Posts Tagged 'Individualismo'

DESAGÜE

Sumergidos en los olores de mil guisos y apretujados en mesas corridas, los comensales, en grupos de cuatro o cinco, van alzando cada vez más la voz para poder entenderse; por si no tuvieran suficiente con competir entre sí, han de luchar también con el tintineo de los cubiertos y con el ruido de los motores y los timbres de los microondas. Son en su mayoría jóvenes que comentan con los compañeros el curso de la jornada salpicando el discurso con sus variadas jergas profesionales. Estamos en el office de cualquier empresa española, cualquier día laborable entre las dos y las tres de la tarde.

Por lo general su atuendo es cuidado, pero huye de lo clásico y tiende a mostrar dinamismo, su lenguaje corporal revela energía e incluso un punto de agresividad y, en definitiva, cada uno de ellos parece una especie de carta de presentación semoviente cuyo único párrafo reza: “Sr. Director de RRHH, soy capaz de alcanzar todos los objetivos que a vds. les dé por marcarme”.

Su conversación trata de colmar su afán de “deseabilidad” social y, además de exhibir sus conocimientos profesionales, suelen aprovechar el almuerzo comunal para cantar las excelencias de las actividades, más o menos exóticas, que han llevado a cabo o que planean para el próximo fin de semana o para las vacaciones.

Cuando, tras el fragor de la batalla, uno entra allí por cualquier motivo, la atmósfera cargada y el peso del silencio parecen sugerir que la pobre habitación se ha quedado febril, exhausta, ensordecida y puede que incluso con una preocupante obstrucción intestinal. En efecto, casi de inmediato la mirada choca con un fregadero lleno hasta el borde de agua grisácea en la que flotan inmundicias, ya irreconocibles por su aspecto baboso. Entonces nos asalta una pregunta: ¿por qué se atasca el fregadero?

“Bien, sin duda, porque alguien que ha lavado sus utensilios no ha retirado sus restos de comida del desagüe y quienes han llegado detrás han considerado asqueroso o indigno hacerlo, con lo que el tapón de desperdicios ha terminado por obstruir completamente el conducto. Ello no ha impedido a los demás seguir usando la pila hasta que el peligro de rebosamiento lo ha hecho materialmente imposible”. Algo así es lo que tiende uno a responderse a sí mismo, a bote pronto.

Pero enseguida reparamos en que nos hacíamos la pregunta con cierta zozobra, que quizás estábamos viendo en el agua turbia una insinuación un poco siniestra de algo que estamos viviendo, sin terminar de reparar en ello, y que la respuesta positivista que nos acabamos de dar no es capaz de calmarnos: “Sí, sí, ya sé cómo se obstruye un desagüe, pero, ¿¡¡¡por qué se atasca el fregadero!!!?”

Uno imagina las perspectivas de carrera profesional de esos jóvenes comensales como un autobús de dos plantas, completamente abarrotado, que marcha sin detenerse. Unos corren junto a él echando los pulmones por la boca, tratando de saltar dentro antes de que aquél tome demasiada velocidad y se vaya sin ellos. Otros ya tienen los pies en la plataforma, pero también se aferran denodadamente a cualquier asidero para evitar salir despedidos en un giro o en un bache, porque ese autobús siempre lleva las puertas abiertas.

Y mientras, como hipnotizado por la fealdad que contempla, uno sigue con la mirada clavada en el fregadero, lleno de esa especie de sopa fría propia del menú de la Familia Monster, su mente pone el piloto automático y repasa vertiginosamente entre sus recuerdos alguno que nos sirva como flotador, y entonces surge el viejo y barroco Segismundo.

¿Acaso son estos jóvenes los “Segismundos” del s. XXI? ¿Es que cuando el anonimato que brinda la colectividad los libera momentáneamente de la prisión de sus propias máscaras, surge la bestia reventando el barniz que les ha dado su entorno social?

Llamé al Cielo y no me oyó

y pues sus puertas me cierra,

de mis pasos por la tierra

dé cuenta el Cielo y no yo.

Así que, visto lo visto y oído lo oído, uno no puede evitar salir de la habitación sin la comezón de una nueva duda: entonces, para esa generación, ¿la vida es sueño o es pesadilla?

FIAT 500

500

“No puedo venderlo porque nadie me quiere pagar ni de lejos lo que me costó”. Acompañada de un gesto de cansancio, la frase de mi amigo se refería al encantador Fiat 500 que tenía aparcado en la acera de enfrente.

La primera serie del Fiat 500 se presentó al público el 4 de julio de 1957 y tuvo una fría acogida. Pocos meses después se lanzaría al mercado el modelo llamado “Estándar”, con un motor de 15 CV y una velocidad máxima de 90 Km/h, verdadero detonador del “boom” del 500, que se convirtió en un auténtico fenómeno social por ser un auto urbano muy práctico y al alcance de amplias capas de la población. La estrella del Fiat 500 recorrió diversas versiones, alcanzó su cénit en los años 60 y, a partir de ahí, empezó a declinar.

El Fiat 500 de mi amigo es un icono de la actual moda “retro”: bajo una apariencia tradicional tiene 100 CV de potencia – un “tiro” para su peso -, climatizador, bluetooth, cambio automático y ya sólo le falta ser además “ultramático” e “hidromático”, como decía el también viejo Danny Zuko. El precio de los actuales Fiat 500 puede rondar los 20.000€, según en qué versión, lo cual no es moco de pavo para un coche en el cual alguien un poco alto tiene que meterse con calzador.

Pero, en mi opinión, la mayor diferencia entre el 500 histórico y el de nuestros días no está en el coche, sino en quien se lo puede permitir. Me explico: en sus tiempos la expresión “puedo permitírmelo” quería decir que uno estaba en algún lugar del ancho espectro de la clase media y que, tras deducir de su paga la letra del piso y la del cochecito, el remanente bastaba para que la familia comiera de forma más o menos decente. Hoy en día la clase media amenaza con convertirse en un espectro y “puedo permitírmelo” significa que, pese a la insignificante apariencia del vehículo, todo el mundo sabe que es tan escandalosamente caro que no hay peligro de que te tomen por un fracasado por el hecho de conducirlo.

El desarrollo económico de las últimas décadas, unido a la ineficiencia y la deslealtad de muchos políticos de izquierda, ha provocado la floración de una auténtica droga para nuestro ego. Las burbujas que desprende con frecuencia nos embriagan y nos llevan a sentirnos “ricos” e identificados con el sistema de la “ley del embudo” que hoy nos gobierna; con esa complicidad, muchos parecen considerarse verdaderos guerrilleros del individualismo frente a las “masas aborregadas, esclavas de las políticas sociales”. En esa experiencia psicodélica hay quien olvida que, si no tuviéramos más remedio que pagar seguros médicos, planes de pensiones y colegios privados, nuestras “fortunas” se verían bastante mermadas, si es que daban para tanto… También se pierde de vista que tal vez mañana se acabe lo que se daba. Entonces, el que sea tan afortunado como para encontrar otro empleo, probablemente tenga que trabajar por un 30% o un 40% menos que cuando era multimillonario.

Esa clase de individualismo me hace sonreír con el recuerdo de una viñeta del “Sturmtruppen”, aquel comic tan irreverente sobre la II Guerra Mundial: un soldado alemán se queja para sí del sentimiento de alienación que le genera la uniformidad del ejército alemán. ¿Cómo destacar su individualidad formando parte de semejante monolito? “¡¡Ya sé!!” – el soldado se ilumina de entusiasmo – “¡¡Yo seré el que lleve las botas más limpias de todos!!”.

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 Pero, al mismo tiempo, esa clase de individualismo me da muchísima pena. Hemos pasado de ser dueños de un duro a ser esclavos de dos. Así nos va.

 

Fuentes:

Wikipedia

diariomotor.com

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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