suponer que el ordenamiento estatal es válido cuando, en su conjunto, es eficaz; es decir, cuando excluye la vigencia de otro entramado jurídico. Así, podemos suponer que el ordenamiento es válido y, por tanto, es obligado cumplir sus normas cuando es efectivo (…).El conjunto del ordenamiento estatal, la “legalidad”, encuentra así su fuente de “legitimidad”; la razón por la que debe ser obedecido. Ahora bien, la trama vuelve a complicarse y nos resulta muy inquietante cuando, como ocurre en la ficción de El Padrino pero también en no pocas ocasiones en nuestra realidad, esa legalidad no está al servicio de la libertad, la igualdad, la justicia o el pluralismo, sino que puede “comprarse” con dinero o con influencias, como se refleja en la conversación entre el senador Pat Geary y Michael Corleone, donde el primero condiciona la obtención de la licencia para un casino en Las Vegas, cuyo coste es de 20.000 dólares, al pago de 250.000 dólares y el 5% de las ganancias de los hoteles que explota en el estado de Nevada la “familia Corleone”. El no va más de esta preocupante analogía lo ejemplifica el propio Michael Corleone cuando, en otra escena, sentencia: “la política y el crimen son lo mismo”. Resulta, o tendría que resultar, obvio que es una afirmación disparatada pero, y eso debería preocuparnos, parece que cada vez hay menos gente que la considere una exageración, a lo que no debe resultar ajeno el hecho de que más de un cargo público considere, parafraseando de nuevo a Michael Corleone, que el ejercicio de sus funciones “no es política, sólo negocios”.

Recojo el guante de dar entrada a la realidad social en el análisis del fenómeno jurídico para tratar de seguir un poco adelante con la reflexión del autor.

Nancy Fraser, profesora de Filosofía y Política en la New School for Social Research realizó una ponencia en un seminario celebrado en en 2012 en Berlín titulado “Rethinking Capitalist Crisis”, donde vinculaba los problemas derivados de la crisis actual con la lógica del neoliberalismo.

(en inglés y alemán)

Si atendemos a la idea expuesta a partir del minuto 7,40 de su intervención, veremos que las afirmaciones acerca de política y crimen o política y negocio que parecen perturbar a Presno, no es que a muchos ya no les parezcan disparatadas, sino que viajan a bordo de un tren de alta velocidad camino de su legitimación ideológica.

Como puede verse, Fraser halla la dinámica que denomina “mercantilización ficticia” (fictitious commodification) en la raíz de la crisis. Tal dinámica consiste en el intento de mercantilizar todos los elementos que operan como presupuestos (preconditions) de la producción de los verdaderos bienes y servicios, entregándolos a las fuerzas de unos mercados que se dicen “autoregulados”; los presupuestos citados por aquélla son la fuerza de trabajo, la naturaleza (en la que, supongo, incluye la energía) y el dinero, pero creo que podría añadirse sin dificultad el conjunto de realizaciones y logros que la sociedad en su conjunto ha ido poniendo a disposición de todos a lo largo del tiempo incluyendo, singularmente, la organización social y jurídica.

Entonces, ¿de qué extrañarse ante afirmaciones como las señaladas por Presno en su artículo? Es cierto que cada vez con mayor intensidad se viene considerando que todos y cada uno de esos elementos subyacentes que operan como presupuestos de la producción son también bienes sometidos a las reglas del mercado, es decir, que se compran y se venden. Desde esa posición ideológica (aunque muchos de quienes la sostienen piensen que ellos no tienen ideología, que ya sólo en algunos países queda ideología, y así les va…) es coherente terminar por pensar que la política, como todo lo que se compra y se vende (es decir, como “todo”), es sólo un negocio más. Que vamos por ese camino muchos lo vienen demostrando hace tiempo, no sólo desde la corrupción, en los casos más graves, sino desde la falta de empatía hacia quienes tienen menos poder; estoy seguro de que el sonoro “¡que se jodan!” o el despectivo “como si tienen que irse a Finlandia” con que nos atragantaron hace no tanto siguen sonando en los oídos de muchos.

La reacción química funciona en dos sentidos y en ambos es igual de peligrosa, porque la consideración del orden político como un producto de mercado supone la disolución de la política en los negocios, pero, a la vez, la disolución de los negocios en la política, es decir, que el gran poder económico se convierta completamente en una carta de naturaleza que permita a su minoría de poseedores decidir sobre cuanto afecta a toda la comunidad y, en última instancia, sobre el destino de los otros.

Por tanto, si ese es el camino que llevamos, pienso que nadie debe tener dudas de que no sólo nos dirigimos hacia el vaciamiento constitucional, sino de que, desde la más pulcra justificación ideológica y en nombre de la libertad de comprar y vender, acabarán quebrando el espinazo moral de nuestra sociedad, si es que aún queda algo de él. Menos mal que todo lo que no es sostenible acaba por hacerse el hara-kiri con su propia absurdez o su propia insidia.

 

Foto: vavel.com

PERO, ¿CUÁNDO VA A EMPEZAR EL S. XXI?

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Si seguimos a Antonio Muñoz Molina, los siglos no suelen empezar en una cifra redonda; concretamente, el s. XX empezó en 1914, cuando la potente química que había ido creciendo entre el deseo recíproco de exterminar de forma masiva al oponente y la capacidad tecnológica de llevarlo a cabo se resolvió en la Primera Guerra Mundial.

En esa línea, creo que el s. XXI no ha empezado aún. En mi opinión el s. XXI se iniciará cuando esas partículas elementales (en todos los sentidos) del universo económico que somos los consumidores decidamos autoproclamarnos “ciudadanos” y agruparnos en entidades capaces de influir en los operadores económicos. Creo que en ese punto encontraríamos una síntesis de fuerzas actualmente encontradas y, como resultado, una noción más amplia de la libertad de mercado que incorporaría el servicio a las personas (no lo contrario) como elemento a la vez axiológico y finalista; no creo que nadie pueda poner en duda que se trata de una visión completamente alejada de cualquier veleidad “estatalista” y plenamente respetuosa de la iniciativa individual.

Como avanzadilla de tal tendencia quizás se puedan señalar las compras colectivas de energía y carburante que ya están funcionando o las propuestas de que asociaciones ciudadanas hagan acto de presencia en empresas del sector eléctrico mediante la adquisición y sindicación de muchos pequeños paquetes de acciones, con el fin de estar más próximos a los centros de control de bienes y servicios de primera necesidad. Como corolario, se iría abriendo paso la creación de mecanismos de información pública sobre la situación económica real de cada país y de exigencia de responsabilidad efectiva a cualquier tipo de poder que tome decisiones que afecten a la economía.

Para ello cada uno de los miembros de la ecuación (o inecuación) del mercado tendría que cambiar un poco su actual punto de vista; uno de los lados tendría que aprender a evaluar sus posibilidades reales y a priorizar sus demandas para ajustarse a aquéllas y el otro tendría que tomar conciencia de que, por necesidad ontológica, no hay libertad sin un medio en que ésta se desenvuelva, es decir, sin límites, lo mismo que, por más que le estorbe el rozamiento, un pájaro no podría volar en un espacio del que previamente se ha expulsado el aire.

Probablemente la democratización de la economía mediante la participación activa, no sólo pasiva, de sus sujetos, simplemente sería un aspecto más de un proceso de regeneración democrática  que sin duda pugna por ver la luz, más allá de la mera elección periódica de representantes políticos.

Mientras escribo esto tengo la sensación de que todas las imágenes a mi alrededor se tiñen de tonos sepia y de que me encuentro en las faldas de un nuevo siglo cuya cumbre jamás llegaré a pisar.

 

Foto: listas.20minutos.es

SOS

<<¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.>>

Esto que acabamos de leer es algo así como clavar una piqueta en las nieves del Himalaya y, al retirarla, encontrarse con que por el boquete asoma un tulipán.

El texto es de Henry D. Thoreau y pertenece a su ensayo “Sobre el deber de la desobediencia civil”. Thoreau nació en 1817 en un pueblecillo del  Estado de Massachusetts, donde pasó toda su vida. Inmerso en el mundo rural de la América de mediados del XIX, se acercó al confucionismo y de él beberían, un siglo después, Gandhi y Luther King. En relación con él se ha destacado lo siguiente: “(…) su talante libertario y a un tiempo solidario, resulta de una extraordinaria actualidad. Antiimperialista, en el apogeo del imperialismo norteamericano de la primera mitad del siglo XIX; defensor del derecho a pensar por uno mismo (…); ecologista convencido, en contacto con la naturaleza, cien años antes de los <<verdes>>; defensor acérrimo de las minorías indias, en proceso de exterminio; antiesclavista convicto y confeso, en plena efervescencia racial que había de culminar muy poco antes de su muerte en el estallido de la guerra civil; defensor del derecho a la pereza, o reivindicador de aspectos creativos del ocio con dignidad, mucho antes de la formulación de Paul Lafargue. Y todo esto hasta límites de un radicalismo que lejos de disminuir con los años, se fue agudizando conforme éstos pasaban. Defensor ardiente y convencido de causas perdidas. No por perdidas menos justas.” (1)

Thoreau propugnó la práctica de un cierto aislamiento con el fin de preservar la autenticidad de la persona frente a la inercia de la sociedad y, a raíz de la guerra de Estados Unidos contra Méjico (1846-1848) y de la actuación de determinados Estados del Norte, que devolvían esclavos fugados a sus propietarios  del Sur, abogó por negarse a pagar impuestos como medio de retirar todo el apoyo del individuo a un Estado que perpetraba esa clase de acciones, y como forma de proclamar el derecho de cada uno a  situarse al margen de aquél. Creo que las líneas que acabamos de leer pueden entenderse mejor si se enmarcan en este contexto histórico y personal de su autor.

 Resulta interesante comparar el texto de Thoreau con los siguientes párrafos:

<<(la justicia humana) Es una expresión parcial y muy imperfecta todavía, hay que reconocerlo, pero sin embargo útil de la “justicia divina”. Como seres humanos que somos, generamos una justicia humana correspondiendo a nuestro nivel colectivo de conciencia. Cuanto más evolucionados estemos colectivamente (…) más nuestra justicia humana se acercará a la perfección de la “justicia divina”. Es uno de los retos de la humanidad actual; llegar a poder dotarnos de una justicia humana basada en la sabiduría, la integridad, el conocimiento y la compasión; una justicia que esté fundamentada más sobre el aspecto reeducación que sobre el aspecto castigo.

Pero la evolución se hace poco a poco; incluso a las más hermosas flores les cuesta tiempo abrir. El Estado actual de la justicia humana, tanto en lo bueno como en lo malo, no es más que el reflejo del Estado de la conciencia colectiva. A medida que esta conciencia cambie, las instituciones creadas por los hombres mejorarán. Ya hemos podido observar esta evolución en el curso de la historia de la humanidad. No nos encontramos ahora en la época de “ojo por ojo, diente por diente” (al menos para cierta parte de la humanidad más consciente). Por supuesto que todavía queda mucho que hacer.  Mientras tanto, la justicia humana, tal como es, tiene su papel y su utilidad en el proceso evolutivo de la humanidad.>>

Este último texto es moderno. Pertenece al libro “El poder de elegir”, de Annie Marquier. (2)

Creo que ambos escritos coinciden en su percepción de las instituciones (el Estado en un caso, la “justicia humana” en el otro) como entes capaces de evolucionar y que deben hacerlo en la dirección señalada por determinados valores (libertad, cultura, justicia, respeto, amistad y madurez en un caso y sabiduría, integridad, conocimiento y compasión en el otro). Pero si consideramos el texto de Thoreau desde una perspectiva más “sistemática”, que englobe otros de sus trabajos, podemos encontrar indicios de un paralelismo entre ambos autores mucho más profundo que todo eso.

Y así, en su “Apología del capitán John Brown”, Thoreau se refiere a aquellos que no pueden morir “porque nunca ha habido suficiente vida en ellos” y escribe:

<<¿Cree usted, señor, que se va a morir? ¡No! No hay ninguna esperanza. No ha aprendido la lección aún. Debe quedarse después de clase.>>

¿No es ésta una perspectiva completamente “orientalista” de la función de la vida como un espacio para la evolución de la conciencia, con la posibilidad de “repetir curso” si no se han aprendido todas las lecciones que se han ido presentando?

En definitiva, creo que el texto de Thoreau con el que comenzaba este post puede considerarse revolucionario, no porque sea más o menos libertario, sino porque, si lo contemplamos desde la perspectiva “orientalista” que acabamos de señalar, es decir, desde el papel que representa la conciencia individual, nos sugiere una visión de la colectividad que está en la línea de Marquier y de otros autores modernos: la forma de las instituciones de la comunidad como expresión del nivel de conciencia de los individuos en cada momento, como horizonte en la evolución de esa conciencia individual “la madurez” y como horizonte en la evolución de las instituciones la posibilidad del individuo de “desligarse” del Estado manteniendo una buena relación con él. Basta reparar en que este enfoque resulta anticonvencional aún hoy en día, para darse cuenta de que estaba a años luz de la visión de los contemporáneos de Thoreau.

Digo que ese punto de vista resulta anticonvencional incluso hoy en día porque aún la mayoría de nosotros pasamos casi todo el tiempo identificados con nuestra mente, encerrados en ella, y, por tanto, en general nos cuesta mucho ver que exista algo en la persona más allá de su mente y aceptar que exista otra evolución posible que no sea la del conocimiento puramente intelectual. Y si esto es en lo individual, no digamos en lo que a la vida en comunidad se refiere. Desde esta perspectiva, creo que la metáfora del tulipán en el Himalaya que he utilizado al principio está plenamente justificada, porque las ideas de Thoreau, situadas en el marco de la América rural de mediados del siglo XIX, son como una flor que brota en un sitio inimaginable; también porque la aparición de las flores, hace muchos millones de años, representó un salto cualitativo respecto del universo vegetal existente hasta entonces; y, finalmente, porque bastante antes de la primera floración generalizada debieron surgir flores dispersas aquí y allá como avanzadilla de lo que había de venir.(3)

¿Podemos aceptar que Thoreau era una de esas raras flores anacrónicas que prefigura lo que estaba – y sigue estando – por venir? La verdad es que cuando trato de evaluar el alcance de sus ideas, me imagino a Thoreau sentado a mi lado y yo mirándolo de reojo con una mezcla de reverencia y aprensión. Es la clase de emoción que surge cuando piensas en todas las visiones de Julio Verne y en cómo han coincidido, incluso en los detalles, con muchos logros científicos y técnicos del siglo XX, y te dices: “Había algo extraño en ese hombre. Algo tenía que saber …”

¿Cómo sería esa forma más evolucionada del Estado que Thoreau vislumbró? ¿Qué nos pueden decir sobre esto los 150 años de perspectiva en que le “aventajamos”? ¿Seríamos capaces de ir concretando algo más de lo que él nos dice?

¿Sería factible que el Estado permitiera una relación más “a la carta” del individuo con él? ¿Una relación en la que cada individuo pudiera negociar con el Estado hasta dónde está dispuesto a colaborar con éste y, correlativamente, hasta dónde va a participar de lo que el Estado ofrece? ¿No hay, por ejemplo, en la objeción de conciencia, un germen de lo primero? Pero esto, ¿hasta dónde? Parece que a todos nos ofendería, por ejemplo, que alguien pudiera pactar con el Estado que él no estará sujeto del Código penal – con lo cual tal individuo podría hacer lo que quisiera sin castigo -, a cambio de renunciar a la protección del Estado frente a las posibles acciones de otras personas contra él (o ella, claro).

¿Quién llegó antes al mundo, el individuo o el Estado? Entonces, ¿por qué no podrían el Estado y un grupo de individuos decidir de común acuerdo en un momento dado que estos últimos iban a ocupar una parte del territorio que hasta entonces se consideraba “del” Estado para vivir “al margen de él” y “sin interferir con él”, simplemente como buenos “vecinos” y “amigos”?. En tal caso, ¿quién resolvería los conflictos que surgieran entre los “vecinos”? Porque, evidentemente, no podría ser el Estado, que sería una parte más, en pie de igualdad, con aquéllos. ¿Podrían crearse tribunales supraestatales para llevar a cabo esa función?

Al hacer estas consideraciones me viene a la cabeza que existía una institución en el antiguo Derecho germánico que se denominaba “la pérdida de la paz”. La pérdida de la paz consistía en que, cuando se producía una conducta gravemente antisocial de un individuo, el juez declaraba que éste “había perdido la paz”, es decir, la protección de la colectividad, lo cual significaba que cualquier miembro de ésta podía acabar con el infractor sin sufrir ningún tipo de reproche por ello. La interpretación de esta institución que nos explicaban en la Facultad es que el “Estado” germánico era tan débil que ni siquiera podía ejecutar las resoluciones judiciales, así que dejaba dicha ejecución a iniciativa de los súbditos.

Creo que cuando consideramos la posibilidad de “debilitar” el Estado de cualquier forma surge enseguida el temor, quizás por asociación de ideas con el desorden por un lado y con el feudalismo o con instituciones arcaicas como la pérdida de la paz, por otro. Así que mi última pregunta, sería: La forma de relación del individuo con el Estado que acabamos de plantear, ¿representaría realmente una evolución respecto de la situación actual? Y no se me ocurre una respuesta que no venga desde el “orientalismo”: Cada cosa contiene en sí el germen de su opuesto, y el resultado de las acciones depende de la intención y del estado de conciencia con que se lleven a cabo.

Yo no sé ir más allá. De ahí el título de este post: SOS. Me gustaría que estas líneas fueran como un mensaje lanzado en una botella y que quien las leyera pudiera orientarnos con sus aportaciones, bien personales, bien por referencia a libros o artículos de otros, sobre esa posible relación “a la carta” entre el individuo y el Estado.

Y si no, tendremos que esperar a que surja uno de esos genios políticos que nos ayude a subir el siguiente peldaño y a ver a un nivel por encima de donde estamos.

FIN

 

(1)     Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Ed. tecnos. Cuarta edición. Estudio preliminar de Juan José Coy.

(2)     Annie Marquier. El poder de elegir. Ed. Luciérnaga. Cuarta edición, págs. 270 – 271.

(3)     La idea de la aparición de las primeras flores como metáfora de la evolución de la conciencia es de Eckhart Tolle: “Un nuevo mundo ahora”. Edit. Debolsillo. Segunda edición.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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