Posts Tagged 'El miedo a la libertad'

ARTE, POLÍTICA Y VICEVERSA

Parthenon

Nunca quise hacer de este un blog político, pero, inmersos en la “berrea” de la campaña electoral, no puedo sustraerme, una vez más, a la necesidad de hablar de “esa cosa”.

Recordemos con Aristóteles que:

Es (…) manifiesto que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común, o que, a causa de su propia suficiencia, no necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un dios. (Aristóteles, Política, libro 1,1)

Como es conocido, respecto al origen y constitución de la sociedad el estagirita sostenía la “sociabilidad natural” del hombre.

Se ha afirmado que, más que por el diseño de la sociedad ideal, Aristóteles se sentía atraído por el análisis de la experiencia, en este caso, el de la experiencia de la vida colectiva o social del hombre.

Si del análisis de la experiencia colectiva se trata, experiencia, además, muy próxima, no puede perderse de vista un clásico del tamaño de “El miedo a la libertad”. En esta obra, publicada en Estados Unidos en 1941, Erich Fromm se propone explicar el auge del totalitarismo en Europa en el contexto de un estado de civilización muy desarrollado; ¿por qué millones de personas en Alemania estaban tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella?, se pregunta el autor.

Fromm, fundador de la llamada escuela humanista de psicoanálisis, apelará a la irracionalidad y al inconsciente para brindarnos una nueva perspectiva sobre la fascinación que puede ejercer la pérdida de la libertad sobre el individuo.

Partiendo de la base de que las necesidades humanas están socialmente determinadas en gran medida, la tesis central de Fromm es que:

(…) el hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en individuo, tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar una forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual.

Es de ver que, en las concepciones de ambos pensadores, tan lejanos en el tiempo y en sus planteamientos, el desarrollo individual y colectivo del ser humano están estrechamente vinculados, punto de vista que, por otra parte, siempre ha sido ampliamente compartido.

En atención a ello, parece que la actividad política debiera orientarse a facilitar esa unión de la persona con el mundo a través de los afectos y del trabajo creador de que habla Fromm; es decir, la política habría de ser ante todo un cauce que facilitara la integración espontánea del individuo en la comunidad. A este respecto, abundan al alcance de la mano ejemplos que demuestran que la armonía entre lo individual y lo común no sólo es posible, sino cotidiana; una de las frases más entrañablemente hermosas que he leído de Fernando Savater (Ética para Amador) reconoce que: <<no hay nada a la vez tan individual y tan universal como la relación entre un padre y un hijo>>.

En mi opinión, de todo esto se desprende que:

  1. La política tiene mucho que ver con los sentimientos de las personas, ya que son éstos los que guardan la llave de cualquier proceso de integración en que estén presentes la espontaneidad y la creatividad.
  2. La política ha de velar celosamente por el mantenimiento de la dignidad humana, concepto histórico, como casi todos, que hoy exige el respeto a un mínimo de igualdad y de justicia, sin las cuales no se puede hablar de integración, sino más bien de “compactación”.
  3. Centrar la política en lo meramente económico, no digamos en lo macroeconómico, constituye un ejercicio de reduccionismo rayano en el avasallamiento o en la ceguera.
  4. La experiencia histórica demuestra el inmenso peligro colectivo que encierra cualquier orientación política que desprecie las condiciones mínimas de igualdad y justicia que permiten la construcción de identidades individuales sólidas.

En su Introducción al psicoanálisis, Freud presenta al artista como alguien capaz de evitar la neurosis satisfaciendo de forma constructiva sus impulsos individuales (su necesidad de reconocimiento, fama y riqueza, por ejemplo), porque posee la habilidad de despojar a aquéllos de sus componentes más estrictamente personales y la destreza necesaria para darles una forma universalmente reconocible. De esta forma, los demás pueden conectar con sus propias pulsiones y satisfacerlas a través de la obra y, por esta vía indirecta, el artista acaba obteniendo el reconocimiento que buscaba.

Pienso que sería deseable que cualquier político tuviera la inteligencia emocional necesaria para entender los anhelos de la colectividad que constituye el sujeto de su política. Además, sería esencial que fuera capaz de renunciar al cumplimiento de sus propios deseos (su necesidad de reconocimiento, fama y riqueza, por seguir con el ejemplo) tal y como éstos se le presentan, para “sublimarlos” en una actividad al servicio de los demás que acabaría otorgándole la satisfacción buscada en una forma diferente. Por tanto, quizás no sería atrevido afirmar que ese político ideal habría de tener algo de artista.

Las elecciones autonómicas y locales que se avecinan van a ser un simple ensayo de las generales. Me muero de ganas de admirar los coros y danzas que nos van a ofrecer nuestros “artistas”.

 

Fuentes:

http://www.webdianoia.com/aristoteles/aristoteles_polis.htm

http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=18112178025

 

Foto: Wikipedia

DR. PANGLOSS, SUPONGO

No entiendo nada. No entiendo de economía ni quiero entender. No entiendo por qué la legislación laboral española puede llegar a amparar que los empresarios confisquen parte del salario de sus trabajadores – y digo “confisquen” porque esto va más allá de dar a un particular poder expropiatorio, ya que la expropiación conlleva siempre una compensación al expropiado, que aquí, desde luego, no está prevista -. En el peor de los casos, si se trata de garantizar la viabilidad de una empresa en situación crítica, ¿no se podría haber articulado algo así como un “préstamo” forzoso de los empleados? – tú me financias mi actividad con parte de tu sueldo y yo me obligo a devolverte tu dinero, con intereses,  cuando venga a mejor fortuna, o a darte una participación en los beneficios de mi actividad -, por poner un ejemplo. ¿No se podrían haber establecido, además, ciertas garantías para evitar abusos, como la prohibición al empresario que tome dicha medida de repartir dividendos? No entiendo por qué, llegado el caso, se puede obligar a los trabajadores a dar apoyo financiero a fondo perdido a sus empresas mientras que a los bancos, que están precisamente para financiar, se les permite que incumplan su función social. No entiendo por qué a los asalariados se les puede imponer una quita de sus créditos contra la empresa, a las empresas se las puede forzar a una quita frente a la Administración – si me rebajas la deuda cobras antes; si no, ponte a la cola – y a los bancos nadie puede discutirles nada; a ellos sí que la ley nos obliga a devolverles hasta el último céntimo, y de esa obligación respondemos con todo nuestro patrimonio, presente y futuro. No lo entiendo y me preocuparía si llegara a hacerlo, porque todo esto es tan absurdo, tan aberrante, tan injusto, que si lo entendiera pensaría que estaba empezando a ser víctima de una droga o de un lavado de cerebro. Lo que sí sé es que el que carga contra los débiles no hace más que demostrar su propia debilidad.

Si es cierto que quienes han dirigido y dirigen nuestra política económica siguen a pies juntillas a “Bruselas”, al BCE y al FIM, debe de ser que los responsables de dichas instituciones tienen en sus mesillas de noche, no a Hayek o a cualquier otro economista, sino a Voltaire y su “Cándido”, porque lo que estamos viviendo apunta cada vez más a aquella frase del Profesor Pangloss que uno se iba tropezando,  como una especie de estribillo, a través del libro:

“Vivimos en el mejor de los mundos posibles. De las desgracias individuales nace el bien común y, por lo tanto, cuanto más se multipliquen las desgracias individuales, mayor será el bien común”.

Supongo que, con tal razonamiento, Voltaire trataba simplemente de convertir las doctrinas de Leibnitz en un esperpento. Como broma más o menos vitriólica está bien, pero conforme uno profundiza en su convencimiento de que hay gente de mucho peso que se ha tomado esto en serio, la sensación empieza a volverse angustiosa.

Me sorprende encontrar mucha gente con sensibilidad y sentido común que afirma, casi excusándose, que “no había otra alternativa”. ¿¡Cómo que no había otra alternativa!? Dejémonos ya de historias. ¿Es que los árboles no nos dejan ver el bosque? Para entender de verdad lo que nos está pasandono es necesario hacer un curso sobre los mercados de la deuda pública, sino tomar conciencia de qué impulsos se han escapado a nuestro control, acudiendo a los mejores frutos que ha producido la creatividad de la mente humana, desde los trabajos de psicólogos y sociólogos hasta el depósito de sabiduría que encierran los mitos ancestrales – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/02/09/el-minotauro/ -.

Ese “no había otra alternativa”, ese fatalismo que considera inevitable que unos estén arriba y otros tengan que estar abajo es uno de los rasgos distintivos del llamado “carácter autoritario”, cuyos rasgos estudió Erich Fromm en “El miedo a la libertad”; creo que en estos tiempos resulta imprescindible volver a a esta obra . En ella, el psicoanalista alemán analiza la evolución que lleva al hombre europeo desde la sociedad pre-individual hasta el auge del nazismo. Enfrentado con la “tierra de nadie” que supone la ruptura de sus antiguos vínculos (libertad “de” o libertad negativa), pero sin ser aún capaz de dar un sentido a su libertad (libertad “para” o libertad positiva), la persona buscará defenderse de su angustia desarrollando un carácter autoritario – término aplicable tanto al de quien está “arriba” como al del que está “abajo”-, que le llevará a la sumisión a regímenes dictatoriales, como los totalitarismos de los años 30 en Europa, o bien, a través del mecanismo de la “conformidad automática”, a esa “autoridad difusa” que impregna a las democracias contemporáneas.

Respecto de estas últimas, Fromm se centró sobre todo en la sociedad de la abundancia, en el hoy llamado (ya casi como referencia histórica) estado del bienestar, sin duda por razón del momento en que aquél escribió la obra comentada. No obstante, pienso que todo cuanto dijo acerca de la “conformidad automática” a la “autoridad difusa” es perfectamente aplicable a la “globalización del malestar”, idea que parece orientar toda acción política en este momento. Sólo esa “conformidad automática” permite explicar que gente de buen sentido, ante actuaciones injustas hasta lo repugnante, repita como un mantra que “no había otra alternativa”, no ya siguiendo a “Bruselas” (bonita ciudad, que acabará equiparándose a la localidad de Auschwitz en la mente de muchos), al BCE o al FMI, sino a ese estado de opinión, a esa “autoridad difusa” que ha decidido que hay que tirar por tierra, sí o sí, los logros sociales obtenidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Esto tampoco es nuevo. En sus elucubraciones sobre el entonces lejano (y ahora ya también) 1984, Orwell nos pintó una organización política totalitaria y despiadada que, de propósito, mantenía permanentemente varias guerras de baja intensidad, tenía al grueso de los individuos inmersos en una vida gris de escasez (recuerdo que el agua para el baño sólo salía fría o “a penas templada”), y que incluso investigaba con el fin de suprimir las reacciones neurológicas que llevan al orgasmo; todo ello, supongo, como una manera tan eficaz de suprimir el auténtico individualismo como lo es fomentar la voracidad por el consumo.

Eso sí, a diferencia de otros, yo no creo que este estado de las cosas obedezca a un designio consciente por parte de nadie. Más bien creo que es un nuevo brote de esa enfermedad que aún no hemos logrado superar, que se desarrolló violentamente en los años 30 en forma de totalitarismo, que después siguió presente en la forma más atenuada de adicción al consumo y que, nuevamente, se manifiesta, cada vez con mayor claridad, en forma de una especie de adicción al “malestar”, materializado en esa fiebre de imponer “recortes” más que cuestionables. Y estoy convencido de que el primer paso para salir de donde estamos es tomar conciencia de que esa pandemia que nos amenaza se llama, nuevamente, “miedo a la libertad” y, para el caso de que ellos aún no lo hayan hecho, dejar claro al poder que nosotros ya nos hemos despertado.

MI PADRE ERA VERDUGO

 

Debe de ser que a mí con los libros me pasa como el primer día que tomas el sol: casi inevitablemente el cuello y los hombros se te queman un poco y, a partir de ahí, parece que se han convertido en un potente imán para todos los posibles roces y golpes que andan rondando tu cuerpo. Quiero decir que siempre que estoy leyendo algo un poco sustancioso me da la impresión de que todo lo que me echo a la cara ha sido escrito pensando en aquello.

El pasado 27 de noviembre apareció en la edición digital de EL PAÍS el reportaje titulado “Mi padre era verdugo”, de Juan Diego Quesada,

www.elpais.com/articulo/reportajes/padre/era/verdugo/elpeputec/20111127elpdmgrep_9/Tes

y estoy plenamente convencido de que el redactor jefe (que no sé ni quién es, y él ni siquiera que yo existo) ha estado esperando para publicarlo a que yo terminara de leer el análisis sobre el “carácter autoritario” que lleva a cabo Erich Fromm en “El miedo a la libertad”.

Acerca de los impulsos masoquistas y sádicos afirma Fromm:

No cabe duda de que, con respecto a las consecuencias prácticas, el deseo de ser dependiente o de sufrir es el opuesto al de dominar o infligir sufrimiento a los demás. Desde el punto de vista psicológico, sin embargo, ambas tendencias constituyen el resultado de una necesidad básica única que surge de la incapacidad de soportar el aislamiento y la debilidad del propio yo.

Más adelante el autor decide utilizar la expresión “carácter autoritario”, en vez de “carácter sádico”, para referirse a los rasgos de personalidad de los que estamos hablando, cuya tendencia motivadora básica consiste en refugiarse en la simbiosis con el otro, bien mediante el sometimiento, bien mediante el el dominio de aquél, muchas veces mezclada con un impulso más o menos destructivo hacia el otro. El psicoanalista se esfuerza especialmente en destacar en esta parte de su obra que, en contra de lo que pudiera parecer, sumisión y dominio no son más que dos caras de la misma moneda.

Por su parte, el reportaje de Juan Diego Quesada indaga en la vivencia de los hijos de dos verdugos españoles – López Sierra y Sánchez Bascuñana – acerca de la profesión de sus respectivos padres, y a través de la visión más intimista de aquéllos aparecen retazos de las personalidades de ambos ejecutores, enmarcadas en el tiempo que les tocó vivir.

Me llama la atención cómo unas cuantas referencias, además bastante breves, a ambos verdugos y a su mundo son capaces de ofrecer un encaje tan exacto a las reflexiones de Fromm, hasta el punto de mostrar, en los dos casos, un auténtico paradigma del individuo autoritario. Lo anterior es más notable, si cabe, teniendo en cuenta que el reportaje contempla a dos personas aparentemente muy distintas entre sí.

A continuación trataré de poner algunos párrafos entresacados del texto (entre corchetes) en relación con las observaciones de Fromm acerca de los rasgos del carácter autoritario.

 

[Pero esta historia no cuenta la vida del verdugo (López Sierra), ni sus años de prisión por el atraco a una gasolinera (…)]

Hay un rasgo del carácter autoritario que ha engañado a muchos observadores: la tendencia a desafiar a la autoridad (…) Sin embargo, esencialmente la lucha del carácter autoritario contra la autoridad no es más que un desafío. Es un intento de afirmarse y sobreponerse a sus propios sentimientos de impotencia combatiéndolos, sin que por eso desaparezca, consciente o inconscientemente, el anhelo de sumisión.

 

[Su nicho (el de López Sierra) en el cementerio de Carabanchel se había convertido en una especie de lugar de peregrinaje morboso para curiosos, policías y nostálgicos del régimen de Franco, convencidos de la eficacia del ojo por ojo]

El carácter autoritario adora el pasado. Lo que ha sido una vez, lo será eternamente. Desear algo que no ha existido antes o trabajar para ello, constituye un crimen y una locura. (…) El concepto de pecado original que pesa sobre todas las generaciones futuras, es característico de la experiencia autoritaria. El fracaso moral, como toda otra especie de fracaso, se vuelve un destino que el hombre no podrá eludir jamás.

 

[Mi viejo parecía un tipo muy duro, pero te aseguro que siempre iba borracho cuando tenía que ejecutar a alguien. Era un trago hacer eso]

El coraje del carácter autoritario reside esencialmente en el valor de sufrir lo que el destino (…) le ha asignado. Sufrir sin lamentarse constituye la virtud más alta, y no lo es, en cambio, el coraje necesario para poner fin al sufrimiento o por los menos disminuirlo.

 

[(…) un policía secreto le preguntó si tenía valor para ser verdugo. Él contestó: “Me da lo mismo que sea verdugo, que sea lo que sea, mientras me dé de comer]

La filosofía autoritaria es esencialmente relativa y nihilista (…). Está arraigada en la desesperación extrema, en la absoluta carencia de fe, y conduce al nihilismo, a la negación de la vida.

 

[Claro, en mi casa nunca se ocultó (la profesión de verdugo de López Sierra). Alguien tenía que hacerlo, ¿no? ]

Y son experimentadas como una fatalidad inconmovible no solamente aquellas fuerzas que determinan directamente la propia vida, sino también las que parecen moldear la vida en general. A la fatalidad se debe la existencia de guerras y el hecho de que una parte de la humanidad deba ser gobernada por otra.

 

[La realidad es que tanto los reos como los verdugos solían pertenecer a los que vivieron la miseria de la posguerra, a los que se ganaban la vida como podían. En ocasiones, tan solo el azar había colocado a uno y a otro en cada lado, a uno con la capucha y a otro manejando el garrote, como si la pena de muerte fuese un asunto estrictamente entre los desfavorecidos]

Para (el carácter autoritario) la debilidad es siempre un signo inconfundible de culpabilidad e inferioridad.

Además, ver comentarios anteriores sobre la fatalidad y la desesperación.

 

[A la hora de la verdad tuvieron que arrastrar hasta el patíbulo al verdugo, que para entonces estaba ya borracho. Al llegar a casa, Cándido recuerda una confesión de su padre, aún muy impactado: “Es lo más tremendo que he hecho en mi puta vida. Peor que matar a 100 hombres]

Desde el punto de vista psicológico, sin embargo, ambas tendencias (la sádica y la masoquista) constituyen el resultado de una necesidad básica única que surge de la incapacidad de soportar el aislamiento y la debilidad del propio yo.

Creo que el uso del alcohol que hacía López Sierra ilustra bien este rasgo. Además, ver comentario anterior sobre el valor suficiente para sufrir el propio destino, pero no para cambiarlo.

 

[Esta actitud (la de López Sierra descrita en el punto anterior) contrasta con el perfil que dibujan otros que le contemplaron dar muerte. (…) La muerte se alargó angustiosamente más de 20 minutos y el psiquiatra dijo que la actitud del verdugo fue parecida a la de Manolete ante un toro muerto en Las Ventas, como si estuviese brindando la pieza]

Para él (el carácter autoritario), el mundo se compone de personas que tienen poder y otras que carecen de él; de superiores y de inferiores. Sobre la base de sus impulsos sadomasoquistas experimentan tan sólo la dominación o la sumisión, jamás la solidaridad.

Quizás esta reflexión sobre la alternancia entre el sadismo y el masoquismo podría explicar el enorme contraste de actitudes que mostraba López Sierra en los dos últimos extractos del reportaje. Asimismo, en el último extracto tal vez podamos encontrar un ejemplo de actitud desafiante del individuo autoritario, en un intento de sobreponerse a sus propios sentimientos de impotencia, conforme al análisis de Fromm, reproducido más arriba [la actitud del verdugo fue parecida a la de Manolete ante un toro muerto en Las Ventas, como si estuviese brindando la pieza].

 

[Sencillamente (López Sierra), fue un señor al que le tocó hacer lo que tenía que hacer en su tiempo. (…) Mi viejo no dictaba sentencias, eso lo hacían los jueces. No tengo que pedir perdón a nadie]

Ver comentarios anteriores sobre la necesidad del carácter autoritario de obrar en nombre de un poder superior y sobre su sentido de la fatalidad, de lo inevitable.

 

[El verdugo andaluz que fue su maestro (el de López Sierra) se llamaba Sánchez Bascuñana (…). Dejó huérfana a una niña de cuatro años. (…) Desde siempre pensó que su padre era guardia civil (lo había sido con anterioridad). Tenía recuerdos borrosos (…) de su espíritu místico]

El carácter autoritario (…) gusta de someterse al destino. (…) Y son experimentadas como una fatalidad inconmovible (…) las (fuerzas) que parecen moldear la vida en general. (…) La fatalidad puede asumir una forma (…) como “voluntad divina” hablando en términos religiosos (…). Para el carácter autoritario se trata siempre de un poder superior, exterior al individuo, y con respecto al cual éste no tiene más remedio que someterse. (…) La definición (…) de experiencia religiosa como sentimiento de dependencia absoluta, define también la experiencia masoquista en general. (…) Pero en realidad no tiene fe, si por fe entendemos la segura confianza de que se realizará lo que ahora existe como mera potencialidad.

 

[Odia que le llamen verdugo: “Somos administradores de justicia. Yo no mato a nadie, lo mata la justicia”]

El carácter autoritario no carece de actividad, valor o fe. Pero (…) (la actividad) no significa otra cosa que la necesidad de obrar en nombre de algo superior al propio yo. Esta entidad superior puede ser Dios, el pasado, la naturaleza, el deber, pero nunca el futuro, lo que está por nacer, lo que no tiene poder o vida como tal. El carácter autoritario extrae la fuerza para obrar apoyándose en ese poder superior. Éste nunca no puede nunca ser atacado o cambiado.

 

[yo envidio al que traspasa los umbrales de la eternidad (…) esta vida es un valle de lágrimas]

La filosofía autoritaria es esencialmente relativa y nihilista (…). Está arraigada en la desesperación extrema, en la absoluta falta de fe, y conduce al nihilismo, a la negación de la vida.

Además, ver comentarios anteriores sobre el fatalismo.

 

[sufría siendo verdugo y ese sufrimiento se lo llevó a la tumba]

Ver comentarios anteriores sobre el valor suficiente para sufrir el propio destino, pero no para cambiarlo.

 

[Bernardo Sánchez colocaba siempre una capucha al condenado para que su rostro no fuese lo último que viese antes de cerrar los ojos. El verdugo le pedía que rezara el credo y ponía en marcha el mecanismo del garrote en medio de la oración]

Este último pasaje, por algún motivo, me resultó tremendamente perturbador. Me llamó la atención, sobre todo, la observación que se pone en boca del verdugo sobre la capucha del condenado [para que su rostro no fuese lo último que viese antes de cerrar los ojos].

No soy muy entendido en garrote vil, pero, por lo que sé, el verdugo acciona el garrote desde detrás del condenado, por lo que, con o sin capucha, es imposible que la última visión del reo fuera la cara de su matador. Tuve la impresión de que el ritual de la capucha, junto con el credo del condenado, tenía que ver con la falta de auténtica fe de su matador; no sé por qué se me ocurrió buscar  el significado del verdugo en el tarot, y he aquí lo que encontré:

“Este personaje siniestro nos indica en nuestros sueños nuestro temor hacia lo desconocido, a lo que no podemos ver más allá de la vida o del mañana.”

 (http://www.tarot-egipcio.com/Art_significado_sonar_con_verdugo.htm)

Por supuesto no creo que el tarot pruebe nada, pero sí creo que nos habla desde el inconsciente colectivo o desde algo que se le parece mucho, de hecho mi propia intuición iba en esa línea, y que, probablemente, la extrema religiosidad que manifestaba Sánchez Bascuñana no era más que una defensa frente a una profunda carencia de fe en la vida. Dicen que al muerto se le tapa como símbolo de que ha cruzado una frontera y ya pertenece a un mundo en el que no nos es dado inmiscuirnos; el ritual de encapuchar al condenado me sugiere que el peor temor de Sánchez Bascuñana era mirar al mundo de los muertos, al más allá, por miedo a no encontrar nada, y proyectaba su angustia en quien estaba apunto de partir en esa dirección, el reo, al que tapaba los ojos, cuando seguramente su deseo profundo era tapárselos él mismo. La proyección se completaba haciendo dar al condenado un testimonio de fe, último y definitivo, mediante el credo.

Sin una fe profunda en la vida y en el hombre, tal vez para Sánchez Bascuñana la existencia no era más que el corredor de la muerte y las formas de la vida sólo el ropaje de un verdugo. Su propia forma de ganarse la vida expresaba perfectamente esta visión.

Creo que aquí podemos encontrar el punto de confluencia de dos personas aparentemente tan distintas como López Sierra y Sánchez Bascuñana, las Fuentes del Nilo del “carácter autoritario”. Porque los pocos retazos de las historias de ambos que hemos podido analizar hablan, en el fondo, de una misma experiencia existencial, algo así como: nacer es ser arrojado en la jaula de una fiera que nos irá devorando hasta que no quede nada.

Me gustaría haber sido capaz de explicar y transmitir la angustia que percibo en estos personajes a través de tan sólo unas pinceladas de sus retratos. Creo que ello es importante porque, en palabras del propio Fromm:

 (…) el hombre no es ni bueno ni malo, (…) la vida posee una tendencia inherente al desarrollo, a la expansión, a la expresión de sus potencialidades; (…) si se frustra la vida, si el individuo se ve aislado, abrumado por las dudas y por sentimientos de soledad e impotencia, entonces surge un impulso de destrucción, un anhelo de sumisión o de poder.

Sin duda fueron muchísimos los que, en el tiempo que les tocó vivir, podrían haber estado manejando el garrote en lugar de ambos, de la misma forma que otros tantos se librarían, por un leve soplo del destino, de ponerse la capucha.

Por otro lado, más allá de lo psicológico y de lo sociológico, pienso que cualquier sociedad es, por definición, una expresión de orden y que la creación de ese orden exige la producción de un cierto grado de desorden extramuros de la comunidad – exactamente de la misma forma que un frigorífico es un espacio aislado que se mantiene a baja temperatura a costa de calentar todo lo que hay a su alrededor -; ese desorden es, por así decirlo, la “sombra” que arroja el cuerpo social. Estoy convencido de que, si no quiere acabar sucumbiendo al caos que la asedia, toda comunidad necesita transar con su propia sombra qué espacio va a ocupar cada uno. El verdugo fue – y por desgracia sigue siendo en muchos lugares del mundo – la forma histórica que adoptó esa transacción, como concesión del cuerpo social a su sombra, la violencia.  Por eso, como dice la hija de Sánchez Bascuñana, “sería hipócrita juzgarlos”.

En cualquier caso, estoy convencido de que la comprensión no es algo que demos al otro, es algo que uno se da a sí mismo. Desde este punto de vista, entender al verdugo no es más que el reencuentro con nuestra propia sombra.

Foto: http://www.abc.es/20101117/cultura-cine/berlanga-humor-negro-sombra-20101117.html


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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