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CEREMONIA DE GRADUACIÓN

Dijo un autor que no recuerdo (por la mezcla de lucidez, amor al absurdo y sensibilidad, probablemente francés) que únicamente tendría sentido decir que dos personas han estado casadas cuando la vida de una de ellas se ha acabado, porque sólo entonces se podría asegurar si esa relación, en la que ya no cabe incertidumbre futura, fue o no fue de verdad un matrimonio.

Con la misma lógica, cabría pensar otro tanto del conjunto de nuestra vida. En el instante último podríamos optar entre taparnos los ojos o bien organizar una especie de ceremonia de graduación íntima en la que uno, desdoblado en maestro, discípulo e invitado, se entregaría a sí mismo un certificado inmaterial en que constaría algo así como: “ESTO HA SIDO LA VIDA DE UN SER HUMANO QUE HIZO LO MEJOR QUE SUPO Y PUDO” y se regalaría un aplauso a la misión cumplida antes de salir del escenario.

Cuando yo era niño no había ceremonias de graduación – menos mal que no sabían lo que se estaban perdiendo las tiendas de ropa, los salones de eventos y los establecimientos de licores -, si acaso, en alguna ocasión, un refresco en vaso de plástico con patatas fritas y ganchitos en el patio del colegio, disfrutando de una tarde luminosa sin ser aún asfixiante. Pero el día en que me daban las vacaciones yo solía celebrar mi propia ceremonia con la paz y la satisfacción que se me desbordaban por las costuras al irme a dormir; en ese momento estaba profundamente convencido de que la palabra “septiembre” era sólo un soplo de aire sin significado alguno y de que cerrar los ojos equivalía a salirse de las correas y los engranajes del tiempo.

Buenos o malos alumnos, grandes deportistas o patosos, más o menos admirados por los compañeros, bien considerados por los profesores o no tanto, ¿quién de nosotros hubiera considerado el fin de curso como una tragedia? No importaba nada lo que había sido o lo que habría de ser, porque entonces cualquier cambio te envolvía como un tejido fabricado con  los hilos cómodos y ligeros del “aquí” y el “ahora”.

¿Existe una transformación cultural capaz de ayudarnos a perder el miedo a la propia muerte o hay que aceptar que hemos abandonado para siempre esa ligereza del dejarse ir junto con nuestra juventud?


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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