Posts Tagged 'Justicia'

ARTE, POLÍTICA Y VICEVERSA

Parthenon

Nunca quise hacer de este un blog político, pero, inmersos en la “berrea” de la campaña electoral, no puedo sustraerme, una vez más, a la necesidad de hablar de “esa cosa”.

Recordemos con Aristóteles que:

Es (…) manifiesto que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común, o que, a causa de su propia suficiencia, no necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un dios. (Aristóteles, Política, libro 1,1)

Como es conocido, respecto al origen y constitución de la sociedad el estagirita sostenía la “sociabilidad natural” del hombre.

Se ha afirmado que, más que por el diseño de la sociedad ideal, Aristóteles se sentía atraído por el análisis de la experiencia, en este caso, el de la experiencia de la vida colectiva o social del hombre.

Si del análisis de la experiencia colectiva se trata, experiencia, además, muy próxima, no puede perderse de vista un clásico del tamaño de “El miedo a la libertad”. En esta obra, publicada en Estados Unidos en 1941, Erich Fromm se propone explicar el auge del totalitarismo en Europa en el contexto de un estado de civilización muy desarrollado; ¿por qué millones de personas en Alemania estaban tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella?, se pregunta el autor.

Fromm, fundador de la llamada escuela humanista de psicoanálisis, apelará a la irracionalidad y al inconsciente para brindarnos una nueva perspectiva sobre la fascinación que puede ejercer la pérdida de la libertad sobre el individuo.

Partiendo de la base de que las necesidades humanas están socialmente determinadas en gran medida, la tesis central de Fromm es que:

(…) el hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en individuo, tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar una forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual.

Es de ver que, en las concepciones de ambos pensadores, tan lejanos en el tiempo y en sus planteamientos, el desarrollo individual y colectivo del ser humano están estrechamente vinculados, punto de vista que, por otra parte, siempre ha sido ampliamente compartido.

En atención a ello, parece que la actividad política debiera orientarse a facilitar esa unión de la persona con el mundo a través de los afectos y del trabajo creador de que habla Fromm; es decir, la política habría de ser ante todo un cauce que facilitara la integración espontánea del individuo en la comunidad. A este respecto, abundan al alcance de la mano ejemplos que demuestran que la armonía entre lo individual y lo común no sólo es posible, sino cotidiana; una de las frases más entrañablemente hermosas que he leído de Fernando Savater (Ética para Amador) reconoce que: <<no hay nada a la vez tan individual y tan universal como la relación entre un padre y un hijo>>.

En mi opinión, de todo esto se desprende que:

  1. La política tiene mucho que ver con los sentimientos de las personas, ya que son éstos los que guardan la llave de cualquier proceso de integración en que estén presentes la espontaneidad y la creatividad.
  2. La política ha de velar celosamente por el mantenimiento de la dignidad humana, concepto histórico, como casi todos, que hoy exige el respeto a un mínimo de igualdad y de justicia, sin las cuales no se puede hablar de integración, sino más bien de “compactación”.
  3. Centrar la política en lo meramente económico, no digamos en lo macroeconómico, constituye un ejercicio de reduccionismo rayano en el avasallamiento o en la ceguera.
  4. La experiencia histórica demuestra el inmenso peligro colectivo que encierra cualquier orientación política que desprecie las condiciones mínimas de igualdad y justicia que permiten la construcción de identidades individuales sólidas.

En su Introducción al psicoanálisis, Freud presenta al artista como alguien capaz de evitar la neurosis satisfaciendo de forma constructiva sus impulsos individuales (su necesidad de reconocimiento, fama y riqueza, por ejemplo), porque posee la habilidad de despojar a aquéllos de sus componentes más estrictamente personales y la destreza necesaria para darles una forma universalmente reconocible. De esta forma, los demás pueden conectar con sus propias pulsiones y satisfacerlas a través de la obra y, por esta vía indirecta, el artista acaba obteniendo el reconocimiento que buscaba.

Pienso que sería deseable que cualquier político tuviera la inteligencia emocional necesaria para entender los anhelos de la colectividad que constituye el sujeto de su política. Además, sería esencial que fuera capaz de renunciar al cumplimiento de sus propios deseos (su necesidad de reconocimiento, fama y riqueza, por seguir con el ejemplo) tal y como éstos se le presentan, para “sublimarlos” en una actividad al servicio de los demás que acabaría otorgándole la satisfacción buscada en una forma diferente. Por tanto, quizás no sería atrevido afirmar que ese político ideal habría de tener algo de artista.

Las elecciones autonómicas y locales que se avecinan van a ser un simple ensayo de las generales. Me muero de ganas de admirar los coros y danzas que nos van a ofrecer nuestros “artistas”.

 

Fuentes:

http://www.webdianoia.com/aristoteles/aristoteles_polis.htm

http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=18112178025

 

Foto: Wikipedia

SOS

<<¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.>>

Esto que acabamos de leer es algo así como clavar una piqueta en las nieves del Himalaya y, al retirarla, encontrarse con que por el boquete asoma un tulipán.

El texto es de Henry D. Thoreau y pertenece a su ensayo “Sobre el deber de la desobediencia civil”. Thoreau nació en 1817 en un pueblecillo del  Estado de Massachusetts, donde pasó toda su vida. Inmerso en el mundo rural de la América de mediados del XIX, se acercó al confucionismo y de él beberían, un siglo después, Gandhi y Luther King. En relación con él se ha destacado lo siguiente: “(…) su talante libertario y a un tiempo solidario, resulta de una extraordinaria actualidad. Antiimperialista, en el apogeo del imperialismo norteamericano de la primera mitad del siglo XIX; defensor del derecho a pensar por uno mismo (…); ecologista convencido, en contacto con la naturaleza, cien años antes de los <<verdes>>; defensor acérrimo de las minorías indias, en proceso de exterminio; antiesclavista convicto y confeso, en plena efervescencia racial que había de culminar muy poco antes de su muerte en el estallido de la guerra civil; defensor del derecho a la pereza, o reivindicador de aspectos creativos del ocio con dignidad, mucho antes de la formulación de Paul Lafargue. Y todo esto hasta límites de un radicalismo que lejos de disminuir con los años, se fue agudizando conforme éstos pasaban. Defensor ardiente y convencido de causas perdidas. No por perdidas menos justas.” (1)

Thoreau propugnó la práctica de un cierto aislamiento con el fin de preservar la autenticidad de la persona frente a la inercia de la sociedad y, a raíz de la guerra de Estados Unidos contra Méjico (1846-1848) y de la actuación de determinados Estados del Norte, que devolvían esclavos fugados a sus propietarios  del Sur, abogó por negarse a pagar impuestos como medio de retirar todo el apoyo del individuo a un Estado que perpetraba esa clase de acciones, y como forma de proclamar el derecho de cada uno a  situarse al margen de aquél. Creo que las líneas que acabamos de leer pueden entenderse mejor si se enmarcan en este contexto histórico y personal de su autor.

 Resulta interesante comparar el texto de Thoreau con los siguientes párrafos:

<<(la justicia humana) Es una expresión parcial y muy imperfecta todavía, hay que reconocerlo, pero sin embargo útil de la “justicia divina”. Como seres humanos que somos, generamos una justicia humana correspondiendo a nuestro nivel colectivo de conciencia. Cuanto más evolucionados estemos colectivamente (…) más nuestra justicia humana se acercará a la perfección de la “justicia divina”. Es uno de los retos de la humanidad actual; llegar a poder dotarnos de una justicia humana basada en la sabiduría, la integridad, el conocimiento y la compasión; una justicia que esté fundamentada más sobre el aspecto reeducación que sobre el aspecto castigo.

Pero la evolución se hace poco a poco; incluso a las más hermosas flores les cuesta tiempo abrir. El Estado actual de la justicia humana, tanto en lo bueno como en lo malo, no es más que el reflejo del Estado de la conciencia colectiva. A medida que esta conciencia cambie, las instituciones creadas por los hombres mejorarán. Ya hemos podido observar esta evolución en el curso de la historia de la humanidad. No nos encontramos ahora en la época de “ojo por ojo, diente por diente” (al menos para cierta parte de la humanidad más consciente). Por supuesto que todavía queda mucho que hacer.  Mientras tanto, la justicia humana, tal como es, tiene su papel y su utilidad en el proceso evolutivo de la humanidad.>>

Este último texto es moderno. Pertenece al libro “El poder de elegir”, de Annie Marquier. (2)

Creo que ambos escritos coinciden en su percepción de las instituciones (el Estado en un caso, la “justicia humana” en el otro) como entes capaces de evolucionar y que deben hacerlo en la dirección señalada por determinados valores (libertad, cultura, justicia, respeto, amistad y madurez en un caso y sabiduría, integridad, conocimiento y compasión en el otro). Pero si consideramos el texto de Thoreau desde una perspectiva más “sistemática”, que englobe otros de sus trabajos, podemos encontrar indicios de un paralelismo entre ambos autores mucho más profundo que todo eso.

Y así, en su “Apología del capitán John Brown”, Thoreau se refiere a aquellos que no pueden morir “porque nunca ha habido suficiente vida en ellos” y escribe:

<<¿Cree usted, señor, que se va a morir? ¡No! No hay ninguna esperanza. No ha aprendido la lección aún. Debe quedarse después de clase.>>

¿No es ésta una perspectiva completamente “orientalista” de la función de la vida como un espacio para la evolución de la conciencia, con la posibilidad de “repetir curso” si no se han aprendido todas las lecciones que se han ido presentando?

En definitiva, creo que el texto de Thoreau con el que comenzaba este post puede considerarse revolucionario, no porque sea más o menos libertario, sino porque, si lo contemplamos desde la perspectiva “orientalista” que acabamos de señalar, es decir, desde el papel que representa la conciencia individual, nos sugiere una visión de la colectividad que está en la línea de Marquier y de otros autores modernos: la forma de las instituciones de la comunidad como expresión del nivel de conciencia de los individuos en cada momento, como horizonte en la evolución de esa conciencia individual “la madurez” y como horizonte en la evolución de las instituciones la posibilidad del individuo de “desligarse” del Estado manteniendo una buena relación con él. Basta reparar en que este enfoque resulta anticonvencional aún hoy en día, para darse cuenta de que estaba a años luz de la visión de los contemporáneos de Thoreau.

Digo que ese punto de vista resulta anticonvencional incluso hoy en día porque aún la mayoría de nosotros pasamos casi todo el tiempo identificados con nuestra mente, encerrados en ella, y, por tanto, en general nos cuesta mucho ver que exista algo en la persona más allá de su mente y aceptar que exista otra evolución posible que no sea la del conocimiento puramente intelectual. Y si esto es en lo individual, no digamos en lo que a la vida en comunidad se refiere. Desde esta perspectiva, creo que la metáfora del tulipán en el Himalaya que he utilizado al principio está plenamente justificada, porque las ideas de Thoreau, situadas en el marco de la América rural de mediados del siglo XIX, son como una flor que brota en un sitio inimaginable; también porque la aparición de las flores, hace muchos millones de años, representó un salto cualitativo respecto del universo vegetal existente hasta entonces; y, finalmente, porque bastante antes de la primera floración generalizada debieron surgir flores dispersas aquí y allá como avanzadilla de lo que había de venir.(3)

¿Podemos aceptar que Thoreau era una de esas raras flores anacrónicas que prefigura lo que estaba – y sigue estando – por venir? La verdad es que cuando trato de evaluar el alcance de sus ideas, me imagino a Thoreau sentado a mi lado y yo mirándolo de reojo con una mezcla de reverencia y aprensión. Es la clase de emoción que surge cuando piensas en todas las visiones de Julio Verne y en cómo han coincidido, incluso en los detalles, con muchos logros científicos y técnicos del siglo XX, y te dices: “Había algo extraño en ese hombre. Algo tenía que saber …”

¿Cómo sería esa forma más evolucionada del Estado que Thoreau vislumbró? ¿Qué nos pueden decir sobre esto los 150 años de perspectiva en que le “aventajamos”? ¿Seríamos capaces de ir concretando algo más de lo que él nos dice?

¿Sería factible que el Estado permitiera una relación más “a la carta” del individuo con él? ¿Una relación en la que cada individuo pudiera negociar con el Estado hasta dónde está dispuesto a colaborar con éste y, correlativamente, hasta dónde va a participar de lo que el Estado ofrece? ¿No hay, por ejemplo, en la objeción de conciencia, un germen de lo primero? Pero esto, ¿hasta dónde? Parece que a todos nos ofendería, por ejemplo, que alguien pudiera pactar con el Estado que él no estará sujeto del Código penal – con lo cual tal individuo podría hacer lo que quisiera sin castigo -, a cambio de renunciar a la protección del Estado frente a las posibles acciones de otras personas contra él (o ella, claro).

¿Quién llegó antes al mundo, el individuo o el Estado? Entonces, ¿por qué no podrían el Estado y un grupo de individuos decidir de común acuerdo en un momento dado que estos últimos iban a ocupar una parte del territorio que hasta entonces se consideraba “del” Estado para vivir “al margen de él” y “sin interferir con él”, simplemente como buenos “vecinos” y “amigos”?. En tal caso, ¿quién resolvería los conflictos que surgieran entre los “vecinos”? Porque, evidentemente, no podría ser el Estado, que sería una parte más, en pie de igualdad, con aquéllos. ¿Podrían crearse tribunales supraestatales para llevar a cabo esa función?

Al hacer estas consideraciones me viene a la cabeza que existía una institución en el antiguo Derecho germánico que se denominaba “la pérdida de la paz”. La pérdida de la paz consistía en que, cuando se producía una conducta gravemente antisocial de un individuo, el juez declaraba que éste “había perdido la paz”, es decir, la protección de la colectividad, lo cual significaba que cualquier miembro de ésta podía acabar con el infractor sin sufrir ningún tipo de reproche por ello. La interpretación de esta institución que nos explicaban en la Facultad es que el “Estado” germánico era tan débil que ni siquiera podía ejecutar las resoluciones judiciales, así que dejaba dicha ejecución a iniciativa de los súbditos.

Creo que cuando consideramos la posibilidad de “debilitar” el Estado de cualquier forma surge enseguida el temor, quizás por asociación de ideas con el desorden por un lado y con el feudalismo o con instituciones arcaicas como la pérdida de la paz, por otro. Así que mi última pregunta, sería: La forma de relación del individuo con el Estado que acabamos de plantear, ¿representaría realmente una evolución respecto de la situación actual? Y no se me ocurre una respuesta que no venga desde el “orientalismo”: Cada cosa contiene en sí el germen de su opuesto, y el resultado de las acciones depende de la intención y del estado de conciencia con que se lleven a cabo.

Yo no sé ir más allá. De ahí el título de este post: SOS. Me gustaría que estas líneas fueran como un mensaje lanzado en una botella y que quien las leyera pudiera orientarnos con sus aportaciones, bien personales, bien por referencia a libros o artículos de otros, sobre esa posible relación “a la carta” entre el individuo y el Estado.

Y si no, tendremos que esperar a que surja uno de esos genios políticos que nos ayude a subir el siguiente peldaño y a ver a un nivel por encima de donde estamos.

FIN

 

(1)     Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Ed. tecnos. Cuarta edición. Estudio preliminar de Juan José Coy.

(2)     Annie Marquier. El poder de elegir. Ed. Luciérnaga. Cuarta edición, págs. 270 – 271.

(3)     La idea de la aparición de las primeras flores como metáfora de la evolución de la conciencia es de Eckhart Tolle: “Un nuevo mundo ahora”. Edit. Debolsillo. Segunda edición.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

ESTADÍSTICAS

  • 23,192 visitas

Categorías

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 29 seguidores