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ORDEN Y TRAGEDIA

Aquel día cuando Von Ribbentrop, Ministro de Asuntos Exteriores del Tercer Reich, hizo su aparición en la sala todos los que lo aguardaban volvieron la cabeza hacia él con cierta sensación de incomodidad; su aire de contención autoimpuesta y la palidez de su rostro revelaban la seriedad de la situación. Sin detenerse, el diplomático recorrió la estancia y subió las escaleras. Desde aquel lugar, donde dominaba con la vista a todo su auditorio, declaró que deseaba paz para el mundo. A continuación le pusieron una capucha en la cabeza, un nudo corredizo alrededor del cuello y se abrió la trampilla. Fue el primero. En menos de dos horas la horca funcionó diez veces. Así terminó el primer proceso por crímenes de guerra nazis para otros tantos hombres aquel 16 de octubre de 1946 en el gimnasio de la prisión de Nuremberg. Sería el primer proceso de la Historia en su género.

Sería casi blasfemo tratar de añadir algo a todo lo escrito, contado y visto sobre el sufrimiento que provocó la Segunda Guerra Mundial. El personaje al que voy a referirme ni siquiera es humano en el sentido corriente de la palabra, pero hay acontecimientos de tal magnitud  que incluso lo que no es humano puede verse envuelto en un destino trágico.

Los procesos de Nuremberg, en los cuales los vencedores de la Segunda Guerra Mundial enjuiciaron y castigaron los crímenes cometidos bajo el Tercer Reich, fueron muy controvertidos, incluso entre los Aliados y en medio de la atmósfera de fuerte conmoción que aun pervivía en la inmediata posguerra.

Aquéllos desafiaron a los principios jurídicos desarrollados en las naciones civilizadas a través de una evolución de siglos: los acusados fueron juzgados con arreglo a normas creadas posteriormente con el preciso propósito de castigar determinados hechos; los jueces de los vencidos fueron elegidos y designados por los vencedores de forma expresa para cada proceso; se prohibió a los acusados utilizar determinadas defensas, como la obediencia debida o la comisión de crímenes similares por parte de los Aliados; las pruebas documentales fueron seleccionadas sólo por la acusación entre las incautadas al Estado alemán; se permitió que la convicción del Tribunal se basara en testigos de referencia y en declaraciones escritas no ratificadas en juicio, los jueces juzgaron en conciencia sin atenerse a penas predeterminadas por la ley… Harlan Fiske Stone, Juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, llegó a calificar el primer juicio de “linchamiento”, eso sí, aclarando que no lamentaba lo que las fuerzas de ocupación pudieran hacer con los nazis, sino la hipocresía de intentar darle a aquello forma de proceso.

También es cierto que, con la perspectiva del tiempo, generalmente se considera que los juicios de Nuremberg arrojan un saldo positivo. Muchos valoran que éstos sirvieron para exponer ante la humanidad los crímenes del nazismo, que en su conjunto resultan innegables, permitieron introducir en mundo del Derecho el concepto de “guerra de agresión” como acto criminal contra la comunidad internacional, constituyeron el precedente de toda jurisdicción internacional en defensa de los Derechos Humanos – aunque ésta sea hoy tan sólo una cerilla tratando de alumbrar en medio de un huracán –,  y constituyeron una alternativa más “civilizada” a la ejecución inmediata de los responsables, propuesta por Churchill, como castigo por crímenes que hubiera sido impensable dejar pasar sin más tras un conflicto que arrojó un saldo de más de cincuenta millones de muertos y dejó gran parte de Europa reducida a piedras ennegrecidas y humo.

No creo que nadie dude de que hubiera sido imposible exigir cualquier responsabilidad al poder recién depuesto desde los propios tribunales alemanes, juzgando al amparo de las leyes vigentes en el momento de los hechos. Y es que hay situaciones que es imposible resolver desde dentro del sistema jurídico vigente. En el caso que nos ocupa, parte del problema eran las propias leyes de la Alemania nazi, que habían dado cobertura a muchas de las atrocidades cometidas y que, por tanto, eran incompatibles con los deseos de reparación de los vencedores.

La explicación de la tragedia griega que me parece más sugerente es aquella que la presenta como un conflicto en el cual el héroe está marcado por el destino como una semilla: se ve abocado a romper las barreras de lo establecido y habrá de pagar por ello la última factura exigida por ese “statu quo”, pero a cambio de su desaparición como individuo el mundo nunca volverá a ser igual que antes de su entrada en escena.

Es el “instante cero” de un sistema jurídico donde,  en mi opinión, el Derecho nos revela su profunda dimensión trágica. La ruptura con el ordenamiento jurídico anterior siempre cobra un precio a la sociedad. En el momento de la ruptura la nueva norma sólo puede aparecer por vía de hecho y, entonces, es casi inevitable sentir que poca diferencia hay entre someterse a las leyes o prescindir de ellas y defender los propios intereses también por vía de hecho. Ya Rousseau señalaba la incoherencia lógica que supone fundamentar el derecho en un poder de hecho; ¿qué derecho es ese que desaparece simplemente con que uno tenga la fuerza suficiente para vulnerarlo?

Desde la filosofía jurídica puede apuntarse que la norma que define al propio sistema jurídico “es una regla última, una regla que no depende de criterios de validez establecidos por ninguna otra regla del sistema, que no es, en consecuencia, jurídicamente válida ni inválida” (1). Es esa “regla última”, con su aureola fantasmal de ser y no ser al mismo tiempo, la que en determinados momentos de la Historia aparece en la comunidad como un personaje más de la tragedia. Eso es lo que sucedió tras la Segunda Guerra Mundial con la imposición de un nuevo orden jurídico por parte de los Aliados, que ha tenido que arrastrar hasta nuestros días la bola y las cadenas del descrédito y del cinismo, pero cuya “culpa” le permitió alumbrar una nueva era del Derecho internacional.

Hoy seguramente resulta extravagante ver aparecer al ente jurídico envuelto en los ropajes del personaje de tragedia, pero creo que es imprescindible no perder totalmente de vista el aliento humano que aún conserva esta conquista de la civilización que es el Derecho y el profundo dramatismo que encierra para muchos la lucha por sus derechos y por su Derecho.

No obstante, es comprensible que todo esto tienda a hundirse en el olvido en esta Europa donde hay que usar los dedos de ambas manos para contar las normas aplicables al despertador cuyo sonido electrónico nos arranca del sueño cada mañana.

 

  • Bobbio y los conceptos de norma jurídicamente última Juan Ruiz Manero

¿QUÉ SABÍA RUDOLF HESS?

Dado el carácter excepcional del proceso, todos los presentes en la Sala 600 del palacio de justicia de Nuremberg habían tratado de mentalizarse para cualquier cosa que pudieran ver y oír durante las sesiones. Aun así, casi todos se sorprendieron cuando el día 30 de noviembre de 1945 el acusado Rudolf Hess, ex – secretario político de Hitler y número dos del partido nazi, de pronto se puso en pie y dijo “he recuperado la memoria”.

La razón es que durante sus más de cuatro años de encierro en Inglaterra había ido desarrollando síntomas cada vez más acusados de paranoia y pasaba por largos periodos de amnesia. En un estado de pérdida casi absoluta de la memoria fue enviado a Nuremberg para en octubre de 1945 para ser juzgado, ante la insistencia de los soviéticos, que no tenían nada claro qué había estado haciendo Hess con los británicos todo ese tiempo.

De hecho la vida de Hess comienza a hundirse en la niebla el 10 mayo de 1941, cuando la guerra llevaba ya dos años desgarrando Europa. Alrededor de las 17h. el político que representaba la “cara amable” del nazismo y que conservaba su entusiasmo por la aviación despegó de la pista de la Luftwaffe en Augsburgo volando solo en el recién diseñado Messerschmitt 110 con rumbo a Escocia.  Allí, atrapado en la noche antes de haber logrado alcanzar su destino, tuvo que saltar en paracaídas y, con un tobillo fracturado, fue detenido y hecho prisionero. Cerca del lugar del siniestro se encontraba Dungeval Castle, propiedad del Duque de Hamilton, que contaba con una pista privada de aterrizaje con balizamiento, aunque esa noche las luces estaban apagadas.

Hasta ahí los hechos. Más allá, las suposiciones: hay quien asegura que la intención de Hess era tratar de negociar la paz con Gran Bretaña (a su vez algunos opinan que iba como enviado de Hitler y otros que lo hacía por cuenta propia); también hay quien piensa que su plan era buscar apoyos entre elementos pro-nazis de Gran Bretaña para organizar un golpe de estado contra Churchill (de hecho, el alemán había ayudado a Hitler a organizar el “Putsch de Munich” en 1923); finalmente, no falta quien simplemente ve en todo ello la acción de un desequilibrado. El gobierno británico nunca ha salido de su mutismo al respecto.

El estado de deterioro mental en que Hess llegó a Nuremberg sembraba dudas sobre su capacidad para afrontar un juicio que se preveía largo y duro, así que fue examinado por un tribunal médico, que dictaminó su aptitud para enfrentarse a los jueces, estimando que la amnesia podía ser fingida.

De hecho, tras su inesperada declaración de mejoría Hess pareció haber recobrado la lucidez durante unas pocas semanas, pero siguió sufriendo pérdidas parciales de memoria. Luego volvió a caer en una aparente amnesia total y a partir de ahí se pasó las sesiones leyendo y riendo de cuando en cuando, completamente desentendido del juicio.

Hess sólo fue condenado por dos de los cargos presentados contra él (conspiración para promover una guerra de agresión y conspiración para cometer crímenes) y salvó la vida, muy a pesar del juez soviético, que formuló un voto discrepante respecto al resto del Tribunal por considerar que aquél merecía subir al patíbulo. Cuando el 1 de octubre de 1946 se leyó el veredicto, Hess pareció no ser consciente de que se le sentenciaba a cadena perpetua.

Fue internado en la prisión de Spandau, en los alrededores de Berlín, una cárcel de alta seguridad en la que inicialmente se pensó encerrar a unos doscientos criminales de guerra nazis, pero que sólo llegó a contar con siete inquilinos.

En 1966 el último de los compañeros de Hess, Albert Speer, arquitecto y luego Ministro de Armamento de Hitler, fue puesto en libertad tras cumplir su condena de 20 años de reclusión. A partir de ahí Hess permaneció hasta su muerte como único prisionero de Spandau.

Durante muchos años, cada mes un destacamento de 54 oficiales y soldados de los países aliados se turnaban para vigilar al recluso. Al parecer sus guardianes tenían órdenes de dirigirse a él únicamente como “prisionero número 7”, a pesar de que aquella inmensa jaula ya se había quedado vacía, un rasgo más que acentúa el carácter entre onírico y siniestro de la cárcel de Spandau, que en sus tiempos de máxima ocupación, con siete prisioneros, llegó a contar con una dotación de diez camareros, once cocineros, tres gobernantas, catorce pinches de cocina y otras tantas empleadas de limpieza.

Se dice que, indiferentes al progresivo deterioro de su salud física y mental, eran los soviéticos quienes vetaban una y otra vez la liberación de Hess, pese a que el marco histórico de la Segunda Guerra Mundial parecía cada vez más lejano.

El día 17 de agosto de 1987 el mundo conoció la muerte del “prisionero de Spandau”, que, a los 93 años, habría logrado por fin burlar a sus guardianes y se habría suicidado colgándose de un cable en un cobertizo del patio de la prisión.

Desde entonces esta muerte nunca se ha llegado a ver libre de sospechas, empezando porque una autopsia solicitada por su familia reveló que la muerte de Hess no se produjo por suspensión, sino por asfixia.

Hace pocos años la prensa se hizo eco de un informe de Scotland Yard redactado en 1989 y que vio la luz en aplicación de la ley de secretos oficiales. En él se recoge una investigación sobre la muerte del famoso recluso que recoge el testimonio de un médico que lo trató y que consideraba que el estado físico de aquél no le hubiera permitido quitarse la vida de esa forma. El documento apunta a la intervención de los servicios secretos británicos. La apertura política propiciada por Gorbachov en la Unión Soviética habría despertado en Gran Bretaña el temor de que finalmente Hess fuera liberado y pudiera desvelar secretos de la Segunda Guerra Mundial, por lo que se habría enviado a dos agentes británicos para introducirse en la prisión y matarlo.

A mí esta hipótesis conspiratoria no acaba de encajarme. Estamos hablando de un hombre de 93 años, probablemente aquejado de demencia senil. ¿Qué podría decir que no hubiera tenido ya alguna ocasión de filtrar desde hacía más de cuarenta años? Por otro lado, que por razón de Estado haya mucha gente capaz de ordenar la muerte de un anciano demente y medio inválido es algo que cae por su peso con la contundencia de las leyes de la Física, pero lo que sí me resultaría desconcertante es que en una Europa como la de finales de los 80, no digamos en la de hoy, alguien hubiera seguido manteniendo el más mínimo interés por preservar el mito aliado como sostén de su supuesta supremacía moral y legitimidad política frente a otros, por decir algo. En fin, si los archivos de los servicios secretos se abrieran alguna vez supongo que sería más o menos como si el mar se vaciara y pudiéramos pasear tranquilamente por el fondo contemplando toda clase de tesoros, curiosidades y porquerías de mayor o menor calibre que la Historia ha ido depositando allí con la constancia y diligencia propias de un bibliotecario de vocación.

Lo único seguro es que hoy en día en el lugar en que los nazis que salieron con vida del proceso de Nuremberg cumplieron sus condenas se yergue un boyante centro comercial, el Britannia Centre. El patio de la prisión, donde Hess dio su paseo diario durante cuarenta años y en cuyo cobertizo quizás encontró el destino que le había estado esperando desde que aquel juez soviético procuró su muerte en la horca, es ahora el aparcamiento.

Dos edificios de ladrillo rojo, antaño situados frente a la puerta de entrada de la prisión, sobreviven hoy como guardaespaldas de la memoria o quizás simplemente como elementos extravagantes en un complejo comercial que, para mí, es todo un símbolo de la esencia del Berlín de hoy, ese Berlín donde el ectoplasma de los fantasmas del pasado se resiste a disolverse haciéndose fuerte como girones de niebla entre las cajas de corn flakes de cualquier supermercado.

 

Fuentes:

Juan Eslava Galán, La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos

https://www.muyhistoria.es/contemporanea/articulo/el-misterioso-vuelo-de-rudolf-hess-171462889191

https://historiaybiografias.com/viaje_hess/

http://www.bbc.co.uk/history/worldwars/wwtwo/nuremberg_article_01.shtml

http://www.historicberlin.com/?p=895

 

 

 

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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